lunes, 27 de agosto de 2012

Misanunciosfavoritos.contele.es


Como hoy no estoy para escalabaciarme mucho, voy a subir una entrada chorra.


Se advierte que este escrito puede herir susceptibilidades, por tanto, se recomienda principalmente a las señoras, que no la lean.

De siempre me ha llamado la atención, que tanto grandes, como pequeños comercios, dediquen sus mejores escaparates a mostrar artículos de mujer. ¿Será porque son un poco gastizas? Es posible que así sea, y que por ello también les dediquen más tiempo en los anuncios de la tele. Es más, creo que llegan a eclipsar los que van destinados a hombres, veamos:
Un tipo anuncia, no sé, si un desodorante, o una colonia, maldita la importancia que se le da. Lo importante es que a la chica, tras un chasquido de dedos del petimetre, se le caen hasta las bragas. Ese recuerdo permanece por encima del producto. Es cierto que la modelo está muy bien, otra cosa sería que hubieran contratado a la Concha. Ojo, esto lo digo no por ella, que siempre me ha caído muy bien, lo digo porque si se le caen las Indasecas… pues vaya, que no tiene tanto morbo.
Ahora, que ya se puede decir de todo, no hay recato en poner en boca de las mujeres que lo buscan, pues gracias al Vaginil, ya no hay motivo para las "frigideces". Y es que estas pomadas, tan Hemoálicas, son una bendición, eliminan picores y escozores haciéndolo todo más placentero.
Para no sufrir tanto "de lo suyo", como decía el Benito, deben Activiarse más, así  podrán mantener una figura Kasi perfecta, ya que protege por dentro, tanto como por fuera lo hacen las alas, finas y seguras, perfumadas y Evaporizantes. Aunque en este sentido, las hay que prefieren más los rollitos Tampásticos, digo fantásticos, que ni se notan.
Manidos, sin gota de gracia y hasta denigrantes para la mujer, por cuanto puede haber en ellos de sexismo, suelen ser los de los viajes superKalifragilisticos a la blancura en clases Vip expres, o en simples Skis. El caso es que a mí no me gustan ni aunque les pongan la música de la mismísima Ariel.
Esto se va haciendo largo, así que mejor dejarlo. Creo que debiera cambiar el título, pero como dijo Poncio Pilato; lo escrito, escrito está.

jueves, 23 de agosto de 2012

El escribidor de cartas.


Dicen, que aún quedan escribidores -en esta ocasión sin ánimo peyorativo- que en las plazas céntricas de algunas ciudades, se dedican a escribir las cartas de aquellas personas analfabetas que por este motivo no pueden. Tal vez sea la costumbre, pero yo creo, que tienen alma de sicólogos aunque carezcan de título. Una pequeña mesa plegable, un taburete y una máquina de escribir portátil o un simple bolígrafo para los que desean trasmitir cercanía.
Han de interpretar lo que el cliente quiere para así darle más énfasis, y que el que recibe la carta vea, a pesar de la distancia, cuan cerca están, cuanto les echan de menos, o cuanto les quieren. Yo quise ser algo parecido.

Algunas revistas, incluso algunos diarios de hace años, incluían en sus páginas anuncios al estilo de; ""hombre soltero desea correspondencia con mujeres…". Se podían encontrar allí, mozos que no se comían una rosca, viudos faltos de compañía, pérfidas mozuelas ávidas de diversión a costa de algún pazguato, o desesperadas/os en busca de una última oportunidad.

Si, yo fui uno de tantos. No penséis que me movía el afán de buscar pareja; ni las otras ni las unas me importaban en ese sentido. Era el mío un experimento cuasi científico con el que trataría de averiguar, lo intrínseco del alma humana; verdad, falsedad, sinceridad, simulación, confianza, lealtad, traición… todo a través de su imagen y sobre todo, de sus cartas.

Al principio, no fueron muchas las misivas que recibí, pero, dado que el anuncio se publicó por espacio de casi un año, la cosa fue in crescendo.
Tres premisas me había impuesto; mentir lo imprescindible para no ser descubierto, no dañar a nadie y procurar ayudar en la medida de lo posible, a la persona que realmente lo necesitase.

Comencé mi carrera de escribidor, respondiendo, como es lógico, a todas las que se acercaban. Poco a poco las iba conociendo, sabía sus nombres, aficiones y gustos, y más tarde, sus imágenes. Ellas, sabían de mí el perfil único que les había dado, todo verdad a excepción de la foto (le pedí que colaborase a mi primo, un guapetón interesante) que siendo pura patraña, me resistía a enviar; soy bajito y regordete, de entradas pronunciadas y gafas redonditas, de esas a lo John Lennon.

Las cartas que me enviaban, pueden ser imaginables en la mayoría de los casos; quitar o poner años según conveniencia, fotos atrasadas en el tiempo, declaraciones de amor a la tercera misiva, incluso pasión desenfrenada sin siquiera yo alimentarla. Entre carta y carta, medias verdades, mentiras enteras y mentirijillas a montón en las que caían a menudo, pues bien se dice, que por la boca muere el pez, y que el que mucho habla, mucho yerra. La falta de picardía, en ocasiones nos lleva a meter el cuezo.

Pero lo que nunca pude imaginar, fue la reacción de las que quizá se sentían despechadas. Aquellas para las que ya en un principio, era yo el súmmum, el cohete que se eleva por encima de las nubes y que suavemente, casi sin ruido, estalla derrochando una lluvia de hermosos colores. Algunas, se fueron poco a poco, como la chispa de ese volador en que me habían convertido. Quizá fuera la premura del tiempo que transcurría sin una clara definición por mi parte y que para ellas era vital. Esas, bueno, a decir verdad, casi todas, no querían el amigo leal que yo trataba de ser. Sin embargo, ya desde el principio a nadie engañé; jamás dije que buscara otra cosa, solo amistad.
Estas me causaron resquemor, aún a sabiendas desde el principio, lo que iba a suceder. Y es que tantas alabanzas, tantos parabienes, tanto amor, aunque sea fingido, hacen aumentar si no el ego, si la autoestima.
Las otras, las que tras amenazar con suicidarse por tu amor, te llenan de improperios y desean todos los males del mundo, ni resquemor siquiera. ¡Nada te prometí, mujer! Hablamos, no, yo hable, de cosas transcendentes e intranscendentes, tal vez en tono paternalista, pero de mi puño jamás salio una letra que pudiera haber despertado tu pasión. Ahora dudo si no les exacerbaría  esa no querencia mía a tratar el tema.

Os contaré un caso que me sucedió con una de ellas.  Viajó desde lejos, se apostó en la oficina de correos donde en un apartado recibía la correspondencia, y esperó.
Como todos los días, llave en mano, me dirigí a mi buzón. Aúno había sacado todas las cartas, cuando sentí que me tocaban el hombro.
- ¿Es usted Fulano Tal y Tal? - preguntó.
Aquella cara me resultaba familiar. Si, era Fulanita, pero ésta tenía unos treinta y cinco años y la fotografía que recordaba apenas si llegaba a los veinticinco. No- le respondí- soy su primo Mengano Tal y Cual ¿desea algo de él?
- Es necesario que hable con él. Voy a tener un hijo suyo.

¡Madre del amor hermoso! ¡Menuda trapacera! Mío no era, nos acabábamos de conocer en persona, y de todo punto imposible que fuera de mi primo, ya que él, lo único que sabía del asunto, era que había prestado una foto.
- ¿Ha estado recientemente en la Argentina? - pregunté.
- No, por qué.
- Es que Fulano lleva dos años trabajando en la Argentina, y aún le quedan otros dos de contrato.
- ¿Y quien contesta sus cartas?
- Yo se las reenvío.
Y se dio media vuelta airada, la palabra más suave que oí fue ¡cabrones!

Aún queda un grupúsculo -iba a decir recalcitrante- pero no, ellas no eran tercas ni obstinadas, eran mujeres que tomaron mis cartas con la misma lealtad que yo las había escrito. Si, a éstas les confesé que aquél cachas de la foto, era mi primo. Que yo era el cuarentón insignificante de la que les enviaba, que esa fue la única mentira de relieve que había dicho, que imploraba su perdón si es que se sentían ofendidas y que lo comprendería si no llegaban más cartas.
Con todas me sigo carteando, y cuando tiempo y distancia lo permiten, nos vemos.
De mi estudio, nada que no supiéramos ya, he descubierto. Al final, todos somos casi iguales, pero sólo CASI.

martes, 21 de agosto de 2012

Acércate bien mío.


Acércate bien mío, deja que mis ojos ya casi sin luz, contemplen los tuyos quizá por última vez. Esas pestañas, que manejas cual abanico de enamorada, esa pupila que se contrae cuando estás enojada, que se dilata cuando te excitas. Esa mirada, dura a veces y dulce las más.
Acércate bien mío, que contemple tu bello rostro, que aunque aún me quedará el tacto para describirme sensaciones, quiero grabar en mi córtex,.a fuego, esos ojos, esas facciones.


¡Manolo, no seas rompe, que solo te van a operar de cataratas!

Retazos del ayer,








martes, 14 de agosto de 2012

De la envidia y la introspección, o el Chocolate y la razón.


Debido a mi carácter, me han llamado de todo en esta vida. En el mejor de los casos, dicen de mí, que soy áspero. Sin duda están en lo cierto, no todos han de ser los equivocados y solo yo el que piense lo contrario.
Maldita la importancia que le doy, pero si se puede examinar la razón o razones que me llevaron a ser como soy.

La ciudad está enclavada sobre una colina donde el estatus poblacional responde a los cánones que se establecieran ya de antiguo; arriba, el Alcázar, Catedral, Ayuntamiento, Palacios, Casonas nobles y centro neurálgico con negocios prósperos regidos por los prebostes. A medida que se desciende, las casas disminuyen de tamaño y allá en la falda, ya son simplemente covachas, refugio de las clases más humildes y pobres.

Mi familia vivía en un barrio casi a esa falda de la colina, mirando a aquella plaza que hace de frontera entre casas altas y casas bajas; entre los que comíamos todos los días, y los que para comer a diario, habían de recurrir al Auxilio Social.

Dos escuelas en los alrededores; la Nacional y el Colegio de las Monjas. A la Nacional acudían los que tenían recursos para comprar sus lápices, cuadernos y enciclopedias. A la de las Monjas; pobres de solemnidad e hijos de pudientes que colaboraban en el gasto con cuota fija.

Con seis o siete años, ir más hacia atrás  sería pedir demasiado a mi memoria, iba yo al colegio de las monjas con muchos de los niños del barrio. Algunos, pagábamos, los otros, no. Algunos, calzábamos zapatos, otros, alpargatas de esparto. Algunos, desayunaban y comían de caridad en el comedor, los otros íbamos desayunados de casa y a casa volvíamos a comer.
Es muy posible que ésta "pequeña diferencia pecuniaria", fuera la causa inicial de todos mis avatares.

Uno de aquellos rapazuelos, Jaime, vivía al otro lado de la plaza. Acudía temprano al colegio, tal vez para que nadie le viera ir descalzo, o quizá pensando que si entraba de los primeros, desayunaría dos veces, cosa que de vez en cuando ocurría. Pantalón por encima de la rodilla, culera con remiendos, un tirante cruzado de atrás a adelante sobre una camisa de manga corta y las zapatillas que se calzaba a la entrada.
Este elemento, mal estudiante, que robaba los regalices que la monja vendía antes de salir al recreo, que se apuntaba todos los años a coger la hucha del Domund para "distraer"  algunas pesetillas a base de hurgar por la ranura con la navaja, este gusano, capaz de vender a su mejor amigo, fue el causante de que yo fuera una persona apocada e introvertida, un misántropo que lo único que buscaba era ser todo lo contrario.

Jugábamos a la pelota- lo jugábamos es un eufemismo- en la plaza. Jaime, apodado por su color "el Chocolate", erigido en cabecilla de la panda de chicos, contaba a los presentes; si eran pares, yo tenía posibilidades, pero jugaría de portero. Si eran nones, me quedaba fuera. Entre él y Julio, dueño de la pelota, echaban a pies para escoger, y tanto el uno como el otro, preferían poner en su equipo una chica antes que a mí. ¿A caso jugaba yo mal? ¡No! Era simplemente su venganza, la humillación a que me sometía por conocer su secreto con la cabeza del negrito.
Sentado aguantaba un rato y luego me iba llorando sin que me vieran. Aquél hijo de un  peón de albañil borracho que zurraba a menudo a madre e hijo, me despreciaba sin motivo; ¡jamás dije a nadie que era un ladronzuelo! y más de una vez me he planteado si no hubiera sido mejor descubrirlo.
Un día se quedaron sin pelota, en un lanzamiento se rasgó con los cristales que el tío Manuel colocara en la parte alta del muro como método de disuasión para que nadie le robara las peras, y no hubo forma de poner un parche. Hicieron una con trapos.
 
Aquel año le dije a mi madre que quería una pelota para los Reyes.
- Ya veremos- me contestó. Bien veía desde el balcón lo que solía suceder. Pero mi padre fue generoso; me compró un balón de reglamento.
Salió toda la chiquillería la mañana de reyes, con revólveres de calamina que estallaban pistones, escopetas de un cañón que disparaban corchos, y yo, con mi flamante balón de reglamento. Pero el día no era propicio; se jugaba a guardias y ladrones.
Cuando la euforia de las pistolas de difuminó, los pistones se agotaron y la calamina o los muelles de las escopetas se rompieron, se volvió a jugar a la pelota.
Iban a escoger. Salí raudo con mi balón y lo ofrecí. El Chocolate lo tomó en sus manos examinándolo detenidamente…
 - No vamos a jugar con él. Tiene la raja de la cámara muy larga y el cordón de atar sobresale mucho. Nos haría daño al dar de cabeza.
Y lo soltó, sin dármelo a la mano siquiera. Los demás acataron la sentencia y entre risas comenzaron a darle patadas a su pelota de trapo.

Llegó el verano y comenzamos a bajar al río. El año anterior se habían desviado las aguas mientras se construían dos muros trasversales y se limpiaba el fondo de piedras entre ellos, luego el río volvió a su cauce. Quedaba así una especie de piscina, el primer murete, más bajo, retenía las piedras que el caudal pudiera arrastrar y daba movimiento al agua que saltaba formando una pequeña cascada, el segundo, mas alto, proporcionaba profundidad. Las orillas, que no se habían tocado, subían con suave inclinación tapizada de hierba hasta el soto donde se apalancaba la gente para pasar el día.
Corríamos en pandilla armando tal escándalo, que tal pareciera yo uno más de los amigos. ¡Que equivocado estaba! O me quedaba solo, o me inflaban a ahogadillas.
Cierto es que yo era fuerte, y que con cualquiera de ellos podía, pero no acierto a comprender el motivo de que todos se fueran a por mí. No me cabe duda de que la aversión que el Chocolate sentía hacia mi persona, era cuanto menos contagiosa.
Aquel día le dije a mi madre que de tarde me iba al río con los amigos. Ella no estaba dispuesta a consentir:
- Después de comer vas a dormir la siesta, y cuando vengan a buscarte, irás. Tienes que darte a valer, Juan, y si no te aprecian, mejor será que te olvides de ellos.
Entonces, a la chita callando, fui uno por uno pidiéndoles que me diesen una voz, el balcón estaría abierto. Como sospechaba, nadie se acordó de mí.

Esto que cuento, es simplemente una pequeña muestra de lo que ocurría a diario. Así, hasta que a los quince años me fui a estudiar a la Escuela de Artes y Oficios. Mi padre, que regentaba un colmado, deseaba que continuase el negocio, pero a mi me gustaba más el oficio de ebanista, que el apuntar al debe en la las libretas. Comprendió el hombre que dado mi carácter huraño, mejor sería.

El profesor de taller, marcaba el trabajo a los alumnos; cepilla estos barrotes, haz un  machihembrado para unirlos etc. Luego se dedicaba a lo suyo; la talla de la madera. Era bueno, muy bueno y la escuela le servía de refugio con sueldo y material gratis.
Utilizaba siempre la misma técnica; boceto, moldeo en barro de la figura y paso de ésta a la definitiva de los puntos claves. Escoplos, formones y gubias hendían con rapidez ayudados por la maceta de madera dando forma. Yo veía y callaba, hasta que un día, con un puñado de barro, hice una figurilla. Me tomó a su cargo como ayudante permitiéndome hacer los desbastes primero, y con el tiempo, hasta piezas enteras que vendía en conventos e iglesias.

Unos años después, convertido ya en escultor de cierta fama, aunque no fuera un Salcillo ni un Berruguete, paseando por la Gran Vía madrileña, sentí que me llamaban. Voltee la cabeza. Dos hombres de luengas barbas, sucios y mal vestidos, pedían limosna sentados sobre la acera y con la espalda apoyada en la pared.
- Soy Jaime, el Chocolate,- me dijo uno de ellos tratando de incorporarse- y tú eres Juan, "mi amigo" del barrio de San Andrés.
Me costó mucho reconocerlo; la barba y las greñas que asomaban bajo un mugriento gorro de lana, canas, de color cetrino la flaca cara, manos negras y uñas de luto. Olía a miseria pura y el perfume de su boca, era peleón acidificado. No obstante, parecía alborozado, reía enseñando dos únicos dientes en su boca, mientras sus ojillos me escrutaban ladinamente.

Extendí la mano a pesar del repelús que me daba, pero él la rechazó.
- No, que igual te pego algo- dijo con voz aguardentosa.
Milagro, pensé yo, que no me quieras pegar algún mal. Este huevo, sal quiere.
- Ven, comamos algo en esa hamburguesería de la esquina mientras hablamos. Tengo hambre.
Dudó un poco, pero encogiéndose de hombros, le dijo al compañero que le vigilara sus pertenencias.
Rápidamente las mesas alrededor de donde nos sentamos, quedaron vacías. Hasta el encargado del local hizo un intento para que nos marchásemos.
- Capacidad noventa personas, es lo único que leo, le falta aquello de "se reserva el derecho de admisión", además, ya hemos pagado y hemos sido servidos.
Mientras le veía comer, no con demasiada gana, me contó parte de su vida; tuvo mujeres que ejercían la prostitución para él, secuaces que le ayudaban a vigilar el negocio, y a aumentarlo con la venta de estupefacientes. El dinero corría, el vodka también, algunas rayas de vez en cuando y mujeres, las que quería. De la noche a la mañana, una mafia venida de quien sabe donde, le quito banda, drogas, chicas, y dientes. Medio muerto, se encontró en la calle con lo puesto, y con ello continuaba.

Aquellos que son sinceros, obran en mí el milagro. Los hay que dicen percibir cambios inexplicables en mi conducta, esos, creo que no comprenden bien mi forma de ser; ante la injusticia, me rebelo. Pero no hacia el exterior, me encabrono siempre hacia el interior. Ya sé que ese no es el método; no denuncio, no remedio, no comprensión.

El Chocolate había hablado con sinceridad y le ofrecí ayuda.
- Vente conmigo a mi casa, tengo una buena finca un poco más allá de la piscina donde íbamos de niños. Río, árboles, aire puro… podrás curarte de tus adicciones, yo te ayudaré. A cambio, posarás para un encargo que tengo; " San Pedro niega antes de que el gallo cante".
Y se vino conmigo, dejó el alcohol no sin sufrimiento para ambos, y ya convertido en persona, me pidió perdón por la envidia que siempre me tuvo. Lloramos abrazados como niños. Descargó él su mala conciencia y yo creí haber encontrado una razón, que nunca tuvo importancia.


lunes, 6 de agosto de 2012

De la convivencia de vivos y muertos.

No hace mucho, una amiga que escribe relatos, quiso probar como andábamos de reflejos sus lectores. En la historia, si no recuerdo mal, debíamos de adivinar cual era la solución al enigma planteado. Desgraciadamente, hechos como el del relato, suceden de vez en cuando y por motivos distintos. En este caso, los familiares vivían con el cadáver del abuelo para continuar cobrando su pensión.

Hay quienes, como Norman Bates, viven con la momia de su madre, a la que había envenenado, y a quien achaca los crímenes que él comete. Recordamos Psicosis ¿verdad?

Otras veces, "la locura de amor", hace que una persona inestable por los celos - Juana I de Castilla- a la muerte de su esposo Felipe I el Hermoso, trate de cumplir con lo que este dejó dicho antes de morir. Para ello, Juana, exhuma el cuerpo de Felipe enterrado en Burgos, para llevarlo hasta Granada. La procesión, siempre de noche, tardó ocho meses en llegar a destino, sin separarse Juana del féretro y con un parto a mitad del camino.

La razón de Estado (no se quería que fuese reina de Portugal) hizo que Inés de Castro muriera a manos de los consejeros del padre del heredero de la Corona, Pedro I el Cruel.
Había sido Inés amante del infante heredero del que tuviera cuatro hijos, considerados ilegítimos, ya que fue declarada esposa de manera póstuma.

La leyenda dice que, mandó Pedro exhumar el cadáver de Inés, la sentó en el trono, y la hizo coronar. Obligaba así a los cortesanos a que le rindieran los honores debidos a una reina, entre los que se contaba el tradicional besamanos. Luego, ante la curiosidad de la multitud, llevó en carroza el esqueleto de ella vestido de blanco y él saludando al pueblo. Ochenta kilómetros desde Coimbra hasta Alcobaça.  

En realidad, estos dos últimos casos se apartan un tanto del tema con el que empecé, pero al fin y al cabo, tratan de la convivencia de vivos y muertos..


viernes, 3 de agosto de 2012

Y tú convertiste...


                                                                   Fuente: info-costablanca

Todos en mi familia eran hermosos. En principio, desde los abuelos, generación que yo había conocido y que supongo habría heredado la raza. Altos, esbeltos, guapos de cara, pero sobre todo, sanos. ¿Dónde estaba escondido pues, el gen miserable? ¡Si, ese que hizo que ya naciera yo zopo de una mano y corcovado de espalda! ¡Quien lo sabe!, pero esa era la dura realidad.

Aprendí de bien pequeño lo que es la mofa y el escarnio, pero sobre todo, el valor de la amistad. Una cosa más aprendí; si no te respetan por tu físico, al menos que lo hagan por tus cualidades. Y me dediqué con ahínco al estudio de las humanidades en la creencia de que así comprendería al mundo, y él a mí.

Ya en la infancia tuve un valedor capaz de dar por mí, lo que no estaba escrito, y siempre sin pedir esa correspondencia que paga con igualdad, afectos o beneficios. Lucio se llamaba, y tenía solamente un año más que yo; mi amigo, mi único amigo. De alguna pelea me libró, más, burlas, escupitajos y collejas, no éramos capaces de evitarlas todas.

Con el devenir de los tiempos, mi chepa se agrandó de modo tal, que Cuasimodo la hubiera envidiado, y mi mano izquierda estaba tan doblada hacia adentro, que la hacía prácticamente inútil. No obstante, cuando contaba más o menos quince años, empecé a tener relaciones con las chicas, interesadas, no sé, si por saber si había alguna otra deformidad oculta, o por el morbo que les causaba. Sea lo que fuere, la que buscaba guerra la tenía, y pronto, de aquél Juanillo piadoso con que me conocían, se olvidaron; comenzaron a llamarme Donjuán.
Eran aquellos amores chabacanos, pues aunque producían placer momentáneo, dejaban un borrón indeleble en mi alma hasta el punto en que opté por negar favores a damiselas concupiscentes, y digo esto de manera fina, por no decir verriondas.

Suele suceder en esto del amor, que aquella o aquél por quien se suspira, no te hace el menor caso. Es más, si añadimos una mano tullida y una joroba, seguro que el efecto producido será, en el mejor de los casos, de repulsión. Este pensamiento me acoquinaba de tal forma, que solamente me permitía admirar a aquella joven, desde lejos. Sin acercarme siquiera, sin osar hablarla. Recordé los versos del poeta:

En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz ni guía                             
si no la que en el corazón ardía.

Decidí un día copiar el estilo de Cyrano, y, aunque no puse de por medio a ningún Cristián, mandé una misiva anónima a mi Roxana.
"Nadie pasa sed al lado de un pozo. Yo seré tu pozo, el que alivie tu sed de amor. En el que puedas hundir profundo la raíz de tus sentimientos. El pozo que ahogue tus posibles penas."

Pude observar como nacía en ti la intriga. Cómo con el papel en la mano, leyendo y releyendo, inquirías donde se ocultaba tu enamorado. Sin embargo, ni siquiera en mí te fijabas. Cambié aquellos versos del poeta y te envié otra nota en la esperanza de que nuestros ojos se cruzaran.

También con la mirada besar pueden
los ojos que del alma hablan
más ansío tus labios rojos
que la invisible atmósfera abrasan.

Lucio, al tanto de mis cuitas, intervino sin yo saberlo; "quizá lo que buscas esté más cerca de lo que piensas" -le dijo un día. Y ella comprendió, que viniendo de quien venían aquellas palabras, solamente de una persona podía tratarse.
Todo empezó con un - hola, que tal, ¿me recuerdas? soy Nuria. Desde secundaria que no hablábamos.

Y tú convertiste el pozo que yo era, en nuestro verde oasis, vergel donde la palmera es la reina.