viernes, 29 de junio de 2012

El Tempus y el niño Foro.



Decían de aquel crío, que era simple. Es cierto que comenzó a andar pasados los dos, y a hablar casi a los tres, pero con ocho, era observador, parco en palabras -no podía ser de otra forma- y guapo; piel fina y blanca, pelo rubio ensortijado y dientes casi perfectos; los incisivos; de embustero.
Le pusieron de nombre Telesforo. Capricho de su abuelo paterno, que había dicho:
- Ahora que la Engracia ha pasao a mejor vida, y mando yo, como siempre, que se le imponga mi nombre.
Y sacando la preñada cartera, atada con una goma cual vulgar paleto o tratante, puso tres mil del ala sobre la mesa - Estas pa la canastilla y otras dos mil pal convite. ¿Queda claro?
El chico, creció al lado de su abuelo, ya que sus padres trabajaban en el campo, y cuando se dice, al lado, es exactamente literal; se pasaba las horas en la cuna, fuera de la casa y junto al poyo que el viejo Telesforo tenía pulido de posar la culera. El hombre, que padecía de reuma severo, empujaba aquella cuna con ruedas bajo el sombrajo de la parra y allí se estaban todo el día.
Los vecinos saludaban al viejo que siempre andaba navajeando palos y raíces, con un - ¡Que tal, Foro! - a lo que invariablemente respondía: "Na, aquí, esperando matar el tiempo", por lo que las primeras palabras del infante fueron; Foro, aquí, matar y tiempo.
Asoció el niño la palabra matar, a estar sentado a la sombra tallando palitos con la chaira que su abuelo le regalara, pero se hallaba confundido con eso del tiempo. No lograba saber quien era el tiempo; nunca lo había visto, y cuando alguien decía "ha pasado el tiempo", corría desaforado en su busca en todas direcciones.
Un tanto escamado, no tuvo más remedio que preguntar al abuelo quien era aquel al que tanto esperaban y nunca aparecía. Cuando Foro comprendió la pregunta, respondió:
- No es quien, si no, que. El tiempo es el que pasa, el que hace a los niños mayores y a estos arrugados como las pasas. Es un traidor al que habría que poner un freno de carro bien grande. Y el niño Foro, se quedó rumiando para sus adentros, quien sabe que pensamientos.
Había en la sala un gran reloj de péndulo, que en la parte superior de la esfera tenía inscrita la leyenda: "Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra" y en la inferior la traducción: "El tiempo vuela, como las nubes, como las naves, como las sombras".
Sucedió no mucho después de aquella charla, que el abuelo pensó haber olvidado dar cuerda al reloj, pues en todo el día no había oído el carillón. Pero se quedó sentado.
Cuando al oscurecer llegaron nuera e hijo, un grito tremebundo, lo levantó del poyo cual si no tuviera reuma. Dentro de la caja y forrando el péndulo, se hallaban sendos calzos del freno del carro. Garrapateado en la esfera se podía leer; "Muere, traidor".


jueves, 28 de junio de 2012

Acorrer.

(Del lat. accurrĕre).
1. tr. Acudir corriendo.
2. tr. Socorrer a alguien.
3. tr. Atender, subvenir o acudir a una necesidad.
4. tr. ant. Correr o avergonzar a alguien.
5. intr. ant. Acudir, recurrir.
6. prnl. desus. Refugiarse, acogerse.

¡Madre mía! Toda la vida escribiendo;  "vamos A correr " y ahora resulta que metía la pata, se escribe "vamos acorrer".
¡Ah, no! No es lo mismo, "acudir corriendo", "que ir a correr". Porque, claro, una cosa es ir y otra venir, que aunque se haga corriendo, siempre será lo contrario. La cosa no está demasiado clara, veamos: a) Vamos acorrer al circuito del Jarama. Algunos interpretarían que el que escribió esto, se ha equivocado. Que quiso decir, b) Vamos a correr al circuito del Jarama. Pues no. a) Vamos a acudir corriendo, si no, perdemos  de ver a los corredores. No es lo mismo que b), puesto que nosotros, los b) somos corredores, y vamos a correr.
Más claro, agua. Pero yo no usaré este vocablo. Fíjate, si alguien necesitara ayuda y tú dijeras a voz en grito ¡vamos acorrerlo! ¿Qué entenderían los demás? Dirían ¡este tipo está majara, aquel hombre se está ahogando, y quiere correrlo!
En fin, vamos a dejarlo, que ya estoy cansado de tanto correr.

Bichos XV.








miércoles, 27 de junio de 2012

Los ojos de mi pez.



Hace unos días, pesqué un cabracho; nada fuera de lo normal. A pesar de que ya tenía fotos de ésta especie, quise retratar los ojos, pues creo que son muy bonitos. Para mi sorpresa, cuando pasé la imagen del teléfono al ordenador, pude comprobar que en la pupila del pez, aparecía yo, con gorrilla azul y el teléfono en la mano en posición de sacar la instantánea. Esta que muestro es una que hice primero, y no sé si es que veo lo que quiero ver; a la derecha de la pupila hay una sombra que...
Por desgracia algo hice mal, y no encuentro la dichosa foto ni en el teléfono ni en el ordenador. Normalmente, lo que suelo hacer es cortar y pegar. No lo volveré a hacer.
Esta historia, trajo a mi mente otras similares; la primera de ellas, necesita algo de cooperación ya que no la recuerdo bien. No sé si lo leí, si era una película o una información en la tele. Se trataba un método por el que mirando la pupila de un muerto con violencia, podía saberse quien era el asesino. Al parecer, en el momento inmediato al suceso, el ojo retiene por un tiempo determinado la última imagen. Me suena a ciencia ficción o a Jack el Destripador.
La segunda historia trata del milagro de la Virgen de Guadalupe - La Guadalupana- pero solamente me referiré a los ojos. Veamos de modo sucinto el milagro:
La Virgen se apareció al indio Juan Diego. Le  pide que transmita al obispo su voluntad de que se construya un templo a Ella dedicado en el cerro Tepeyac. El obispo, al escuchar el relato del indio, le pide una prueba de la aparición en aquel lugar. María hace crecer entonces un jardín de rosas en un cerro inhóspito y semidesértico, y se las hace recoger en su tilma (especie de poncho o manta) a Juan Diego, luego le pide se las presente como prueba. Cuando el indio abre su tilma frente al obispo, caen las flores al piso y aparece milagrosamente retratada la imagen de la Virgen María en la tela del ayate (rollo de fibra de maguey que utilizan los campesinos para transportar productos a la espalda)
En los ojos de la Virgen, cual si fuese una instantánea,  se encuentra reflejada la escena en la que el indio Juan Diego, mostraba al obispo fray Juan de Zumárraga y a los presentes en la estancia, el 9 de diciembre de 1531, el ayate con la imagen.
En los ojos de la Virgen se encuentran reflejados los testigos del milagro; se puede distinguir un indio sentado, que mira hacia lo alto; el perfil de un hombre anciano, con la barba blanca y la cabeza con calvicie avanzada, como el retrato de Juan de Zumárraga realizado por Miguel Cabrera para representar el milagro; un hombre más joven, con toda probabilidad el intérprete Juan González; un indio de rasgos marcados, con barba y bigote, que abre su propio manto ante el obispo, sin duda Juan Diego; una mujer de rostro oscuro, una sierva negra que estaba al servicio del obispo; un hombre de rasgos españoles que mira pensativo acariciándose la barba con la mano. En el centro de las pupilas, además, a escala mucho más reducida, se puede ver otra escena, totalmente independiente a la primera. Se trata de una familia indígena compuesta por una mujer, un hombre y algunos niños. En el ojo derecho, aparecen otras personas de pie detrás de la mujer.
En mi casa hay una tela de la Guadalupana, de un metro por cuarenta aproximadamente y que a mi mujer le trajeron de Méjico (su padre nació allí de madre mejicana y padre español). Bien, yo no me canso de mirar esos ojos, y se me hace imposible, que en semejantes ranuras, pueda haber tanta gente. Aparte de los apartes, un milagro sin duda.

martes, 26 de junio de 2012

Agorar.



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1. Predecir, anunciar, generalmente desdichas.
2. intr. desus. Hacer agüeros.
Todos sabemos que es un agorero, yo se lo llamo muchas veces a mi hermano cuando vamos a pescar; "va a llover -  hoy no hay ná - hay mucha mar - el agua está clara" - dice- y cosas por el estilo. Si con estos augurios no se pesca, en vez de reconocer que es muy agudo observador, lo llamo cenizo. El caso es culpar a quien ninguna culpa tiene.

En asturiano hay una palabra "Gorar", sin la primera a, que se dice cuando a un animal se le sacrifica por medio del cuchillo, cortándole la yugular. Tengo un conocido, que cuando está de mala leche suele decir; "saco la navaya y górote". Lo cierto es que no usa navaja, pero a mi me da pie para traer este refrán: Navaya que non presta, cuchiellu que non corta, que se pierdan pocu importa.
Hay otra palabra asturiana: Corar, que significa lo mismo y otra "Acorar" en español, que no es exactamente lo anterior, pero casi. Bueno, me estoy yendo por los cerros de Úbeda.
Dicen que un vidente, más que vidente, yo lo llamaría agorero, advirtió a Cesar que se guardara de los idus de marzo (día 15 del mes de Martius). Ese día cuando iba al Senado, Julio César encontró al vidente y riendo le dijo: "Los idus de marzo ya han llegado"; a lo que el vidente contestó compasivamente: "Sí, pero aún no han acabado". Y a pesar de que los idus eran días de buenos augurios que tenían lugar en el antiguo cómputo romano, los días 15 de marzo, mayo, julio y octubre, así como los 13 de los demás meses, Cesar fue asesinado.
Vidente es el que ve cosas sobrenaturales, mientras que el agorero hace su predicción en base a la interpretación de señales varias, un tanto estrambóticas.

Bichos XIV.







miércoles, 20 de junio de 2012

Dicen, que...


Dicen que, en una pequeña plazuela, formada por las pequeñas casas, de un pequeño barrio, en una ciudad también pequeña, nacieron, el mismo día, los tres retoños de tres familias distintas. Al que nació primero, en la casa que ostentaba el nº 1, le llamaron José Antonio. Al que nació una hora más tarde en el nº 2, le llamaron José Luis. Y al que nació dos horas después del primero y en el nº 3 de aquella plazuela, le llamaron José Miguel.
Una simple coincidencia, que trajo de zarandillo durante todo el día a la partera, nada más. Bueno, si; la gente empezó a llamar a los niños, Un, Dos y Tres, hasta el punto de que casi olvidaron sus nombres.
Los chicos se criaron bien, y ya desde que comenzaron a andar, fueron inseparables.

Dicen, que eran tres zascandiles, y que como había escasos recursos, inventaron, a temprana edad, el sistema perfecto para hacerse con algo de capital.
Había en la ciudad, un paseo como de un kilómetro, y que comenzaba en la ermita de un convento. El recinto, era rectangular y cerrado todo él por alta tapia de piedra. La parte que daba al sur, era donde se construyó el paseo; un banco de obra tan largo como el muro y un ancho camino de tierra apisonada. Al frente, otro largo banco de piedra y cuyo respaldo era una, no muy alta verja de forja con filigrana. A partir de allí, el desnivel era muy pronunciado, formando un espléndido mirador; los campos de trigo, el río con sus chopos, alguna casa de labor, y al fondo de aquel valle, los montes majestuosos.
Aquella solanera, era frecuentada durante el día por  madres e hijos, y a la noche por las parejas de novios que buscaban el rescoldo de la piedra recalentada y algo de intimidad.
El alumbrado, que debía ser de cuando se inventó,  era escaso; cada cinco u ocho metros y adosadas a la tapia, se habían colocado unos minúsculos brazos que portaban bombillas desnudas y pobres.

Dicen, que los tres amigos, con sus tirachinas, se dedicaban a tratar de hacer blanco en las lámparas, y que con gran regocijo de las parejas, solían acertar. Si el lugar era concurrido, lo empezó a ser más.
Un, Dos y Tres, pensaron que podían hacer negocio; solicitaron una peseta de óbolo, a aquellos que llegaban tarde y que no tenían más remedio que colocarse bajo la luz. Si pagaban, que pagaban, tirachinas y bombilla rota.
Un día, preguntaron a un militar que se hallaba con su novia, si querían intimidad;
- Solamente te costará una peseta- dijo Un.
El soldado, más pelao que un pollo por navidad, les respondió:
- Aquí iba a estar yo si tuviera algo de dinero. Si tuviera al menos dos reales, estaríamos comiendo pipas.
- ¡Pues que ella nos enseñe las tetas! - dijo Dos
- ¡Largo de aquí, .malandrines!
- ¡Os damos tres pesetas! - arguyó Tres.
- ¡Será… cabrón! ¡Anda y que te las enseñe tu madre!
- Manolo, que son tres pesetas, y si quitan la luz, casi no se verá…
- ¡María, no me calientes que ya estoy yo bastante!
Pero el sorchi, que también quería ver, comenzó a dudar.
- ¡Venga, cinco y no se hable más! Y pusieron en su mano un duro de papel.
Montaron el tirador y se cargaron la bombilla. La moza se abrió la blusa, y remangándose el sostén hasta el cuello, dejó ver sus senos, no muy grandes, por cierto.

Dicen que,  Un, Dos y Tres, solían ir por el lado de la tapia que mira al oriente. A partir de la esquina que formaba el muro, el paseo se acababa y ya todo eran breñas. Anidaban las abubillas entre los huecos de la piedra y ellos, por el olor sabían si había pájaro o no. Para nada las querían, pero gustaban de hacerlas de rabiar, espantarlas, metiendo un palo en el agujero.
Fue así como se percataron, de que en cierto lugar, había unos huecos situados casi simétricamente; derecha, izquierda y de abajo, arriba. Parecían formar una escalera por la que era muy fácil subir hasta el final, simplemente metiendo manos y pies, ora en un agujero, ora en el otro. 
¡Ah, divina tentación! Subió Un, que para eso era el mayor. Desde allí se veía casi todo el interior, estorbaba algo una acacia, pero podía contemplar a lo lejos la parte trasera de la ermita, la casona del convento y el claustro a un lado, el jardín lleno de flores un poco más acá, la noria y el burro, la huerta, la caseta de los aperos, la cuadra y un cercado con cuatro o cinco cabras.
Una vez hubieron subido por turno los tres, trataron como podrían juntos atalayar a las monjas. Dos, el más agudo, propuso clavar un tablón a dos trancas que introducirían en los últimos agujeros, lo difícil sería subirlo, así que decidieron meter primero los soportes y luego clavar la tabla.
Unos días después, instalados sobre la tabla y apoyados en el muro, observaban. Una monja vieja cortaba rosas, el burro sacaba agua dando vueltas a la noria con el morral colgado, otras dos parecían leer en el claustro y otra, joven ella, se afanaba con el azadón en cortar o abrir el agua a los surcos según convenía.
La joven y menuda monja, miró a su alrededor, y tras comprobar que las demás estaban lejos, se fue a sentar en una banca adosada a la caseta de aperos. Apoyó la espalda contra las tablas y colocando el azadón en el suelo y el mango entre las piernas, sobre el mandil que llevaba encima del hábito, miró hacia el burro que parecía tener cinco patas. El agua resonaba cantarina al caer de la noria al pilón, del pilón a la acequia y de esta a los surcos, el aire traía el aroma de las rosas; los pájaros trinaban, las esquilas de las cabras tintineaban, el andar del burro marcaba un ritmo monótono, y todos los sonidos reverberaban como reverberaba el sol en el estanque,
Comenzó entonces a restregar levemente el mango contra sí, arriba y abajo. A poco, la pelvis acompañó con movimientos hacia delante y atrás, de tal modo, que pronto comenzó a jadear.
Un, Dos y Tres, se miraron incrédulos, pero callaron y siguieron observando. Un ¡hay Dios, hay Dios! se convirtió en un ¡hay! para acabar en un ¡aahhh! Luego, levantándose, se llevo él mango de la azada a los labios, y besándolo, exclamó:
"Bendito seas por el trabajo que realizas".
Los chicos a nadie dijeron nada de lo que habían visto, y dicen que, semanas después, se toparon a la joven monja acompañando a otra. Al parecer, necesitadas de dinero, andaban pidiendo de puerta en puerta, con el fin de instalar un obrador para poder vender las rosquillas que hacían y salir de la miseria.
Mientras la monja vieja hablaba con la dueña de aquella casa, la joven estaba unos pasos por detrás, y ni corto ni perezoso, Dos, se acercó a ella y le dijo;
- Sor, queremos parte, o nos chivamos.
- ¿Cómo dices niño?
- Que, bendito seas por el trabajo que realizas.
La monja, que era joven, pero no tonta, enseguida cayó en la cuenta de que la habían visto, y, apartándose un poco más, susurró;
- ¿Que es lo que queréis?
Y Uno respondió raudo- Que mañana nos enseñes el conejo.
Y, dicen que, sucedió tal como pedían, pero la monja joven, jamás volvió a hacer aquello que hacía. Dicen también, que a poco murió la joven, victima de una septicemia producida por las llagas que le produjo el cilicio que para expiación de sus pecados se había colocado.
Dicen que, Un, Dos, Tres, al conocer la noticia, se prometieron dos cosas; seguir la carrera eclesiástica, y pedir puesto en un lazareto de Filipinas.
Dicen, que por allí andan, y que a pesar de su ingrato trabajo, aún no están redimidos del crimen que cometieron.

martes, 19 de junio de 2012

Bichos XIII.







Trébede.






(Del lat. tripes, -ĕdis, que tiene tres pies).
1. f. Habitación o parte de ella que, a modo de hipocausto, se calienta con paja.
2. f. pl. Aro o triángulo de hierro con tres pies, que sirve para poner al fuego sartenes, peroles, etc.


Pregunta: ¿Alguien ha oído la expresión, "me tienes hasta los trébedes?.

El trébede es un artilugio, una herramienta sencilla y eficaz, indispensable en la cocina de antes, y que forma parte del menaje de pastores trashumantes y gentes en general, que aun lo utilizan cuando es necesario preparar el papeo a fuego abierto.
Cuando era chico, muchas casas tenían una meseta donde se instalaba el llar alto, una simple hornilla que funcionaba con carbón principalmente y casi parecía fragua de herrero. Algunas menos, aún utilizaban el llar bajo, en el suelo, donde los peroles se ponían al fuego colgados de la chimenea o asentados sobre el trébede. El material comburente era/es leña. Luego vinieron las "Bilbaínas", que básicamente seguían siendo hornillas, con una buena chapa de hierro fundido, y que hicieron innecesario el trébede. A estas se les añadió el horno con un depósito anejo para el agua caliente. Más tarde, una paila; tubo cuadrangular que rodea el hogar, con entrada y salida de agua, que se almacena en un depósito alto para suministro a toda la casa. Fueron las precursoras de las actuales cocinas calefactoras.
El trébede, como la cocina de carbón, ya casi son reliquias de museo etnográfico. Las cocinas de carbón, a pesar de su modernidad, van camino de jubilarse con más de cien años. El trébede, mucho más antiguo, seguirá funcionando por mucho tiempo, aunque la competencia de su prima, la parrilla, es grande.

lunes, 18 de junio de 2012

Perdón.



Señor Director del Diario Al Alba.
Muy señor mío: Deseo someter a su consideración el contenido de esta carta, para que decida si ha de publicarse, ya que a mi entender, no entra dentro de los cánones usuales como  pueden ser las opiniones o denuncias. Juzgue usted.

Viudo a mis cuarenta y siete años, y desde hace cinco, con un hijo de veinte y mi vida resuelta en cuanto a lo económico y profesional, me he decidido por este método, dado que todos los demás no han fructificado, a buscar a la mujer de mi vida.
Entiéndase bien, esto no es un anuncio para buscar novia, y ruego encarecidamente se abstengan de publicar en esta sección de "Cartas al Director", misivas y propuestas en ese sentido.
Me casé con una mujer de bandera y veintiséis años; morena, torneadas piernas, esbelta figura, boca pequeña de labios gordezuelos y dientes perfectos, ojos de almendra, un poco al estilo del las hijas del Imperio del Sol Naciente. Una mujer de esas a la que todos miran, se les cae la baba y que para encima, casi todo lo hacía bien. Yo, a su lado, en plan machote, mirando a los ojos a los hombres y diciéndoles sin palabras… ¿te gusta, eh? Pues te jodes, que es solo mía. No, no confundamos, no era machismo, solamente era orgullo. Sin embargo, como alguien habrá podido intuir, no la quería. Bueno, quererla si, no podría ser de otro modo, pero no estaba enamorado.
El amor, mi único amor, por el que estado suspirando todos estos años, por el que mi carácter se fue volviendo mohíno y agrio, sin nadie tener la culpa, sino yo, fue el de aquel corto verano cuando apenas tenía diez y seis.

Camila era su nombre, y al igual que la de Virgilio, poseía alguna similitud con ella. Huérfana de madre a los doce años, mantuvo, al menos conmigo, su virginidad cual si estuviera consagrada a la diosa Diana. "El cuerpo es la casa del alma y ha de mantenerse puro; las relaciones sexuales solamente han de ser fruto del amor que se profesan los novios". Esta teoría, que le había explicado su progenitora, llevaba pareja una pregunta; "¿tú me quieres?". Aquél joven imberbe que yo era, aún no tenía clara la respuesta; era un si, pero no, y también un no pero sí. Creía estar enamorado, sin embargo me asustaba el compromiso. Quizá no lo estuviera, pero la ansiaba al completo; el cuerpo y la mente. ¡Que solo se fijara en mí!
Nuestros besos eran pues castos, pero dulces. Nuestros roces, livianos, aunque enervantes para mí. Solamente el pasar mi brazo por encima de su hombro, el llevarla cogida de la mano con los dedos entrelazados, era ya de un gozo inefable.
Dicen que el primer amor, casi siempre se malogra, no sé si es cierto, pero a nosotros nos ocurrió. Con catorce para quince ella, nos encontrábamos y despedíamos dos o tres calles lejos de su casa; el padre, la hermana diez años mayor, las vecinas, el que dirán… Ese fue el motivo de nuestra separación. 
A principios de septiembre, fui a buscarla como habíamos quedado; recibí el primer plantón. Volví al día siguiente y al siguiente, y al otro y al otro. Así hasta que convencido de que no la vería más, dejé de deambular por todas aquellas calles, a cualquier hora, en busca de su casa. Influyó también el inicio de curso, los amigos que me arrastraban en pos de nuevas aventuras; ¡éramos jóvenes! Había que disfrutar.
A mediados de curso, paseábamos en pandilla unos cuantos. Una chica gordita ella, se había cogido de mi mano en cuanto me conoció, y ya en los días sucesivos, no la había soltado. Entonces la encontré. Iba sola, color pálido, cara demacrada y casi en los puros huesos. Caminaba a prisa, cual si estuviera buscando a alguien…
- ¡Camila!
- ¡Teo! Te buscaba. Es que he estado muy enferma.
La gordita no soltó mi mano, al contrario, apretó con fuerza no fuera a ser que lo que intuía le dejara sin pareja.
- Lo siento de veras.
Ella, con tristeza infinita, solo pudo balbucir - es que yo… nosotros…
Mas, el muy cobarde que habitaba dentro de mí, volvió al si pero no. Mientras pensaba lo que hacer, la gordita y los amigos dieron la puntilla.
- ¡Venga, vamos!
- No tenemos que ir, "cariño".
 Yo me excusé - Ya nos vemos.
Allí la deje con el alma rota y carita de pena, sin volverme siquiera.
Mi cabeza estaba revuelta; ¡Idiota! ¡Memo! ¿Dónde la veras? ¿Cuándo? Solté aquella mano para siempre y volví sobre mis pasos, corriendo. Pero ella ya no estaba.
Unos años después, casado ya, estábamos en la terraza de un café. Mi corazón dio un vuelco. Una joven acompañaba a una señora con dos chiquillos. Se sentaron a una mesa un poco más adelante. Nuestros ojos se cruzaron. En ese brevísimo instante, los suyos me dijeron, esto ya no tiene remedio, me has defraudado. Los míos pasaron de la alegría al dolor, pero una vez más permanecí inactivo. Pensé en escribirle una nota y deslizarla a hurtadillas en su bolso. Me sentí ridículo.
No la he vuelto a ver a pesar de que como dije antes, la he buscado; para pedirle perdón, para decirle que ella fue, es, y seguirá siendo el amor de mi vida.
Camila, imploro tu perdón.
Gracias señor Director.


Anuncio a tres columnas aparecido en el Diario Al Alba:

Teo, soy yo. Nos vemos junto a la barandilla de San Pedro, donde mirando al mar, me diste nuestro primer beso.

Bichos XII.







sábado, 16 de junio de 2012

Tárgum.


(Del hebr. targum, traducción).
1. m. Libro de los judíos que contiene las glosas y paráfrasis caldeas de la Escritura.


Todas las religiones tienen algo de… iba a decir de oscurantismo, pero lo dejaremos en misterio. Es decir; partes que a los creyentes, nos han de explicar con interpretaciones amplificativas, aunque no sean de escrupulosa exactitud.
No quisiera ofender a ninguno de los que profesan las distintas religiones, pues mi supina ignorancia en esta materia, se deriva de conocer solamente por encima; la Biblia y algún otro texto católico, algo del Corán que leí hace años, y algo también de las religiones orientales. ¡Me falta demasiada profundidad!
Lo digo, porque si nos atenemos al significado de paráfrasis, ((explicación o interpretación amplificativa de un texto para ilustrarlo o hacerlo más claro o inteligible (DRAE)) nos topamos, o por lo menos es lo que saco en consecuencia, con que debe de ser bastante oscuro, ya que de lo contrario, no habría que hacerlo "más claro o inteligible". De Pero Grullo, vamos.
Si nos apoyamos en la segunda acepción de paráfrasis (traducción en verso en la cual se imita el original, sin verterlo con escrupulosa exactitud) casi peor, puesto que lo que no se vierte con escrupulosa exactitud y solamente imita el original, puede no ser de fiar.
En cuanto a la tercera, (frase que, imitando en su estructura otra conocida, se formula con palabras diferentes) es muy posible alguien entienda, que la hija del rajá, es lo mismo que la raja de la hija. Ya sé que solamente he cambiado las mismas palabras, pero es que, no soy muy escrupuloso.

Sea como fuere, sin fanatismos, creo que todas las religiones tratan de aportar algo bueno al hombre, pero parece que solamente los fanáticos creen, aunque no aporten nada bueno.

viernes, 15 de junio de 2012

Bichos XI.







jueves, 14 de junio de 2012

Pistraje.


(Del despect. de pisto).
1. m. coloq. Bebida, condimento o bodrio desabrido o de mal gusto.
Bueno, a mi me gusta mucho el pisto, aunque no dejo de reconocer que es una mezcolanza de ingredientes nada desabridos y por tanto, con buen gusto. Pero claro, no es lo mismo un buen pisto, que un pistraje. La misma palabra ya suena a algo que no va a gustar, tanto en sabor, como en presencia.
Sin embargo, no todos tenemos el mismo gusto. Recuerdo que en Casa Patas, pequeña tasca con solera de Ávila,  que cerró hace unos años, preparaban lo que yo denominaba con la palabra de hoy, y que era un picadillo a base de asadura o corada; bofe, hígado y otros despojos de vete tú a saber qué. Lo aderezaban de tal forma, que estaba muy bueno, y muchos de los turistas que por allí pasaban, creían que era solamente hígado. Arcadas, le tienen dado a más de uno/a cuando se enteraban de lo que habían comido.
Algunos dirían de esos "quesos" de sangre cocida que venden en las casquerías, y que luego, frita, sola o con cebolla bien pochada, es un pistraje asqueroso e imposible de comer, y sin embargo se meten entre pecho y espalda su buena morcilla ya sea asturiana, de Burgos o Matachana, con un porcentaje de sangre elevado, manteca, e incluso sebo.

Bichos X.







domingo, 10 de junio de 2012

El viejo reloj. (Reposición)


 A mi me parece un bonito cuento, pero como en su día apenas recibió una docena de visitas, hoy lo traigo de nuevo. A ver si tengo más suerte.
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¿Recuerdas viejo reloj? Llegaste a esta casa el mismo día en que nací yo. El viejo te compró para conmemorar tal efeméride. Calla, calla y no me digas que soy un presuntuoso por tal falta de respeto. Lo fue para él, que ya estaba a punto de cumplir los sesenta y yo era su primer vástago. Ya sé que luego vinieron cuatro hermanos más, pero el día de mi nacimiento, fue el de mayor fiesta. Corrió el anís y el ron, te compró a ti, bueno, para hacer honor a la verdad, te desenvolvió, pues ya estabas en casa a la espera. Te colgó en el comedor, suavemente giró la manecilla de la cuerda y la del carillón, lanzó el péndulo con el dedo índice y tú comenzaste a vivir. Yo, ya lo ves; un triste cuadro en la pared.
Murió el viejo que aquí está de pie junto a mi madre. Ella que sentada me mantiene en su regazo, se fue mas tarde, luego yo. Y tu, ahí. Seguirás probablemente cuando algún descendiente mío tome la determinación de tirar esta foto a la basura. ¿Porque? Pues por que el marco es muy viejo y desentona, está carcomido por la polilla... y lo más triste, es que no saben quienes somos. No, no me consueles, sé que será como te digo. Tú tienes mejor suerte. Cuándo el viejo te puso en marcha ¿recuerdas que hizo a continuación?, ¡Ah! Lo recuerdas. ¿Y siguen con la tradición? ¡Claro!... ya te digo yo que tienes mucha suerte. ¿Cuantos papelillos llevas dentro? No cuentes, yo te lo digo... el primer nombre fue el mío, por tanto, un rollito de papel con Amador, luego un papelito para mi hermano Juan, otro para Amalia, otro para Adolfo y uno más para Pilar. Yo continué y cuando nació mi primer hijo Amador, metí mi primer papelito al que siguieron ocho más. Mi primogénito metió cuatro, luego se metieron dos por mis bisnietos y uno por mi tataranieto.
He tenido suerte hasta ahora; el comedor es de buena madera y no se quieren desprender de tan valiosos muebles, pero este viejo cuadro con un señor de bigote y una flaca mujer con algo sobre las piernas que no se sabe a ciencia cierta si es varón o fémina... acabará en el desván. De todas formas, que importa; mientras acaricien la manija de tu cuerda estarán tocando la mano de su padre, la de su abuelo, la mía... la de mi padre. Con eso me doy por satisfecho. Ya sé que ellos ni se darán cuenta, pero tú y yo, sí. El frío metal se templará con el suave roce de la mano, nosotros, aún en el más allá, sentiremos. Quizá en ese momento a alguno le dé por pensar ¿Quien o quienes antes que yo, dieron cuerda a este viejo reloj? Entonces tal vez gire hacia la pared de enfrente y vea el cuadro. Sabe que son sus mayores, sentirá curiosidad e indagará quienes son aquellos y tal vez la voz de la sangre, el amor, la melancolía o el cariño le condicione de tal modo que mande hacer un marco nuevo y suntuoso, que ordene limpiar la foto y lavar el cristal, y que como ahora, continué colgado per in saecula saeculorum.
¡Ah viejo reloj! ¡Cuantas alegrías y cuanto dolor hemos visto pasar juntos! Bautizos, bodas, ascensos, carreras... disgustos, accidentes, fallecimientos... es lógico. El que mucho vive mucho ve y tú y yo vivimos desde estas nuestras paredes sin desgastarnos apenas. Para nosotros el tiempo que tú vas marcando corre muy lento, siempre al son del tictac. Ellos cada vez van más aprisa sin saborear la tranquilidad de la vida. Nerviosos y ansiosos por conseguir algo que rápido consumen porque otra novedad está ya allí y tienen que apurar. ¡No me digas que son los tiempos modernos! Siempre lo han sido. ¿O acaso cuando vino el ferrocarril, no era lo último, lo más moderno? ¿Y cuando llegó el cine, el charlestón, los automóviles, el tranvía, el trolebús? ¿No eran modernos los tiempos? ¿Recuerdas cuando el viejo empinaba el codo? Siempre le daba por bailar como él decía... guarachas y que aquí causaban tanto asombro. Lo había aprendido en América. Si, ya me acuerdo de lo que mi madre nos contaba, no hace falta que me lo digas; que se embarcó muy joven, que participó con los yanquis en la guerra civil, que estuvo en Méjico cuando aquel pobre iluso de Maximiliano quiso ser rey, que vio como lo mataban... luego participó en la primera guerra de independencia de la isla de Cuba. Allí le tomó afición al ron, tanto que una buena borrachera fue la causante de que se enrolase en un barco camino nuevamente del norte. Muertes debió de ver muchas, no solo en las guerras, también en aquél periodo que estuvo en los ferrocarriles americanos; En la línea del Pacific Railroad que unió las costas Este y Oeste. En la foto de la celebración se le puede contemplar con su fusil en brazos al modo indio y un cuerno de bisonte colgado al cuello. ¡Cuantos tumbos dio por esos mundos! ¡Pero mira!... se vino de mayor para acá y en menos de un año se casa con mi madre que tenía casi cuarenta años menos. Fueron muy felices a pesar de que las gentes murmuraron por esa diferencia de edad. Ya lo sé, viejo reloj. Ella era tan dulce. ¿Recuerdas cuando al viejo le llegó su última hora? Postrado en el lecho gritaba... ¡No quiero morir! ¡Aún no ha llegado mi hora... ¡Carmen, Carmen, dame tu mano para que tu juventud me retenga aquí, no quiero partir! Mi madre y yo le dimos nuestras manitas, él las aferró tan fuertemente que nos quedaron blancas. Las caricias de ella hicieron que las garras se aflojaran y en un postrer suspiro, lleno ya de calma dijo... ¡Perdóname señor, por haber querido rebelarme contra tus designios! Y se fue tranquilo.
Ya sé que hasta ahora solo he recordado cosas tristes, pero es que estas quedan grabadas a fuego mientras que las alegrías, son solo efímeros momentos. Mira, para cambiar un poco el tema, ¿qué te parece si hablamos de Juan? Ya lo sé, ya, fue siempre un vividor. No, cara dura no, fue un apurador de la vida. No me reprendas otra vez por la palabra malsonante... ¡Que vida la suya! Fue uno de los dueños del Molin Rouge y además de conocer grandes artistas ¡A cuantas mujeres hermosas cortejó! Aquello de beber champaña en los zapatos de las bellas, ¿no fue a él al que se le ocurrió?
Peor fue lo de Pilar ¡mira que meterse a corista! ¡Bueno, ya lo sé! Pero siempre se ha dicho corista en esta casa, aunque en honor a la verdad hay que decir que fue lo mejor de la zarzuela en muchísimo tiempo. Nadie ha cantado como ella La Primorosa y así se lo reconocieron artistas, eruditos y hasta políticos, aunque estos últimos, canalla interesada, solo quisieran salir en la foto. Si viejo amigo, a pesar de los azares de la vida, siempre se ha respirado un aire muy de familia en esta casa. Siempre reunidos en las celebraciones festivas y también en las luctuosas, manteniendo los sagrados vínculos. Y eso que casi todos han volado del nido. Pero... recordamos con cariño a cada uno de ellos ¿verdad? Al pobre Fermín que se colgó de la higuera el día en que enterraron a su joven esposa Juana, tan enamorado estaba. Mi madre no quiso que cortásemos el árbol y se sentaba a menudo a contemplarlo con lágrimas en los ojos. ¿Te das cuenta de que nunca más dio aquellos dulces frutos? A Calixto que fue nombrado coronel en Afrecha y que tanto miedo nos metía con los moros. A Bartolomé que ya por su nombre parecía abocado a la carrera religiosa, como así fue. A la solterona de Angustias ¡adonde iba a ir con ese nombre! Pero ya ves, siempre fue la más risueña; "parloteadora", dulce, desenvuelta, cariñosa... Ella crió a los niños de Fermín que siempre la trataron como madre.
Si, viejo reloj, así vamos pasando por la vida uno tras otro, con penas y alegrías, con afanes y cariños que siempre son gratos de recordar. ¿Pero lo serán para todos? Creo que sí. He descubierto que en aquella vieja maleta de madera, la que llevó consigo Mariano en Teruel, en el Ebro y en tantos sitios durante la guerra, y que está en el desván, aquella en cuya tapa interior iba grapando las postales azuladas de todos aquellos lugares, Fernando, que solo tiene catorce años, a ido guardando todas las viejas fotos. Él tiene allí su pequeño tesoro, un alfiler, una petaca, un frasco de esmalte para uñas...  Son pequeñas cosas que a menudo manosea mientras va diciendo en voz baja y como queriendo que no se le olvide... estas medallas las ganó mi tatarabuelo luchando en la manigua de Cuba. La cajita de carey con incrustaciones de nácar, fue un regalo suyo a la abuela Carmen. Esta bola de nieve era del Tío abuelo José y la trajo de Hungría. La boquilla de marfil, era de la tía Pilar. La estampa con reliquia de Santa Lucía, del tío Bartolomé, el yo-yo lo trajo Felipe de California. La figurita del niño de la sombrilla, era de mi abuela. De mi padre tengo la galleta con la estrella de alférez, de cuando estuvo en la mili... ¿Te das cuenta? Es fijo que él será el que mande hacer un marco nuevo, el que ordene limpiar la foto y lavar el cristal y para que, como ahora, continúe colgado per in saecula saeculorum.

Bichos IX.