miércoles, 6 de febrero de 2013

Lo escrito, escrito está.




Seguramente aún no es el tiempo para esta entrada, aunque falta poco para la Semana Santa. Pero algo me incitó a ello. Tal vez, el que por cada herido judío, haya treinta o cuarenta muertos palestinos. Quizá sea, el  reconocimiento de justicia para aquellos que soportan invasiones de asentamientos en tierra confiscada. No sé, pero recordé esta Historia.

Lo escrito, escrito está.

Pilatos o Pilato, de nombre Poncio, fue un funcionario designado por Roma en calidad de procurador de Judea. Nadie sabe como era físicamente, pues aún siendo gobernador, y hombre que ha pasado a la historia, ni un mal retrato suyo queda.
Mandaba una fuerza de ocupación de cuatro mil hombres, que habían de mantener a raya a casi un millón de hijos de David, y que más o menos como ahora, estaban dispuestos a armarla por un quítame allá aquellas pajas.
Parece que el tal Pilatos era un tanto blandengue, pues ya a poco de llegar, hubo de enviar un destacamento de soldados a Jerusalén -él vivía en Cesárea- para colocar el busto o los emblemas del emperador en lugar público. Pero, ¡con la ley mosaica hemos topado! La ley prohibía imágenes religiosas de cualquier tipo y el emperador era llamado "el divino". Los hebreos, se manifestaron bajo las ventanas del gobernador que se hizo el sueco durante cinco días. Al sexto, mandó a los soldados que rodeasen a los manifestantes conminándolos para que volviesen a Jerusalén so pena de castigo. Los judíos se arrodillaron ofreciendo entre voces sus cuellos, pues antes preferían la muerte. Y Pilato se acojonó enviando los emblemas al trastero.

El problema del agua en Jerusalén, había sido siempre eso, un problema. Pilatos tratando de remediar su escasez, y queriendo a la vez dejar una magna obra para la posteridad con la que fuera recordado, concibió la idea de construir uno de esos maravillosos acueductos que aquí y allá iban dejando los romanos. La financiación no debía de ser un obstáculo; el Templo guardaba un tesoro destinado a las necesidades de la ciudad. Y aquello era necesario. Pero una vez más, el proyecto iba a fracasar:  diez mil judíos se manifestaron en Jerusalén vociferando insultando y amenazando. Pilatos, que ya se imaginaba lo que podía suceder, de sacar los soldados a la calle, colocó a estos camuflados entre el pueblo. A una señal, sacaron las macanas que llevaban ocultas y se liaron a palos con ellos. Los muertos se contaron por decenas.

Los ánimos, como se puede apreciar, estaban calientes, así que Pilatos se fue a una Jerusalén atestada por la celebración de la Pascua. Debía de estar in situ para ponerse al mando de una posible revuelta.

En la noche del jueves, un tal Jesús había sido detenido en el Huerto de los Olivos y presentado al consejo supremo; el Sanedrín, donde lo enjuiciaron. Admitido por el acusado que él era el Mesías, el veredicto fue la muerte. Pero los judíos no podían aplicar la pena sin la aprobación de los romanos, y acudieron a Pilatos.
En la mañana del viernes, presentaron al gobernador un hombre como de treinta años, que había sido vapuleado durante toda la noche, y condenado a muerte por la ley judía como blasfemo. Tras un breve interrogatorio por parte de Pilatos, decidió que aquél hombre era un predicador inofensivo.

- Yo no hallo en este hombre ningún crimen - voceó al pueblo desde la escalinata de su palacio.

La multitud grita enfurecida alentada por los sacerdotes: "Subleva al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí".

Y Pilatos, que podía ser pusilánime, pero no tonto, ve la forma de evadirse de aquél asunto; Galilea está fuera de su jurisdicción. Le corresponde a Herodes impartir justicia.

Herodes, que sentía una manifiesta inquina hacia Jesús, que le había mentado como "raposa" (Sal y márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte. El les dijo: Id a decir a esa raposa: mira, yo arrojo los demonios y obro curaciones hoy y mañana y al tercer día soy consumado. Pero hoy, mañana y el día siguiente debo marchar, porque no conviene que un profeta perezca fuera de Jerusalén) quiso que obrase algún milagro. Pero Jesús se mantuvo en silencio. Herodes montó en cólera, renunció a su jurisdicción y lo envió de nuevo a Pilato.

El gobernador, convencido de la inocencia de Jesús, quiso de alguna manera apoyarse en Herodes. Nuevamente salió a la escalinata; "Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo, y habiéndole interrogado yo ante vosotros, no hallé en él delito alguno de los que alegáis, Y ni aún Herodes, pues nos lo ha vuelto a enviar".

Trató, para ver si con ello se contentaban, de castigarlo con los azotes y así conseguir su libertad. Más los sacerdotes se mantuvieron firmes. Nuevamente  buscó Pilatos una estratagema para salvarle la vida. Era costumbre por la Pascua soltar aun reo judío y por ello les propuso: "¿A quien queréis que os suelte, A Jesús, o a Barrabás? El enorme griterío del pueblo pidió indultar al criminal.

- ¿Entonces, que queréis que haga con Jesús? preguntó de nuevo Pilatos temiendo lo peor.

- ¡Crucifícale!, rugió la muchedumbre.

Es de suponer, que Pilatos estaba sumamente decepcionado, ninguna de sus propuestas, salía adelante, pero aún se atrevió a preguntar; ¿Y que mal ha hecho?

- Si sueltas a ese, no eres amigo del Cesar; todo el que se hace rey va contra el Cesar.

El gobernador no puede correr riesgos; el Cesar es Tiberio. Así que, como indica el Deuteronomio, Pilatos pide agua, y ante ellos, se lava las manos. Aún le queda una última obligación; escribir un letrero para colocarlo en la cruz. "Jesús Nazareno, Rey de los Judíos". Y los pontífices nuevamente están en desacuerdo: Has de poner "Jesús que dijo: Yo soy el rey de los judíos". Pero Pilatos, harto ya, respondió: Lo escrito, escrito está.

Barrabás ha sido en esta historia el único beneficiado a pesar de ser un criminal. Jesús, la víctima inocente, y Pilatos, tras diez años más en el cargo, fue reclamado por Roma para explicar el motivo de una matanza acaecida en Samaria. Aunque a su llegada Tiberio había muerto, Pilatos acabó suicidándose un tiempo después a resultas de otros fracasos. Triste final para un hombre cuyo nombre se repite a diario en todas las partes del mundo.

2 comentarios:

fus dijo...

Esta historia a pesar de conocerla, cada vez que la leo, saco en conclusión que la injusticia siempre está presente en las sociedades.

un abrazo

fus

Alfredo dijo...

fus.
Bajo el fanatismo religioso se han llevado a cabo toda clase actos terroristas, asesinatos, guerras, y holocaustos. Si todas las guerras pueden ser injustas, las de religión lo son mucho más, por cuanto tratan de imponer creencias o dogmas acerca de algo imposible de verificar.
Salu2.