viernes, 1 de marzo de 2013

Carne fresca.



Cortejó Reinaldo a Etelvina durante cuarenta años, hasta los sesenta en que lo jubilaron. Ese día, en que cumplía y decía adiós al trabajo, fue a buscar a Etelvina a aquel comercio de postín donde ella trabajaba; "El Buen Viaje". A medio día. No era cuestión de dejar hasta la noche lo que la tenía que decir.

Comieron en aquella terraza del restaurante, desde donde los ojos se llenaban de mar en aquel radiante día de primavera. Las olas, cerca, los veleros algo más lejos, gaviotas surcando el cielo, y la escarpada costa de fondo.

A los postres, Reinaldo introdujo la mano en un bolsillo de la americana, de donde extrajo un pequeño paquete finamente envuelto y con un grácil lazo rosa.
El corazón de Etelvina dio un vuelco, pero disimuló cuanto pudo. Él mantenía la cajita asida con pulgar e índice, moviéndola cual si quisiera planchar el mantel, y habló de ésta forma:
- Telvina, mucho tiempo hace que andamos de novios. Ahora, jubilado, he decidido cambiar un tanto mi vida. Tú tienes cincuenta y cuatro, un buen trabajo, don de gentes y perfecta educación. Eres esbelta, guapa y de prietas carnes. Sin duda, el hombre que te conozca, no puede por menos que desearte. Te traigo un regalo, ábrelo, por favor.

Y a Etelvina le temblaban esas prietas carnes, y los dedos nerviosos no acertaban a desenvolver el estuche. Más, que decepción cuando por fin lo abrió; una gruesa pulsera de oro apareció en lugar del esperado anillo.

- Telvina, perdona, pero me estoy apolillando y he decidido dejar de salir contigo. Quiero viajar un poco, conocer gentes y buscar a alguien más fresca, que me contagie de su juventud.

- ¡Maldito come mierda! Cuarenta años aguantando tus sandeces, tus polvos de baratillo en cualquier hotelucho. Cuarenta años esperando a que tu madre diera el consentimiento y ahora me sales con que deseas carne más fresca. ¡Imbécil! Le espetó, arrojando con furia la esclava sobre la mesa.

Y allí dejó sentado a Rey, que hubiera esperado algún lloro, pero no aquél ataque tan iracundo. En fin, lo importante es que ya era libre.

Durante dos años Reinaldo se dedicó con ahínco a buscar lo que tanto añoraba. Recorrió todas las discotecas, pero, las jóvenes lo llamaban viejo verde y se reían de él, así, que optó por ir a esos bailes a los que llaman "desguaces", donde mujeres de edad, apretadas y sobradas de afeites buscaban a algún pardillo para que invitase… o lo que saliera.
La última parada en su peregrinar fueron los puticlub donde dejaba dinero, y no mucho de satisfacción.

Una noche, al volver de una de sus excursiones, asqueado de bazofia y güisqui, se encontró a su madre en la mecedora con la labor de ganchillo en las manos, fría, con la cabeza ladeada. Se acabó la cocinera, lavandera, planchadora y limpiadora. Él, que no sabía freír un huevo, debería ahora ejercer de amo de casa.
Un par de meses comiendo por los bares, sin raya en los pantalones, tiñendo las camisas en la lavadora y con los jerseys que se daban de no, por efecto de la temperatura, le llevaron a reconsiderar nuevamente su vida.

Se fue al sastre; traje, camisa, camiseta y calzoncillo de bayeta. Zapatos nuevos, arreglo del pelo, bigote y un buen apurado con navaja y se fue hasta las cercanías de "El Buen Viaje" para hacerse el encontradizo.

En la sección primera, calzado para iniciar un buen viaje: En la segunda, carteras, bolsos y valijas, de donde es encargada Etelvina. Y en la tercera sección, las estupendas maletas.
Y salió Etelvina, despacio, como haciendo tiempo, mientras miraba el bolso.

- ¡Telvina, cuanto hace…!

- ¡Hola, Rey! Oye, que siento lo de tu madre, me lo dijeron ayer mismo. ¡Ah, mira, ahí viene Julio, mi marido! ¿Lo conoces verdad?... el encargado de la zapatería… ¡que razón tenías con lo de la carne fresca! Cuarenta y seis tiene y polvos saharianos; ardientes e inconmensurables. ¡Hala, adiós!

5 comentarios:

Alfredo dijo...

¡Ya estoy aquí!
Por unas cosas y otras he faltado unos días, espero que todos os encontréis perfectamente.
Salu2.

Maria do Sol dijo...

Conheci um caso bastante parecido...

Abraços

Marta C. dijo...

¡Hola, por fin!Entre tus ausencia y las mías nos estábamos perdiendo mucho el uno del otro. Me ha encantado tu relato, como siempre y con moraleja incluída. Hay que tener c... para dejar a una mujer después de semejante noviazgo. El final, justo castigo.
Cuando lo leía, recordé el libro de Gª Márquez, "El amor en los tiempos del cólera". Si no lo has leído, te lo recomiendo, es una belleza. Es también una historia de viejos amantes, pero de fidelidades eternas. Un beso.

Alfredo dijo...

María do Sol.
No me extraña, aunque esos casos ahora no se dan; nadie tiene tanta paciencia.
Salu2.

Alfredo dijo...

Marta C.
Gracias Marta. Creo que si, pero dado que mi memoria es flaca, lo repasaré.
Salu2.