viernes, 28 de diciembre de 2012

El robo.


- Doctor Mateo, pase por reanimación, llamaron al altavoz.

 - ¿Ha vuelto en sí?


- Se está despertando, doctor.

- Hola, hola ¿cómo se siente?

- ¿Estoy en el hospital? ¡Ah, si! ya recuerdo…el choque…

- Tranquilo, está en buenas manos. Le voy a mirar los ojos, siga por favor la luz que moveré hacia un lado y a otro. Bien, muy bien. Ahora va a hacer lo que le diga, no se preocupe. Voy a levantar mi mano, usted ha de llevar su dedo índice a mi dedo índice, pero tocándose primero la punta de la nariz, ¿ha comprendido? Bien así, eso es, perfecto. Ahora ya puede contarme que cree que le ha sucedido.

- Venía de viaje, una luz se abalanzó sobre mí y me parece que chocamos. No, no fue así. Venía cansado, paré en la gasolinera a repostar, luego me tomé un refresco y dos bollos y me quedé en el coche a dormir un rato para proseguir viaje. Desperté sobresaltado por el ruido cuando el otro coche se me echó encima. Los cristales del parabrisas me salpicaron la cara. No, espere, ese cristal estaba entero, recuerdo que antes de desmayarme vi las luces de la estación de servicio apagadas. Tan solo quedaban un par de ellas encendidas. Si, la luz no vino de frente, vino por mi izquierda, sentí un fuerte golpe y como se me clavaba un cristal en el cuello, luego me desmayé. Nada más. ¿Le ocurrió algo al otro?

- No, solamente usted resultó herido. Y, ¿cuando sucedió eso?

- Supongo que anoche, ¿no es hoy sábado?

- No señor, hoy es lunes, hace tres horas que le encontraron en el aparcamiento de la gasolinera.

- ¿Y es grave? Me duele bastante este costado.

- Le hemos hecho análisis, radiografías y demás. Dentro de lo que cabe, está bien; tiene usted una herida, pero no fue un accidente de tráfico; le han robado.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Profazar.



1. tr. Abominar, censurar o hablar mal de alguien o algo.

Cuando el DRAE es tan escueto, y si tengo tiempo, me dedico a tratar de averiguar algo más sobre lo que me suena a palabro. Así, sobre este, he encontrado que proviene de pro, y faz. (No hay que ser demasiado agudo para sacarlo en consecuencia).

Pro, procede del latín: Prode, provecho, y también Faz: de Facies, cara, rostro.  La expresión "buena pro" se utilizaba en Castilla a modo de saludo a los que estaban comiendo. Quizá mi amigo Rubén la haya oído por su tierra.

La palabra no me gusta, cosa rara para mí, quizá sea por su condicionante significado.

martes, 25 de diciembre de 2012

Theodorakis.




Esta canción fue compuesta por Theodorakis sobre un poema de Seferis y cantada por  María Farantouri. Espero que os guste.
George Seferis era el seudónimo de Georgios Seferiadis (1900 - 1971). Fue uno de los más importantes poetas griegos del siglo XX y un premio Nobel. También fue diplomático de carrera en el servicio exterior griego, culminando en su nombramiento como embajador en el Reino Unido, cargo que ocupó desde 1957 a 1962.
Mikis Theodorakis, nacido el 29 de julio de 1925, es uno de los más reconocidos compositores griegos y compositores. Internacionalmente, es conocido por sus canciones y sus bandas sonoras para las películas de Zorba el griego) y Serpico.
Maria Farantouri, nacida el 28 de noviembre de 1947, es una cantante griega que ha colaborado con destacados compositores griegos como Mikis Theodorakis.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Bezo.


He dicho bezo, que no bozo ni beso, y aunque solamente se diferencian en una letra, y todas tienen que ver con la boca, ésta se refiere al labio, mientras que la otra, bozo, está en el labio. El beso, ya sabemos de sobra lo que es.

(Voz onomat.).
1. m. Labio grueso.
2. m. labio (reborde exterior de la boca).
3. . Carne que se levanta alrededor de la herida enconada.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Arany Zoltán.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Feliz Navidad.




 A aquellos que pasaron por aquí dejando su comentario, a los que calladamente me leísteis, a los que ni siquiera os molestasteis en leer. A todos, quiero felicitaros las Pascuas.

 ¡Que vuestros deseos se vean cumplidos y acrecentados, para que llegue algo más de felicidad a vuestros corazones!


jueves, 13 de diciembre de 2012

La fragilidad y el lobo.


Me pareció frágil. Frágil en lo personal y frágil de mente. Sus ojos decían bien a las claras que algo no funcionaba bien en su cabeza a pesar de que trataba de disimular. Aquella tendencia a refugiarse cerca de su madre cual animalillo desvalido, aquél encogimiento de hombros, de su persona entera, procurando pasar inadvertida, aquella falta de comunicación con los demás, las miradas huidizas que se intuían tras las grandes gafas oscuras.

Rodeada de aquél grupo, ella estaba sola, con sus temores y miedos. Y sin embargo, no hacía mucho, según decían, alternaba con la sociedad más actual. Con esa sociedad moderna que casi vive en los platós de programas televisivos contando vergüenzas y desvergüenzas de unos y otros. Con aquellos que participan en concursos tratando de ganar popularidad a base de ser los más cutres.

Estás equivocado, me decían, es todo una pose para conseguir aquello que desea. Amargó a su novio, domina a su madre para la que todo lo que ella dice o hace es ley. Es una persona destructiva hasta el punto de que comió de tal modo el tarro a su hermana, que acabó separándose de su marido; era un don nadie, alguien inferior. Al fin y al cabo, él tenía carrera y trabajo, ellas, ambas, ni lo uno ni lo otro.

Quizá el haber sido una niña consentida y mimada en exceso desde el mismo día en que nació, la llevó a esto. Ya el nacimiento de su hermana, cinco años después del suyo, fue un trauma inapreciado por sus padres - es la clásica pelusilla - decían, y esto, coartó mimos y halagos a la segunda. 

Sabedora de que ella era además de la primogénita, la primera en todo y para todo, acoquinó de tal modo a su hermana, que ésta no era sino su sombra. Ella era la más bella, elegante y entendida, transcurriendo su niñez y pubertad en un entorno de felicidad suprema sin nadie que la contrariara.

Pero este mundo irreal que se forjara, se empezó a derrumbar cuando las desavenencias conyugales -para su padre acabo por ser insoportable el tener a su lado a una mujer que se creía tan niña como su hija- dieron como resultado la disolución del matrimonio.

Por todos los medios trató de unir nuevamente a la pareja. No trataba de buscar con ello, la felicidad de ambos, cuanto de reponer aquel mundo de cuento en el que siempre vivió. Así, encontró a la pareja de su padre como una pelandusca que iba en pos de su dinero, y al querido de su madre, como al zafio y chabacano mal educado que todo lo arreglaba con la prepotencia de sus caudales. Ni imaginar podía, que en ambos casos, pudiera haber amor; sus padres aún se querían y todo volvería a ser lo que antaño fue.

Pero el tiempo transcurría en su contra. Aquellos seudo amigos, ficticios o no, la abandonaron; no había en ella conversación, ni alegría, ni propuestas, nada. Era como el bello mueble que está allí simplemente como adorno.
Y volvió al plan tantas veces repetido; se hizo la enferma para que estuvieran todos pendientes de su persona. En realidad, esta vez era verdad, pero le ocurrió como al pastor; cuando el lobo llegó, nadie le hizo caso. Su lobo fueron aquellas pastillas que la llevaron al lugar donde nada se necesita.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Parias.


Al leer este vocablo, no me cabe la menor duda, de que el 99% del personal está pensando en que es el plural de Paria o intocable, esa casta hindú dejada de la mano de Dios.

Sin embargo, también se conoce con este nombre genérico a un grupo de serpientes venenosas, o a los restos del parto; placenta y membranas.

La palabra que he traído hoy, me llamó la atención cuando estaba leyendo algo relacionado con…

(Del b. lat. pariāre, igualar una cuenta, pagar).
1. f. pl. Tributo que pagaba un príncipe a otro en reconocimiento de superioridad.

martes, 11 de diciembre de 2012

Tiburón en Luanco.



Hoy cuando estaba pescando apareció este tiburón. Las fotos son malas, las hice con el teléfono y no veía la pantalla por culpa del sol; eran sobre las doce del medio día. Pudiera ser una pintarroja (patarroxia), abundantes en el cantábrico, aunque me despista la aleta dorsal; solamente una cuando suelen tener dos o, tres. Medía tres metros mínimo, por lo que me parece que es pequeño para ser un tiburón ballena (raro sería encontrarlo por esta zona) aunque el color oscuro con lineas o manchas amarillentas lo pudiera parecer. Otra característica importante es el morro; alargado y cónico. Lógicamente lo he buscado, pero no encuentro parecido con las imágenes que he visto por la red. Esperemos que alguien me informe.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Magia (Reposición)



Este cuento fue escrito e impreso para mi nieta Ana. El que fuera dedicado a una niña, no quiere decir que no interese a los mayores. Creo sinceramente que algo aprenderán.
Lo subí en los primeros días de mi andadura por el blog, así, que si alguien quiere leerlo por capítulos, en el buscador lo puede encontrar. También hallaran algunas explicaciones.

MAGIA ES A MAGO, COMO VARITA ES A MARAVILLA

Aquel verano comenzaba como todos, sin embargo, no iba a ser como los anteriores. Pero eso aún no lo sabíamos mi hermano y yo, cuando nuestros padres nos metieron en el tren, camino de la casa de los abuelos.

Viajamos toda la noche en aquel vagón de segunda clase, con sus asientos mullidos y sus pañitos de puntillas en el reposacabezas. Los primeros kilómetros, mi hermano y yo los pasamos pegados al cristal de la ventanilla del pasillo. Veíamos las luces lejanas de algunos pueblos y el bullicio de las gentes en las estaciones donde el tren hacía las paradas. Algún vendedor de blanca chaquetilla, voceaba gaseosa fresca y apuraba las ventas antes de que el jefe de estación, anunciase con el toque de campana la partida del convoy. El carretón con las sacas de correos, maleteros con el equipaje de los que se bajaban o subían, familiares que decían adiós con las manos, la pareja de la guardia civil que observaba... La locomotora de vapor silba y el tren parte, internándose poco a poco, en la negrura de la noche hasta que una nueva estación aparece. Cansados pasamos al compartimento, mi padre cerró la puerta, echó las cortinillas que daban al pasillo, apagó la luz y nos dijo que durmiéramos. Nosotros así lo hicimos acunados por el traqueteo del convoy y el rumor de la conversación de nuestros progenitores.

Al alba despertamos, las animadas conversaciones que provenían del pasillo, a mí por lo menos, me despejaron casi de sopetón. Agarrando la manilla de la puerta, miré a mi madre, que con una sonrisa de complicidad, concedió el permiso. El pasillo estaba ahora lleno de gente. Gente que seguramente había subido al tren hacía poco, en algunas de las estaciones anteriores y que se mezclaban con los que como nosotros, acababan de despertar. Había bastantes hombres tocados con boinas, calzados con madreñas y con varas en la mano, mujeres portando paraguas y cestas, y todos parecían por su vestimenta, aldeanos que fueran a alguna feria. Olían a humedad, a lluvia recién caída y al humo de aquellos gordos cigarros que liaban petaca y librillo en mano. Como no encontraba hueco para acercarme a las ventanillas del pasillo, volví sobre mis pasos y fui a la del compartimento. Efectivamente, el cielo estaba plomizo, y aunque apenas si se veía caer del cielo, por lo fina, el agua daba un brillo especial al verde. Las diminutas gotas, cual perlas posadas en las matas, en las hierbas, los helechos y los árboles, iban engordando poco a poco hasta que caían al suelo.

-¡Orbaya eh! -dijo mi padre- No te preocupes, en cuanto acabemos de bajar el puerto seguramente lucirá el sol.

El tren bajaba despacio, zigzagueando y atravesando túneles. A veces, allá abajo, se veía la vía por donde habríamos de pasar en unos momentos. Al llegar a la Cobertoria ya no llovía y en Pola de Lena el sol asomaba tímidamente como vaticinara mi padre. Aquí se bajaron los aldeanos y por un momento fue tan notorio el silencio, que parecía que el tren hubiera quedado vacío. Nada más lejos de la realidad, pues aunque se subió gente en Ujo, Mieres o Ablaña, fueron muchos los que se apearon en Oviedo y más los que se bajarían en Gijón. Pero eso ya no lo veríamos nosotros. Nosotros nos bajamos en Veriña para hacer transbordo al Carreño que nos llevaría a Candas.

Apenas habría transcurrido media hora, cuando los verdes vagones de madera del Feve asomaron por la curva en dirección al pequeño apeadero. Pronto el paisaje de montañas que hasta ahora habíamos venido viendo desde que amaneciera, se complementó con el azul de la mar, una mar que se extendía hasta el horizonte y que lamía las laderas del acantilado allá abajo, en lo profundo. Nosotros ya habíamos hecho aquel recorrido muchas veces, no obstante, a mí, no dejaba de impresionarme la altura y lo cerquita del abismo por los que discurría el trayecto en algunos lugares.

La casa de los abuelos está cerca del monte de San Antonio. Árboles en la parte alta donde mirando a la mar se yergue el faro, abajo, a la falda, huertos de hortalizas, alguna tierra con maíz, prados donde se tienden para remendar las redes y unas pocas casas.

Llegamos sobre las once. Los abuelos, como siempre; bien. Las tías; cada día más solteras. La casa, cada año más pequeña. Los amigos, ávidos de noticias de otros lugares; cuanto dura el viaje, como es la escuela, a que jugáis... Y aunque el viaje fue largo, tal vez cansado, antes de las doce ya estábamos en la capilla, en lo más alto del monte para ver al santo, como todos los años.

Cerca ya de la iglesia de San Félix, hay una casa a la que un vecino nuevo ha venido a vivir. Dicen los que le han visto, pues pocos le conocen, que es un viejo retraído que apenas sale. A veces se le ve arreglando el jardín, pero en muchas ocasiones la casa parecería estar desierta si no fuera por que se le oye cuando toca el piano. Aquella tarde sí estaba en la casa, y, nosotros, los cinco amigos que siempre andábamos juntos, pudimos conocer al hombre y su morada. Nos acercamos a la portilla de madera atraídos por las vigorosas y alegres notas que se escuchaban a través de la ventana. Nuestra curiosidad nos empujó hacia los escalones del porche donde nos sentamos. Tras escuchar un par de piezas, el piano dejó de sonar y en la puerta apareció un hombre de pelo cano.

- ¿Os gusta la música? -Preguntó cuando ya nos disponíamos a irnos.

- Si, lo que toca es muy bonito –respondió alguno.
- ¿Queréis ver mi casa?. Tengo dentro las cosas más maravillosas que jamás habéis visto.

A mí, por lo menos, me dio un poco de miedo. Por mi imaginación pasaron velozmente las recomendaciones que siempre nos hacia mi madre "ojo con quien andáis, no fiaros de las personas a quien no conocéis". Pero ya era tarde, alguien acepto de inmediato...

- Si, nos gustaría mucho.

En el recibidor ya acusamos el primer impacto, un sarcófago egipcio estaba apoyado en la pared frente a la puerta de entrada. A mi no me asustó en principio, pues los bonitos colores e inscripciones con que estaba adornado llamaban la atención. Simón –así dijo llamarse- comenzó a explicarnos cosas del antiguo Egipto.

- Estos dibujos que veis en el sarcófago, no son sino jeroglíficos, es decir; son como las palabras y, por tanto, dicen cosas; son formulas mágicas para preservar al difunto de todo peligro en el otro mundo. Dentro de ese ataúd, como diríamos nosotros, ponían al muerto momificado ¿sabéis que quiere decir momificado? ¡Ah, que habéis visto "La Momia"! Bueno, pues eso, después de lavarlo y perfumarlo le sacaban las vísceras, todas menos el corazón y los riñones. Luego sumergían el cuerpo en un líquido durante un tiempo, como si fuera en salmuera, rellenaban los huecos vacíos e impregnaban el cuerpo con resinas olorosas, aceite, leche y especias para acabar envolviéndolo en gasas. Con esto y bastantes ofrendas y manjares, mantenían vivo su "ka" hasta que el alma y el cuerpo se unían de nuevo en el otro mundo. ¿Quiere alguien entrar para ver lo cómodos que estaban?

- Yo entraré –dijo mi hermano, que por ser el pequeño, siempre quería presumir de machote.

Simón le apartó un poco de los demás y le cuchicheó algo al oído, luego, abrió la tapa y Abel se dispuso a entrar.

- Colócate como yo te he dicho; la espalda apoyada en la tapa del fondo, los brazos a lo largo del cuerpo o cruzados sobre el pecho y no te asustes cuando se quede todo oscuro, solo será un momento.

Cuando se cerró la tapa Simón se volvió hacia nosotros y nos dijo...

- Es muy valiente este chico, sin duda el día de mañana será algo grande. ¿Quién quiere abrir ahora la tapa?

Eso no daba tanto miedo y todos contestamos a una... Yo, yo... -Bien. Tú mismo ¿cómo te llamas?
-Joaquín, pero me llaman Juaco.

- Sepárate un poco para que los demás vean el interior, coges por esta manilla y abres aprisa, con fuerza y hasta atrás. ¡Ya!

Juaco hizo tal y como se le mando y todos gritamos espantados al ver como una piojosa momia se nos aparecía moviendo sus brazos para atraparnos. Simón reía al vernos, por lo que pasados los primeros instantes, comprendimos que allí había truco. La momia era tan falsa como el sarcófago, pero, ¿dónde se hallaba mi hermano?

- ¡Cierra, cierra aprisa no nos vaya a coger! -Decía Simón con sorna y muerto de risa.

Juaco volvió a cerrar y Simón abrió acto seguido. Abel apareció tal y como cuando se introdujo. Cuando le explicamos lo que había pasado, también él quiso ver al faraón. Simón nos invitó y uno a uno fuimos entrando para comprobar que simplemente se trataba de una plataforma giratoria con un panel que ocultaba un doble fondo. Cuando la momia estaba al frente, el desaparecido había girado y se hallaba en la otra cámara, luego, un nuevo giro y todo volvía a su posición inicial.

- Queridos niños, yo no sé, si vais mucho al circo. Aunque los números de magos no son un espectáculo demasiado habitual, Yo he sido mago en muchos de ellos. Trabajé en América en el Circo de los Hermanos Ringling, aquí en España en el Circo Price de Madrid y en el Olimpia de Barcelona y he actuado en las mejores salas de toda Europa y América. Trabajar en el circo para los magos es muy problemático, por eso casi nadie lo hace, los espectadores están en derredor tuyo y es fácil que puedan ver los trucos. Es mejor actuar en salas donde la gente está al frente y su campo visual es mas limitado, por que esto, queridos niños, no es magia, es ilusión.

Nos fue enseñando las habitaciones de la casa y los cachivaches que contenían, todos ellos relacionados con aquél maravilloso trabajo que durante toda su vida había tenido. A mí me llamó poderosamente la atención una vitrina grande donde guardaba numerosas varitas mágicas. Algunas estaban en estuches, otras simplemente descansaban sobre los cristales de las repisas y todas ellas tenían una nota donde se leía su nombre y procedencia.

- Este aparato que aquí veis, es la guillotina. Es una máquina infernal inventada por monsieur Guillotin y que se utilizó en la revolución francesa más de lo que fuera necesario. Por estos dos pilares, desciende aquella cuchilla que cae con fuerza sobre el tajo, cercenando lo que se encuentre en él. Muchos nobles, gentes del clero y de las clases altas fueron decapitadas por guillotina en espectáculos horrorosos que la gente aplaudía. Las ejecuciones eran públicas apiñándose el pueblo en torno al cadalso adonde llegaban los reos en carros tirados por asnos e insultados por la muchedumbre. Sonaban los redobles de los tambores mientras al reo lo colocaban de rodillas, su cuello entraba en este agujero, los tambores cesaban, la plebe contenía la respiración... la cuchilla se soltaba de la sujeción y bajaba rauda con un silbido y un golpe final. La cabeza caía separada del cuerpo en un cesto y la sangre se derramaba a borbotones sobre las tablas del piso mientras las piernas de los ajusticiados danzaban en macabra convulsión. Así uno tras otro iban cayendo y amontonándose los cuerpos descabezados, que luego eran transportados en los carros para su enterramiento. El verdugo, alzando la cabeza por los pelos, la enseñaba a la gente que aplaudía, gritaba... y pedía más.

Estábamos, o yo por lo menos lo estaba, atenazado no sé si por el miedo, el asco a la sangre, o a la gente que reía y aplaudía aquello. Entonces surgió la pregunta que a todos nos hizo retroceder un paso...

- Este aparato está modificado respecto del original. Aquí, hay dos agujeros más que corresponderían al lugar de las manos, es decir; al que ajusticien aquí, perderá no solo la cabeza, también las manos.

- ¿Queréis ver como funciona?. A ver, que alguno de vosotros vaya a la huerta, vea si hay unos pepinos gordos y que los traiga, vamos a hacer la prueba con ellos.

El anciano, que sonreía malicioso observando de reojo la cara de espanto que aún teníamos, introdujo las hortalizas en los agujeros, soltó la cuchilla y sendos trozos quedaron en el suelo con un corte limpio.
-Esto es lo que sucedía, pero como yo soy mago, voy a repetirlo una vez más y veréis lo que sucede. ¿Alguien quiere ocupar el lugar del pepino?

Ante los enérgicos movimientos negativos de nuestras cabezas y las manos que protegían el cuello añadió...

- Ya me parecía a mí que no iba a haber voluntarios. Fijaos bien ahora y no creáis que lo que vais a ver es un fallo; es magia.

Izó la cuchilla e introdujo un poco más los pepinos, fue hasta la vitrina donde guardaba las varitas mágicas de donde cogió una al azar, luego, con mucho teatro, dio unos pases pronunciando misteriosas palabras y en un momento dado accionó el mecanismo. La cuchilla se deslizó nuevamente hacia abajo y... ¡Oh magia! El pepino del centro, aquel que estaba donde debía de estar la cabeza, se hallaba intacto mientras que los de los lados habían sido cortados de nuevo.

-¡No puede ser! ¿Por qué no ha cortado el del centro?

- ¡Porque la hoja no ha llegado hasta abajo!.

- ¡Cómo no va a bajar, no te das cuenta que si no bajara, los de los lados no estarían cortados!

- Este número se hace aún, pero yo os voy a contar el truco si me prometéis no decirlo a nadie.

Al ver que todos asentimos, prosiguió - Aquél que dijo que la hoja no llega hasta abajo, tiene parte de razón. La cuchilla llega hasta abajo cuando se hace la demostración con las hortalizas, pero cuando se hace con una persona, se coloca este tope de seguridad ¿veis? Así no pasa la cuchilla.

- Y si no pasa... ¿cómo corta los pepinos?

- Simplemente por que aquí escondida, entre el agujero de la cabeza y el de las manos, hay otra cuchilla, que es empujada hacia abajo por los tacos laterales que van sujetos a la de arriba. Esta es la que se ve y corta los pepinos.

Nos hizo la demostración varias veces hasta que todos comprendimos el truco, luego, y para quitarnos el mal sabor de boca que aún pudiéramos tener, nos hizo el número de las anillas chinas, el de la botella encantada y unos cuantos pases de monedas donde demostró su habilidad. Con esto, dio por finalizada la función y nos acompañó hasta la puerta, invitándonos a volver otro día.

Simón debía suponer, que nos iba a ser imposible guardar los secretos que nos había mostrado. Si eso fue lo que pensó, tenía razón, pero hombre inteligente, también debió pensar, que nos íbamos a liar al tratar de explicar algunas cosas, como así sucedió.

- Mira por donde sin pagar, habéis gozado de un buen espectáculo –decía mi padre- el próximo día voy yo con vosotros.

Aquella noche tuve muchos sueños, quizás por el cansancio acumulado, quizás por las novedades habidas durante el día. Entre aquellos sueños había uno que a menudo se repetía y que me llenaba de angustia; Estaba en un edificio, tal vez un hotel, en un largo y tenebroso pasillo en el que solamente se abrían dos puertas. Yo sabía que eran los ascensores y que había de coger uno de ellos para buscar algo en los pisos superiores. El ascensor de mi derecha era amplio y estaba bien iluminado, lo sabía de otras veces, pero el tiempo apremiaba y por más que apretaba el botón llamándolo, no venía. Sabía que iba a tomar el otro, aquel que parecía una caja de cerillas suspendida por un solo hilo central. Así fue; se abrió la puerta y solo por un instante dude en introducirme en él, tenía prisa y miedo a que alguien apareciera en aquella penumbra y me cogiera por detrás. Pulsé el octavo o el décimo, no lo sé, solo sé que aquella caja que parecía un ataúd comenzó a moverse entre chirridos y roces contra las paredes. Yo me mantenía con la espalda pegada a la pared, en el centro y sin osar mover un músculo para que no se bambolease. Aquel cajón de hojalata subía uno o dos pisos y de repente caía de golpe desandando parte de lo andado. Por fin llegamos a nuestro destino, salgo frente a una puerta que empujo... y mi sueño se desvanece, el pánico que sentía se ha disipado, me encuentro relajado delante de una vitrina. Esta parte del sueño no la conozco, es nueva y quiera dios que no acabe como siempre, en enuresis. Me doy cuenta de que estoy en casa de Simón, frente a su vitrina de varitas mágicas. Abro las portezuelas y me pongo a examinar las varas. Todas me llaman la atención, pero hay una que lo hace sobre manera; es una pata, quizá de águila, tal vez de búho, con garras largas, afiladas y plumosas. No parece una varita mágica, aunque la nota dice "Vara de chaman chichimeca encontrada en una de las cavernas del cerro del Laurel en Aguascalientes, Méjico". La cojo con cuidado y la mantengo a la altura de los ojos, algo raro sucede, la habitación ha desaparecido, me encuentro en pleno campo, en un claro rodeado por árboles no muy altos y al lado de un montículo con forma de volcán.

Veo hombres, parecen indios o mestizos, semidesnudos y con cintas en la frente, mujeres con niños a la espalda y con sus cabezas tocadas con pañuelos multicolores. En el centro de aquellas gentes se halla el chaman, parece que yo estoy detrás de él, veo todo lo que ve y todo lo que hace, lo que dice. Va vestido con un sayón de tela basta, como de esparto, sobre los hombros lleva una piel de leopardo u ocelote. En la cabeza parece llevar un sombrero pero apenas si puedo ver el ala ya que esta cuajado de plumas de colores; Negras de zopilote, blancas, pardas y amarillas del tecolote, castaño oscuro del águila real... Por debajo del sombrero asoma su pelo negro y crespo que le tapa casi toda la frente. Sus pómulos están pintados con marcas amarillentas y sus labios murmuran palabras sagradas. Miro a su mano derecha, que en alto, y con movimientos acompasados, sostiene la vara sobre la cabeza de aquel que pide la curación. Mientras, la izquierda, sostiene una bolsa de piel de conejo que contiene semillas, hierbas y talismanes.
Fin de la primera parte.

Magia II (Reposición)

¡Sergio, Abel, levantaos que vamos a ir a la playa!

Con ojos somnolientos y medio aturdido, me despierto extrañando la habitación. Instintivamente echo mano a las sabanas y compruebo que, a pesar de la pesadilla del ascensor, hoy no he mojado la cama.
Mi padre se marchó aquella tarde porque tenía que trabajar, y ya no volvería hasta la última semana de julio. Lo fuimos a despedir a la estación y a eso de las nueve volvimos para casa. Este día no había sido del todo gratificante para mí; Habíamos estado en la playa donde jugamos y nos bañamos varias veces, pero luego de dormir la siesta, tuvimos que ir a la huerta del abuelo donde merendamos; Se fue mi padre que era nuestro mejor cómplice planeando excursiones, y lo peor de todo, es que no habíamos ido a casa de Simón como prometimos.
Aquella noche no soñé, o si lo hice no lo recuerdo. Lo cierto es que me fui a la cama esperando proseguir aquella historia tan rara que aún permanecía nítida en mi mente, pero los indios y el chaman no volvieron.
El nuevo día amaneció un tanto gris y pasamos la mañana correteando por el monte. Por una vez, y sin que mi madre se tuviera que desgañitar llamándonos, antes de la una, como le gustaba al abuelo, ya estábamos en la cocina esperando la comida. Mi abuela notó que algo raro pasaba...

- ¿Qué es lo que estáis planeando pillastres? Os noto un poco intranquilos...
- Es que vamos a ir a casa de Simón, prometió hacernos algunos trucos...
- Pero será después de dormir la siesta –dijo mi madre.
 -¡Oh, no! Nos está esperando.

Las dos mujeres accedieron no sin poner algunas trabas, pero tras unas zalamerías nos dejaron libres.
Abel y yo nos sentamos en la escalera de Simón esperando a que llegaran nuestros amigos. Hoy no sonaba la música y la ventana permanecía cerrada, llegué a pensar que el dueño no estaba, pero al poco, el mago apareció portando una cesta. Venía de la huerta donde había recogido unas lechugas y tres capullos de rosa.

- No sois puntuales, llegáis con un día de retraso –nos reprochó- y vuestros amigos, más aún, ya veo que no han venido.

Echamos a culpa a nuestros padres, y él comprensivo, aceptando las disculpas nos invitó a pasar. Quedamos en el recibidor mientras él entraba a la cocina donde dejó la cesta. Al pronto salió con las rosas y un búcaro con agua que colocó en una pequeña mesa. Como quiera que a mi se me iban los ojos hacia la sala que ya conocíamos y donde almacenaba algunos de aquellos artilugios, nos dijo que fuéramos mirando, sin tocar, mientras colocaba las rosas. Abel se sintió atraído por el cofre de las espadas y yo, que a nadie había contado mi sueño, me pegué a la vitrina de las varitas como no podía ser menos. Aquella fijación mía, que ya observara el día anterior, le llevó a preguntar...

- ¿Sientes atracción por alguna en especial?
- Si, por esta que parece una pata de águila.
- ¿Quieres tenerla en tu mano?
- Ya la he tenido en mi mano, pero ha sido solo en sueños.
- ¿Has soñado con ella? ¿Qué fue lo que soñaste?
- Que la vara perteneció a un hombre que curaba a los enfermos y adivinaba cosas.
- Si, según parece perteneció a un chaman, ¿sabes lo que es un chaman?
- Es como el hechicero de la tribu.
- Cierto. Pero lo que me dices, no es nada nuevo, cualquiera que haya leído el papelito y consulte una enciclopedia, me puede decir tanto como tú.
- Pero, cuando yo cogí la vara... vi a toda aquella gente...
- A ver, ¡cógela!.

Puso la pata mágica en mi mano y yo icé los brazos a la altura de los ojos, cual si fuera un director de orquesta preparado para comenzar a dirigir. Tenía los ojos semicerrados y el cuerpo un poco encorvado hacia delante tal y como me había visto en el sueño. Enseguida, a mi cabeza, comenzaron a llegar imágenes; A la puerta de una cabaña de adobe, había un hombre agachado en cuclillas y que miraba las brasas de una pequeña hoguera. Lo reconocí al instante. Él se percató de mi presencia y levantándose, me condujo por un sendero entre los árboles, hasta el claro del montículo sagrado en forma de volcán. Nos sentamos en el suelo al pie del cono y donde quedaban restos de hogueras anteriores. Encendió fuego. De un zurrón que llevaba a la espalda, saco un cuenco donde puso unos polvos que amasó con su propia saliva, luego, con aquella pintura trazó unos signos en mis pómulos. A continuación tomó una caña gruesa en forma de pipa que llevaba al cinto y en la que puso un poco de tabaco. La encendió con una brasa, luego me lanzo cuatro bocanadas alrededor de la cabeza mientras que, con la garra de águila, parecía querer difuminar el humo en mi derredor. Dejó la pipa en el suelo para sacar de la bolsa de piel de conejo algo entre sus dedos pulgar e índice y que se llevó a la nariz aspirando. Pronto pareció entrar en trance. "Tú eres mi único descendiente entre los descendientes y yo te transmitiré todos mis conocimientos. Tú serás hombre que sana y viajarás a la tierra de los muertos para traer de regreso a los espíritus difuntos. Tu verás lo que los demás no pueden ver y así protegerás a tu gente del infortunio".

Del mismo modo en que la visión vino a mí, me dejó. Abrí los ojos y miré a Simón que estaba un tanto lívido y con cara de haber, si no visto, sí oído, a un fantasma.

- Oye niño ¿has visto de verdad lo que has relatado, o ya lo traías aprendido?
- Sí que lo he visto, es distinto a lo que soñé, pero yo sabía que iba a tener en mi mano esta varita mágica.
- Por favor, elige otra y dime si ves algo. ¿Tal vez esta tan bonita?

Le hice caso y cogí la vara recubierta con una cinta estrecha de color rosa y orlada en oro. En la punta brillaba una estrella hecha de trocitos de espejo. Di comienzo al ritual y al cabo de unos minutos devolví la vara a su dueño.

- Esta vara no es de ninguna hada madrina. Es un trozo de palo que solo sirve para que jueguen las niñas.

Así fuimos probando las varas una a una. Simón descartaba aquellas que él mismo había fabricado, o las que compró casi al peso en un almacén de Paris.

- Prueba esta otra- me dijo acercándome una rama en cuya nota se leía; "vara de acacia de un oloiboni Masai"

En aquél momento nuestros amigos llamaron a la puerta y mi hermano que había asistido a aquello sin pronunciar palabra, fue a abrir. Mientras lo hacía, Simón me pidió que continuáramos con aquello, otro día, nosotros solos, ya que estaba muy interesado. Pero yo ya tenía la vara en la mano y estaba en posición. Comencé a sentir un fuerte calor, más que cuando estaba en la playa. Sin embargo, me encontraba a la sombra de una gran acacia y había algo de brisa que movía la alta hierba. Estaba sentado en el suelo formando corro, junto con otros chiquillos que escuchaban a un anciano. No me inmuté al ver que mis compañeros eran todos de un color chocolate rojizo, tampoco lo hice al ver sus vestimentas, aunque para mí todo aquello era nuevo. El anciano, al cual entendía perfectamente, a pesar de hablar un idioma raro, se servía de la mímica o alteraba su voz cuando imitaba a los personajes de los que hablaba. En aquellos momentos, y con motivo de un fallecimiento acaecido, estaba narrando cual fue el origen de la muerte.

"Al principio del mundo no había muerte. Leeyio, el primer hombre puesto en la tierra por Naiteru-Kop, recibió de éste un día las siguientes instrucciones:
- Cuando un hombre muera, deberás preparar su cuerpo. Recuerda que siempre habrás de decir estas palabras: "muera el hombre, mas regresará; muera la luna y en lo remoto permanezca".
Pasó mucho tiempo antes de que nadie falleciera, pero un día la muerte llegó al hijo de un vecino. Avisaron a Leeyio para que preparase las honras fúnebres y él, mientras lo hacía, recitaba las palabras que le habían sido transmitidas. Pero cometió un error y dijo: Muera la luna, mas regresará; muera el hombre y en lo remoto permanezca".
Desde aquél día, nadie sobrevivió a su propia muerte. Un tiempo después, fue el hijo del mismo Leeyio el que murió. El entristecido padre, más meticuloso en esta ocasión, recitó con cuidado: "Muera el hombre, más regresará; muera la luna y en lo remoto permanezca".
Al escuchar estas palabras, respondió Naiteru-Kop: "Ya es demasiado tarde. El día que te confundiste nació la muerte entre vosotros". Desde entonces ningún humano regresa de la muerte. Desde entonces es la luna quien, tras desaparecer, regresa al mundo de los vivos".

En el mismo momento en que finalicé el relato de esta leyenda, la visión desapareció y todo volvió a su entorno natural. Los chicos me miraban sin llegar a comprender muy bien si aquello había sido un cuento que yo contaba, o un truco que hubiera preparado Simón. Pero el mago estaba tan boquiabierto como mis amigos y cuando ellos comenzaron a preguntar -¿dónde está el truco? ¿qué gracia tiene eso?- Simón les explico lo siguiente:

- Lo que Sergio acaba de contar, es una leyenda Masai. Solamente eso, aquí no hay truco, ni tiene por que causar gracia o risa. ¿Sabéis quienes son los Masai? Ya me imaginaba yo que no lo sabríais. Veréis; Los Masai son un pueblo africano, guerrero y valeroso, donde sus hombres, cazadores de leones, son muy altos, van armados con largas lanzas, espadas y escudos multicolores. Calzan sandalias en un continente en el que casi todos andan descalzos, y visten con una túnica azafranada o rojiza. Se dejan el pelo largo y se adornan con gargantillas y abalorios. Tienen rebaños de vacas a las que cuidan con esmero y de las que toman; sus boñigas como combustible y argamasa para sus chozas, el cuero para sus escudos y la leche como alimento.

- ¿Y, contra quiénes guerrean?
- Contra otros pueblos, a los que si pueden, les roban sus vacas y sus mujeres.
- ¿Y los leones, como los cazan?
- Ellos no son cazadores por naturaleza, en realidad la carne que comen suele ser de las cabras que tienen, pero es imprescindible para pasar de la adolescencia a la categoría de guerrero, el matar un león. Así demostraran su virilidad, su valentía.

- ¡Vaya mal que olerán sus casas si las hacen con boñigas! ¡Puaf!

- No, bueno... el oler bien o mal depende en muchas ocasiones de la cultura de cada cual. Hay quien apetece un perfume, al que otros tacharían de olor nauseabundo. Las chozas las construyen las mujeres, sobre un armazón de palos y ramas, extienden el estiércol con sus manos cuando aún está fresco. Luego, con el calor del sol se seca y ya casi no huele o lo hace muy débilmente.

- ¿Tú has estado en África?
- Sí, he estado en Egipto, en Túnez, en Marruecos, en Guinea... pero no en Kenia de donde son los Masai.

Simón quería saber de mi familia, para ver si había algún determinante que explicase aquel fenómeno, de modo que comenzó a interrogarme.

- Háblame de tu familia, a que se dedica tu padre, quienes son tus abuelos, cosas de esas...

- Mi padre es funcionario de correos y viaja mucho. Se dedica a inspeccionar las estafetas de las estaciones de la Renfe. Mi abuelo, el que vive aquí, es jubilado. Antes trabajaba en el Banco de España de Gijón donde vivía. En la casa que tiene en la Carretera de la Costa, aún viven mis tías; Irene que da clases de música en el instituto y Remedios que tiene una perfumería en la calle Uría, cerca de la Plazuela de San Miguel. No tengo abuelos por parte de mi madre, murieron cuando la guerra.

- ¿Cómo consecuencia de la contienda?
- Mi abuelo estaba enfermo del corazón desde que era joven. Un día lo encontraron muerto en la cama. Mi abuela se murió por que le pico una avispa.
- ¿Era alérgica?
- No sé muy bien lo que es eso, solo sé que la picó en la lengua, en una vena y se murió.
- ¿Podría hablar yo con tus padres?
- Con él no, está trabajando, pero mi madre esta con nosotros en casa de los abuelos.
- ¿Sabes si a alguien en la familia, le ocurre esto de ver cosas?
- No.
- ¿No lo sabes... o sabes que no les ocurre?
- No le ocurre a nadie, por lo menos que yo lo sepa. A mi solo me sucede cuando toco las varas. La que más me llama es la del indio.
- ¿Y no te causa extrañeza, no lo ves raro, no te asusta?
- ¿Por qué? Él no me hará daño, es de la familia.
- ¿De la familia?
- Sí, bueno... no sé. Parece como si lo conociera de siempre, como si fuera un abuelo, o un tío mío.

Fuimos a casa del abuelo que en aquel momento estaba en la huerta. Mi madre y mi abuela hablaban mientras colocaban una puntilla a unas servilletas.

- Este es Simón -dije yo a modo de presentación-
- El más grande de los magos- remachó Abel que venía detrás.
- Señoras –dijo Simón alargando la mano para saludar. El motivo de la visita no es solo para conocerlas, lo que me place grandemente, quisiera mantener una conversación con ustedes, aunque tal vez no se ajuste a los cánones habituales.
- Niños, ¿por qué no vais a jugar?
- No es necesario que los mande fuera señora. En realidad es a ellos, bueno, a Sergio, al que en sobremanera incumbe esto.
- Me está asustando usted. ¿Acaso han cometido alguna falta?
- ¡No, que va! Al contrario, creo ser portador de gratas noticias para ustedes. Pero antes debo de tratar de confirmar mis sospechas, para lo que he de hacerles unas preguntas. Sí fueran ustedes tan amables de responder...
- Pregunte pues y veremos si somos capaces.
- Bien, muchas gracias. ¿Tienen en la familia algún doctor, curandero o alguien relacionado con la medicina?
- No.
- ¿Alguien que se dedique a la alquimia, el ocultismo, la quiromancia, la astrología, algún clarividente o telépata?
- No.
- Piensen bien, por favor, es muy importante. No me refiero solamente a parientes cercanos, les hablo de abuelos, bisabuelos...
- Señor, yo apenas si conocí a mis padres pues murieron jóvenes. Me crió mi abuela que aún vive en Madrid. Tiene ochenta y siete años. ¿Desea que le pregunte?
- Si a esa edad tiene buena memoria, ¿por qué no?
- Hasta la fecha tiene muy buena memoria, recuerda perfectamente que nació el mismo día en que fusilaron al emperador Maximiliano primero.
- ¿Al emperador Maximiliano de Méjico?
- Sí, claro.
-¿Ha tenido usted hermanos?
- No, he sido hija única.
- Y, esta abuela suya, ¿ha tenido hijos varones?
- Únicamente tuvo a mi madre y a la tía Enriqueta.
- ¿Tenía o tiene ella hermanos?
- No que yo sepa, por allá le quedan tres hermanas; una mayor que ella y dos más jóvenes.
- ¿Sabe si tienen hijos?
- ¿Tan importante es para usted conocer el sexo de mi familia?
- Perdone usted mi insistencia, tengo una teoría que quiero corroborar.
- Mire Simón, mi abuela siempre ha dicho que nuestra ascendencia india ha sido matrilineal, y que, además, esa influencia se había dejado notar hasta el punto de que solo se engendraban mujeres.
- Y su hijo Sergio es la excepción que confirma la regla, ¿no es verdad?.
- Mis dos hijos, Simón, mis dos hijos. ¿Era eso lo que quería saber?
- ¡Que tonto he sido, usted tenía la respuesta y bastaba una sola pregunta!. Señora, le explicaré ahora mi teoría: Un lejano día, un indio, muy posiblemente apache con ascendencia olmeca-chichimeca, abandona este mundo. Lo entierran con los objetos que le pertenecieron y que en vida fueron sus útiles de trabajo; un zurrón que contiene hongos alucinógenos, hierbas medicinales, tabaco, la pipa o "tobago" que utilizará para purificar, y su más preciado bien; la vara mágica por donde fluye y transmite su energía vital. Era un chaman. Años después, alguien, que es capaz de profanar tumbas para conseguir dinero, o que lo hace en aras de la ciencia, encuentra el sencillo tesoro. La pata de águila llega a mis manos, sabedor el vendedor, de que sin duda la comprare para mi colección. Ahora llega lo más interesante; el chaman ha tenido descendencia que durante varias generaciones ha sido únicamente femenina. Hasta llegar a su hijo. Él ha sido el primer hombre en generaciones, en que su parentesco, transmitido por línea materna, desciende del chaman. Por ello, él ha sido elegido para continuar con su obra.

- ¡Por dios, que dice usted!
- ¡Ave María Purísima!
- No se asusten señoras, nada malo hay en ello, más bien al contrario; su hijo ha sido predestinado para ver lo que los demás ni siquiera intuimos, para sanar a los enfermos... y todo ello a través de esta vara que aquí les muestro. Ella es la causante de la simbiosis, el nexo de unión entre parientes y la transmisora de los poderes del chaman.
- Oiga Simón, ¿nos está contando un cuento indio?
- Respóndame usted que es portadora de su sangre. ¿No hay algo dentro de usted que la impulsa a creerlo? ¿Quiere una demostración?

La abuela no osaba abrir la boca, no sé si por que no comprendía lo que se decía, o por que estaba asustada. Mi madre titubeaba, me miraba y me veía tan tranquilo como nunca lo había estado. La serena mirada que yo le devolvía acabó por tranquilizarla. Simón interpretó correctamente y puso en mi mano la vara. Comencé a ver imágenes. Simón estaba ante el chaman, parecía fatigado hasta el punto que del bolso de su amplia chaqueta, saco algo semejante a un porroncillo de cristal y que contenía un liquido amarillento. Levó a su boca uno de los pitorros y pulsó varias veces una pera conectada por una goma al otro pitorro. Yo tocaba rítmicamente un tambor plano mientras el chaman lanzaba el humo de la pipa a Simón.

- ¿De que está enfermo este hombre? -pregunta el chaman-
- Respira mal Huematzim" –le respondo yo.
- ¿Y que es lo que aspira?
- Un tónico para los bronquios Huematzin".
- ¿Y mejora?
- No Huematzin, solo le alivia un poco.
- ¿Le buscaremos remedio?
- Si Huematzin, es un amigo.
- ¿Y, sabes como?
- Para eso estoy aquí Huematzin, para aprender.
- Bueno, pues mira conmigo dentro de él. ¿Está todo en orden? ¿Qué es lo que falla?
- Me parece que tiene una disfunción entre la gandula tiroides y la hipófisis.
- ¿Puedes arreglarlo?
- Lo intentaré con tu ayuda Huematzin.

Al oír esto, mi madre retiró la vara de mi mano y las imágenes desaparecieron.

- ¿Por qué lo ha hecho? –preguntó Simón.
- Tengo miedo de que algo malo le suceda.

- ¿A quien, a su hijo, o a mí?. Yo estaba conforme con lo que ocurría y estoy seguro de que nadie corría peligro. ¡Que mala suerte la mía, que vaya usted a creer en el momento en que me pueden sanar! Nadie, ni los chicos, saben que padezco de asma. Nunca me han visto con la bomba en la boca y solo los más allegados, saben que dejé la escena por esta causa. Comprenderá que era imposible para un ilusionista, tener que retirarse tras el telón en medio de un número, solo para oxigenarse.
Fin parte segunda.

Magia III (Reposición)

El domingo por la mañana fuimos a Gijón, el abuelo, mi madre, mi hermano y yo. Bajamos andando por San Esteban hasta el muelle, donde pudimos contemplar los pesqueros. Uno me llamó la atención por que estaba cargando carbón. Le pregunté al abuelo y me respondió que, posiblemente fuera el último de los pesqueros que utilizaban aquel combustible. En el mismo muelle tomamos el tranvía y nos apeamos en los Campos, cerca del piso en el que vivían las tías. La casa tenía a la entrada un pequeño jardín bastante descuidado y que desentonaba un tanto con las luminosas y alegres galerías que daban a él. Subimos por las escaleras de madera hasta el segundo, donde ya Irene nos esperaba con la puerta abierta. Mientras Irene alborozada nos daba sonoros besos, apareció Meyos por el pasillo soltándose el mandil y dando también grititos de alegría.
Comimos en aquella casa de la que yo guardaba muy gratos recuerdos y por la tarde, nos marchamos con la tía Irene que comenzaba también las vacaciones. Remedios se quedaba sola ya que no podía abandonar el negocio, pero dijo, que al domingo siguiente, iría ella para Candás.
Cuando llegamos a casa, a eso de las siete, mi abuela le dijo a mi madre que Simón había estado allí preguntando por ella, y que había quedado en volver, como así sucedió. Venía el hombre un tanto alterado, aunque al ver a Irene se cortó un tanto.

- Señora Guadalupe, desearía hablar con usted, en privado, si no le molesta.

- Puede hablar con toda tranquilidad, Simón, todos somos de la familia, esta es mi cuñada Irene.

- Bien, pero es que se trata de algo... que a usted no le va a gustar mucho...

- Diga lo que sea y ya veremos.

- ¿Se han enterado de lo que ha sucedido esta mañana?

- ¿A que se refiere?

- Un niño ha tenido un accidente en el muelle. Un grupo se estaba bañando y como de costumbre, competían a ver quien era el que más lejos y alto saltaba. Uno, al que por cierto conozco de andar con sus hijos, tuvo la mala fortuna de chocar de cabeza contra la arena del fondo. Lo sacaron inconsciente y ahora mismo está en el hospital de Jove.

- ¿Y es muy grave?

- Se encuentra en estado comatoso.

- ¿Y que quiere, que nosotros hagamos, aparte de sentirlo?

- Yo había pensado... que Sergio... la vara. Podemos ir al hospital y hacer algo por el chico, ¿no cree?

- ¡Simón! ¡Por favor, es solo un niño de once años! He pensado mucho en lo que sucedió el otro día... y creo que Sergio es aún muy niño para esas cosas. Cuando sea mayor se decidirá.

- Perdona Lupe –intervino el abuelo- Tú bien sabes mi parecer; cada persona tiene un camino trazado y jamás se apartará ni un solo paso de él. Es inútil que luchemos contra nuestro sino, lo que ha de suceder, sucederá.

- ¿Usted también, abuelo?

El abuelo ladeó la cabeza apretando un poco los labios en señal de asentimiento, con lo que Simón, creyendo que estaba todo ganado, salió a toda prisa exclamando...

- ¡Ahora mismo vengo, voy a buscar el taxi!

No transcurrieron ni diez minutos, cuando se presentó de nuevo. Era tarde cuando llegamos a Jove y hubo que dar bastantes disculpas, para poder acceder a la habitación de Juaco. Simón convenció también a la madre de Joaquín que velaba, para que saliese acompañada por la mía a tomar el aire. Cuando quedamos solos los tres, Simón me dio la vara y yo me arrime a la cama. La habitación era pequeña y azulejada de blanco, hasta por encima de mi cabeza, más o menos. La pared, y hasta el mismo techo estaban pintados al aceite con una pintura que en su día debió de ser blanca y que hoy estaba amarillenta. El ambiente se notaba tan frío y desangelado, que un estremecimiento me recorrió la espalda. La cara de Juaco asomaba entre sábana y almohada con un color cerúleo, acorde con el resto de la estancia. Me coloque en posición no sin antes tratar de ver sus ojos por la rendija que dejaban sus párpados. Luego, comencé.

- ¡Huematzim, Huematzim! Hoy soy yo el que ha de subir al monte sagrado.

- ¿Y, que es lo que sucede?

- Necesito tu ayuda Huematzim. Mi amigo va camino de la tierra de los difuntos.

- ¿No será que alguien lo reclama?

- Tal vez, pero yo deseo que vuelva, es mi amigo y su madre sufre.

- ¿Qué podemos hacer?

- Indícamelo tú Huematzim, yo aún no estoy preparado.

- ¿Preguntamos al que lo reclama por que lo hace?

- Sabio es tu consejo Huematzim.

-¿Qué te dice?

- Su abuelo dice, que era para él, el nieto más querido. Que, mejor estará allí a donde va, que pasando hambre en su casa.

- ¿Y el niño, que dice?

- Que el abuelo tiene razón, está cansado de comer chicharros y andar con el culo remendado.

- ¿Nada hay que puedas decirles para convencerlos?

- Si Huematzim, a ambos les diré, que al niño le espera un futuro prometedor, será alguien importante y su vida estará colmada de felicidad. El abuelo debe ayudarlo desde donde está y no ser egoísta; ha de dejar que sus padres disfruten del hijo.

- ¿Has visto que eso vaya a suceder así?

- Si Huematzim, así lo he visto.

- Pues entonces, cúralo; tienes el poder para ello. En tu cuello llevas el amuleto.

Una letanía, escondida en lo más recóndito de mi mente, comenzó a fluir de mi boca, a la par que pasaba la vara en torno al cuerpo.

- Tloque nahuaque nite quinoitia... (Señor nuestro Dios, ten clemencia)

- Nemilizameyalli tlapatiliztli yolicniuh... (Fuente de vida, remedia al amigo entrañable)

- Teta tenan nino nelilmatini... (Los padres te están agradecidos)

- Ni tlachia teitec... (Yo miro, yo veo dentro de alguno)

- Caxanilia nitleta ...(Alivio yo a alguien en algo)

- Nite patia ... (Yo a alguien curo)

- Nite tlacuicuila...(Yo chupo enfermedad)

- Cuiculia nitetla...(Yo de alguien tomo enfermedad)

- Nicte tlapaztiliztli... (Yo a alguien remedio)

Instantes después, sentí la voz de Joaquín y noté el abrazo cálido de Simón, al que se le escapaban dos lágrimas.

- Sergio, gracias, tú me has curado.

- Te olvidarás de lo que has dicho y solo recordarás que tu madre rezaba por ti.

Juaco comenzó a llamar entonces a voces a su madre, que regresó corriendo para estrecharlo entre sus brazos.

- ¡Hijo mío, que alegría más grande! ¡Gracias a dios que te has recuperado! ¡Y los médicos... que no te querían llevar a Oviedo, porque decían que un bache podía ser fatal!

De regreso a casa, mi madre solamente dirigió una mirada interrogante a Simón.

- Si él lo hizo- fue la respuesta a su muda pregunta. Pero También Simón tenía una pregunta que hacer.

- ¿Qué es lo que llevas colgado al cuello, Sergio?

- Una cuenta de cristal que mi bisabuela me colocó a poco de nacer.

- ¿Sabéis que el cristal de roca, posee los poderes mágicos de revelar los secretos del futuro? Los chamanes, en su fase iniciática, llevaban incrustado en la frente un cristal de roca para que pudieran ver a través de las cosas.

- Por favor Simón, el chico está cansado –protestó mi madre-

En los días siguientes, Simón no dejaba de pasar por nuestra casa, pero no era para verme a mí; era para ver a Irene. Que algo sucedía era notorio; las amplias chaquetas pasadas de moda, quedaron arrumbadas, elegantes trajes vinieron a suplirlas, en cuanto a su cano y largo pelo, tenía ahora un corte más actual, habían desaparecido las barbas que solía llevar de tres o cuatro días y sus mejillas rasuradas dejaban ver la tersura de su piel. Parecía mucho más joven, -en realidad tenía cincuenta y seis años- de modo que la tía Irene se sintió atraída por él. No era solo su prestancia; Simón era culto, había viajado por numerosos países, tocaba el piano, tenía mucho dinero. Y lo mejor era, que de nada alardeaba o se jactaba.

Fue la primera semana de agosto, que Simón fue a la huerta donde estaba el abuelo y le pidió a Irene en matrimonio. Allí sentados bajo el emparrado y bebiendo vino de la bota, acordaron la fecha de la boda. Como quiera que mi abuelo no tenía un pelo de tonto, cuando esto hubo sucedido, dijo en voz alta... -Ya podéis pasar, no sea que me tiréis la cerca- pues sabía que todos nosotros estábamos afuera esperando impacientes.
Simón e Irene estaban felices contagiándonos su alegría y buen humor. El mago, se sintió obligado a exponer a mi abuelo, los medios de subsistencia con que contaba para mantener a la que sería su mujer, y comenzó el relato, de cómo había conseguido sus bienes.

- En esta vida todo es cuestión de suerte y yo no me puedo quejar de la mía. Verán ustedes: Apenas contaba yo doce años, cuando un mago, que se hacía llamar "Ly Son Yon", apareció por mi pueblo. Dio la casualidad, de que, antes de la representación, su ayudante se puso enfermo, y, dio también la casualidad, de que yo acertara a estar en el momento oportuno, en el lugar adecuado. Los trucos que realizaba me engancharon de tal forma, que lo seguí por media España como ayudante y aprendiz. Pronto comencé a darle ideas de algunos trucos que se me ocurrían, y él, a veces, las ponía en práctica con mayor o menor suerte. Cuando creí que ya nada tenía que aprender de él, comencé a trabajar como ayudante con magos en Francia y en Inglaterra donde a la par que aprendía, practicaba sin cesar. Al poco de comenzar la gran guerra, y con diecinueve años, me embarque para América. Allí representé por primera vez, el truco de cortar a una persona por la mitad, que había aprendido en Londres de P. T. Selbit, y obtuve tal éxito, que desde Nueva York a San Francisco, no quedó población importante por donde pasara el transcontinental, donde yo no actuase.
-Efectuamos una de aquellas paradas en Laramie, pueblo situado en las rocosas, que iba a quedar grabado en mi mente para siempre y no por la actuación precisamente. Deambulando por la ciudad, di con un salón del más puro estilo; porche de madera, puertas batientes, cristales pintados... Adentro; larga barra a la izquierda, escupideras de bronce, mesas de verde tapete, tarima para la orquesta y proscenio para las actuaciones. El local estaba casi lleno de hombres que bebían junto a la barra, o que jugaban a las cartas. Varias camareras servían las mesas aguantando de mejor o peor grado, las bromas y los pellizcos. Me arrimé a un lado de la barra y pedí cerveza mientras observaba. En un momento y sin saber el por que, un gigantón de más de dos metros de alto y casi uno de ancho, tenía a otro hombre agarrado por la pechera y a cinco palmos del suelo. Su poderoso brazo, como pata de mula, se estaba preparando para lanzar una coz contra la cara de aquel infeliz vejete. Ni corto ni perezoso, y sin pensar en las consecuencias que aquel acto me pudieran acarrear, de dos zancadas me planté allí delante -¡detente!- dije al grandullón colocando mi bastón ante su manaza. El me miró arrugando el hocico y con una expresión en los ojos, de como quien dice: "Como se atreverá este alfeñique", dirigió el puño hacia mi. Entonces, hice un suave movimiento y convertí mi bastón en esplendoroso ramo de flores. Un ¡oh! de admiración salió de las gargantas de aquellos rudos hombres y paralizó la mano agresora. Yo no perdí el tiempo y con un par movimientos, deje eclipsado al gigante que asombrado veía como de sus orejas o de su nariz, manaban monedas. La mano que sostenía en alto al viejo descendió posando a este suavemente en el suelo, deposite las monedas en la bandeja de una de las chicas y le pedí que sirviera cerveza. Acto seguido, cogí un mazo de cartas de una mesa, subí al tablado y les hice unos cuantos trucos. No sé si fue tan buena la actuación, como para que el dueño del local quisiera contratarme, o era que estaba agradecido por haber evitado la pelea que ya se cernía sobre el local.
- Cuando salí del salón, halle al viejo sentado en los escalones. Estaba esperándome para agradecerme lo que había hecho por él.

-Soy John Silver – me dijo, tendiéndome su mano.

Yo pensé de inmediato en el pirata de la Isla del tesoro, aunque este, ni tenía pata de palo, ni parche en el ojo. Me senté junto a él, más que por propia iniciativa, por que no soltaba mi mano. Mientras, continuaba hablando.

- Ha sido usted muy valiente al defenderme de ese grizzli, y sin violencia. Muchas gracias.

- No ha sido nada.

- Usted parece una buena persona, justo lo que yo andaba buscando.

- Oiga Silver –comencé yo a disculparme- solo estoy aquí de paso...

- No importa para lo que le quiero proponer. ¿Tiene dinero?

- Algo tengo, claro está.

- ¿Cuánto tiene?

- Quinientos dólares – mentí-

- Es mucho dinero. Si me presta trescientos, le entregaré dos pepitas de oro que aquí llevo. Con el dinero comprare herramientas y víveres para explotar un placer que he descubierto. Podría vender el oro, pero la gente se preguntaría de donde lo he sacado y seguramente las tierras que deseo comprar, se llenarían de buscadores que acabarían con todo aquello. Usted me da el dinero y yo lo emplazo para dentro de un año en este mismo lugar. La mitad de lo que encuentre, será suyo.

- Aquello parecía claramente una estafa en toda regla. Un timo muy fácil de dar a un joven imberbe que, además era extranjero. Sin embargo, sus palabras parecían sinceras. Tampoco él se ajustaba a los cánones habituales del estafador; vestía con sencillez, sus manos eran callosas, tal vez las de un trabador del campo y no quería todo el dinero, solo lo suficiente. Sus ojillos escrutadores no parecían mentir y en conjunto, se apreciaba que era una buena persona. Tal vez solo fueran sueños los que revoloteaban por su mente y el dorado nunca apareciera.

- Le voy a dar el dinero.

- ¿Y, no querrá venir conmigo?

- No, gracias. Tengo contratos que cumplir.

- Sacramento, San Francisco, Los Ángeles, cuantos nombres españoles. En todas esas ciudades trabaje durante tres años y con bastante éxito por cierto. Como todos los magos, procuraba cambiar el repertorio y estaba al tanto de lo que otros mostraban en sus espectáculos; Thurston y el truco de la levitación, Goldin y la soga india, Houdini y sus fugas...
Al cabo de aquel tiempo, inicie una nueva turné, esta vez hacia el este. Como tenía unos días de actuación en Denver, y estaba a cuatro pasos de Laramie, recordé lo acaecido años atrás y me decidí a acercarme hasta allá. Busque el banco y sin hacerme muchas ilusiones me presenté...
- Me llamo Simón Álvarez de las Asturias, ¿tendrán ustedes algo para mí? El hombre hizo unas consultas y se fue directo al despacho del director. A poco salieron ambos, me pidieron alguna identificación que yo presenté, y con una amabilidad rayana en la adulación, me hicieron pasar al despacho. El director me entregó entonces una carta en cuyo sobre podía leerse:
"Señor Simón Álvarez de las Asturias.
15 de julio de 1922
15 de julio de 1923
15 de julio de 1924"
- Abrí el sobre y encontré la siguiente misiva:
"Amigo Simón: Hoy se cumple la fecha en la que acordamos nos veríamos. Durante tres días le he esperado en vano, por lo que he tomado la determinación de volver al año que viene en la misma fecha. Quiero suponer que esta usted bien, y que solamente su trabajo le ha demorado.
Paso a relatarle los hechos acaecidos desde el día en que nos conocimos, hasta el día en que deposite su parte del trato, en este banco.
Con el dinero de nuestra sociedad, compre los víveres y todo lo necesario para tratar de hallar el placer. Construí una pequeña cabaña cerca del nacimiento del río Platte donde me instalé con mi familia. Allí había encontrado las pepitas que le di, y allí me proponía buscar. Durante varios meses la búsqueda fue infructuosa. Llegó el invierno y la nieve me impidió trabajar, pero un día en que salí a cazar, tuve la fortuna de resbalar en el hielo que cubría el río. La capa era delgada y se rompió con mi peso. No había mucha profundidad, pero quede empapado perdiendo además el rifle. Con el agua helada cubriéndome hasta las rodillas, busque a tientas en el fondo hasta que hallé el arma. Cuando lo saque, asido por el cañón, en mi mano enguantada traía lo que yo pensaba eran guijarros. No era así. Eran tres o cuatro pepitas como de diez o quince gramos. Volví a casa a todo correr, cambie mis ropas mojadas y con mis hijos volví al lugar. En cuestión de dos minutos hallamos casi sesenta y dos kilos de oro. ¿Verdad que fue mucho, en tampoco tiempo? La explicación es sencilla, el oro estaba en cuatro bolsas de cuero. Una de ellas se había abierto y parte de su contenido se había esparcido por el río, por eso yo no encontraba el placer: no lo había. Dejamos de buscar hasta la primavera. Con el buen tiempo, volvimos al lugar sin esperanza de encontrar más, como así sucedió.
Traje el oro al banco y dije que era el producto de veinte años de trabajo en diversos ríos de la región. Con mi parte del dinero compré las tierras que tanto deseaba, y como aquí hay muchas vacas, nosotros nos dedicamos a la cría de caballos. De eso entienden bien mis hijos; son medio indios.
Desde el día en que encontré las bolsas, no dejaba ni uno solo, de pensar como habrían ido a para allí. La respuesta me la trajo mi hijo John Silver Pluma de Ave. Cabalgando por el monte Elbert, encontró una pequeña cueva. Dentro de ella estaba el esqueleto de un hombre, blanco sin duda y que sin duda se vio perseguido y muerto. Aún tenía sus botas calzadas y numerosos casquillos de bala, atestiguaban que se había defendido. En una grieta, Pluma de Ave, encontró un trozo de cuero en el que, a punta de navaja, estaba detallado el lugar donde encontramos el oro. Esta es la historia de nuestra riqueza. Espero verlo el año que viene, y si quisiera visitarnos, solo tiene que preguntar por el rancho Silver, a ambas orillas del River Platte del Norte y en la falda del monte mas alto de Colorado".
- Así fue como me hice verdaderamente rico. Algo más de treinta kilos de oro que en dólares eran una fortuna. Por una vez sucedió lo contrario a lo que normalmente ocurre; primero se encontró el tesoro y después el plano.

- ¿Y volvió a ver a aquél hombre?
- Hubiera sido una descortesía por mi parte, que tras haberme hecho rico, no fuera siquiera a darle las gracias. Estuve unos días en su rancho, y resultó ser cierto que sus cinco hijos eran medio indios. Su madre, era una comanche a la que su marido indio, había repudiado por que no tenía hijos.

- Pues si los llega a tener...

Fin de la tercera parte.

Magia (parte cuarta)

La noche hacia ya rato que había dejado ver sus estrellas y nosotros estábamos en esa agradable penumbra, que solo un candil con una vela de sebo proporcionaba. Pero esto fue en agosto ahora aún estábamos en julio.
Cuando Juaco regresó del hospital, fuimos a ver a Simón para que nos hiciera unos trucos. Era una forma entretenida de pasar la tarde, acompañando a un amigo que aquel verano, tenía prohibidos los baños de mar. Cuando salimos, encontramos a María la vieja, que camino de su casa, parecía ir muy apesadumbrada. Le preguntamos a su bisnieto que era lo que le sucedía y él nos contó que se había muerto Curro. Le preguntamos si eran familia y él nos dijo que no. Que lo que sucedía era que la abuela María, vivía en una casa que era propiedad de Curro. Siempre había vivido allí y la consideraba como suya. El abuelo José y ella la habían arreglado mucho; metieron el agua, hicieron el baño, azulejaron la cocina... a cambio de estos arreglos, Curro apenas si les cobraba de renta doscientas pesetas al año. Ahora, Curro el hijo, dijo que aquello se acabó, que había que pagar una cosa razonable, o que se marchase con alguno de sus hijos. Le había puesto de renta seiscientas pesetas al mes y a ella no le alcanzaba. Aquella noche, mientras me dormía, comencé a rumiar un plan que librara a aquella pobre mujer de la obligación que le había impuesto aquel burro. ¡Eureka! ¡Eso era lo que iba ha hacer!
Le conté a Simón que a María apenas si le llegaba la pensión, para pagar la renta y que sus hijos no la podían ayudar, porque bastante tenían para ellos. Necesitaba que me dejara la vara para hacer un encantamiento, y aunque el mago era algo reticente, por lo que mi madre pudiera decir, al ver que era para una buena causa, aceptó. En aquel mismo momento recurrí a mi antepasado...
- Huematzim, necesito gastar una broma...

- Ya te he enseñado mucho, ahora eres tú el que tiene que meditar, mirar dentro de sí y aprender.
- Huematzin, es por una buena causa...
- No puedo enseñarte nada más, niño. A tu edad sabes mucho más de lo que yo nunca he sabido. Mira dentro de ti y ten confianza. No me llames ya, mi misión ha terminado, me despido de ti, hijo.

Y así me dejó. A partir de aquel momento, aunque alguna vez lo llamé, él no vino y con once años, realice mi primer trabajo sin ayuda. Como veréis, dio buen resultado.

- A ti al que llaman Curro, que tienes poco seso y mucha ambición.
- A ti al que llaman Curro, que eres avaro y apenas tienes corazón.
- Deseo, que como burro, rebuznes en vez de hablar.
- Hasta que, a María, la renta acuerdes rebajar.

Curro, que trabajaba en Aboño de donde era encargado de la cementera, se manejaba bastante bien. Aquel día tenía el turno de tarde y por la mañana fue a ver unas fincas que había heredado en Antromero. Cuando llegó a casa traía un hambre de mil demonios y era ya la hora justa para comer y salir corriendo al trabajo.

- ¡Paca!

Quiso llamar a su mujer- asustándose de que de su boca solo saliera un – hiaaa-. Se aclaró la garganta pensando que toda la mañana sin hablar, le había distorsionado la voz. Repitió la llamada y nuevamente de su garganta salió aquel sonido. Paca, que entraba en aquel momento con un barcal de ropa que había tendido al sol, le dice...
-
¿Que es lo que té pasa?

Y él quiere contestar, que no lo sabe, pero lanza un nuevo rebuzno. Ante el extraño fenómeno y cada vez más encolerizado, rebuzna y rebuzna hasta llamar la atención de los vecinos, que se allegan extrañados de que, el Curro tenga un burro en casa. La cólera da paso al miedo, se mete en la cama y decide no ir a trabajar. Luego piensa en como justificar el día y decide mandar a su mujer al médico para que le venga a ver y para que le dé un volante. Pero los intentos por comunicarse son vanos; ni tratando de hablar bajo, ni a gritos, de ninguna forma sale de su boca una sola palabra; solo rebuznos a cada cual más sonoro y más rebuzno. Por fin, la mujer, tiene una idea y le entrega lápiz y papel para que escriba lo que quiere. Sus manos tiemblan torpes por el nerviosismo, pero consigue redactar la nota que entrega a su mujer.

-Hiaa, hiaaaa hiaaa hiaaaa- lee la pobre Paca cada vez más desorientada y asustada. No espera un solo segundo más, se quita las zapatillas, se echa una rebeca por los hombros y sale pitando a casa del médico.
- ¡Tiene que verlo usted, don Manuel, yo no puedo decirle lo que le pasa, pero está muy mal, venga enseguida por favor!

Y don Manuel fue y lo vio. Ni siquiera sacó el estetoscopio del maletín. Cuando se iba, Paca le pregunta...

- ¿Qué es lo que tiene, don Manuel?

- Es un síntoma agudo de burrología, así que, como yo solo soy médico, llama a un veterinario. Adiós.

Aquella noche, Paca medito y medito hasta llegar a la conclusión de que alguien había echado mal de ojo a su marido. Pensó en cuantas personas se podían haber sentido molestas con él, llegando a la conclusión de que podían ser bastantes. Así, que a la mañana siguiente, muy temprano, se fueron en el Carreño hasta Gijón. Bajaron andando hasta la estación de Langreo, donde subieron al carbonero, que los dejaría en Pola de Laviana. Luego, caminaron por un monte hasta las cercanías de un pequeño pueblo, donde vivía una "bruxa". Preguntaron la dirección a un aldeano que se hallaba segando y este, les encaminó hacia una casucha a la entrada de una cueva. Dando tropezones por la "caleya", llegaron casi hasta la puerta, en la que ya les esperaba una vieja, que no se sabe, si salió, por el ruido de los tropezones, o por que de veras era adivina. Nada mas verlos la vieja exclamó:

- Pasa "nin", que nada mas verte el hocico, bien se ve que rebuznas como borrico.

Ciertamente, era extraordinario que aquella mujeruca, supiera el mal de Curro, con solo atisbar su rostro. Hizo sentar la vieja, a ambos esposos, en unas "tayuelas" al pie del llar, donde cocía algo en una caldera. A todo esto, Curro y Paca que no habían abierto aún la boca, vieron como la mujer sacaba de la faltriquera, unas tabas de carnero pintadas en colores; una era azul, otra roja, verde la tercera y de su color natural la cuarta. Ahuecó sus manos con los huesos dentro y comenzó a agitarlas para que se mezclasen bien. Luego, los echó a tierra -nunca mejor dicho, por que el piso era de tierra apisonada- y observó sus posiciones. Como no quedara conforme, otra vez los lanzó y una más nuevamente. Las tres veces quedaron por igual los huesos, con lo que la vieja dio por terminada la consulta.

- Poderoso es el agüeyador que té agüeyó, pues yo nada puedo hacer, mas, este consejo te he de dar:

"A todos a quien mal hiciste, has de pedir perdón, sin que uno solo te falte y de todo corazón. De lo contrario, él lo sabrá, y no tendrá remedio tu mal"

Temiendo dar de más, dejó Curro en un cuenco, que parecía ex profeso, dos billetes de cinco duros como pago por el servicio, pero al ver la mirada de la mujer, Paca se apresuró a dejar otros veinte duros que ella llevaba.
Cuando bajaban del monte, la mujer iba poniendo de vuelta y media al tacaño de Curro y le metió en la cabeza, que tenía que resarcir a todos aquellos con los que se hubiera portado mal, tal y como dijera la bruja.
A la mañana siguiente, acompañado por su esposa, fue visitando uno por uno a todos con los que había tenido rencillas. Hablar no hablaba, pero con sus dos manos juntas imploraba perdón mientras que Paca intentaba traducir lo que deseaba.

- Que te pide perdón, por mover los mojones de la finca. Los volverá a su sitio.

- Que te pide perdón, por que fue él quien se llevó la madera que habías cortado.

- Que te pide perdón por que tú tenías razón y le habías dado de más en la vuelta de aquel dinero. Te lo devolverá.

Paca interpretaba correctamente cada una de aquellas cosas, porque conocía de sobra a su marido y sabía a quienes se la había jugado. ¡Qué distinto era de su difunto padre! Entre todos los agraviados estaba la abuela María, a la que también visitó. Cuando llegó a casa, tras haber pedido perdón por boca de su mujer a cuantos ofendiera, la pena impuesta estaba redimida. Pero eso él no lo sabía y permaneció mudo, sin atreverse a abrir la boca, un par de días más. Pasado aquél tiempo se decidió a hablar y viendo que podía, dio por bueno lo hecho y por merecido aquel castigo, prometiéndose a sí mismo, no volver a incurrir en falta.

Simón y yo, queríamos probar con el resto de las varas, y así fuimos eliminando las que nada me decían. Al final solamente cuatro parecía que tenían poderes; La vara del chichimeca Huematzim, la vara del Oloiboni Masai, la vara Urim y la vara Saami. Únicamente la vara que perteneció a Huematzim, tenía en mi mano la facultad de conseguir cosas, o por mejor decir; tenía el poder de la magia blanca. El palo espinoso de acacia del Masai, solamente mostraba situaciones, gentes y lugares, al igual que la vara Saami y la Urim. La Saami, no era sino un cuerno de reno con símbolos extraños y la Urim era una rama, tal vez de olivo, en la que se hallaban incrustadas siete piedras de distinto aspecto y color. Parecía como si estas tres varas estuvieran esperando a su verdadero médium y mis poderes con ellas, solamente servían para mostrar el camino que debían seguir.
Aquella tarde, antes de tomar en mi mano, la vara con la inscripción Urim, Simón me explicó lo que él creía de ella:

- Urim y Thummim eran al parecer unos instrumentos –tal vez piedras preciosas- que servían para la adivinación. El sumo sacerdote de Israel, las llevaba en el interior del pectoral llamado del juicio, y según la Biblia, Arón debía de llevarlas sobre su corazón cuando se presentara ante Yahvé.

- Cuantos nombres raros –dijo mi hermano Abel-

- Arón era el hermano mayor de Moisés y Yahvé es lo mismo que decir Dios. También tu nombre proviene de la Biblia... ¿sabes quién era Abel?

- Sí, el hermano de Caín.

- Ya veo que eso lo sabes. Dejemos ahora que Sergio vea si puede contarnos una bonita historia.

Tomé la vara y trate de concentrarme. De repente tuve la sensación de encontrarme a bordo de un falucho en medio del mar. Parecía estar sentado a popa, desde donde veía el mástil de la embarcación, con la blanca vela al frente. El agua golpeaba con suavidad los costados y el viento henchía la vela acercándonos prestos a la orilla. Cuando nos hallamos a menos de media milla, comenzamos a costear. El mar no era tal, aunque lo pareciera, pues al rato estábamos en el lugar de donde partimos. Era un lago. Un lago enorme, en forma de pera al que atravesaba un río. Desde la embarcación podía ver somormujos, grullas y gaviotas que picoteaban en las playas y, en tierra, hacia occidente, una ciudad bastante grande. Desembarqué hacia el sur, cerca del río, donde había un pequeño poblado de pescadores. Un hombre que se hallaba remendando una red, me miró por un instante. Cuando me acerqué a él y sin mediar palabra, levantó el brazo indicándome el camino que debía continuar. Proseguí avanzando raudo, cual si volara, río abajo hasta llegar a las ruinas de unas sinuosas murallas. En las cercanías, el paisaje que divisaba desde lo alto era cual el de un oasis; palmeras, naranjos y plantaciones de plátanos... también se veían aquí y allá, algunas casas de estilo árabe con sus planos tejados. Finalizó mi viaje, no sin escuchar antes, el sonido de unas trompetas y un fuerte ruido como de piedras al desplomarse, aunque no pude precisar a que se debía.
Abrí los ojos y entregue la vara a su dueño. No, a su dueño, no; a su tenedor como unas semanas más tarde se proclamó Simón.
El mago estaba pensativo. En su cabeza estaba comenzando a fraguarse la teoría que en agosto, tal vez nos llevara por medio mundo.

- Creo –comenzó a razonar Simón- que has estado en el lago Tiberíades, o mar de Galilea, que el río es el Jordán, donde Juan bautizó a Jesucristo, y que la ciudad, no me cabe duda, se trata de Jericó. Jericó fue una ciudad cananea, que mantuvo varios asedios de los israelitas. La historia dice, que, siete sacerdotes tocando trompetas durante siete días y portando el arca de la alianza, derribaron milagrosamente las murallas, con lo que, la ciudad cayó en sus manos. Es muy posible que esta vara esté esperando a alguno de esa ciudad, alguien que por el Urim y el Tummim, tiene el poder de adivinar lo que está por venir. Es muy posible también, que estas piedras incrustadas sean gemas cuyo brillo este oculto por la suciedad del tiempo.
Simón buscó un paño y comenzó a frotar lo que parecían cristales de colores a la vez que razonaba...
- Son siete, el número mágico por excelencia, como los sacerdotes y los cuernos de carnero que tocaron durante los siete días de la semana, como los siete planetas, incluyendo el sol y la luna, emisores de luz y conocidos desde la antigüedad. Como la descomposición de la luz en siete colores, las siete notas musicales, los siete sabores que se pueden gustar; dulce, salado, picante, amargo, agrio, ácido y rancio. Los siete tactos que se pueden percibir; caliente, frío, húmedo, blando, duro, suave y áspero. Los siete olores primarios; alcanfor, floral, mentolado, almizcle, éter, picante y fétido.
Pero mi madre nos llamaba a voces y tuvimos que dejar al mago solo con sus cavilaciones.
Fin parte cuarta.

Magia V. (Reposición)

Como dice el abuelo, el sino de cada cual es inamovible y todo se pondrá a favor de lo que ha de suceder, para que ocurra. El gran mago Simón, o como a él le gustaba que le llamasen, Simón el ilusionista, puso los medios, creo que conscientemente, para que mi madre, que era sumamente reticente, diera un poco su brazo a torcer. Mi hermano, con su inocente candidez de siete años, había cantado cual jilguero en rama.

- ¿No te he dicho varias veces, que no quiero saber nada de cosas de magia? ¿Qué no toques las varas de Simón? ¿Qué le he escrito a tu padre, y que es de la misma opinión?

Sabido es que, el ilusionista andaba con el corazón palpitante por mi tía Irene, por lo que no fue nada extraño el que la invitase, melómanos los dos, a la ópera. Lo extraño, para mi madre, fue que además de invitar a Irene, nos invitara a nosotros dos. Con ello esperaba crear el ambiente y conseguir su permiso para que yo tocara la última vara. Efectivamente, mi madre se ablandó y cayó en la trampa. Iríamos todos al Teatro Campoamor de Oviedo, donde, en días sucesivos, presenciamos la representación de "Sigfrido" y "La Valquiria".

- Esta primera ópera que vas a ver y escuchar –me decía días antes, mirando por el rabillo del ojo a mi madre- es una de las cuatro, que un gran compositor escribió, y está basada en elementos históricos y mitológicos germánicos e islandeses. Es un poema trágico, donde el destino, hace que la dicha se transforme en dolor. Los principales implicados son:

- Sigfredo o Sigfrido, un héroe germano, que mató un dragón y se bañó en su sangre, con lo que se volvió invulnerable.

- Brunilda, poseedora de poderes mágicos, y reina de las valquirias de Islandia que jura casarse con el hombre que la venza en combate.

- ¿Quiénes son la valquirias?
- Jóvenes guerreras, de relucientes armaduras que surcaban el aire sirviendo al dios Odín. También está Crimilda, con quien Sigfredo se casa, el rey Gunter, hermano de Crimilda y enamorado de Brunilda y el malvado Hagen.
- La historia comienza, cuando Sigfredo, da muerte a dos jefes de la familia de los nibelungos y se apodera de su espada mágica, del manto que hace invisible a su portador y de su oro. Pero los nibelungos, antes de morir, maldicen aquel tesoro.

- Sigfredo conoce a la hermosa Crimilda y se propone casarse con ella, pero Gunter pone como condición para la boda entre Crimilda y Sigfredo, que este le ayude a derrotar a Brunilda. Sigfredo y Gunter viajan hasta Islandia con el manto que los hace invisibles. Sigfredo derrota a Brunilda, que cree que ha sido Gunter, y accede a casarse con él, mientras Sigfredo se casa con Crimilda.

- Un perverso consejero del rey Gunter, Hagen, decide apropiarse del tesoro de los nibelungos, y para ello cizaña hasta conseguir que el rey odie a Sigfredo. El odio de Gunter hacia Sigfredo crece, cuando Brunilda descubre que su matrimonio es fruto del engaño. Hagen asesina a Sigfredo en una cacería real y Crimilda jura vengar la muerte de Sigfredo. El consejero, ya se ha apoderado del tesoro de los nibelungos y lo esconde en un lugar secreto del Rin. Años más tarde, Crimilda se casa con Atila, rey de los hunos y consigue atraer a su hermano y al consejero hasta la corte de Atila, donde los mata. Crimilda es asesinada a su vez,  y el tesoro, continúa enterrado en el fondo del Rin.

- Un poco complicada y sangrienta me parece para un niño de once años –dijo mi madre-

- Calla Lupe. Más sangre hay en las películas de vaqueros –dijo mi tía-

- Está bien, lo que vosotros queráis, pero me parece que le estamos metiendo demasiada... "magia" en la cabeza.

- Que cosas dices, mujer. Los chiquillos asimilan muy bien estas leyendas. Otra cosa es que no le guste la música, que, dicho sea de paso, a mí me parece grandiosa.

- Creo que me gustará -aseveré yo- Y, a propósito de magia ¿no me dejarás tener en mi mano la última vara?

- ¡Simón! Ya sospechaba yo que había alguna treta, tras tanta amabilidad.

- Guadalupe, tengo una teoría que quisiera corroborar...

- ¡Ah! ¡Otra vez, no! ¡Eso se acabó!

- Deja que te lo explique y verás como todo tiene sentido.

-Irene... ¿también a ti te ha convencido?

- Mira Guadalupe, soy el depositario de cuatro varas, perteneciente cada una a uno de los cuatro puntos cardinales. La vara que se corresponde con el Oeste, tiene dueño; tu hijo. A él se la confiaré cuando tú lo estimes pertinente. Ya tenemos definido el lugar, y sabemos donde encontrar a su dueño, para las que se corresponden con el sur y con el este. Solo nos falta saber donde buscar, al dueño de la vara del norte. Eso es lo que queremos. Una vez lo hallemos, iremos a esos tres sitios y entregaremos las varas. El destino hará el resto, si es que ha de hacer algo.

- ¿Iremos, quiénes iremos? ¿Y, como sabréis a quien entregarlas? Y, lo que es aún más inquietante... ¿harán buen uso de ellas?

- Contestaré a todas tus preguntas Guadalupe, pero vete haciéndomelas de una en una... He pensado que podemos ir los seis; Vosotros con los niños e Irene y yo. Como es natural, todo corre de mi cuenta, absolutamente todo. Respecto de la segunda pregunta te haré yo otra; ¿aún no crees en tu hijo? En cuanto a la tercera... eso, quien lo sabe. Confiemos en que todas las varas sean portadoras de magia blanca.

Mientras Simón hablaba, había sacado el cuerno de alce de la bolsa de paño que lo guardaba y me lo entregaba. Sin esperar a que nadie se arrepintiera, tome la vara y con el índice seguí los surcos tallados. Pronto me encontré cruzando montañas y surcando mares a velocidad casi vertiginosa, hasta llegar a una tierra que parecía estar llena de lagos. Entonces, mi vuelo se hizo más pausado. Sabía por Simón que Saami es el nombre de un pueblo que habita en la zona ártica, y que seguramente en mi viaje tendría que ir a parar a Noruega, Suecia, o Finlandia, tal vez a Rusia, puesto que en todos esos lugares hay lapones. Él estaba convencido de que iría a Finlandia y a juzgar por los innumerables lagos y la orografía, había acertado de pleno. Divise una enorme manada de renos que se alimentaban en la tundra y que parecían salvajes. La diferencia con otros a los que vi después, era notoria, estos estaban en una zona abierta de bosque y eran pastoreados por algunos niños, mientras que unos adultos los empleaban como fuerza de tiro en el acarreo de troncos. Cerca había varias "Isbas" conformando una pequeña aldea, sin embargo, a mí me dio la impresión de que el campamento era solo temporal. Oí cantar a alguien que se acompañaba tocando el "kantele" y que a juzgar por su voz, era bastante viejo. Algo más al norte, divisé el que me pareció el lago mayor de todos. Allí, en su orilla sur y cerca de una población, finalizó mi viaje.
Buscamos un atlas para tratar de averiguar hacia donde habrían de encaminarse nuestros pasos. El lago Inari parecía ser el lugar; era muy grande, estaba en el norte y la ciudad de Inari se hallaba en el extremo sur de dicho lago.
Imposible parecía, desplazarse a tan distintos lugares y en tan poco tiempo -contábamos apenas con cinco semanas- eso, suponiendo que mi padre, dijera que sí, y que también él tuviera tantos días de permiso. Pero el abuelo que escucho los planes que se tramaban, echó abajo todas nuestra ilusiones.
- Querido Simón ¿acaso desconoce, usted los peligros a los que se enfrenta? 
- Sé que son muchos los kilómetros que hay que recorrer, que viajaremos en avión, en barco en ferrocarril y hasta en trineo. Ello comporta algunos riesgos, no cabe duda, pero hoy son mucho más seguros todos esos transportes, que cuando yo cruzaba el océano para ir y venir de América, Europa o África. No se preocupe, lo planificare bien.

- No es simplemente eso; hay un problema añadido. ¿Sabe usted que hace algo más de dos años, que el Mau-mau se ha levantado contra el dominio colonial y que aún duran las revueltas? Cada día hay muertos, que ya se cuentan por miles. Eso en África. En Palestina también hay enfrentamientos armados entre árabes y judíos. Además, la zona está caliente por el problema de canal de Suez, entre los británicos y los egipcios.

- ¿Que es el Mau-mau? -Preguntó Irene, a la que solo aquel nombre espantaba-.

- Principalmente son kikuyus, hombres agrupados en una asociación secreta que luchan contra el dominio británico en Kenia Al parecer muchos de ellos pelean a la antigua usanza; lanza y escudo en ristre y pintarrajeados de tal modo, que solo de mirarlos da miedo.

- ¿No será todo demasiado precipitado, Simón? -preguntó nuevamente Irene-

- Y demasiado peligroso –aseveró mi madre.

Simón me miró y ladeó la cabeza como quien dice... "que se le va a hacer, todo está en nuestra contra".

Cuando llegó mi padre la última semana de Julio, Simón ya le había explicado de pe a pa, todo lo que ya sabía por mi madre y muchas cosas más. Ambos se habían encontrado en Madrid en un viaje que Simón hizo con ese motivo. Allí le enseñó mapas, distancias kilométricas, los medios de transporte, los trasbordos, los hoteles, el presupuesto, la vestimenta que había que llevar para cada lugar... todo, todo planificado hasta el más mínimo detalle. Como tenía amigos influyentes, le resultó fácil proveer pasaportes, visados para por sí acaso, vacunas etc. Mantenía contactos por teléfono y teletipo con gentes que nos podían ayudar en distintas ciudades para que el tiempo no fuera el mayor impedimento. Con aquella demostración de su capacidad, quería que el abuelo, y mi padre sobre todo, aprobaran aquel proyecto. Con el, quizás, algunas personas dejaran de sufrir, la magia debía de lograrlo.

Terminado en el desván de mi casa de Prendes tal día como hoy 21/1/04