jueves, 4 de abril de 2013

Al rojo vivo.


Si un día hubiera un incendio, y tuviera que salir corriendo, seguro que pasaría vergüenza; soy de los que duermen en pelota picada.

Aquella mañana, como muchas otras, me senté al borde de la cama. Sentía algo de desasosiego, quizá fueran las arrugas de las sábanas, o que éstas eran de algodón. Quien sabe, tal vez fuera yo como aquella princesita del cuento de Andersen que le molestaba un garbanzo colocado bajo un montón de colchones.

Comencé a darme unos masajes; despacio al principio, arriba y abajo. Pronto comenzaron las exclamaciones de placer, y cuanto más vigor ponía en ello, más placer sentía. Llegó un momento en que me sentí satisfecho, entonces, dejé la mano, una de esas con palito de bambú que se compran en los chinos. Debía tener la espalda al rojo vivo.



 

5 comentarios:

Victor Aranda dijo...

Y es que esas manos de bambú son adictivas y aunque no todos los dias hay un incendio, deberías dejar alguna ropa cerca...por si acaso :-)
Un abrazo

fus dijo...

Muy buen relato...jajajaa

un abrazo

fus

Alfredo dijo...

Victor Aranda.
Ya conoces el refrán: El comer y el rascar...
En cuanto a lo de la ropa, uno va siendo mayor para cambiar de costumbres. Siempre quedará el remedio errebujarse de la colcha.
Salu2.

Alfredo dijo...

Victor.
He querido decir "en" la colcha.

Alfredo dijo...

fus.
Me alegra si te ha provocado una sonrisa.
Salu2.