martes, 6 de noviembre de 2012

En el azul del mar.


Mi vida cambió radicalmente como consecuencia de una caída. Revisando una obra, me fui abajo por el hueco del ascensor. Solamente eran dos pisos, y pude haberme matado. Tal vez hubiera sido mejor; quedé encadenado de por vida a una silla de ruedas. Mi paraplejia condicionó, en primer lugar, mi vida familiar, y en segundo, mi trabajo. Omito hablar de mi cuerpo, ese trauma se consigue superar, no del todo, pero al menos en gran parte. Aún era joven.

Pero mi matrimonio se iba a pique a pasos agigantados; mi mujer no estaba preparada para aquello ¡y quien si!… ni quería estarlo. Las relaciones con nuestros amigos cesaron; no soportaba su conmiseración, que la considerasen la mujer de un minusválido… sus preguntas capciosas acerca del sexo.
Tampoco lo estaba para ser el báculo en que yo me pudiera apoyar y levantarme; le faltaban esas palabras de alivio, de consuelo, de ánimo. Le faltaba la mano que ayuda ¡y bien sabe Dios que la necesitaba! Sin el estímulo, sin esa mano de aquella que había elegido para lo bueno y lo malo, era casi imposible.
Todas mis ilusiones, nuestras ilusiones, se habían ido al garete, pero era incapaz de ver que yo sufría doblemente. La confianza que en ella siempre tuve, se veía menoscabada a cada instante; huía cuando mis necesidades fisiológicas no respondían como debieran, y en cuanto al eufemismo de ese llamado amor, lo resumiré en tres palabras "no tenía paciencia". Las palabras dichas, comenzaron a sonar altas, y las calladas, eran aún peores. Tras el primer insulto, vinieron los demás engarzados como en un rosario.
Comenzamos a hacer cada cual su vida. Nuestro hogar se convirtió para ella en hotel donde solamente se va a dormir, y yo me pasaba el día en casa.

Había mandado colocar una silla salva escaleras, y desde mi estudio en el piso superior, comencé a trabajar algo, acuciado por mi amigo el arquitecto, que intuía a donde podía llegar mi existencia de seguir mano sobre mano.
Sentado frente al tablero de dibujo, contemplaba una amplia panorámica; otros chalés con sus jardines, prados y montes cuajados de árboles y muy al fondo, se vislumbraba el tráfico de la carretera. A la derecha, y en un plano inferior por efecto del desnivel del terreno, solía sentarse en el porche de su casa, mi vecina. Colocaba el caballete y manejaba los pinceles con rapidez, sin fijarse apenas en el paisaje, tal parecía que lo sabía de memoria.
Nunca le había prestado mucha atención, sabía que se llamaba Irene, que era soltera, que vivía sola y poco más. Pero ahora, en mi soledad, algo me impulsaba a observarla. Quizá fuera su grácil y vivaracha figura, tal vez aquellos pantaloncitos cortos bajo la bata blanca llena de pinceladas multicolores, posiblemente, la relación de afinidad con mi trabajo. No sé. El caso es que me dí cuenta de que me quedaba absorto contemplándola.
Mi observación comenzó a ser obsesiva, hasta el punto en que me servía de unos prismáticos para no perder detalle. Pude comprobar como sus pinceles estaban todos mordisqueados por atrás, pues cuando pensaba, siempre los llevaba a la boca. La manía de andar descalza, la forma en que levantaba los brazos en señal de victoria o complacencia cuando acababa un cuadro...

Un día, a mediados del verano, llamaron. Yo estaba arriba, hube de cambiar la silla de ruedas por la de la escalera y luego, abajo, pasar a la otra. Esto me llevó un tiempo, pero Irene, que era de quien se trataba, al otro lado de la puerta voceaba para darse a conocer.
- Martín, soy Irene, la vecina, no corras, que nada sucede y no tengo prisa.

¡Correr decía! Como lo haría cualquier mujer, al pasar ante el espejo del hall, me miré la pinta. ¡Un desastre, en zapatillas, pantalón del pijama y una camiseta!
- Pasa Irene, y perdona por el atuendo -me excusé.
- ¿Tiene tanta importancia para ti? Porque si es así, vengo dentro de un rato… cuando te hayas puesto el frac. Quiero pedirte un favor, me voy de viaje unos días y quisiera que me atendieras el acuario y las ninfas. ¿Podrá ser?...
Yo ni me entraba de lo que decía, me fijaba en el movimiento de sus blancas manos de largos dedos, en su boca de rabioso rojo, en aquellos expresivos ojos, en el balanceo de sus senos por efecto de la respiración y el manoteo.
-… los peces un par de pizcas al día y a los pájaros ponerles agua y llenar cada dos los comederos ¿de acuerdo?
Y dio por sentado que aceptaría el encargo.
Aún no había abierto la boca, cuando me entregó las llaves y me preguntó si la acompañaba para que viera donde estaban. Me condujo a una sala donde tenía colgados sus cuadros. Todos eran marinas, miento, uno destacaba sobre los demás; un autorretrato. Sentada en una sencilla silla me miraba de frente, desnuda. Apoyadas las manos sobre los muslos, entreabiertas un poco las piernas. Me quede con la boca abierta, mis ojos en aquellos pechos, en aquél pubis velludo.
- ¿Te gusta? Si, sé que me observas, pero yo a ti también. ¿Quieres ver el modelo, tal cual?
Y algo se me inflamó por dentro, algo que hacía tiempo no sentía y que ya no esperaba sentir.
Desde ese momento fui otro. Mi autoestima ha aumentado, he ido a más sabiendo que alguien me quiere de veras, que no le importan mis limitaciones. Las caricias, el erotismo, la calidez de la relación, ahuyentaron mis miedos y me han hecho un hombre feliz. Irene continúa pintando marinas, pero en el azul del mar, en la dorada arena, se ven ahora corretear niños con calzones plenos de colorido.

4 comentarios:

PiliMªPILAR dijo...

Claro está, Alfredo, que la autoestima suele adolecer de fragilidad, lo mismo que el cristal, por más de su transparencia.
Bien está dejarse de alguien te quiera de verdad. Pero por si las mosacas, bueno es andarse prevenido...

Un abrazo

Marta C. dijo...

Alfredo, emotivo relato. Tres personajes muy bien trazados, incluso la mujer que le abandona cuando más la necesita tiene también su presencia como contapunto de Irene. En situaciones como esta es donde se demuestra el amor, no son las palabras, son los hechos. Historia de dos personas sensibles a las que une una desgracia. Final feliz como a ti te gustan y siempre esa moraleja por leve que sea que no dejas de insinuar. Nunca hay que perder la esperanza de que la vida puede depararnos sorpresas cuando creemos que estamos acabados. Parece un relato hecho a mi medida. Un beso.

Alfredo dijo...

Pili M.
Gracias por dejar tu comentario.
Creo que la autoestima es inherente a la persona; pocos deben de ser los que no están conformes consigo mismos, aunque es cierto que a veces hay gente se empeña en hundirnos.
Pero en la superación está el reto.
Salu2.

Alfredo dijo...

Marta C.
Nada puedo añadir al comentario, tu lo resumes de maravilla.
Como siempre, agradecido.
Salu2.