domingo, 2 de septiembre de 2012

Aquellos días felices.


Me fui como voluntario al servicio militar a los diez y ocho. Ansiaba salir de debajo de las faldas de mi madre… y la mano de plomo de mi padre. Visto con el trascurrir de los años, tal vez aquella presión, aquel agobio, no era para tanto, prueba evidente es que consintieron en que hiciera lo que deseaba. Alguno dirá, que por querer apartarme del fuego, caí en la hoguera, pero a cambio de unos meses más de obligación, ganaba unos años de libertad.
Mi pasión era la electro neumática, aunque el plan de estudios no iba conmigo; me exasperaba el tener que robar tiempo a mi afición, para aprender cosas como quien fue Valle Inclán, o la vida amorosa del escarabajo pelotero. Así, que a despecho de mi padre que quería que tuviera un título, estudiaba por mi cuenta y practicaba en la tenada.

Apenas habían transcurrido un par de meses tras la instrucción reglamentaria, cuando ya andaba embarcado como operador de instrumentación. Le caí bien al sargento, que se las arregló para que en poco tiempo fueran cayendo algunos galones en mi bocamanga, empeñándose en que debía de ir a la escuela de suboficiales. Más aquello implicaba el estudio de las humanidades, y si estaba allí, era por evitarlo.

Siempre quise que mi hijo tuviera ese título del que todos en la familia carecíamos. Un título, que sumado a su inteligencia y a su maña, le abriese las puertas que a mí se me habían cerrado, deparándole un porvenir de provecho y reconocimiento. Pero el destino va marcando el camino y no hemos de ser los padres los encargados de torcerlo. No podemos vivir la vida de los nuestros, aunque si tratar de encauzarlos aportando la propia experiencia. Al final, solo ellos han de decidir, y mi Berto decidió aunque no fue lo que yo esperaba.

Aunque el sargento - estaba viendo la sombra de mi padre- insistió y hasta llegó a enfadarse conmigo, cuando tras haber convencido al capitán de que yo podía ser un buen oficial, decliné la oferta y le dejé con el culo al aire. Lo siento, Ramplús, mi paso por la armada era solamente circunstancial y no iba a quedarme allí para siempre porque el capitán y tú lo tuvierais a bien. No obstante, me dejó los libros que él había estudiado; Electrónica digital, Automática, Dibujo Técnico, Mecánica de fluidos, Servo sistemas digitales… hasta del Guiado y Control de Misiles puso en mis manos.
Algunas de aquellas cosas ya las sabía, pero aprendí otras sin necesidad de conocer a los clásicos, cosa de la que me arrepentí, pues no solo de trabajo y técnica se vive.

Cuando me licenciaron, llevaba bajo el brazo una carta de recomendación para el director de una empresa de automatismos a trescientos kilómetros de mi casa. Con carta y entrevista de por medio, me dieron el trabajo y busque alojamiento. Comenzaría a la semana siguiente, así que estuve en casa unos días.

Aunque las expectativas parecían halagüeñas, ni su madre ni yo llegamos a creer que Berto se dedicase a la carrera militar; era demasiado dado a la introspección. Sin duda pesaría en su ánimo y conciencia, que a la postre, el fin del soldado es defender a su país, y eso lleva explícitamente la obligación de matar si ello fuese necesario. Nos alegramos de su pase a la vida civil, aunque la distancia se nos hacía enorme. Acabaríamos perdiéndolo y aún era un crío.

El alojamiento que me había buscado era, si no bueno, si grandioso. La casa, antigua. En la planta baja, un bar, cocina y habitaciones donde vivía con su familia el posadero. La alta, toda para mí. Era el desván rectangular, o bajo cubierta como ahora se dice, de unos ochenta metros cuadrados todos a un andar. El acceso por el bar, donde una puerta interrumpía la entrada a la escalera. Piso de tablazón de roble, cubierta a teja vana y vigas de madera. Un baño en la pared del oeste, tres ventanas al sur, tamizada la luz y el sol por la arboleda que extendía tras el aparcamiento y otras tantas al norte desde las cuales se veía, más allá de los prados, la mar. Una cama amplia, un armario, chifonier, perchero, una mesa redonda con cinco sillas y estufa de gas. El alquiler; barato, barato, aunque yo me encargaría de la limpieza.

Hice algún amigo en el trabajo, no muchos, y también me eché una novia. La primera. La que creí sería el amor de mi vida. Pero la vida, ¡es a veces tan enrevesada!
Ella estaba muy enamorada, sin embargo, algo pasaba por su cabeza de vez en cuando que la ponía melancólica. Solía suceder cuando le hablaba de un futuro inmediato, de un futro juntos. Un día, sentada sobre la cama donde yo aún permanecía tumbado, comenzó a hipar suavemente. Le acaricié la desnuda espalda con ternura y le pregunté:
- ¿Qué sucede, acaso estas pesarosa de lo que hacemos?
- No, al contrario. Pero he de confesarte un secreto. Hace tiempo, cuando apenas me estaba formando como mujer, mi madre le pidió a una compañera que me echara las cartas. Aquella mujer, medio gitana, sentenció: El amor llamará a su puerta, pero será un amor desgraciado que no llegará a cuajar. Ningún hombre la querrá.
- Bah, estupideces. Un pájaro de mal agüero y mentiroso por de más. ¿Acaso crees que yo no te quiero? ¿Piensas que es un engaño?
- Espera, ese no es el secreto, es solamente un augurio. Mi madre es una fulana, se gana la vida con hombres. Parece que yo soy hija de uno de ellos, un contrabandista de tabaco que está en la cárcel.
- ¿Y que nos importa eso a nosotros?
- Te acabará importando seguramente. Puede que llegues a dudar, si yo soy o seré como mi madre. Me has hablado de tu familia, ¿crees que ellos serán del mismo parecer?
- ¡Me importan tres pepinos los unos y los otros! Somos nosotros los que contamos y a nadie le permitiré que interfiera.
- ¿Me lo prometes?
- Si, te lo juro.

Nada me contó a mí, pero sí a su madre. A pesar de que procuró masticarlo bien para que yo no me atragantara, mi mujer, asiéndome de las manos dijo: ¡Asiente Ramiro!
Pero yo, lleno de prejuicios, pensé en que diría la familia, mis padres, conservadores a ultranza; las amistades, el pueblo, pequeño y mal intencionado como casi todos los pueblos pequeños.
Hoy dudo si fue la Providencia o el mismísimo diablo. Recibí una llamada del posadero. Mi hijo estaba muy enfermo y necesitaba ingresar en el hospital, pero quería estar cerca de casa. Lo trajimos e ingresamos, tenía la enfermedad de Pfeiffer.
Ya llevaba en el hospital cinco días y los síntomas no remitían a pesar del tratamiento. Ese día quinto, bajaba camino del banco, cuando al principio de la calle apareció una joven. No pude por menos que admirar su esbelta figura, su paso firme y decidido. Ya más de cerca, sus sandalias de cuña, la falda de tubo de un azulón que se clareaba como haciendo ramascos; la impoluta y blanca camisa sin manga, con bordados y bodoques, el bolso, especie de maleta a juego con las sandalias. No era su cara un ovalo perfecto, pero si era muy guapa, pelo negro en melena hasta los hombros, pequeños pendientes y un leve y sonrosado carmín.
Se paró justo frente a mí, y quitándose las gafas de sol para que viera sus ojos, me preguntó:
- Buenos días ¿Voy bien para la calle San Segundo?
- Si, al llegar a aquella casa que hace esquina, ésta en que estamos se bifurca, la derecha va hacia el faro, la de la izquierda es la que buscas. Solo son cuatro casas.
- ¿Vive usted ahí?
- Si, ¿buscas a alguien?
- A Alberto Suárez.
Y una punzada en el hígado me advirtió que anduviera con ojo.
- Lo tienes crudo, el chico está en Residencia de Oviedo, tiene algo contagioso y no le dejan recibir visitas.
Pude apreciar como su semblante se demudaba un tanto y como nerviosa, asía el bolso con ambas manos llevándolo a la altura del estómago.
- Lo siento, pero tengo prisa, he de coger el tren - mentí-.
Y salí huyendo antes de que me dijera lo que ya sabía; quien era ella.

Casi un mes pasé en el hospital y otros tres en casa hasta reponerme. Mientras tanto, mi padre, aprovechó mi debilidad física para comerme el tarro. Dejé que pidiera el finiquito por mí, y presentó el currículo en una empresa de Oviedo donde fui admitido.
Nadie piense que fui un cobarde, durante bastante tiempo busqué a Zulima, pero ella había desaparecido presa tal vez del sino en el que creía. Y todo porque aquella maldita bruja, la gafó con sus predicciones, e hizo que se sintiera culpable por los besos que me había dado, del mal que me trajo.
Me volví taciturno y solo con el tiempo y la ayuda de la que hoy es mi mujer, pude contemplar la vida de otra manera. Ella, que era la ingeniero jefe de la empresa, consiguió que me matriculara en la UNED y obtuviera el graduado en Ingeniería Electrónica. Aunque de nuevo me enamoré, siempre llevaré en el recuerdo aquellos días felices.

Sé que mi Berto hoy es dichoso, y yo tengo tres nietos preciosos, pero no dejo de pensar en lo estúpido que fui. Cuando recuerdo aquellas vanas palabras "Pero el destino va marcando el camino y no hemos de ser los padres los encargados de torcerlo", se me revuelven las tripas. No puedo olvidar a aquella joven. Tampoco quiero olvidar el remordimiento que siento, y deseo, que donde quiera que se encuentre, sea feliz.


9 comentarios:

Rubén Xixón dijo...

Me ha gustado esta historia contada desde dos puntos de vista dispares.
Aunque no es bueno que los padres dirijan la vida de los hijos, es comprensible que al menos intenten orientarlos bien.
Saludos.

Marta C. dijo...

Alfredo, ahora no puedo leer tu cuentín ni comentarlo. Pasaré luego. Solo quería decirte que he reiniciado la actividad en mi otro blog, Debates literarios. Como tú habías participado en una actividad que quedó interrumpida y ahora os propongo acabarla, te lo quería comunicar por si te interesa pasarte por allí y hacerlo. Un beso.

Ruben dijo...

No se puede menos, y muchas veces, se intermedia en vidas que no son nuestras ¿o si?

Marta C. dijo...

Alfredo, como siempre estupendo relato. Esta vez has jugado muy bien con los dos narradores en 1ª persona, que si bien desconcierta un poco al principio, enseguida se capta ese doble protagonista-narrador. Estupendo, Alfredo. Y como siempre, esas descripciones tan visuales, esos personajes tan reales tan cercanos. Te superas día a día. Y sabes bien, Alfredo que no es peloteo. Besos.

Marta C. dijo...

¿Cómo andas, Alfredo, amigo? Te echo de menos. Un gran beso con buenas vibraciones.

Marina-Emer dijo...

Querido Alfredo que no te veo¿estas malin? me alegrare que estes de vacaciones
un beso
Marina

Alfredo dijo...

Amigos todos:
Cuando me reponga un poco, volveré a dar el coñazo. Gracias.

Polaris dijo...

Bonito esto de verdad

Alfredo dijo...

Polaris.
Me alegro que te haya gustado y gracias por dejar tu comentario.
Salu2.