lunes, 29 de octubre de 2012

Cosas de la edad.


Por aquella cosa de la edad, aquel hombre tenía entre ceja y ceja una obsesión; frenar el tiempo.
Tras mucho cavilar llegó a la conclusión, de que si frenaba el giro rotatorio de la tierra, los días serían más largos. Si la llegase a parar, el tiempo se detendría, y si cambiase el giro, hasta es posible que ese dichoso tiempo volviera atrás.
La primera opción estaría bien, mucho mejor la tercera, pues la segunda sería injusta para una parte del mundo; los unos vivirían siempre cara al sol -sin guasa- y los otros en la noche perpetua.
Arquímedes pedía un punto de apoyo, a sabiendas que nadie se lo daría, pero entonces vivían casi en la prehistoria, ahora hay adelantos que no existían en aquella época
Genaro, que así se llamaba, tenía la solución; de polo norte a polo sur, todos en línea, se colocarían cada cien metros un gran cohete atado firmemente por una cadena. A una señal dada, todos los cohetes se encenderían y derechitos, derechitos, tomarían el camino opuesto al giro actual.
- ¡Pero so zopenco! -le dijo un amigo-  ¿No te das cuenta, de que si el tiempo se vuelve atrás, sufriremos terribles consecuencias?
- A ver dime…
- Pues que si no te mueres por arriba, te mueres por abajo. ¡Te ahogarás en el útero de tu madre! O quizá no llegues a salir de las gónadas de tu padre.
- Si, pero volveré a ser joven y, lo bailao, bailao.
- ¡Mira que eres burro! Verás morir a tus hijos de no nacimiento, a los albañiles habría que llamarlos desalbañiles, porque en vez de construir, desharán, volverán las guerras que ya acabaron, se levantarán los muertos que esto va a parecer el juicio final, ¿y cuando vayas al baño? ¿Qué, meas para dentro?  ¿Y que pasa con lo que comiste? Además ¿No sabes que allá bajo, no hay tierra? ¿Engancharías los cohetes en el agua? ¡Eh, eh!

viernes, 26 de octubre de 2012

Un milagro para Sor Angélica.




Para entender la ópera, es necesario conocer el libreto. Sin él es muy posible que resulte más que aburrida, tediosa. Dale al botón y vete leyendo despacito, la música dura bastante más, pero es necesario escucharla toda.


Nunca sabremos, si aquel cristiano, que cometió suicidio, y por tanto pecado mortal, se arrepintió en el último momento de su acción. Si así fuese, su alma, tras una estancia en el purgatorio, llegaría al cielo.

Esta es la historia de alguien que eludió el purgatorio merced al milagro de la Virgen María.

Durante tres tardes al año, el sol de poniente ilumina la fuente del convento. El agua parece de oro por efecto de la reverberación y las monjas y novicias en torno suyo, observan alborozadas el fenómeno. Alguien formula un deseo en voz alta, y desencadena una sucesión de peticiones. Solamente una monja dice no tener deseo alguno; Sor Angélica.
Pero ella miente. Existen rumores de que su estancia en el convento, es consecuencia del castigo impuesto por su familia y un pecado: Ha tenido un hijo espurio al que no ha conocido, al que añora, y que debía tener ahora siete años.
La melancolía la invade, su pensamiento vuela evocando a su hijo, y en ese momento, alguien dice que a las puertas del convento hay un carruaje con gente principal.
Sor Angélica piensa que bien podía tratarse de su familia. La invade el nerviosismo, si de ellos se tratase, quizá le trajeran al niño. Y efectivamente, se trata de su tía que aún le guarda rencor por la mancilla, por el oprobio causado a la familia.
Su presencia allí, es para comunicar que la hermana menor de Sor Angélica, se va a casar. Quieren que renuncie a su parte de la herencia familiar y ha de firmar un pliego que lo atestigüe. Pero Sor Angélica piensa en su hijo ilegítimo; no firmará.
La tía, con desdén y falta de toda humanidad, le dice que su hijo murió de unas fiebres hace dos años. Sor Angélica, afligida, firma el documento entre lágrimas y es tanto el dolor, que se desmaya.
En su celda, una vez recobrada, tiene una visión; su hijo la llama y quiere que se reúna con él en el cielo. La monja y madre, experta en el arte de la herboristería, prepara un jarope mortal que toma. Dándose cuenta en el último momento, de que ha cometido suicidio, que el infierno la espera, y que por tanto ya no verá a su hijo, arrepentida, pide perdón.
Y la Virgen María obra el milagro uniendo a madre e hijo, en el cielo.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Matar es fácil (2)


- Repítame  como ocurrieron los hechos, por favor.

- Señor inspector, no piense usted pillarme en falta ni que me desdiga, los hechos ocurrieron tal y como se los he contado. Con la verdad en mi boca, no cabe tal posibilidad, pero, dado que ese es su gusto, los relataré de nuevo.
No niego que tengo amores con la mujer de mi amigo, ni tampoco que yo lo maté. Pero ni homicidio, ni mucho menos asesinato, defensa propia y nada más.

- Veo que comprende muy bien la diferencia, prosiga.

- Me encontré con mi amante en su domicilio. La mala fortuna quiso que su suegra, vecina suya, llamara a la puerta. Presuroso, abandoné la casa por la puerta trasera, olvidando el cinturón con mis iniciales grabadas en la hebilla. Cuando me dí cuenta ya había saltado la tapia, así que rodee la casa esperando que la vieja se marchara. Como eso no sucedía y me era comprometido estar acechando en una esquina, fui a mi casa. Cabían dos posibilidades; que Rosa encontrara el cinto y lo guardara, o que fuese Jesús, lo que sin duda traería complicaciones.
Una hora más tarde llamé por teléfono. Descolgó Jesús. Al oír su voz, colgué yo a su vez sin exhalar un aliento siquiera. Estaba nervioso, así que, salí y me puse a cortar leña para la chimenea mientras pensaba en la disculpa que le podría dar.
No había transcurrido media hora cuando Jesús, pistola en mano y cinto en la otra, se presentó. Estaba fuera de sí, insultándome y mostrando el cinturón en alto como prueba del delito, me dijo…

- Explícame, maldito cabrón, que hacía esto entre el colchón y el tablero inferior de mi cama.

- Traté de calmarlo y le ofrecí un poco de meperidina. Sus pupilas se dilataron y supe que iba a disparar. Entonces esquive hacia la derecha, y levantando mi hacha, lancé un golpe de defensa, casi con los ojos cerrados, y que desgraciadamente le acertaron en mitad del cráneo. Luego llamé a una ambulancia y a ustedes. Eso es todo.

- Bien, espere un momento, he de contrastar algo.

- ¿Podría fumar?

- ¿Acaso no sabe que está prohibido?

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 - ¿Ya lo habéis escuchado, qué opináis?

- Todo parece concordar, ¿no cree jefe?

- ¿Ha modificado en algo ella su versión?

- No. Creo que no está implicada, que nada sabe al respecto del cinturón y tampoco si el marido se llevó una pistola, pero que tras recibir una llamada, no sabe de quien, le pidió una bolsa, que entró en la habitación y se marchó.

- ¿Había estado él con anterioridad en la estancia?

- Si. Debió encontrar la prueba del engaño, pero nada dijo. La bolsa sería para guardar la correa, pues las armas que tiene en el armario están todas en sus fundas, a excepción de la encontrada en el lugar de los hechos.

- Le toca jefe.

- Mi intuición me dice que el enfermero no es trigo limpio. Parece que tiene bien estudiada la diferencia entre las acusaciones que se pudieran dar contra él. Le estaba proporcionando narcóticos, y, ¿cómo es posible, que un tirador de élite marre un tiro a tres metros? 
Aunque es pronto, he aquí mi hipótesis: Creo que el amante sabía donde guardaba las armas, que estaba esperando la oportunidad, y que ésta se dio. Dejó el cinturón y salió por la puerta que da al huerto. Luego, fiando en la suerte, esperó que el marido lo encontrase y que fuese a pedirle explicaciones. Cuando llegó, le asestó el golpe, sin más. Hizo un disparo al aire y le colocó la pistola sustraída. 
Hay que buscar la bala, comprobar la trayectoria, detección de residuos en las manos de ambos, unos guantes, la ropa que llevaba puesta, y si existe otro móvil aparte del sexual. Si el enfermero no tiene residuos, cosa probable, y el difunto si, la cosa se complica.

- Marido y mujer tenían desde hace cinco años, un seguro de vida de beneficio mutuo. No es excesivamente cuantioso. La casa está a nombre de ambos. Ninguno está entrampado.

- Bien, no parece que el dinero fuera la causa, solo nos queda la parafina y esa bala. Bastante poco para inculparlo, así que ojo con la ropa. ¿Buscasteis huellas en la casa?

- Ya lo hicimos, nada en el armario, pero es sorprendente que el estuche vacío no tenga ni una huella del dueño, esto refuerza su tesis, jefe. Solamente las hay del sospechoso en la puerta que da a la terraza y huerto, y en una banqueta, que debió colocar para auparse al muro.

- Si, pero... el supuesto suministro habitual de los opiáceos no es motivo para dejarlo aquí unos días. Bien, yo hablaré con ella ahora.

- Una pregunta jefe, ¿si el enfermero se llevó el arma, porque no la utilizó?

 - Es parte de su coartada, el disparo debía de hacerlo el ofendido.

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- Bueno, señora, puede marcharse, pero como a su amante, he de pedirle que esté loca…

- ¿Ha dicho… mi amante?

- Perdón, no quise ofenderla…

- Pues me ha ofendido. Yo no soy la amante de nadie, pese a todo, quería a mi marido y jamás le engañaría.

- Luis, el enfermero, nos ha dicho que usted y él eran amantes. ¿No es eso cierto?

- Pues no. Eran ellos los que mantenían esas relaciones. Mi marido era bisexual.

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- ¿Qué haces aquí? La policía te está investigando y yo no quiero tener nada en ese asunto. ¡Vete y no vuelvas! Nada quiero saber ya de ti.

 - ¿Cómo dices? ¿Que me vaya? ¿Después de librarte de ese energúmeno drogadicto? ¿No era a mí a quien querías, y a él al que odiabas? ¿No fuiste tú la insinuante provocadora? 

- Lo nuestro fue solo una aventura de la que estoy pesarosa.

- ¿Aventura? ¿Llamas aventura a engañar a mi amigo, y a la planificación de su asesinato? Me enredaste con tus besos, con tu cuerpo, me convertiste en ladrón y asesino y, ¿quieres que me vaya sin más?  
Te he cogido en un renuncio; ¿a que viene esa patochada de que Jesús y yo teníamos un lío? ¡querías incriminarme¡ Así, libre de sospecha, te quedabas sola. Eso era lo que querías desde el principio. ¡No mereces vivir! Aunque me pudra en la cárcel, te voy a retorcer el cuello, ¡mala pécora!


lunes, 22 de octubre de 2012

Mis manías.



Desde muy joven empecé a salir con chicas. No sé la razón, pero me gustaban las que padecían de miopía. Posiblemente fuera por esos ojos de cordero que reflejan mansedumbre. El caso es que tuve tres o cuatro aventurillas, luego, cambiaron mis gustos; me llamaban la atención las flaquillas y de baja estatura. Ninguna de aquellas con las que anduve superaba el metro cincuenta y cinco. Tampoco es raro, pensará alguno. Bueno, para alguien que jugaba al baloncesto y que supera el uno noventa y ocho, medio metro es bastante.
Esta vez mi gusto hubo de cambiar por necesidad imperiosa. No, no es que me sintiera ridículo cuando la gente se nos quedaba mirando, es que… hacer el amor resultaba complicado. Imagina la postura del misionero; yo mordiendo almohada y ella con los pelos del pecho en la boca. Decidí buscar una pareja acorde, en vista de que naranja y mandarina, nunca pueden ser mitad y mitad.
Pero, ¿que significaba acorde? Procedía, en primer, lugar un psicoanálisis, propio, aunque fuera de baratillo, para averiguar de donde procedían aquellas "manías", y en segundo, que era lo que realmente buscaba.
Cogí una balanza, un lápiz y el taco del calendario de sobremesa, repasé mi vida y fui escribiendo:
Miope, ojos de cordero, mansedumbre.- Vas de machito, te gusta dominar.
La hoja del calendario fue al platillo de la derecha.
Pequeñita y esmirriada.-  ¿Protección o Dominio?
Dudé a donde debía de ir esta nueva hoja, pero a fuer de ser sincero, el papel debía de ir al platillo de la derecha.
Durante un buen rato, aquel juego continuó; que si ahora las rubias "tontas", que si luego las pelirrojas pecosas, las morenas pasadas de kilos... El platillo de la derecha ganaba por goleada al de la izquierda. El peso era abrumador, y aunque ese peso, apenas hizo mover la balanza, hube de reconocer algo que veía en el espejo todas las mañanas y que jamás quise reconocer:
Tenía que cambiar mi forma de ser; los machotes no se miden, ni por la estatura, ni por el ansia de ser posesivo, dominante… por ser más.
Había de olvidar ese maniqueísmo donde el mejor de las dos partes, era siempre yo.
Reconocer, que las taras que creía ver en el sexo femenino, no eran de ellas sino mías.  
Debía dejar de buscar, el amor sincero no se busca, se halla.

Y la duda asaltó mi mente: ¿No sería yo un poco desviado?

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Como motivo de ilustración, he colocado el papiro de Ani en el que se contempla la balanza de Anubis. Anubis era el encargado de vigilar la balanza en la que se pesaban los corazones de los difuntos durante el Juicio de Osiris.
El espíritu del fallecido era guiado en el inframundo por Anubis. Anubis extraía el corazón, que representa la conciencia y moralidad, y lo depositaba sobre uno de los dos platillos de una balanza. En el otro platillo de la balanza se colocaba la pluma de Maat, símbolo de la Verdad y la Justicia Universal.
Un jurado, compuesto por dioses, formulaba preguntas al difunto acerca de su conducta pasada, y dependiendo de sus respuestas el corazón disminuía o aumentaba de peso.
Osiris dictaba sentencia; el paraíso, o la pérdida de la inmortalidad.

Mi cuento, aunque no tiene demasiada relación, podríamos decir que se ha inspirado- me parece un poco pedante, pero bueno- en ese juicio.

viernes, 19 de octubre de 2012

Palabras que el viento se lleva.


Querido hijo: Espero que tanto tú como María y los chicos estéis bien, os tengo presentes a diario.
Pronto llegará el cumpleaños de Pablo, trece ya y cuatro que no lo veo; que no os veo. Por eso te escribo, quisiera mandarle el regalo, dime que puede desear y se lo enviaré. ¡Me hace tanta ilusión!
La niña supongo que será ya una mocita, la de Sofía, mi asistenta, también tiene once años y es una delicia. Viene con su madre a diario, a eso del atardecer, y mientras Sofía me prepara la cena y hace algo por ahí, ella se aplica con los deberes. Cuando los acaba, me lee un par de páginas de cualquier libro que saca de la biblioteca. La escucho, corrijo, respondo a sus preguntas, y si no entiende alguna palabra… a veces me hago el tonto, como que no la sé. Al principio la mandaba que fuera a su amigo, el diccionario, ahora siempre lo coloca sobre la mesa, y cuando tropieza, ya sabe lo que hay que hacer:
- Amigo, dime donde está escondida esta palabra y dame su significado.
¡Es un cielo!
Dile a María que se anime para este verano y venid todos unos días, o un fin de semana. Las habitaciones están siempre listas.
Yo estoy bien. Aquí, pasando el día al amor de la chimenea, que aunque dicen que no hace frío, el que voy sintiendo cala ya hasta lo más hondo.
Ahora solo pongo un par de matas de tomate y unos fréjoles, el suelo me va quedando algo lejos, a pesar de estar cada día más encorvado. De otro modo, voy una vez a la semana al cementerio, y hablo con tú madre. A propósito, este día le pregunté que le parecería que testara a favor de Sofía. Le dejaría la casa, al fin y al cabo vosotros no venís y ella se pasa todo el santo día por aquí, vigilándome. Siempre dice que lo va a dejar, que es el último mes y que tiene bastante tajo con lo suyo, luego se le olvida.
Ya sé que el caserón es patrimonio familiar, pero puesto que no pareces tenerle demasiado aprecio, mejor con ella a que se caiga sola. Además, Sofía está de renta, podía decirle que se viniera con su marido y los niños, yo estaría más acompañado y ella se liberaría de una carga. Los cuartos y las tierras serían para ti, y esta casa, en este pueblo… poco vale. ¿Qué te parece? Espero que no te siente mal esta idea, pero si así lo consideras, lo olvidaré.
Por hoy nada más. Un fuerte abrazo para vosotros dos y un millar de besos para mis nietos.
PD.
Escríbeme una carta, el papel permanece y las palabras al teléfono se las lleva el viento.

jueves, 18 de octubre de 2012

Torna Sorrento.




Vide 'o mare quant'è bello,                           Mira el mar, qué hermoso es,
spira tanto sentimento,                                  inspira tanto sentimiento,
comme tu, a chi tiene mente,                        como tú, que a quien miras,
ca scetato 'o faje sunná.                               despierto le haces soñar.

Guarda guá' chisti ciardine,                          Mira, fíjate en estos jardines,
siente sié' sti sciure 'arancio,                        huele, huele estas flores de naranjo,
nu prufumo accussí fino                               un perfume tan suave
dint''o core se ne va.                                   va derecho al corazón

.E tu dici: "Parto, addio!"                            Y tu dices: "Me voy, ¡adiós!"
T'alluntane da stu core,                               Te alejas de este corazón,
da la terra de ll'ammore,                              de la tierra del amor,
tiene 'o core 'e nun turná?                           ¿vas a tener el valor de no volver?

Ma nun mme lassá,                                     Pero no me dejes,
nun darme stu turmiento.                             no me des este tormento.
Torna a Surriento!                                      ¡Vuelve a Sorrento!
Famme campá!                                          ¡Hazme vivir!
       
E tu dici: "Parto, addio!"                              Y tu dices: "Me voy, ¡adiós!"
T'alluntane da stu core,                                Te alejas de este corazón,
da la terra de ll'ammore,                              de la tierra del amor,
tiene 'o core 'e nun turná?                            ¿vas a tener el valor de no volver?

Ma nun mme lassá,                                     Pero no me dejes,
nun darme stu turmiento.                             no me des este tormento.
Torna a Surriento!                                      ¡Vuelve a Sorrento!
Famme campá!                                          ¡Hazme vivir!


Si, ya sé que suena mejor la letra original.

domingo, 14 de octubre de 2012

Los hombres grises de mi sueño.


Sabía que era un sueño, pero la seguridad en la veracidad de tal hecho, no era impedimento para sentir una congoja que iba en aumento.
Como suele suceder en estos casos, mis ojos eran la cámara que todo lo ve. El cuerpo no parecía existir, o si existía, estaba en segundo plano. Era meramente el medio de transporte que realizaba un travelling óptico de un plano que se acercaba. 
Así, aquella mujer situada a la izquierda de la toma, y que parecía la viva imagen de un figurín de los años sesenta, iba desapareciendo conforme avanzaba. Pude, no obstante, ver su vestido estampado de prieto talle ceñido por un ancho cinturón, los tacones de fina aguja y aquel sombrerillo como de azafata. Pero la acción, lo que intuía, era lo que me daba aquella sensación de congoja, estaba unos pasos más allá. Al fondo, los edificios, las figuras de los que paseaban, estaban difuminadas y grises cual si de una macro se tratase, y en el centro, en el medio de todo aquel plano que se agrandaba, estaba el sumidero; un agujero rectangular de gruesos barrotes de hierro que tal parecía la reja de una cárcel.
El plano quedó fijo en aquel recuadro, los tonos grisáceos empezaron a tomar color para indicar que allí estaba lo importante, que todo lo demás era secundario. Dos pequeñas manos se asían con fuerza a los barrotes, y una carita de niña, pugnaba por tomar aire luchando a la vez porque la corriente de agua no la arrastrara. Deseé vehementemente que alguien la rescatara, yo no podía, era solo la cámara, aunque mi ruego empezó a hacerse realidad. La joven apareció de nuevo por la izquierda y se agachó para prestar una difícil ayuda. 
La secuencia carecía de sonido, pero ambas parecían entenderse con la mirada. La niña se soltó de una mano, como pudo, agarró el bajo de su empapado vestido color musgo y lo introdujo entre los barrotes. Entonces la joven lo asió, y dándole un par de vueltas al barrote, consiguió que todo el cuerpo de la niña quedara horizontal y a salvo de aquellas aguas blanquecinas y llenas despuma. Era un primer paso, sin embargo, el cansancio pronto haría mella, y sin fuerza en los brazos, la parte superior del tronco se sumergiría. ¡Había que levantar rápidamente la reja! La joven parecía gritar a una gente que aún estaba revestida de tonos oscuros. Nadie le hacía el menor caso. La rabia y la impotencia dieron rienda suelta a sus lágrimas. 
Mientras tanto, mi mente maquinaba la forma de decirle a aquella mujer lo que había de hacer en tanto llegaba la ayuda. Y ella lo comprendió; se quitó el cinturón, y ayudada por la cría, lo pasó por entre los barrotes y rodeando el cuerpo, a la altura de los omóplatos, consiguieron un poco más de sujeción.
Mi sueño acaba aquí, a las cuatro y media de la mañana Somnoliento me levanté a orinar con prisa. Quería volver a la cama, proseguir la pequeña historia, ver que los hombres grises cambiaban de color, que levantaban la reja, que salía la niña y que todos se felicitaban. Pero, por más que lo intenté, y aunque me dormí enseguida, mi mente se fue por otros derroteros. Otros sueños menos nítidos, de los que nada recuerdo, ocuparon su lugar ahora que la congoja, el miedo y la incertidumbre parecían haber pasado.

jueves, 11 de octubre de 2012

La jayana.


Acomendé a mi criada la  María, que pusiese a amollentar unos garbanzos, de esos de a libra, que guardaba en la alhacena, pues me apetecían para el día siguiente. Ella se puso toda estordida, ya que llevan su cuidado y tenía que ir a ver a su cohermana que estaba a punto de salir de la preñez.
- ¿Cual cohermana?, le pregunté yo, ¿la jayana aquella, que resultó ser dueña cuando no decía sino ser doncella?
- La misma, que con gran graveza lo guardó bien prieto bajo la halda, por no aviltar el abolorio.
- ¿Y se sabe quien es el padre?
- Dicen que de aquél fijo del de Torre Bermeja, infanzón, fementido, que infintosamente le profirió casamiento.
- ¿Y cuando se dieron cuenta en casa?
- Al seteno mes. Pero habrá coyunda, cedió el infanzón por no contrallar a los hermanos que le amenazaron con emascularlo.
- Que todo sea por bien.
- Que así sea.


Encargué a mi criada María, que pusiese a ablandar unos garbanzos de esos tan buenos, que guardaba en la alhacena, pues me apetecían para el día siguiente. Ella se puso toda  fuera de si, ya que llevan su cuidado y tenía que ir a casa de su prima hermana que estaba a punto de parir.
- ¿Cuál prima?, le pregunté yo, ¿aquella robusta y fuerte, que resultó ser señora cuando no decía sino ser doncella?
- La misma, que con gran dificultad lo guardó bien apretado bajo la falda por no envilecer  el abolengo.
- ¿Y se sabe quien es el padre?
- Dicen que de aquél infanzón, hijo del de Torre Bermeja, falto de palabra, que fingidamente le propuso casamiento.
 - ¿Y cuando se dieron cuenta en casa?
-  A séptimo mes. Pero habrá casamiento, cedió el infanzón por no contrariar a los hermanos que le amenazaron con caparlo.
- Que todo sea por bien.
- Que así sea.


He querido hoy, para no dar tanto trabajo al personal, cambiar el formato del significado de las palabras fuera de uso. Y que queréis que os diga, a mi me gusta más la primera versión. Parece hasta bueno el chascarrillo.

jueves, 4 de octubre de 2012

De nuevo pescando.




No está mal, el feo, aunque no lo parezca, casi el kilo, el rayao uno trecientos.

lunes, 1 de octubre de 2012

Aquellos días felices; ¿Qué fue de Zulima?


Queridos míos, aunque un poco tarde por los motivos que algunos ya sabéis, me veo, y a fin de ser consecuente con lo que a mi amiga Marta le dije en un comentario de hoy mismo, me veo, repito, en la obligación de escribir una terminación para mi cuento Aquellos días felices. Pero antes, las preguntas que me hubieran gustado me hicieseis:

a) ¿Por qué tanto rollo con los estudios y con el oficio?
r) Yo, estudiante de una carrera técnica, y al igual que infinidad de muchachos de mi tiempo, y sobre todo de éstos, siempre me cuestioné la importancia de ciertas asignaturas, creyendo que la formación profesional debía de basarse en eso, en lo profesional.

b) ¿Y se marchó Zulima sin más?
r) No. Tras recorrer trecientos kilómetros no se iba a dar la vuelta sin conseguir su propósito. Alguna razón hubo.

c) ¿Que significa esta frase?; " hizo que se sintiera culpable por los besos que me había dado, del mal que me trajo"
r) Supongo que esta pregunta no ha lugar; el que no sabe lo que es la enfermedad de Pfeiffer, seguramente iría a buscarlo y hallaría; enfermedad infeccio-contagiosa de nombre vulgar "enfermedad del beso".
Hay además un ademán que no puede pasar desapercibido; "Pude apreciar como su semblante se demudaba un tanto y como nerviosa, asía el bolso con ambas manos llevándolo a la altura del estómago" El significado es de autoprotección; ella está embarazada.
Bueno, dejemos la explicación -que ahora me parece un tanto infantil- y acabemos de una vez.


Aquellos días felices; ¿Qué fue de Zulima?

No sé como empezar ésta carta; si dijera "querida Amparo" no sería correcto, apenas te conozco, solamente hemos hablado media hora escasa, y de ello va a hacer ahora diez años. Por ello, tampoco me atrevo a decir amiga, estimada, e incluso apreciada Amparo. Cualquiera de ellas podría ser una buena fórmula de cortesía, pero estas letras no pretenden ser corteses, aunque si correctas, y quiero que las entiendas como mera información.

¿Y porqué ahora? te preguntarás. Verdaderamente ni yo lo sé. Hace mucho que vengo dándole vueltas al asunto y he llegado a la conclusión de que es de justicia.
Hubo un tiempo en que pude necesitar ayuda, pero a nadie quise pedirla; queriendo me metí en ello, y sola lo había de afrontar. Aunque tú parecías estar de mi parte, de nuestra parte, de la de tú hijo y de la mía, creí que sería imposible vencer la resistencia de tu marido, y más, si hubiera sabido que iba a tener un hijo. No quiero imaginar lo que hubiera pensado.
Esta es la razón de mi carta Amparo, comunicarte que tienes un nieto hermoso al que no quiero hurtar por más tiempo, ni a vosotros ni a su padre, el derecho a saberlo y a conocerlo si es que así lo deseáis.
No me gustan las suspicacias. Nada queremos, nada necesitamos, tengo un buen empleo, una buena casa, y el amor que por tu hijo tuve, está plenamente reflejado en el mío; somos felices.

A vuestra disposición, Zulima.