viernes, 9 de noviembre de 2012

¿Un hombre íntegro?


Elías era un hombre fornido; casi uno noventa, fuerte pecho y brazos musculosos. Cara ancha, ojos gris claro, pelo ondulado rubio oscuro y bigote que parecía una recta dibujada a tiralíneas.
En la época en que acontecieron estos hechos, estaba a punto de cumplir los sesenta. Una buena edad para alguien que jamás había pisado un hospital, y que apenas si había ido al médico un par de veces en su vida.
Casi cuarenta años sin faltar un solo día al trabajo, exceptuando lógicamente, vacaciones y permiso para enterrar a sus padres. Tanto le fastidiaba dejar su labor, que cuando se casó, ya entrado en años, lo hizo en sus días de vacaciones renunciando al permiso que la empresa concedía.
Elías tenía jornada de ocho de la mañana a cinco de la tarde, con una hora de por medio para comer. Pero él no cumplía el horario; trabajaba de siete a siete. No, no hacía horas extra. Llegaba temprano para revisar "sus máquinas", poniéndolas a punto para que cuando tocase la sirena, entrasen en funcionamiento a pleno rendimiento desde los primeros minutos. Al final de la jornada, limpiaba, engrasaba, tensaba correas… y todo sin obligación por ninguna de las dos partes.
Cierto día se le acercaron dos "compañeros" los cuales se presentaron de la siguiente manera:
- Hola, ¿eres Elías?
- Lo soy.
- ¿Estás sindicado"
- No.
- Veras, compañero, nosotros pertenecemos al sindicato. Todo trabajador debe de estar afiliado al sindicato, porque es la única defensa que tenemos para que el patrono, la empresa, no abuse de nosotros.
- No necesito de vuestro servicio. Hasta luego, tengo trabajo.
- Un momento compañero, nadie te va decir nada por hablar con nosotros; es tu derecho.
- Conozco mis derechos, y que yo sepa, vosotros no sois mis compañeros; jamás os vi en el tajo a mi lado.
- Nuestra misión no es esa, es la de defender nuestros intereses.
- Si lo sé, no hace falta que me lo digas; defendéis vuestros intereses.
- Oye…
- Ni oye, ni nada, ésta conversación se ha terminado.
- Estas fuera de la legalidad, trabajas más horas de las que te corresponden y dicen que vienes algún sábado cuando la maquinaria no anda fina. Te entrometes en el trabajo de otros compañeros, a todos dejas mal por tu exceso de celo, y si tuvieras un accidente… se te podría caer el pelo.
- ¿Exceso de celo dices? Llevo un montón de tiempo en esta fábrica, ha habido tiempos buenos y tiempos malos, pero los de ahora son los peores. Yo siempre he trabajado igual y nadie ha dicho nada. Trabajo para ganarme el sueldo que me llevo a casa, para que el patrón no se quede atrás y la modernice, para que él, que ha puesto su dinero, también se lleve lo suyo. ¿Qué hacéis vosotros? Hala, hala, dejadme en paz e ir a hacer pareados a otro lado.
- ¿Qué?
- ¡Que os vayáis a la mierda coño!

A Elías, aún sin querer, lo prejubilaron un año después de aquella conversación. Era eso, o el despido. Y nadie lo defendió, solamente el encargado trató del asunto con el director. Pero como él dijo, aquello eran "panes emprestados".
Ni despedida de los unos, ni reloj, ni agradecimiento por los servicios prestados de los otros. Solamente un llavero de plata de aquellos que se regalaban en las ferias con el anagrama de la empresa, metido en un sobre. Que ni en la mano siquiera.
Y el hombre se fue para su casa, y la casa se le caía encima. Su mujer trataba de distraerlo, pero él, como un clavo, se levantaba a las seis de la mañana.

- ¿Donde vas Elías? El trabajo ya se acabó, ¿no te acuerdas? Y así todos los días.

Pero las desgracias nunca vienen solas; Josefa al poco se murió. Y al Elías, más solo que nunca, se le olvidaba la comida en el microondas, y en la nevera echaba esos pelos largos que dicen es moho, y olvidaba bañarse, y solamente bebía zumo de naranja y albaricoque, y se iba por la patilla y manchaba calzoncillo y pantalón que ya no tenía que ponerse. Y aquel hombre, que llegara a pesar cien kilos, apenas si pesaba cincuenta, y un día, los vecinos pusieron una denuncia por lo mal que olía en la escalera.

8 comentarios:

Marta C. dijo...

Alfredo, me has dejado planchada. Vaya historia triste. sin embargo no estoy de acuerdo con tu personaje, siendo un hombre íntegro y leal. Yo he sido sindicalista cuando era interina en un organismo del estado y cuando, acabada la carrera que simultaneé con el trabajo, me dediqué a la enseñanza. no le quito toda la razón a Elías, en los sindicatos hay claroscuros, pero creo que su función es imprescindible en nuestra sociedad. Aunque de todo hay.
Besos.
Y no escribas tanto, que no doy abasto ¿Es que no vas a pescar?

Alfredo dijo...

Marta C.
Decía un conocido mío, que en una buena obra, las piedras se colocan siempre una sobre dos y el mortero con una de cal y dos de arena. Lo que viene a significar más o menos, que mejor promediar que asistir, a un solo palo. No te extrañe que en mis cuentos, hoy defienda lo blanco y mañana todo lo contrario; hay que promediar. Es posible que con ésta lógica, tanto los blancos como los negros, se ofendan alguna vez, pero eso es problema de cada cual, yo solo escribo cuentos y arrimo el ascua a todas las sardinas por igual. (Ya me salió el puñetero pareado)
Oye, que sí, que voy a pescar todos los días, menos sábados y domingos entre las dos y las siete. Lo que sucede, es que si no escribo enseguida, lo que se me viene a la cabeza, se me olvida. Ya sé, y lo hago a veces, que lo puedo escribir y publicar otro día, pero me da alergia tener varios borradores.
He escrito íntegro con interrogación, es posible que lo fuera, pero nadie debe de hacer de su trabajo la guía que conduzca su vida.
Salu2.

Humberto Dib dijo...

Yo no sé cómo tomar eso de la integridad, hay situaciones que lo hacen a uno rever sus ideales y termina haciendo o diciendo lo opuesto a lo que pensaba, pero no me parece mal, perdemos tantas cosas por seguir ideales adamantinos. Es un tema complejo.
Te dejo un fuerte abrazo.
HD

Esilleviana dijo...

Supongo que siempre habrá un inicio en el cambio de vida de cualquier indigente. No siempre habrán vivido así, mendigando y con los harapos que suelen portar. Habrá habido un momento de inflexión que provoca todo un giro de 180º, nada más y nada menos.

Un abrazo amigo.

Rubén Xixón dijo...

Es una historia muy, muy triste...
Pero a Elías, si se me permite, le está muy bien empleado, porque parece uno de estos que piensa que la empresa no va a funcionar si él no anda por allí metido...
Craso error... nadie es imprescindible... y a nadie le agradecen implicarse más de lo necesario en sus tareas.
Bonita foto de La Camocha.

Alfredo dijo...

Humberto.
Supongo que un hombre íntegro es aquel que se acuesta con la conciencia tranquila. Aunque los hay muy canallas y parece que duermen a la pata la llana.
Salu2.

Alfredo dijo...

E$si.
Gracias por pasarte.
Salu2.

Alfredo dijo...

Rubén X.
Tanto como bonita... pero si, has acertado, y eso que no tiene ninguna característica especial.
En el trajo hay que cumplir, solo eso, y por ello se cobra.
Salu2.