lunes, 11 de febrero de 2013

Matar es fácil: La Araña.



Mi carácter fue cambiando desde que hace dos años me divorciara. Los compañeros, unos al poco, y otros más tarde, me fueron dando de lado. Ellos no tenían la culpa, era yo el que con mi introspección se apartaba de ellos en un trabajo que necesita estar coordinado, en el que es primordial la confianza mutua y el trabajo de equipo.

Comprendí que algo no rulaba en mi cabeza y me fui a médico. Tras un montón de preguntas, me medicó, me dio la baja y me mandó al loquero - Es una pequeña depresión que puede ir a más y hay que tratarla convenientemente.

Ahora llevo meses, no sé cuantos, sin salir de casa; las persianas bajadas, excepto dos rayitas, la basura amontonada y comiendo el menú que me suben del bar. Me paso el día en el ordenador, jugando a la araña, compitiendo con la máquina.

Esta carta de puño y letra, facilitará la investigación, pues yo sé que es lo que va a suceder, cuando de nuevo empiece esa pesadilla que solamente por breves momentos me abandona.

En un principio, el juego me distraía, pero poco a poco se convirtió en una obsesión: Dita sea, he perdido y ha bajado un punto el porcentaje.

De seis mil juegos, había logrado el 91%, pero de un tiempo a esta parte, ese tanteo bajaba al fallar más que ganaba. Me causaba ansiedad y muy mal humor. Llegué a bajar al 51%, y cuando me acostaba, la pantalla y las cartas estaban en mi cabeza. Mentalmente las distribuía y colocaba, aún sabiendo que era imposible recordar todos los movimientos. Quería apartar de mi cabeza aquel juego estúpido, pero no lo conseguía. Cualquier cosa, por muy distinta que fuera, revertía en el juego. Si pensaba en la familia, mi madre se convertía en la Reina, que debía de ir bajo mi padre el Rey, luego la putana; mi mujer. Llegado a este punto, los rostros se difuminaban y las cartas tomaban su lugar. No podía dormir y esa pastilla pequeñita no surtía efecto; igual era que cerrase los ojos o los mantuviera abiertos, el maldito juego siempre estaba presente.

Me decidí a jugar por última vez, si subía un solo punto en el porcentaje, lo dejaría. Comencé tranquilo. Perdí tres partidas pero el porcentaje no varió. Gane una y perdí unas cuantas más; no importa, al principio siempre sucede, estoy frío. El porcentaje marcaba el 50%.  Entonces el ordenador comenzó a escribir a su aire: Estás chaveta, jamás lograrás ganar, mira y aprende.
Y comenzó a mover cartas con la velocidad del diablo, a ganar partidas una tras otra, y a reírse cuando los fuegos de artificio daban por finalizada la partida. Lo deje jugando mientras iba a la habitación. Cuando volví, estaba a punto de ganar un nuevo juego, saque mi USP e hice un par de disparos. Las cartas rojas, empezaron a deslizarse a la parte baja de la pantalla, se salieron de ésta arrojando sangre, y quedaron tendidas sobre la horizontalidad de la mesa. La sangre cayó pringándome la bata, pantalón y zapatillas, encharcando el suelo. Mientras, las cartas negras fueron desapareciendo a la par que entre chispazos la luz de la pantalla se extinguía.

¿Quién puede creer esto? nadie. Mi suerte está echada, de ahí mi carta en pasado; antes muerto que loco de remate. Apoyaré mi arma por encima de la nuez y adiós.

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