martes, 29 de enero de 2013

La Julianilla.


Es la Julianilla diminuta, de no muchas luces según dicen, y que a mí siempre me recuerda, aunque más guapa, a Mari Bárbola. Tal es el parecido en estatura y forma de vestir, aunque la diferencia estriba en que la Julianilla lo hace pobremente; negra falda, negra camisa, negra rebeca. Siempre con mandil, sobre la falda y bajo ésta, dos o tres enaguas, lo único blanco; alpargata de esparto medias gruesas, y pañuelo a la cabeza.

Tiene quince o veinte gallinas y un gallo llamado como aquel que fue a la boda del tío Kirico, cada cual con su nombre, y que son las que le procuran el sustento con la venta de huevos. ¡Misero ha de ser, y hambre ha de pasar!

Vive en una casa minúscula, como su dueña; puerta baja que casi toca el alero, cuatro escalones dentro, una estancia a la izquierda, la mejor, y que ella destina a gallinero. Frente a la escalera, una habitación con catre, baúl y armario; a la derecha, la cocina; una simple hornilla, la alacena y la mesa. Ni que decir tiene a que huele la casa.

Abre las puertas por la mañana para que sus gallinitas salgan y se busquen algo que levarse al pico, si acaso, un puñadito de trigo a la puerta para que recuerden bien quien las alimenta.

Es la calle estrecha, de tierra apisonada y sin aceras. Las casas, en un rellano tajado al cerro, no más de treinta. Las de arriba, alguna de dos alturas con corral al lado. Las de abajo, espalda con espalda, mirando al monte las unas, a los campos de trigo y al río las otras.

Desemboca la calleja en llanas tierras de labor, pero eso es más allá; en la cercanía, la era a la derecha, un muladar a la izquierda. Al lado contrario, la calleja confluye en otra ancha y pendiente que conduce a la ermita del santo. Son las edificaciones cercanas algo más modernas y de gentes con otra catadura. En la parte que va hacia el río, la fábrica de harinas, de ahí su anchura.

La Julianilla vive justo en el vértice que une la calleja y la calle de la cuesta. A partir de junio es normal verla bajar todos los días, pasar junto a la fábrica, e internarse en los campos. Espiga aquí, espiga allá, va llenando el mandil. Coge aquellas que a su paso por los caminos, doblan la cerviz hacia ellos. Pone a secar las verdes, y cuando todas están del color del oro, trilla a mano golpeando manojo a manojo contra los laterales del cesto. El grano se va abajo, luego al saco, y al baúl. La paja la guarda para alfombrar el piso de tablazón del gallinero, y que cuando esté bien cargado de gallinaza, recogerá la mezcla y cambiará por calabacines o tomates a aquellos que tienen huerto.

Hay en la calle una tienda, la única del barrio. En ella vede o cambia los huevos por vianda, aunque al señor Julio no le compensa. Tortilla de patata para cenar; con tomate o pimientos, con bonito o sardinas, de bacalao o chorizo. Le señora Genoveva ya no sabe como preparar los huevos que su marido no vende. Y es que la Julianilla también sirve a los vecinos. Todos, aunque pobres, quieren ayudar.

Ya casi son las nueve, hora de recoger. La mujeruca llama a sus gallinas que prestas corren hacia la casa; otro puñadito las espera. Morinda, Castaña, Pitusa, Clarita, Lagotera… va contando… Perico, Graciosa, Sultana… Ya han entrado todas, todas menos una.

- ¡Hay Dios, que me falta una! ¿Dónde estás mi Damajuana?

La más hermosa rolliza y ponedora, la que todos los años sale chueca y le da ocho o diez pollitos. Va en su busca, en todos los portales mira, a todos los que encuentra pregunta llorando. ¡Su gallinita, la más querida! Se llega hasta la era por ver si rezagada se ha quedado buscando grano. ¡Nada! Se va al otro lado, al vertedero, y allí entre ceniza, botes y miseria, encuentra las plumas. Alguien este día, cansado de garbanzos y sopas de ajo, ha comido carne.

Podía acabar aquí la historia, pero es menester contradecir a aquellos que la tildan de retrasada. Nariz por delante, husmea aquí y allá en busca del olor que delate al ladrón. A repollo o a lentejas recalentadas que sobraron de medio día, pero nada que huela a rico guiso de gallina. Baja la cuesta y se adentra por el caminito que da entrada a las casas de abajo. Aquí huele a caldo y a gallina en pepitoria. ¡Si lo sabrá ella!
Llama con los nudillos a la puerta. Ya abre la dueña que se siente sorprendida al verla, y su color macilento de por si, aún se demuda más.

- Tomasa, he perdido a mi Damajuana, ¿sabrás tú algo de ella?

- ¡Por dios, Juliana, ¿cómo he de saberlo?

- No sé, tal vez…

- En todo el día no he salido. Mi Fermín está en cama.

- Bueno, pásate por mi casa, te daré dos huevos, para que se tome las yemas con vino hasta que se reponga y pueda trabajar.

Y la Julianilla da media vuelta, a pesar de todo, ahora se siente feliz.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Bonito cuento. Me encanta tu manera de describir el ambiente de pobreza y soledad de esta pobre mujer… Suavizas la miseria para convertirla en una dulce narración. Un saludo. Laura

Alfredo dijo...

Laura.
Gracias por el comentario,
El ser pobre, sola y bajita, no era obstáculo para tener buen corazón.
Salu2.