sábado, 19 de enero de 2013

Matar es fácil: Las vecinas.


 La casa es antigua. Un tanto señorial, de amplia escalera, protegida por baranda de forja, pasamanos de castaño viejo y hueco donde ahora van a colocar  un ascensor. Cada piso tiene tres viviendas, tres puertas al descansillo; derecha, centro e izquierda. Yo vivo en el tercero izquierda de un total de cuatro.

La vecina de enfrente, es una esquelética moza que tiene sin embargo unos pechos que parecen como aquellos de la canción; dulces cántaros de miel. Trabaja en casa tallando piedras semipreciosas.

La vecina del centro, es mayor, como de cincuenta y tantos. Fisgona, entremetida y siempre chismando de todo bicho viviente.

A mediados de junio, mi mujer se fue con los niños al pueblo, con su madre, y me quedé de "Rodríguez" Era el momento propicio, como manda la tradición, para tratar de catar aquellos melones que tanto me llamaban la atención.

Busque una disculpa para acercarme y que no fuera la tradicional de la tacita de azúcar. Aquella sortija a la que le faltaba la piedra, parecía buena idea. Llamé al timbre. La escuálida salió; pantaloncito corto de fina raya azul, camiseta blanca pegada sobre la piel y gafas de seguridad en la cabeza.

- Hola, quisiera hacerte un encargo, ¿es posible?- le dije tratando de disimular el nerviosismo, procurando no mirar lo que deseaba.

La puerta del centro se abrió y la vieja asomó la cabeza.

- Perdón, creí que habían llamado aquí.

- ¿Acaso su timbre suena igual que el mío? le espetó con acritud la rubia.

Yo, que me había girado dándole la cara, me sentí un tanto ridículo, abochornado, con mi brazo en alto, sortija en el índice, tratando de enseñarla como justificación para aquella entrevista.
La mujer se retiró, la chica, asiéndome de la mano, me introdujo dentro y cerró la puerta.

- Tu mujer hace dos días que se marcho. Mucho has tardado en venir.

¿Era aquello una invitación en toda regla? No lo sé, pero mis manos se posaron donde querían, y nuestras bocas se unieron allí mismo, en el pasillo.

Cuando regresé a mi piso, la mirilla de la puerta del centro, se cerró. Aun alcancé a ver por las rendijas de bronce, las facciones de la inquilina oscurecidas por las sombras.

Julio llegaba a su fin. Era viernes, al atardecer, cuando preparaba viaje para pasar el fin de semana con la familia, entonces, llamaron a la puerta. La vieja, muy peripuesta y provocativa, me dijo que tenía que hablar conmigo.
Su proposición me heló la sangre. Quería "lo mismo que le daba a la otra" y que oía a través de la pared. Por un instante, pensé que sería incapaz de satisfacer a tres mujeres, pero fue solamente un instante. Pasado ese momento de asombro, me sentí furioso por el chantaje, asqueado por la propuesta de aquella gorda… pero impotente y claudicante.

Ha pasado una semana y no soy capaz de salir de éste círculo vicioso, así que he tomado una decisión. Abro la puerta y me asomo al hueco de la escalera. Apoyado en la pasamanos, finjo buscar algo en los pisos inferiores. Entonces sale la vecina del centro que curiosa se une a mí para ver también ella que es lo que busco. Le indico algo imposible de ver ya que no existe. Subrepticiamente me coloco a su espalda, me agacho, y agarrándola por los tobillos, la levanto no sin esfuerzo y la lanzo al vacío. Luego corro a encerrarme en casa. El grito ha sido escalofriante y el golpe atronador. Todos los vecinos salen a ver que ha sucedido. Yo, en camiseta, con la cara llena de jabón de afeitado, la tolla al hombro y maquinilla en ristre, soy uno más de los curiosos, mi otra vecina lo atestigua.

La gente se pregunta si habrá sido un accidente o un suicido. La policía entiende que suicido. Nadie aguantaba su forma de ser, y solitaria, desgraciada y rechazada, optó por quitarse la vida.

3 comentarios:

Marta C. dijo...

No me pondré quisquillosa con los detalles que pueden hacer fracasar el asesisnato porque el relato es ameno y bien tramado. Con tu habitual estilo elegante y conciso, pero rico en descripciones. Siempre un placer leerte, Alfredo. Besos.

Alfredo dijo...

Marta C.
Ya que tú no te pones quisquillosa, me pondré yo.
El asesinato, es una chapuza, pero veamos primero la catadura moral del individuo: No duda en engañara su mujer, parece que lo viene deseando desde hace tiempo. Es más, sopesa si será capaz de mantener relaciones con las tres al mismo tiempo. Antes de confesar a su mujer, opta por algo horrendo, y ni siquiera muestra señales de arrepentimiento; en su mente está el proseguir sus relaciones con la flacucha.
Es una chapuza por la siguiente razón: Supongamos que la que despectivamente llama vieja gorda, mide metro sesenta y pesa sobre setenta kilos. Aunque él sea fuerte, ha de levantar ese peso un metro para izarla y lanzarla. Lo hace agarrándola por los tobillos, donde posiblemente dejara una marca. Aunque así no fuera, la mujer, al sentirse cogida, flexionaría las rodillas, bajando el punto de gravedad, con lo que el esfuerzo es mucho mayor. Al sentirse en vilo, se cogería al pasamanos, y a su vez gritaría pidiendo socorro antes de caer, con todo eso, difícil lo tiene para en unos segundos entrar en casa quitarse la camisa y darse el jabón saliendo cual pajarillo inocente.
Creo que para entretener un par de minutos, vale, algunos más, si uno se detiene en razonamientos.
¡Hala, que me voy a comer!

Esilleviana dijo...

Habrá que confiar en que la policía científica averigüe que la pequeña presión de sangre que hallaron en la piel de los tobillos del occiso demuestra que alguien la empujó por las escaleras y que por miedo a no ser lo suficientemente hombre acabó con ella. Al fin y al cabo, la asesinó por no saber decir NO jajaja

un abrazo :)