jueves, 13 de diciembre de 2012

La fragilidad y el lobo.


Me pareció frágil. Frágil en lo personal y frágil de mente. Sus ojos decían bien a las claras que algo no funcionaba bien en su cabeza a pesar de que trataba de disimular. Aquella tendencia a refugiarse cerca de su madre cual animalillo desvalido, aquél encogimiento de hombros, de su persona entera, procurando pasar inadvertida, aquella falta de comunicación con los demás, las miradas huidizas que se intuían tras las grandes gafas oscuras.

Rodeada de aquél grupo, ella estaba sola, con sus temores y miedos. Y sin embargo, no hacía mucho, según decían, alternaba con la sociedad más actual. Con esa sociedad moderna que casi vive en los platós de programas televisivos contando vergüenzas y desvergüenzas de unos y otros. Con aquellos que participan en concursos tratando de ganar popularidad a base de ser los más cutres.

Estás equivocado, me decían, es todo una pose para conseguir aquello que desea. Amargó a su novio, domina a su madre para la que todo lo que ella dice o hace es ley. Es una persona destructiva hasta el punto de que comió de tal modo el tarro a su hermana, que acabó separándose de su marido; era un don nadie, alguien inferior. Al fin y al cabo, él tenía carrera y trabajo, ellas, ambas, ni lo uno ni lo otro.

Quizá el haber sido una niña consentida y mimada en exceso desde el mismo día en que nació, la llevó a esto. Ya el nacimiento de su hermana, cinco años después del suyo, fue un trauma inapreciado por sus padres - es la clásica pelusilla - decían, y esto, coartó mimos y halagos a la segunda. 

Sabedora de que ella era además de la primogénita, la primera en todo y para todo, acoquinó de tal modo a su hermana, que ésta no era sino su sombra. Ella era la más bella, elegante y entendida, transcurriendo su niñez y pubertad en un entorno de felicidad suprema sin nadie que la contrariara.

Pero este mundo irreal que se forjara, se empezó a derrumbar cuando las desavenencias conyugales -para su padre acabo por ser insoportable el tener a su lado a una mujer que se creía tan niña como su hija- dieron como resultado la disolución del matrimonio.

Por todos los medios trató de unir nuevamente a la pareja. No trataba de buscar con ello, la felicidad de ambos, cuanto de reponer aquel mundo de cuento en el que siempre vivió. Así, encontró a la pareja de su padre como una pelandusca que iba en pos de su dinero, y al querido de su madre, como al zafio y chabacano mal educado que todo lo arreglaba con la prepotencia de sus caudales. Ni imaginar podía, que en ambos casos, pudiera haber amor; sus padres aún se querían y todo volvería a ser lo que antaño fue.

Pero el tiempo transcurría en su contra. Aquellos seudo amigos, ficticios o no, la abandonaron; no había en ella conversación, ni alegría, ni propuestas, nada. Era como el bello mueble que está allí simplemente como adorno.
Y volvió al plan tantas veces repetido; se hizo la enferma para que estuvieran todos pendientes de su persona. En realidad, esta vez era verdad, pero le ocurrió como al pastor; cuando el lobo llegó, nadie le hizo caso. Su lobo fueron aquellas pastillas que la llevaron al lugar donde nada se necesita.

6 comentarios:

Rubén Xixón dijo...

Es una historia muy buena e impactante. La desgracia de personas así es que llegan a ser, consciente o inconscientemente, muy dañinas y pueden causar mucho sufrimiento en su entorno. La ceguera les impide discernir quien las quiere realmente y quien no.
La solución nunca serán las pastillas, la clave es el cambio, y siempre se está a tiempo de cambiar, pero hace falta voluntad y caerse del caballo, como le ocurrió a San Pablo (bueno, creo que era él).
Saludos.

Esilleviana dijo...

Una persona que depende tanto de las señales que los demás le envían, tiene algunas, o tal vez, grandes carencias individuales. Te deseo que no te encuentres con muchos individuos como éste :))

un abrazo

Maria do Sol dijo...

Se calhar aquela personagem era apenas uma personagem. Nada mais. Existia para que alguém pudesse escrever um texto tão interessante. Apreciei muitíssimo o seu blogue.
Abraços

Alfredo dijo...

Rubén X.
Por desgracia el hombre peca a menudo de egolatría, prepotencia o envidia. Tal parece que los siete pecados capitales fueran una norma de conducta en estos tiempos. Mi personaje (creo) se ha visto atrapada por alguno de ellos, y no ha podido ver aquella luz que a Saulo dejara ciego por tres días.
Salu2.

Alfredo dijo...

Esi.
Creo que mi personaje - al menos eso he tratado de reflejar- posee un gran egocentrismo. Cuando no consigue lo que quiere, el mundo se le viene encima.
Salu2.

Alfredo dijo...

María do Sol.
Muito obrigado pelo seu comentário, fico feliz que você gostou da história.
Salu2.