domingo, 15 de diciembre de 2013

Mariano el Eremita, también llamado el Busgosu.

Está la aldea al borde de la carretera, en el Camino de Santiago que fuera antaño muy transitado. El cordal de continuos montes redondeados por el tiempo, cuajados de castaños, nogales y matas de avellanos. Se albergan en el contorno, caserías de poca monta y viejas aldeas tan antiguas como la Reconquista. Casas pequeñas de dos o tres piezas a lo sumo, oscuras, de ventanucos minúsculos que apenas dejan renovarse al aire.

De entre los chicos pequeños, yo era el más grande, pero a mí me gustaba andar con los chicos grandes, aunque fuera el más pequeño. Siempre preferí ser cola de león antes que cabeza de ratón, pues de los grandes algo aprendes y los pequeños te llenan de mocos.

Aprender, algo aprendíamos en la escuela. Don Atilano era buen maestro a pesar de que sus enseñanzas, traían en jaque a la guardia civil dado su pasado republicano.

"España había de ser Una, Grande y Libre, pero de verdad. Una era, hasta que en lucha fratricida, los unos y los otros se empeñaron en que hubiera dos. Grande fue, gracias a los Reyes Católicos, a Carlos I de España y V Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, incluso a su hijo Felipe. Fijaos lo que os digo, yo que no comulgo con la realeza ni los Imperios. Libre... ¡hay Dios! ¿Cuando ha sido libre? Mientras el pueblo sea explotado, vejado y amiseriado, no habrá libertad..."

- Don Atilano, que se está pasando, y si el sargento se entera, lo llevará otra vez para el cuartón.

- Gracias por el recordatorio Nando. ¡Hala! a repasar... El río Miño nace en Fuente Miña, provincia de Lugo, pasa por...

Tiene el monte, allá arriba sobre la aldea, un peñascal donde hay una cueva. El agua que se filtra, cae monótona, formando una pequeña laguna y orquestando una suave sinfonía discorde que molestaría a quien por mucho tiempo tuviera que aguantarla. Me recuerda aquél suplicio de la gota china. No obstante, en aquella cueva vivía un ermitaño al que llamaban el Busgosu. Tal vez, el mote se lo puso alguien a quien llamó la atención que el hombre, a base de musgo y ceniza, se embadurnara el cuerpo con la pasta así formada, aunque el parecido con la mítica criatura era nulo.

 Se decía que Mariano, estaba mochales. Que había sido capitán médico del ejército, y que su trastorno era consecuencia de la cantidad de muertos habidos en las batallas de Brunete, Belchite o Figueras, y que él no pudo salvar.

En un principio, cuando tomó posesión de la cueva, se alimentaba de castañas, nueces y la leche de una cabra. Más tarde, la gente comenzó a acudir en busca de remedio para sus males, en la creencia que el anacoreta los aliviaría. Pagaban sus servicios con la escasa vianda que se quitaban de la boca, aunque nada a nadie pedía. Tenían gran fe en él, sobre todo  en sus vaticinios -el hombre pisará otros planetas- llegará el día en que los humanos serán curados por máquinas- y todo a pesar de que de medicina parecía estar pez, pero sus consejos siempre eran bien recibidos.

Una soleada mañana de domingo, me fui con otros tres y aquella chica, Enriqueta, que de no ser por las incipientes protuberancias pectorales bien se pudiera decir que era un chico más. El Busgosu había de predecirnos el futuro, confundiendo nosotros ermitaño con gitana de la buena ventura.

Sentado sobre una gran llábana a la puerta de la cueva, cara al sol y en posición del loto, meditaba.

- Busgosu, le espetó el más atrevido sin pararse en mientes, queremos que nos digas que vamos a ser de mayores.

- No soy adivino, pero decidme que es lo que vosotros quisierais. A ver tú, enséñame las piernas primero, que quiero ver si eres renco o zopo, que contrahecho ya veo que no lo eres. Es que si alguno tiene una tara, es difícil el augurio.

 Y Teo, sorprendido, hizo ademán de arremangarse los pantalones.

- No, no, bájalos, tengo que verlas desde las ingles.

Teo, un tanto azorado, se quedó en calzoncillos.

- Ya los puedes subir, ahora dime, ¿qué quieres tú?

- Mi padre es carpintero, pero yo quiero ser ebanista.

- No solo vas a ser ebanista, te convertirás en tallador de santos y vírgenes, ganarás dinero, popularidad, reconocimiento. Solamente has de poner empeño en ello.

Todos cumplimos el ritual; a Juan le auguró que sería escritor, a Amalio chofer de camión, a mí, que me dedicaría al ferrocarril. Le llegó el turno a Enriqueta, ella levantó la falda cuatro dedos por encima de la rodilla, pero él insistió en ver las ingles.

- No me avergüence, que no puedo.

- ¿Acaso no llevas ropa interior?

- No, no es eso... es que estoy con el cuento... ya sabe...

- Pues ven otro día y te diré lo quieres saber. Ahora, prestad juramento. Nadie, nunca, sabrá lo que aquí ha pasado y dicho, y si lo hacéis, no quiero pensar la desgracia que recaerá sobre vosotros.

Patro, la madre de Enriqueta, preguntaba a su hija todos los meses, el día ocho, si tenía el cuento. Invariablemente ella contestaba que si, pues era muy regular. Pero un día, a finales ya del verano, la niña dijo que no. Su madre se alarmó un tanto, pero calló esperando al siguiente. Como quiera que ni ese, ni al otro apareció la cosa, comenzó a vociferar; ¿Que has hecho, por donde anduviste que me perdiste la honra?

- Madre, yo solo fui a ver al Busgosu- dijo malinterpretando sus palabras
.
- ¡Hay Varisto, que a la neña preñóla el Busgosu!

Y Evaristo se lanzó monte arriba, agarró por el cuello al ermitaño, y en vilo, colocándolo contra la pared de la entrada, dispuso su manaza para asestar un golpe en la cara. A tiempo se detuvo, recordando cómo se rompen las sandías que caen al suelo desde cierta altura. No quería estampar sus sesos del mismo modo.

Mariano juró y perjuró que él nada tenía que ver, que solamente le había dicho a la chica aquello que quería oír, que encontraría un muchacho guapo, un bancario que la haría feliz.

Volvió el hombre a su casa, entonces preguntaron a Enriqueta si tenía novio: Sí, fue la respuesta, y quedó todo aclarado. Entonces la madre le explicó a la hija aquello que jamás le había explicado y que daba por sentado que sabía. ¡Craso error! Ella nunca le explicó que los niños no vienen de París, que al igual que el toro preña a la vaca, así el hombre engendra a sus hijos. Que el eufemismo del cuento, la cosa y otras zarandajas por el estilo, no era sino la menstruación y que si faltaba, era por la preñez.

Esta historia tiene su final feliz a pesar de lo que pueda parecer. Mariano y Patro se disculparon con aquel escuálido saco de huesos que hacía de gurú. Enriqueta tuvo un niño y tres años después, a los diez y ocho, se casó con el padre de la criatura, oficial en una entidad bancaria, que como premio al casorio le nombraron cajero. Todos los demás, conseguimos hacer realidad aquello que el Busgosu nos pronosticó, Juan trabajó en el diario Comarca como redactor de deportes, Amalio se hizo con una flotilla de camiones que llevaban el pescado desde Gijón a Madrid, yo hice capataz y luego ingeniería, pues como decía don Atilano, para cumplir una ilusión hay que trabajar duro por ella. El eremita había puesto la simiente.


miércoles, 4 de diciembre de 2013

Maltrato y Justicia.

No creo en la Justicia; ni en la Humana, ni en la Divina.  Respecto de la humana, soy de la misma opinión que Platón: La justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte. No creo que necesite demasiada explicación.

Respecto de la Divina dicen que, Dios castiga sin piedra ni palo, será verdad, no tengo suficientes elementos de juicio. A mí, siendo inocente, me tiene preso de por vida, humillado, escarnecido y vilipendiado. Hay quien dirá, que estoy en la cárcel porque así lo estimó la justicia de los hombres, volvemos a Platón, pero, ¿dónde está ese dios que no remedió lo irremediable?

El mío fue un amor a primera vista.  Un amor entregado, de esos de, dime si quieres la luna, que haré por bajártela. Y ella lo aprovechó; me convertí en su lacayo, en su esclavo, diría. Pronto sus peticiones dejaron de serlo, ya eran órdenes que acataba sumiso. Mi amor estaba por encima, y, aunque a veces trataba de oponer resistencia, al final siempre cedía. Bastaba una simple caricia, una palabra amable. Luego vinieron los insultos, las vejaciones; aguanta, que me dejas a medias, cuando hacíamos el amor. Y el reproche me carcomía el cerebro, haciendo que a la vez siguiente acudiera a ella con miedo, para derramarme cual impotente senil. Todo lo hacía mal, nada a su gusto...

Una mala tarde, discutimos, ella a voz en grito, amedrentando, parloteando sin cesar, sin dejarme meter baza, yo, cada vez más encendido y abochornado. Por un momento pesé en callarla de una torta, me levanté de la silla posiblemente con los ojos inyectados en sangre, cuando se acordó de mi madre muerta. Por un instante vi el miedo reflejado en su mirada. Cogió un cuchillo y amenazante se vino hacia mí. La mala suerte quiso que se resbalara y que cayera golpeándose con un canto de la mesa en la sien y con la cabeza en el suelo. Allí quedo tendida, muerta en medio de la cocina.

Los de la ambulancia a los que llamé, dieron aviso a la policía; aquí hay indicios de malos tratos, conjeturaron todos, y yo me hundí aún más de lo que ya estaba.

El jurado dictaminó que era culpable a pesar de que mi versión siempre había sido la misma. Nadie creía que yo fuera tan calzonazos como pregonaba. ¿Acaso no había muerto, portando el cuchillo con que trataba de defenderse? Una bofetada no deja huella, los vecinos, testigos todos, hartos estaban de oír reñir a la "pobre mujer".

¡Vaya unas pruebas! Pero mi abogado no supo convencerles. Era toda la opinión pública en mi contra; seudoinvestigadores televisivos, asociaciones de mujeres, vociferantes gentes a las que de nada conocía, ni nos conocían.

No, ella no merecía tamaño castigo, aunque fuera divino. Tampoco yo tamaña injusticia.


Si los ciudadanos practicasen entre sí la amistad, no tendrían necesidad de la justicia. Aristóteles.

sábado, 30 de noviembre de 2013

El Hombre Vacío.




Tomé el expreso una noche de otoño húmeda y que barruntaba agua. De esa agua menuda que en algunos sitios llaman calabobos, en otros sirimiri, orvallo en gallego, y en mi tierra orbayu. Tal vez, cuando el tren llegara a más altura, arriba en el puerto, apareciera la nieve. No me importaba demasiado, los coches cama suelen ser confortables, de pulcras sábanas y diligentes mozos.

Acomodé la vieja bolsa de cuero en la que transportaba el equipaje, y el maletín lleno de información; propuestas, calculo de costos etc. Ya desprovisto del gabán, salí al pasillo cuando el tren circulaba camino de Oviedo. Allí me encontraría con el Hombre Vacío, un compañero al que yo apodaba así ante el desconocimiento que de él tenía.

Sesenta años y a punto de jubilarse tras haber sido casi todo en aquella multinacional. Ahora, caído en desgracia, nadie sabía el motivo, hablaban de connivencia, se dedicaba a vegetar esperando el día en que eso sucediera.
Ya sabemos, por eso lo son, que a los trepas les van las alturas, y esos escaladores, fueron los que le condenaron al ostracismo para atemperar la estima de sus subordinados. Pero la categoría nadie se la podía quitar, por esa razón le dieron un despacho grande en la planta baja de las oficinas, y un trabajo vacío, por el que nadie preguntaba.

La mesa estaba en consonancia con el recinto; era grande como una mesa de billar, llena de papelotes, carpetas y algunos libros técnicos que formaban casi una barrera infranqueable. Recordé que los japoneses suelen trabajar sobre mesas pequeñas, un estímulo al trabajo, pues al no poder amontonar los documentos, no tienen más remedio que finiquitar lo que les van colocando encima.
A ambos lados y adosadas a las paredes, dos estanterías estaban cuajadas de archivadores de esos que van de la A, a la Z, y que tienen un agujero en lomo para el dedo índice.

Cuando recibía una visita, no muy pródigas por cierto, les hacía sentar a un lado, de otra manera hubiera sido imposible verse las caras, y haciendo que garrapateaba alguna cosa interesante, les hacía esperar unos minutos. Así les daba tiempo a leer los rimbombantes rótulos de las carpetas y que nadie comprendía en una empresa que se dedicaba al enlatado de pescado:  
Resistencia de Materiales 1; Comportamiento físico térmico bajo presión de la bauxita.
Resistencia de Materiales 2; Tratamiento nucleofisional de los aceros.
Comportamiento anodino de las sustancias preferenciales.
Lasermetría posicional. Etc.

Lo bueno del caso, es que todas aquellas carpetas estaban vacías. Tan vacío como el maletín porta folios que subió de su mano al tren. Aunque para ser exactos, estaba vacío de aquello que pudiera ser importante para las reuniones a las que íbamos a la central; dentro llevaba un par de camisas y una muda.

Me fastidia ser redundante, y hasta la palabra resuena en mi cerebro, pero es la pura verdad y así he de decirlo; el vagón iba casi vacío. Él, yo, el mozo... y una rubia que apareció por el pasillo proveniente de otro vagón y que acodándose en la barra frente a la ventanilla unos pasos más allá, quitaba el vaho del cristal para tratar de ver a través de aquella tenebregura.

Mi compañero, que la observaba por el rabillo del ojo, me dejó con la palabra en la boca cuando me interesaba por su presencia en aquellas reuniones, es que tengo una cosa por hacer, y se fue hacia la muchacha. Me quedé fumando pensativo, mientras estaciones de poca monta quedaban atrás y, a lo lejos, algunas luces aparecían y desaparecían de forma fantasmagórica, transformadas por las gotas de lluvia en el cristal. Al poco ambos se introdujeron en su departamento, en el de él, que ella, si es que lo llevaba, viajaba con billete de tercera. Al momento, el mozo apareció con unos botellines de Johnny Walker, otro de agua y dos vasos.

Por la mañana, antes de llegar a Madrid, ya estaba yo en el pasillo con la valija preparada, cuando se abrió la puerta para dar paso a la joven, fue en busca del mozo y le entregó lo que sin duda era su comisión.

Aquél compañero mío, acercándose, me preguntó como si acabáramos de dejar la conversación; ¿Que era lo que me preguntabas? Y yo pensé que sí, que era el hombre vacío, aunque ahora estuviera lleno. (Se entiende que vacío de materia seminal, y lleno de un inefable gozo)

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Diñar, endiñar, jiñar.


Ahora, que soy amo de casa, no el amo de mi casa, ¿se entiende la sutileza, verdad? y me dedico a las labores del hogar, escuchaba la radio mientras cocinaba unas berzas. 

Alguien, que debe de cobrar su buena pasta por ir todos los días a dar el palique, se extrañó "del castellano tan raro" que hablaban los otros contertulios. Y todo porque uno dijo "Endilgar". Él no sabía su significado. A continuación saltó "Diñar", y parece que tampoco lo conocía.

Seguramente, yo, que soy un paleto y viejo cascarrabias, esté un tanto azorado ante la que se me vino encima por culpa del accidente de mi mujer, y al escuchar al individuo, se me agrió la leche. ¿Cómo coño se puede hablar por la radio a diario, dárselas de finolis y no conocer palabras elementales?

Quizá sea que Diñar, al igual que Endiñar, proviene del caló. Sí, ese lenguaje que hablan los gitanos, y para alguien que se las da de conocer y tratar a gente importante, vaya en menoscabo de su acervo.

Diñar:
 (De or. caló).
1. tr. dar ( entregar).
~la.
1. loc. verb. morir ( llegar al término de la vida).
diñársela a alguien.
1. loc. verb. Engañarle, burlarle.

Endiñar.
(Voz caló).
1. tr. Dar o asestar un golpe.

Ya sé que hoy estoy bastante sarcástico, no lo puedo remediar, tantos problemas acumulados no me dejan pensar en lo que quisiera, pero voy a añadir otra palabra que seguramente tampoco conoce:

Jiñar.
(Del caló jiñar).
1. intr. vulg. Evacuar el vientre. U. t. c. prnl.
2. prnl. vulg. acobardarse.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

Trasojado, da.



Trasojado.
(De tras y ojo).
1. adj. Caído, desmejorado, macilento de ojos o con ojeras.

Hay quienes piensan, y tal vez confunden, que es el "que lleva los ojos en el cogote", y que suelen decir cuando se está, muy enfermo, o con la resaca de una buena tea. Sin embargo, el significado de esa expresión se utiliza para designar a aquel que ve hasta por el trasero.

Bueno, en serio. Esta palabra, voz o vocablo, no es de uso muy corriente. Pero para los escritores es de uso habitual:

Miguel Delibes, en la novela El Hereje publicada en 1998.

"Al llegar el buen tiempo, Salcedo subió a Villanubla por el viejo camino, tan familiar a Relámpago. Encontró a Estacio viejo y trasojado, pero lúcido y artero."

Octavio Paz, en Aspiración

... Sombra del sol Solombra segadora
Ciega mis manantiales trasojados
El nudo desanuda siega el ansia
Apaga el ánima desanimada...

Garci Rodriguez de Montalvo ya en su Amadís de Gaula, en 1508 la mencionaba, también Concha Espina en La Esfinge Maragata en 1914, y otros muchos.


Sin duda, alguien habrá reparado en esa palabra, un tanto fuera de uso, que el mejicano Octavio Paz ha introducido en su poema; "solombra". Y es que posiblemente, a él, le fastidiaba escribir dos veces en tan corto espacio, "sombra" que es el significado de solombra. Aunque si de poetas y escritores se trata, nunca se sabe.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Audiencia Pública I.

Primera parte.

Sucedió, como muchas veces, que el que presume de virtuoso, oculta hábitos y vicios que cuando se conocen, sirven a los demás para escarnecerlos doblemente; una por embaucador y otra por el hecho en sí. Los protagonistas de nuestro cuento son de esos, de los que maniobran sin detenerse a sopesar el mal que hacen, importándoles solo el dar rienda suelta a sus bajas pasiones.

Ángel y Sofía tenían tres niños; dos varones y una hembra. A los ojos de la gente, parecían felices; se llevaban bien, eran amables y participativos para con la vecindad y económicamente no les iba mal. Les unía una gran amistad con Tomás y Gema, que tenían tres niños también; dos hembras y un varón a falta de un nuevo hijo que estaban esperando
Un domingo de mañana, nadie, por una vez en la vida como suele decirse, parecía estar en el lugar en que se suponía debía de estar, y así, todo lo construido hasta la fecha, comenzó a trastocarse.
 Los niños, todos juntos, pues para eso eran amigos, irían a misa. Luego,  de paseo al centro; a comprar los tebeos y algunas golosinas y más tarde al arrabal. Querían ver las cadenetas, banderolas y farolillos que se estaban colocando. Los arcos enramados y los lugares donde irían las barracas del tiro, los coches eléctricos, las lanchas  y las tómbolas. Dentro de unos días se iban a celebrar las fiestas patronales y el ayuntamiento ya había comenzado la tarea de adecentamiento del lugar; esparciendo arena, colocando grandes maceteros y registros para el agua y la luz.
Ángel también se habría ido a misa, pero él iba a la de doce, a los dominicos, que cantan tan maravillosamente el gregoriano. A la una recogería a Sofía, que ya había ido a la de ocho, y que madrugaba para preparar a los críos y dejar casi lista la comida.
Tomás, tenía servicio, era policía y más de un domingo trabajaba, pero este día lo hacía solo por la mañana; de tarde iría con Ángel a ver el partido.
Gema estaría en casa. Esperaba salir de tarde a pasear y al café o al cine cuando el partido finalizara.
Aparentemente esos eran los planes, pero... 
Aquel día para Tomas era como casi todos los domingos, aburrido tras el mostrador de la comisaría. Sofía planchaba esperando diera la una del medio día. Los niños... los niños cambiaron de planes y después de comprados los tebeos, decidieron dejar a sus hermanas, que siguieron con el plan previsto. A ellos les pareció mejor idea ir a jugar al futbolín al centro social. Tomás tenía hambre por lo que decidieron pasar por su casa. Dejarían allí los tebeos, Gema les daría una fruta o quizá una onza de chocolate y se irían para el club.

Los bloques de viviendas eran todos iguales; natural, habían sido construidos por la Obra Sindical y en lo único que se podían diferenciar era en la orientación.  Una cocina comedor que servía a su vez como distribuidor, tres habitaciones y un baño. Cinco pisos sin ascensor y escalera que olía a potaje. Hasta el último subieron, pues era donde Tomasín vivía. Llamaron al timbre. Nadie abrió o contestó. El chico repitió el timbrazo varias veces extrañado de que su madre no estuviera, y continuó insistiendo a pesar de que sus amigos, mientras daban media vuelta, le decían que lo dejara. También él tornaba a bajar la escalera, cuando la puerta se abrió levemente. Por el breve resquicio, atisbaba entre intrigada y malhumorada Gema. Los muchachos entraron en el piso como vendaval de verano. Las preguntas, por una y otra parte, quedaron en el aire y las explicaciones, tampoco fueron consideradas a la vista de la bandeja con rosquillas, que había sobre la mesa. Los tres críos corrieron a meter mano con la confianza que da haberlo hecho en otras ocasiones, y ya se iban, cuando el vástago de la casa, abrió la puerta de la habitación de sus padres. Dentro estaba Ángel. Por un momento todos quedaron parados; el pequeño Tomás olvidó lo que iba a hacer, los hijos de Ángel solo acertaron a decir con asombro ¡papá!. Este, mudo en medio de la habitación, movía nervioso sus manos. Solo la reacción de Gema desvió la atención de los chiquillos –Ha venido a arreglar la persiana-. Todos, los chicos, se entiende, olvidaron aquello, estaban acostumbrados a ver a sus padres, los unos en casa de los otros y la explicación a sus silenciosas preguntas, fue del todo convincente. Pero había quienes no lo iban a olvidar tan pronto y durante un tiempo, estarían atenazados por el miedo.
Nadie dijo una palabra de lo sucedido, por lo menos aquel día. Pero hubo uno en que el agente se enteró. No se alteró, sonsacó lo que pudo a su hijo, sin darle importancia, él era un profesional y sabía de aquellas cosas. También a su mujer quiso sondear –Parece que esta persiana no va bien, no, parecía que se atascaba. Ella ni palabra, dio media vuelta y ocultó su repentina palidez buscando algo en el armario de luna. El corazón de Tomas se estrujó un tanto y su mirada de acero no presagió nada bueno.
Gema tuvo otra niña. Poquito pelo castaño y ojos claritos, si, como los tuvo la abuela Angélica, que en paz descanse. Pero Tomás no había conocido a la abuela Angélica y por tanto, no sabía verdaderamente si los ojos de la cría, eran o no como Gema decía. A él se le parecían más a los de Ángel, y el corazón se le estrujó un poco más si cabe.
Ahora, con el tiempo, Tomás se iba dando cuenta de cosas, cosas que antes no había apreciado tal vez obnubilado por la amistad. ¿Dónde quedó aquél instinto nato de policía? Él, que al más leve indicio comenzaba una investigación, había olvidado la norma más elemental; vigilar al que se dice tu amigo.
Tomás y Gema siempre, bueno, desde que se casaron, habían vivido en la casa de Don Tomás; viudo, con tierras en el pueblo que le rentaban sus buenas perras y con una hija solterona que se desvivía tanto por su padre como por los sobrinos. El caserón era enorme, y hasta escudo de recio abolengo colgaba en su fachada. ¿Por qué entonces se fueron de allí? ¿Por qué se fueron a un piso en otro barrio, donde a nadie conocían, y que, hasta para conseguirlo, hubo de pedir recomendaciones? Gema había estado insistiendo en que lo solicitara, desde que Sofía y Ángel decidieron cambiar a un chalecito al otro extremo de la ciudad. Que coincidencia, las dos viviendas en el lado norte y solo separadas por la carretera. Y el alegato principal de Gema, era que no podía sufrir las impertinencias de su suegro; que era un viejo cascarrabias, que olía a ajo, que no eran buen ejemplo para los chicos los tacos que soltaba, que se tiraba pedos ufanándose de ello... ¿Tan grave era? El viejo olía a ajo porque siempre los llevaba en los bolsillos de la chaqueta, para el reuma. Las impertinencias no eran sino verdades como puños y es cierto que cuando se enfadaba, soltaba dos o tres cagamentos. También era verdad que de vez en cuando, y solo ante los chicos, se tiraba un sonoro pedo a la par que decía “gárrame esa mosca pol rabo”. Pero ante las féminas era considerado, les hacía muñequitas con palillos y castañas pilongas, si, de aquellas que recogía y guardaba para los dolores de cabeza. Siempre llevaba sobre su hombro una corneja a la que llamaba Cardenal y que solo a una seña suya hablaba. Tiempo atrás, la corneja, parloteaba con toda libertad, cosa que hubo que restringir, pues su cantinela favorita era...
“Yo soy el cardenal, escrito con ce de cabrón
Pero no quiero ser como él, porque es un Maricón.
Como su dueño, si había mucho jaleo, soltaba sonoros tacos –casi siempre en contra del clero- y siendo macho, le encantaba todo lo femenino. En presencia de las mujeres silbaba como el mejor “piropeador” y cantaba cual  canario flauta.
En realidad los pros y los contras del abuelo no eran tan significativos y claramente se compensaban.  Tal vez Tomás pensara así porque era su padre, sin embargo, la economía se había resentido: alquiler, luz, agua, carbón... todo eso, antes no se pagaba, aparte de tantas otras cosas que salían del bolsillo del abuelo; comida, libros, zapatos, vestidos, pequeñas alhajas... Todos aquellos conocidos que desde chico tenía y que a diario frecuentaba en el bar, los había cambiado por uno solo: Ángel, al que daba la circunstancia que solo lo conocía de unos años atrás. Es cierto que pronto congeniaron; gustos afines como el fútbol, las paellas junto al río, la pasión por las motos. Pero, ¿era esto suficiente? En su momento tuvo sus dudas, era reacio al cambio, pero Gema sabía ser persuasiva, melosa... Aquellos suaves y dulces besos que comenzaban en las cejas, en los ojos... eran el preludio, luego le comería la oreja, enredaría con su lengua dentro del oído con aquel aliento cálido, lleno de pasión y que Tomás no podía resistir. Sí, ella sabía como conseguir lo que quería y lo consiguió.
Tomás no tenía prueba alguna de la infidelidad de su mujer, solo aquellos leves indicios y que a decir verdad, eran muy leves. Pero los celos no entienden mucho de indicios, aunque se sea policía, y la más leve sombra, es suficiente para agigantarlos y convertirlos en la más negra de las realidades. El influjo de la duda es tan grande, que, mata el amor, da paso al odio y lleva a maquinar venganzas que acabaran abatiendo a los protagonistas.
Tomás no quería a la niña, a la que para mas inri, Gema quería llamar Angélica. La discusión comenzó enseguida y se fue calentando poco a poco...
-Yo quiero que se llame como mi madre...
-Por ahí no paso, se llamará como mi hermana.
-Tomás, recuerda que me ganas por tres a cero...
-Me importa un carajo, mi hermana ha hecho mucho por nosotros y se lo merece.
-A tu hijo le pusiste tú nombre, a la pequeña el de tú madre, a la mayor quisiste ponerle el mío, ¿acaso no tengo yo el derecho de ponerle “ un” nombre a “un” hijo?.
-Yo soy aquí quien manda, y lo dicho, dicho está.
-Pues si tú eres el que manda, yo soy la que los ha parido. No quiero discutir por esta tontería, pero ten presente que no estoy conforme con tu intransigencia y espero que recapacites.

Tomás recapacitó, aunque por distintas razones a las que Gema pudiera pensar. Estaba enseñando la oreja y gracias a que se dio cuenta, rectificó. No convenía para sus planes de venganza, el mostrar su animadversión a todo lo que se relacionase con su odiado enemigo. La cría se llamaría Angélica y para remachar aún más el clavo, Tomás decidió que el padrino fuera Ángel.  


Audiencia Pública II.

Segunda parte.

Un par de meses antes del alumbramiento, los compañeros de Tomás, no dejaban de gastarle bromas del tipo... “Ahora, con la tripa que tiene tu mujer no podrás mojar, eh”, y cosas por el estilo. A él, que tanto presumía de macho, ahora le irritaban sobre manera, y menos mal que a nadie se le pasó siquiera por la imaginación, dudar de Gema. Si alguno de ellos hubiese atacado, de forma consciente o inconsciente, a su honor, lo habría matado. No obstante, estas puyas que le lanzaban, le sirvieron para  idear un plan diabólico que debería conseguir la perdición de Ángel. Comenzó a pedir cambios de turno a los compañeros que en un principio, no pusieron objeción, luego, a medida que fueron en aumento, comenzaron a pedir explicaciones... “Es que tengo un plan...” “Cuenta, cuenta...” “Oye, que yo ante todo, soy un caballero...” “Nada, si no me cuentas algo, no hay cambio” “Coño, ya te digo que tengo un planillo y voy a ver si sale...”
Poco a poco se fue explayando; tenía una relación con la mujer de su amigo, y al parecer, él no era el único.
El alma caritativa de turno, puso a Ángel al corriente de lo que se hablaba. Este ni siquiera levantó la vista del carburador que estaba desmontando...
-Mira Pepe, no me creo que Tomás ande diciendo eso por ahí, y mucho menos que sea verdad.
-¿Acaso crees que es plato de gusto, contarte lo que te cuento?. Tú les vendes y les reparas las motos a los municipales y a los grises, tienes confianza con muchos de ellos como la tienes conmigo; indaga, sondea, pregunta.
-No hace falta. Solo a mi mujer y a Tomás les preguntaré en el momento oportuno y entre todos, descubriremos al mal nacido que nos quiere arrastrar por el fango.
Pero no fue él el que preguntó, fue Juana. Juana, la hermana de Tomás, se presentó un día en casa de Ángel y Sofía. Había elegido bien la hora; los chiquillos en el colegio, Ángel en el taller y Sofía atendiendo las cosas de la casa. Tras los saludos de rigor y algunas otras frases de cumplido, Sofía notó tensa a Juana y le preguntó si le sucedía algo...
-Es que me han dicho, que te has convertido en la amante de mi hermano. Le soltó de sopetón, escrutando su cara. Y sin darle tiempo a hablar “Y como tú comprenderás yo no voy a consentir que arruines la vida de mi hermano, de mi cuñada y mucho menos la de mis sobrinos"
-¿Quién te ha dicho semejante cosa?¿Y como tú, te la has creído?
-Es del dominio público. Lo que no sé es como no se ha enterado tu marido, o ¿acaso lo sabe y es un consentidor? Mira tú, la mosquita muerta...
-Por dios, Juana, me ofendes solo con pensar tal cosa. Yo te juro que jamás he pensado en otro hombre que no fuera mi marido. ¿Acaso no me crees?
-Menuda lagartona estás hecha, así os iba de bien; seguro que hasta te hacen regalos...
-Sal de mi casa Juana. No voy a consentir que me... que nos ofendas aquí de esa manera...
-Oye, que a mi nadie me ha echado de su casa, y más por decir la verdad.
-Si nadie te ha echado, yo soy la primera, largo de aquí y que la próxima vez que me veas, sea para pedir perdón por la calumnia que estás levantando, y por la forma en que me lo has dicho.
Sofía no podía dar crédito a lo que había escuchado. De inmediato cambió sus zapatillas por unos zapatos de medio tacón, los primeros sobre los que puso su mano, se echó una rebeca sobre los hombros y salió de casa a toda prisa.  Cruzó el pequeño jardín delantero y al llegar  a la cancela, miró a ambos lados de la calle por si aún anduviese Juana por allí. No vio a nadie. El sol estaba casi en lo alto y las sombras de los falsos plátanos, caían casi verticales sobre las aceras.  Ellos vivían en uno de los chalecitos que se situaban a un lado de la carretera general. Al otro lado, tras la Iglesia, la barriada de la Obra Sindical levantaba las amarillentas paredes de sus pisos. Calles estrechas, balcones con ropa tendida, proyecto de jardines que murieron casi al poco de nacer arrasados por las bandadas de chiquillos que jugaban a la pelota. Camino del taller de su marido, Sofía miraba a la gente con una mezcla de interés y miedo; buscaba en las caras de aquellos con los que se cruzaba, algún indicio de reprobación mientras que en su cabeza resonaba una y otra vez: “Es del dominio público”. Vano intento, pues a nadie de aquellas gentes conocía, como tampoco a ella, la conocía nadie.

Ángel se disponía a colocar los segmentos al pistón de una “Lube” cuando la vio. Al momento intuyó lo que sucedía y sus manos temblaron de tal modo, que fue incapaz de atinar a introducir el aro, no solo en su ranura, sino en el mismísimo pistón. Lo dejó sobre el banco y limpiándose las manos con un trapo, fue hacia ella...
-¿Cómo tú por aquí? ¿Ha ocurrido algo?
Ella hizo un gesto lo suficientemente elocuente para él, así que dio media vuelta a la par que decía...
-Espera un momento, que me lavo un poco y nos vamos para casa.
Al quitarse la funda su velludo torso quedó al descubierto. Descolgó una camisa de franela a cuadros rojos y azules de la percha donde colocó el mono y abrochando algunos botones la dejó por fuera del pantalón. Se dirigió hacia su Harley al paso que decía a su ayudante...
-Toño, cierra tú a la una. Hasta la tarde... –y  dirigiéndose a Sofía- ¿vamos, vida?.
La moto arrancó y su sonido melodioso, atrajo la mirada de los que por la calle pasaban; el ancho manillar, los brillantes niquelados, las puntiagudas y brillantes botas camperas del motorista, la blanca y torneada pantorrilla del paquete. Envidia daban, sin imaginar siquiera la tragedia que por dentro ellos vivían.

La ciudad había ido creciendo poco a poco en torno a unos ejes claramente definidos; uno de norte a sur lo formaba la carretera general y el otro, de este a oeste, por las vías del ferrocarril. Vista desde el cielo, se asemejaba a un tablero de parchís; la “casa” de las fichas azules, sería el casco antiguo, con sus viviendas mas antiguas, sus escasos monumentos, sus comercios, despachos y oficinas... las fichas rojas serían las casas humildes, algunos almacenes, talleres, la cerámica... . El lugar de las fichas amarillas estaría ocupado por las barriadas de trabajadores, es decir; por las viviendas que el Régimen había construido; La Obra Sindical, la Cámara Agraria, el Grupo Ferroviario... Y en la zona verde se ubicaba la zona residencial. Un gueto donde los apuros económicos no se notaban. Allí se habían ido desplazando burgueses y nuevos ricos nacidos con el estraperlo. Con amplias zonas verdes comunales para unas gentes, que ya de por sí, tenían sus propios jardines, chalecitos mas o menos grandes, con su garaje y alguna que otra piscina. Ángel enfiló la carretera general, en menos de un minuto pasaba bajo el puente del ferrocarril, cerca de la estación. Un centenar de metros mas arriba se hallaba la entrada de la urbanización, pero no entró. Continuo por la carretera hasta llegar al surtidor de gasolina y paró en el merendero que había justo al lado.
-Aquí estaremos más tranquilos y los chicos aún tardarán casi una hora en salir de la escuela. Siéntate que voy a encargar algo de beber.
Ella eligió una mesa bajo el emparrado y se sentó en el banco. El lugar estaba solitario a aquella hora, y solo algunos de los escasos clientes de la gasolinera entraban en el bar. A Sofía se le antojaba que su marido sabía algo del asunto que iban a tratar. ¿Era intuición suya, o en realidad él estaba demorando la conversación? No tuvo mucho tiempo para pensarlo, Ángel apareció y unos pasos detrás, el orondo y calvo dueño. Este, dejó sobre la mesa una jarra de barro, dos vasos pequeños, de esos de chatear, y un plato con unas tajadas de queso y dos rebanadas de pan.
-Son cuatro cincuenta. El aperitivo, por cuenta de la casa, y si les gusta el queso, también lo vendo por medios y por entero. Es puro de oveja y lo hacemos en casa.
Ángel dio las gracias, miro en la cartera y sacando un billete de cinco pesetas y le dijo...
-Quédese con la vuelta, que en realidad, vale más el queso, que el vino que cobra.
Por fin quedaron solos. Ángel se sentó frente a ella,  escanció el vino, y mirando a su mujer a los ojos le pidió que comenzara.
-¿Has terminado ya? Inquirió ella un tanto áspera.
-¿Porque lo dices?. Contestó él arqueando una ceja.
Ella no quería comenzar así. De camino al garaje había pensado como afrontar la conversación y en modo alguno coincidía con  aquello. Pero los nervios la estaban traicionando, debajo de la mesa, retorcía sus dedos ora de una mano, ora de la otra. Como se suele decir, se echo un trago al coleto, quién lo diría en ella, y le pidió un pitillo.
-¿Un cigarrillo tú, que solo lo fumas en alguna boda? Parece grave lo que me tienes que decir.
Sacó un paquete de Pal Mall, extrajo dos largos pitillos, los encendió y le pasó uno. Exhaló el humo con fuerza, sabiendo que aquella partida la tenía ganada, que no era él el que debía de tener miedo, porque era ella la que lo tenía. Pero también se dio cuenta de cuanto la quería al verla tan frágil, tan inocente...
Se levantó y fue a sentarse a su lado, la cogió por los hombros y la atrajo hacia sí. Entonces ella guardó su cara en el pecho del hombre y comenzó a sollozar.

Por uno de los chicos, el mayor, enviaron recado a Tomás y Gema que aquella tarde pasarían a entregarles el regalo de la niña que iban a bautizar. A eso de las cuatro, subieron los cinco pisos y llamaron al timbre. Gema abrió sin sospechar lo que se avecinaba. Tomaron asiento en la cocina, junto a la mesa donde Tomás parecía afanarse en algo que a Ángel le resultó impropio, no por el echo, que había visto muchas veces, sino por la ocasión. La mesa, de gruesas patas de madera pintadas de blanco, soportaba una piedra  de mármol que parecía la lapida de una tumba. Ángel sintió un escalofrío que trató de ocultar. Una caja de madera, un frasco con un liquido amarillento, un escobillón, un cargador... y la pistola del nueve largo parcialmente desmontada, reposaban sobre la piedra. Gema vio los ojos de Ángel y exclamó...
-¡Por dios, Tomás, recoge eso!
-Enseguida acabo, no te preocupes. Pero continuó a lo suyo con parsimonia.
-Venimos a traer el regalo de la chiquilla, un traje de bautizar, y a comunicaros que Ángel no puede ser el padrino.
-¡Que desilusión! ¿Entonces? Preguntó Gema con un mohín de disgusto.
-Ayer por la mañana vino a verme a casa tu hermana Juana -continuó Sofía mirando a Tomás- y me acusó de ser tú amante, no sólo eso... me llamó, fulana. Creo yo que la única persona que tal infundio puede haber vertido, eres tú.
-¡Virgen santa, Sofía. Exclamó Gema.
-¿Cómo puedes afirmar tal cosa, y por que motivo? Dijo Tomás colocando el cargador del arma con un golpe seco.
Ante el chasquido, la mujer del policía saltó como un resorte, con ambas manos apañó de cualquier forma lo que había encima de la mesa y lo metió dentro de la caja, agarró la pistola por el cañón,  y haciéndose con ella, la introdujo así mismo en la caja que tapó y colocó encima del armario. Ángel, que hasta el momento había permanecido en silencio, se dispuso a hablar. Parecía como si la desaparición del arma le hubiera infundido los ánimos que en realidad le faltaban.
-No sabemos los motivos, pero yo si que puedo afirmar con rotundidad que has sido tú. Lo que tú hermana le dijo a mi mujer, ya lo había escuchado yo de otra persona. En realidad estaba deseando hablar contigo a solas. Mi mujer no tenía por que sufrir la humillación de semejante y burda mentira. Ahora, aquí mismo, quiero saber por que andas contando eso a tus compañeros.
Tomás pensaba aprisa. En realidad, le hubiese gustado mucho decirle a aquel chulo la razón por la que lo había hecho; “por que tu te estás tirando a mi mujer” y luego pegarles dos tiros a cada uno de ellos y volver el arma contra sí. Pero sería demasiada sangre y siete chiquillos sin padres. Opto por la mentira, la negación del echo a sabiendas que el corporativismo le salvaría el culo. Si, sus compañeros callarían y nadie podría demostrar nada.
-Ni he sido yo el que ha lanzado ese rumor, ni tenía nada que ganar con ello. A ambos os he considerado mis amigos, por encima de los que en realidad lo eran. No tengo más que decir.
-Eres un farsante, bien sabes que, a poca gente conocemos con el trato suficiente y confianza para que me levanten esa calumnia. ¿Tenías envidia de nosotros? ¿Qué te he hecho yo o mi marido para semejante acción?.
-No me calientes, Sofía, te digo que yo no he sido y basta. Demuéstrame que tienes razón... si puedes.
Todo podía haber acabado allí mismo y en aquel momento. Sólo con qué los protagonistas admitieran su culpabilidad. Pero la verdad entrañaba riesgos. ¿Iban a admitir Ángel y Gema, que ellos eran los amantes?  Ángel no se quitaba del pensamiento la pistola que estaba encima del armario, y por tanto, calló. Gema, aunque había olvidado el arma, también pensaba que a su marido le invadiría la rabia, los celos y la mataría allí mismo. No pensó ni por  un momento que él fuera el culpable del rumor y mucho menos si podía o no ser cierto. Pensaba en sí y en sus hijos; calló. ¿Y Tomás?. Tomás veía como aquellos dos seres concupiscentes callaban también. Eran culpables sin duda; Con las cabezas bajas, mirándose a hurtadillas, lívidos y sin articular palabra. Veía que con su mala acción había convertido a aquella pobre mujer, en un manojo de nervios, de ojeras pronunciadas, causadas sin duda por el inmenso dolor de la injusticia que se cebaba en ella. Pero también calló. A ella sola, le hubiese pedido perdón. Pero el asco que sentía por su mujer y el odio que sentía por Ángel eran tan fuertes, que le borraban de la mente todo rastro de arrepentimiento.
Sofía y Ángel habían ido allí, el uno, por obligación; con temor a lo que se pudiera descubrir. La otra, con una leve esperanza que, como era de esperar, resultó fallida.

Como habían acordado en el merendero, el primer paso estaba dado. Ahora, después de consultar con un abogado, habían interpuesto una demanda por calumnia, injurias y difamación.

-Por calumnia –dijo el abogado- porque con desprecio de la verdad, conocimiento de su falsedad y el deseo de difamar, imputa a la demandante un delito de adulterio. Por injurias, porque perjudica considerablemente al honor, la fama y el crédito de la ofendida. Por difamación, porque por medio de su palabra, ha hecho creer a cuantos le han querido escuchar que lo que decía era cierto. 

Audiencia Pública III.

Tercera parte.

Se celebró el juicio; palabras, palabras y palabras. Testigos comprados, testigos coaccionados, mudos testigos de no sé, no creo, no lo recuerdo... El señor juez, al que le sobraba experiencia, vio claro lo que sucedía, y queriendo condenar, no pudo sino hacerlo con levedad. Así y todo, algo era algo...

Pero veremos lo que sucedió desde el fin del juicio, hasta que se dio a conocer la sentencia.

El  viernes al anochecer, un hombre preguntó por Ángel en “Las cuatro bielas”. El bar a aquella hora estaba muy concurrido y era lugar de reunión de motoristas, chóferes y taxistas. En el pequeño local, las mesas de hierro y piedra de mármol estaban las unas tan junto de las otras, que apenas si había espacio para las sillas de redondo asiento. Los hombres, sentados espalda con espalda, formaban una revolución cuando uno quería levantarse, y si se marchaba, el asiento no tenía tiempo de enfriarse. Junto a la barra también era difícil encontrar un hueco y muchos eran los que queriendo entrar, al ver tanta gente se daban media vuelta desde la puerta. Casi todos tomaban vino tinto, de la tierra; unos en porrón, otros en medias botellas y los menos, andaban a chatos. Las frascas de donde se servía, se refrescaban en la bañera de zinc del mismo mostrador, mientras que un mozalbete, las iba rellenando en un cuarto pequeño que hacía de bodega. El humo de los que fumaban ascendía al techo, y éste estaba tan amarillento, como las fotos que colgaban de la pared. El dueño, que hacía años había tenido autocares de línea, había querido dejar en las paredes el testimonio de sus adquisiciones. Luego, y para dar gusto a sus parroquianos, fue colocando las fotos de todos aquellos vehículos que a su juicio eran más significativos. Contra lo que pueda parecer, el local no olía a tabaco ni a humo, olía a picadillo y albóndigas que cada poco salían de la cocina y que eran devoradas con fruición.
El tabernero no supo contestar a lo que aquel hombre le preguntaba, y lo envió a una de las mesas...
-¿Sabe alguno de ustedes donde vive el dueño del garaje de motos?. Es que lleva un par de días cerrado y tengo una avería...
-Yo sé que antes vivía en la Cuesta de Gracia -dijo uno
-Sí, pero hace mas de un año que se mudó - terció otro
-Yo no sé donde vive él -añadió alguien en la mesa de al lado- pero, sé donde vive una amiga suya...
Parecía que con el ruido de las conversaciones, nadie fuera de los de la mesa, podía enterarse de lo dicho, sin embargo, el silencio que se hizo fue tan notorio, que hasta los de la barra se volvieron a mirar que era lo que sucedía.
-Si tanta prisa le corre, vaya a Onésimo Redondo, bloque cuatro, quinto derecha. Allí le podrán dar razón.
-Muy agradecido. Adiós.
Los tertulianos retomaron sus conversaciones y solo alguno de ellos pensó en el tono peyorativo del individuo al decir “amiga”. Como quiera que el hombre había dado fin a su media botella, uno de los que estaba sentado a su lado y que al parecer era compañero de trabajo, le dijo...
-Oye Abdón, ¿vamos hasta la cantina de la renfe?. Te invito a otra media.
-Vamos para allá.
Comenzaron a andar despacio, comentando lo agradable que estaba la noche. Tomaron por una alameda paralela a la carretera general donde bastante gente que se hallaba sentada y en animadas conversaciones. En un momento dado, el acompañante de Abdón asiendo a este por el brazo, a la altura del codo le dijo...
-Oye Abdón, lo de la amiga del de las motos, ¿iba con segunda?.
-¿Por qué lo dices?
-Es que en un principio, eso fue lo que creí, pero luego  me pareció que recogías velas... ¿te acojonó el que todos se te quedaran mirando?.
-De pocas cosas me puedo acojonar yo a estas alturas, lo cierto es que se me escapó la lengua.
-Entonces es que hay algo, ¿verdad?
            -¿Sabes que fui legionario?
-No todo el mundo lo sabe, pero yo sí; tú me lo has dicho varias veces.
            -Sí, pero lo que no te he contado nunca es que el de las motos, como tu le dices, también lo fue. Te voy a contar una historia:
“En el primer año de la guerra, este Ángel, vivía en un pueblo donde su padre era el herrero. Cerca  de su casa, casi adosada a la herrería, estaba el cuartel de la guardia civil. Los guardias y unos falangistas del pueblo, se habían hecho fuertes junto con algunos soldados, que desperdigados por algún combate y no pudiendo reincorporarse a sus unidades, acertaron a pasar por allí y allí se quedaron. Desde aquél lugar dominaban un cruce de carreteras, por lo que para los rojos era de suma importancia el desalojarlos. Como tenían abundante munición y víveres, los asaltos que se habían tratado de hacer, resultaron inútiles. El grupo atacante pidió artillería, para de cuatro cañonazos, asustar o enterrar a los nacionales de una vez. Por lo que se ve, los mandos de aquellos milicianos, no teniendo nada mejor a mano, mandaron a uno que se decía capitán y que antes era zapatero remendón. A lomos de mulas llevó a los asaltantes un obús del setenta y cinco y munición en abundancia. Los cuatro servidores de la pieza, que con él iban, tampoco eran artilleros, por lo que todos, poco o nada sabían de alzas y trayectorias. Montaron gozosos la pieza y a ojo la apuntaron, calculando de igual modo el alcance y el ángulo. Lanzaron el primer disparo. El proyectil fue trazando su curva trayectoria para ir a caer treinta metros por delante de su objetivo; justamente sobre la herrería. Murió el pobre hombre que estaba trabajando en su fragua, su mujer que lo hacía en la cocina, y dejando un huérfano de trece años, cargado de odio y de rencor. No sé lo que pasó con el cuartel, lo que sé es que unos días mas tarde, un capitán de regulares se llevó al chico que comenzó su andadura militar como corneta”.
“Cuando en el año cuarenta y ocho, a mí me destinan a la segunda legión del tercio en Ceuta, ya lleva allí nuestro amigo unos años. Le apodan “Gas”, y es el puto amo del taller de mecánico. Algunos de los pocos oficiales que tienen coches o motos, saben bien de sus trapicheos con la gasolina del surtidor a su cargo, pero callan; reparaciones, neumáticos y depósito lleno gratis... Le apodan así por que siempre dice esa muletilla “dale gas, dale gas” cuando han reparado o están probando un vehículo. Le apasionan las motos y no hay en todo el norte de África mejores manos para los motores. Atraído por su fama, llega a Ceuta un libanés residente en Orán. En una camioneta y tapada con una lona trae una Harley-Davidson que necesita reparación. Nada mas verla, Gas se enamora de ella y piensa en la forma para que pase a ser de su propiedad. Le va dando excusas al libanés para no empezar la reparación. El objeto es que se quede sin dinero para así poder comprarle la moto. Era un poco iluso, pues al armenio el dinero le salía por las orejas.  Cuando se dio cuenta de que aquél no era el sistema, le dijo que le faltaban unos recambios sin los cuales nada se podía hacer. Aquellas piezas debían de venir de América, y recién acabada la guerra, era muy difícil. Pero aquél hombre no cejaba en el asunto, y como tenía contactos en Marruecos con algunos americanos influyentes, consiguió que los repuestos vinieran de Casablanca. Un día el coronel llama a Gas a su despacho. Cuando recibe permiso para entrar, encuentra al libanés fumando y en animada conversación con el coronel. Ya sabe lo que va a tener que hacer; reparar la moto y cuanto antes”.
“Y esto, no te lo vas a creer. Habían pasado aproximadamente un par de meses, cuando la misma camioneta que llevara la Harley volvió por el cuartel. Tapada con una lona llevaba otra moto, gemela de la que reparó al libanés y que agradecido se la regalaba”.
“Ángel pidió la licencia en el cuarenta y nueve, lo recuerdo bien porque justo tres años después me fui yo. Todo el mundo pensaba que lo suyo con el ejercito, iba a durar toda la vida; Había ascendido a sargento, tenía dinero y todo el mundo le hacía la pelota. Pero yo, que me hice amigo suyo, sabía el porque de su marcha. Lo sabía tan bien, que incluso por ello, nos enemistamos”.
“Había un morito que tenía un huerto como un vergel. Pequeño pero feraz, aunque ahora que lo pienso, todo allí era pequeño: una casa blanca y pequeña, un pequeño burro que daba vueltas a una noria sacando el agua que necesitaba, cuatro hijas pequeñas y una pequeña mujer.  En realidad la almunia no era suya, solo la trabajaba, por lo que a pesar de tener tanto, nada tenía. Gas y yo habíamos intimado con dos de sus palomitas; Aleya y Jacra. La mayor, que apenas contaba quince años, era la “al-habiba” de Gas y yo rondaba a la pequeña de la que estaba enamoriscado. Como quiera que las bocas eran bastantes y el dueño del lugar tenía muy controlada la producción del moro, pasaban, sino hambre, sí mucha necesidad. Esa necesidad; vestido y alimento sobre todo, era cubierta de cuando en cuando por Gas, que a cambio, recibía favores a los que el moro hacía la vista gorda”.
“Mi amistad con Ángel nació sin buscarla, y durante mucho tiempo la he maldecido. Ahora aún me queda resquemor, pero tengo que admitir, que él es así y que nunca va a cambiar”.
“A mí, la legión me ha servido, aparte de darme de comer cuando lo necesitaba, para dos cosas en esta vida; me dio el sentido de la disciplina, del honor y del compañerismo. Ya sé que suena un tanto panfletario, pero es la pura verdad. La otra cosa que me ha dado, o por mejor decir, que me ha resaltado, es el oído. El oído siempre ha de estar dispuesto y atento. Atento a la orden del jefe para de inmediato obedecerla, pues de ella puede depender la vida del pelotón. Atento a cualquier rumor, pues en el desierto, en esas noches oscuras en el puesto de guardia, sino no oyes el reptar del moro, puede que amanezcas con el cuello rebanado. ¿Quieres saber por te cuento esto? Verás; cierto día, nuestro amigo, debía de cobrar una deuda. Unos moros a los que de vez en cuando vendía gasolina, querían pagarle con grifa, a lo que Gas se negaba; él quería dinero contante y sonante. Se armó una trifulca, y los tres de las chilabas sacaron sus gumías. Ángel presume de ser hombre de pelo en pecho, además, el uniforme que lleva infunde mucho valor y no se arredra. Pero le dan un tajo en un brazo y presiente la muerte. Aquella noche yo estaba durmiendo la mona sobre la mesa de un tugurio cercano, pero el oído, siempre en vela, escuchó el grito... ¡a mí la legión, a mí la legión! Y la nebulosa se me disipó. Salí raudo a la calle y por el camino me quité el cinto. Di gracias por una vez de que algo de mi vestimenta me quedara grande. Lié un extremo a mi mano derecha y me abalancé sobre los moros largando cintarazos con toda mi fuerza. Pillados por sorpresa, uno de ellos recibió un golpe con toda la hebilla en plena cara y comenzó a sangrar, el segundo lanzamiento falló y solo acertó a tirar al suelo el fez del individuo, pero al siguiente no marré; le abrí la cabeza, el tercero se volvía a mí, y aunque la noche era oscura y el alumbrado muy deficiente, pude ver el brillo siniestro de su daga. Me lanzó un golpe de arriba abajo, que si no me aparto, me rebana en dos desde el cuello a la cintura. El quite lo hice echando un pie a tras, a la vez que mi brazo lanzaba de nuevo el cinto y que fue a dar en su mano. El golpe le hizo soltar el arma, momento en que yo aproveché para empujar a Ángel y salir a todo correr camino del cuartel. Ese fue el comienzo de nuestra amistad. Desde aquél día yo tuve un amigo para las francachelas, un amigo que siempre pagaba y que me decía su hermano. ¿Quieres saber el porqué de mi odio?.
           -Eso espero Abdón.
        -La Jacra es el azúcar que se saca del vino de la palmera, y así de dulce era la niña. Ojos grandes de un negro profundo, “axorcas” de metal en sus tobillos y sus brazos y el ovalo perfecto de su cara enmarcado por el “al-quiná”. Labios de alarije y cuerpo que se adivinaba aterciopelado, seductor y virginal. Un atardecer Ángel fue al huerto, llevaba regalos como de costumbre y el moro que regaba taponando o abriendo la “asagiya” aquí y allá según lo necesitaba, le dijo que en la casa ya su hija le había preparado el té. Fátima, su mujer, y Aleya, habían bajado a la ciudad con las dos pequeñas. Cuando me enteré de lo que ese día sucedió, quise matar a Gas, mas él juró y perjuró que fue Jacra, la que habiendo visto lo que Aleya hacía con él, quiso hacer lo mismo... y le entregó su flor.
“Él era guapo y rico, yo canijo y pobre, no me extraña su elección. Tres meses después de aquello, Gas se licenció y se vino para la península. Había juntado todos los permisos que nunca disfrutara en seis años, con lo que cumplió debidamente el contrato que con la legión tenía firmado. Atrás dejaba una morita con tripa y al que una vez le salvara la vida. Muchas mas cosas dejó sin duda, pero el miedo a las represalias le hicieron huir”.
                 -¿Así que no es la primera vez que el angelito la arma?
-El destino ha querido que nos encontráramos de nuevo. Yo sé de él, pero él no sabe que yo estoy aquí. Al dejar la legión estuve un par de años dando tumbos y sin trabajo fijo. Ya estaba dispuesto para volver a alistarme, cuando en la calle me encontré con un antiguo comandante. Él ahora es un alto cargo en el ferrocarril y con su recomendación me enchufaron. He comenzado una vida nueva; conocí a la que hoy es mi mujer, me casé y me dieron un piso. Estando en el balcón lo vi un día. Tú sabes como es el oficio de guardafrenos; siempre metido en esa pequeña garita, pasando frío en invierno y calor en verano, por eso, en las noches calurosas que paso en casa, saco muchas veces el colchón al balcón y duermo hasta bien entrada la mañana. Allí tumbado, oigo los rumores de las conversaciones de los que a las puertas de casa están sentados al fresco, veo las estrellas y respiro a pleno pulmón. Desde esta atalaya, en más de una ocasión he visto entrar en el portal de un bloque mas allá, a mi antiguo amigo. No tendría nada de extraño, sino fuera por que en el piso al que se dirige, nunca esta el marido de la dueña.
             -Y tú, ¿cómo sabes al piso que va?
           -Al principio pensé que vivía ahí. Luego me dije que era raro no verlo salir a la hora del trabajo, mas tarde comprobé que las visitas eran esporádicas y que duraban una hora más o menos. Cuando él llegaba la persiana de cierto dormitorio se bajaba y cuando se iba, se izaba de nuevo. Luego lo he visto abajo, esperando con su mujer a que bajara la querida con su marido y todos juntos ir de paseo. Sabiendo de qué pie cojea el tío, no hace falta ser adivino para aseverar que la mujer del policía armada es su amante.

             -Ahora que te he contado todo lo que querías saber y como estamos cerca de casa, mejor será que dejemos la media para otro día. Estoy pensando que mi “Fátima” está sola y seguro que espera un cariño.