miércoles, 14 de noviembre de 2012

El Viático. (Reposición)



Anochecía. La vi en el quicio de la puerta desde el otro lado de la plaza. A pesar de la escasa luz que arrojaban las cuatro bombillas, su silueta inconfundible y adorada hizo que se me saltasen las lágrimas. Ella se agachó descalzándose una zapatilla, yo avanzaba lento, las piernas arqueadas y frotándome los llorosos ojos. Notó algo raro en mí. Se colocó de nuevo la zapatilla y cruzó rauda los veinte pasos que nos separaban para fundirnos en un abrazo. El torrente de lágrimas y el hipar continuo, trataba ella de mitigarlo con besos mientras me aupaba a su cuello. Entramos en casa donde me limpió y consoló.
Tenía yo seis años y era miércoles, lo recuerdo bien porque estaba preparando mi primera comunión, y todas las tardes, a excepción del miércoles, iba al catecismo. A las Reverendas Madres Reparadoras, que tenían una capilla muy bonita bajo la advocación de la Virgen de Fátima. Iba contento al salir de la escuela; a primera hora había dado de carrerilla y también salteada la tabla del cinco, luego, casi a las cinco, cuando ya se acercaba la salida, Don Emiliano me sacó a leer. Del Cien Figuras Españolas, leí en voz alta un párrafo bastante grande referente a Don Pelayo. Mientras él rotulaba a redondilla una carpeta, yo me emocionaba con la batalla de Covadonga hasta tal punto, que, por dos veces me mandó respirar en las comas. ¡Si, había sido una tarde fenomenal! Ahora a casa y a jugar con los amigos.
Mas el destino casi siempre nos depara cosas con las que nosotros no contamos.
Hacía frío. El cielo estaba grisáceo y sin duda de noche nevaría. Me subí la bufanda casi hasta los ojos y apreté el paso. Al llegar a la iglesia de San Pedro, vi un cura en el portón del oeste. Él salió a mi encuentro y yo con toda mi buena educación fui a besarle la mano. Esa equivocación marcó toda mi vida.

-“Niño, veo que eres un buen cristiano, ven a la iglesia que has de ayudarme”.

Balbucí un par de excusas; me está esperando mi madre, no se nada de monaguillo... nada sirvió. Entramos y nos encaminamos al altar mayor. Abrió el sagrario y cogiendo unas cuantas formas las introdujo en una cajita parecida a la polvera de mi madre. Luego colocó el relicario sobre una patena y le echó por encima un paño. Me dio una campanilla y me dijo que cuando nos cruzásemos con alguien, la hiciera sonar.
No sé si era el frío o el miedo, el caso es que yo caminaba tiritando un par de pasos detrás de aquel raquítico cura de sotana raída. Por la otra acera venía un hombre, moví la campanilla con tal energía que el cura me miró de soslayo en plan de reprobación. El sujeto por el contrario, se paró y quitándose la gorra inclinó la cabeza. Las señoras se santiguaban a nuestro paso y hasta un guardia municipal se cuadró saludando militarmente. Yo estaba cada vez más nervioso, quizá por que a cada paso me alejaba más de casa. Llegamos a una calle estrecha con casas de planta y piso en la parte vieja de la ciudad. Los portales olían a orín de perro y a potaje de repollo. El cura levantó la cara para mirar el número del portal. Aquel día no se había afeitado y las barbas canas, su delgadez y los ojos hundidos, le daban aspecto de truhán. Con aquella capa sobre la sotana que parecía ocultar un espadón y el chambergo calado casi hasta las orejas, se me antojaba similar a los corsarios que aparecían en los tebeos del Cachorro. Aquella era la casa. Entramos en el oscuro portal y subimos a tientas por una escalera de madera cuyos peldaños rechinaban aún siendo ligero el peso del hombre. Llamó a la única puerta que había.

-“Ave María Purísima. Traigo los Santos Oleos solicitados...”

-“Sin pecado concebida” contestó una voz de mujer - a la cual yo no veía- a la vez que franqueaba la puerta. Una vez dentro, el cura se quitó capa y sombrero que dejó en una silla, tras besar una estola morada que sacó de un bolsillo, se la colocó al cuello. Me dijo que dejara la esquila y que en su lugar tomara la patena. Solo tendría que colocarla bajo la barbilla del enfermo cuando él le diera la comunión.
Mi temblor era manifiesto, sin embargo el cura no parecía notarlo y mucho menos la dueña de la casa que bastante tenía para ella. Nos condujo a una habitación en la que de momento y por ir en último lugar, no veía más que el alto techo. Allá arriba, en el centro, un pequeño globo azul ocultaba una mísera bombilla. Las polillas habían penetrado dentro del cristal y ahora yacían muertas en el fondo creando un cerco negro. De sopetón vi la cama y lo que en ella había; cabecero oscuro, casi negro, de líneas rectas y sobrias, roja colcha de hilo con rameados y flores blancas, y entre almohadón y el embozo de las sábanas, una calavera. De mi mano cayo la patena de dorado metal. La mujer lo vio y se agachó a recogerla poniéndola en mi mano con una mirada de desdén. Yo no podía apartar la vista del almohadón donde reposaba aquella cabeza. El hombre no debía de ser muy viejo si observabas a su mujer, tal vez treinta años. De su corto pelo sobresalía el flequillo que brillante y negro cubría casi toda su frente. Los ojos cerrados estaban desaparecidos en sus cuencas, los pómulos abultados, dos agujeros donde debía estar la nariz, los labios no eran capaces de cerrarse sobre los grandes y amarillos dientes pareciendo que reía, ningún color, ningún movimiento...
El cura murmuraba sus oraciones y él solo se contestaba. Con el hisopo derramaba agua bendita sobre la cama y con los santos oleos ungía frente, manos y pies. Llegado el momento me hizo una seña para que colocara el platillo bajo la barbilla del miserable. A mis suplicas silenciosas respondió con una mirada conminatoria y recalcando las silabas de sus latinajos. Ya se acercaba la Hostia a la boca cuando el enfermo abrió los ojos. Unos ojos tan grandes que parecía imposible cupieran en aquella cara. Sin saber de donde sacó la fuerza, una flaca mano emergió de entre la ropa y aferrándose a la muñeca del oficiante la paró en seco.
-“Viva la ceneté”
La cabeza dio un pequeño giro y la vida se extinguió. El cura volvió la Hostia a la caja, los utensilios a los bolsillos y a poco nos marchamos. La mujer quedó llorando en silencio, en su inmensa soledad, sin oír siquiera los reproches del cura, sin mirar a aquel hombre que, rojo de ira, en vez de consolar, se despidió con un portazo.
Del mismo modo en que fuimos, regresamos; en silencio, con las cabezas gachas, uno; mascullando quizás en contra de aquella que se atrevía a pedir los santos sacramentos para un rojo, el otro; con el corazón encogido y muerto de miedo.
Al llegar a la iglesia, se volvió hacia mí el cura y alargando la mano para recoger la campanilla me dijo:

-“Niño, hueles mal. Anda, vete corriendo a casa que ya es tarde”.

Baje por la cuesta alta y llegue a la plaza. Mi madre me esperaba para zurrarme con la zapatilla, pero ni yo me daba cuenta en aquel momento, ni ella lo hizo.
Cuando mi padre llegó del trabajo, me descolgué del cuello en el que había estado refugiado y corrí a abrazarlo. A él, solo a él le conté lo sucedido y le pedí que me prometiera una cosa que hasta la fecha ha cumplido.
Hoy tengo mas de cincuenta años y dos firmes propósitos que vengo cumpliendo; mi madre no me verá ya hacer la primera comunión y no volveré a ver ningún otro muerto. Como no podía ser menos, soy de la Confederación Nacional de Trabajadores y huelo un cura a más de cien metros, aunque ahora no llevan sotana.
Prendes 19.36-19/01/2002

Este cuento añejo, se quedó en el fondo como dice Marta C. Por indicación suya lo traigo ahora.

8 comentarios:

Rubén Xixón dijo...

Y bien merece la pena que lo hayas publicado... Al leerlo me parecía vivir en mis carnes los ambientes y sensaciones de aquella época... ¿oscura? dirían algunos... No creo que existan épocas más oscuras que otras... Sin ir más lejos la que sufrimos actualmente tiene muchas sombras.
Saludos.

Alfredo dijo...

Rubén X.
El otro día con el cuento del Elías, parece que me metí con los sindicalistas, en este cuento es todo lo contrario. Como le digo a Marta, hay que promediar.
Salu2.

Esilleviana dijo...

La iglesia, la religión, los curas... siempre cumpliendo con su misión: asustar, atemorizar, controlar las pasiones y rechazar a todo aquel/la que se aparte de su doctrina. Me alegro que después de más de 50 años o quizá 55 (ya estamos en 2012) no hayas cambiado; eres una persona digna y un buen ejemplo a seguir. Te he leído un vocabulario que no suelo manejar, por tanto, gracias.

Un abrazo amigo :)

Alfredo dijo...

Esi.
Todas las religiones tienen algo de positivo, al menos así lo veo yo. Otra cosa son los que imparten esa religión.
Todos sin excepción en este mundo, tratamos de llevar el agua a nuestro molino; los políticos, a su partido, los sindicalistas, a su sindicato, los banqueros a su banco, los constructores a sus pisos, los escritores a sus libros…
¿Por qué entonces, esa costumbre de denostar a algunas religiones? (A otras no nos atrevemos) Sin duda por que a esos "hombres de dios" los miramos con lupa. Y como son humanos, tienen fallos, debilidades…
Salu2.

PiliMªPILAR dijo...

Érase desde inmemoriales una iglesia que todo lo podía, todo lo sabía,todo lo mangoneaba.
Y en esas estábamos cuando...
"Esta historia huele a realidad integral. A cura de almas y a almas sin cura(ción) posible.
Esta historia ha sido mi fiel compañera de fatalidades y viajes a ninguna parte en mi nacimiento, niñez y madurez.
Hasta que el cenetista abandonó este mundo de traiciones..."
Ni un inocuo extemporáneo ite misa est me la borrará de la memoria.
(La santa unción no es cosa de rojos, oh, Alfredo)
Me ha encantado este relato, algo más que 'cuentico cuentau', que se diría n'aragonés.
Gracias por tu comentario.
Con el Carmina Burana de tus musiquillas pongo fin y un hasta la próxima.
Un abrazo

Marta C. dijo...

Hola, Alfredo, solo paso a saludarte, este relato ya te lo comenté por correo ¿verdad?
Besos.

Alfredo dijo...

Pili M
Me alegra que te gustara. Gracias por el comentario.
Salu2

Alfredo dijo...

Marta C.
Por saludado me doy. Sabes bien que si.
Salu2.