viernes, 5 de abril de 2013

Varones rectos y botellas a medio llenar.


Hay quienes dirán, que soy de esos que ven la botella medio vacía, es decir, pesimista por naturaleza. No tararé de convencerles de que no es cierto, ni tampoco de lo contrario. Soy como soy, y afirmar lo uno, o lo otro, sería demasiado rotundo. Quizá aquel dicho antiguo, "haber dello con dello" responda mejor a la verdad, pues, como suele suceder a todo el mundo, mi carácter es una mezcla de bueno y malo, de agradable y desagradable.

No voy a negar, que el carácter se hereda en cierta medida, pero, otra parte se forja por la forma de ser, de obrar, por el conocimiento y la experiencia, por la firmeza y la energía. Yo he procurado evitar esa herencia que tan malos recuerdos me traía.

Se casaron mis padres a principios del siglo pasado. Él casi cuarentón, ella, no llegaba a la mitad. Mi padre, hijo único, mi madre, la mayor de once hermanos. Él, recto, severo y un tanto pragmático. A mi modo de ver, para aquello que le interesaba. Ella, educada en la obediencia casi servil, cual correspondía a una doncella casadera.

Mi padre, que era veterinario, decidió, cuando mí segundo hermano nació, que las labores de la casa y la crianza de los hijos, era demasiado pesada para mi madre. Entiendo yo, que ya debía de haber sido pesada bastante antes; la casa era demasiado grande, madre primeriza, y la labor del aya paterna reducida a la cocina dada su vejez Así sucedió, que un día apareció con Amelia, una mozuela de la primera tijera que ejercería como criada.

Por aquél entonces, yo nada sabia de medias botellas estuvieran llenas o vacías; más o menos andaba por los seis años, y salvo un par de veces, en que mi progenitor me midió las nalgas con una cimbreante vara de avellano, mi vida transcurría placida.
Trataba a mi padre de usted, por lo que era, por lo que parecía, y porque así me lo enseñó mi madre. Con él acudía de vez en cuando al mercado de ganado, y asistía maravillado al nacimiento de un potrillo, un becerro, o a la cura de cualquier animal. Especiales eran los días en que subíamos a la cabaña junto al lago. Arriba en el monte, él cazaba patos mientras sentado yo en el embarcadero, trataba sin éxito de pescar truchas, barbos, o carpas.

Vistos de lejos, parecen aquellos días felices. Pero la felicidad, raramente dura. Es algo efímero que el hombre se empeña en encontrar y que trata de prolongar. Tal vez la búsqueda de esa felicidad, arrojó a mi padre en los brazos de Amelia, más yo creo que la felicidad ha de ser compartida para ser plena, y, Amelia, se volvió triste y taciturna.

Empecé a darme cuenta de que mi padre era un crápula, cuando tenía diez u once años. Para entonces mi madre había parido otros tres hijos y tenía otra doncella más; Herminia. También joven y lozana, pero que, al contrario de Amelia, se ufanaba ante ella de los amores que a escondidas llevaba con el amo.

Jamás mi padre mancilló el hogar familiar. Parece un contrasentido, ¿verdad? Quiero con esto decir, que sus prácticas deshonestas se llevaban a efecto en aquella cabaña del monte; - Herminia, prepárate, que has de ayudarme con una ternera. Y allá se iban los dos.

Pero, parece mentira, que un hombre, que sabía nada más ver a una hembra, si estaba preñada, se le fuese a escapar el desaguisado que Herminia le preparó; se quedó embarazada.

A los tres meses, mi madre notó en Herminia aquellos signos inequívocos que ella sufría año si, año no; mareos, vómitos, algunas repugnancias hacia ciertos olores, somnolencia…

- Herminia- le dijo- ¿tienes un problema que me quieras contar?
- Ninguno, señora, no tengo problema alguno.
- ¡No me engañes! Ahora puede ser el momento de arreglarlo.
- Le repito que Yo-no-tengo-ningún-problema.
Y una mueca burlesca apareció en su rostro cuando se retiraba.

Mi madre no la creyó, e inocentemente le fue con sus cuitas a mi padre. El viejo zorro le dijo que él se habría dado cuenta, y que lo dejara en sus manos. Subió a la habitación de las criadas, en su mano la vara de avellano le tentaba las espaldas y a cada escalón, la vara le golpeaba más fuerte. Era su propio castigo con el que quería mitigar su ciega rabia.

Mi madre podía ser sencilla, abnegada, servicial, pero no idiota. En el mismo momento en que confesó a su marido sus dudas, en ese momento en que vio su cara pálida y desencajada, comprendió. Subió las escaleras de tres en tres en pos de él. Herminia estaba en el centro de la habitación acurrucada sobre si misma, mi padre con la vara en alto, voceando y a punto de golpear.

- ¡Ni se te ocurra! -le dijo colocándose delante de la joven, con los brazos en cruz- Tú eres aquí el único bastardo prepotente.
Y aquel hombre, tan digno, tan recto, tan severo, tiró la vara al suelo, agachó la cabeza, y de rodillas, llorando, le pidió perdón a mi madre. También Herminia, avergonzada, se hincó de rodillas. Amelia calló, ella no tenía razón para pedir perdón.


Recuerdo que mi madre decía: "Dios castiga sin piedra ni palo", y por ese tiempo así lo creía, pues a poco aconteció, que estando mi padre mirando una yegua, debió de hacerla daño. Se levantó el cuadrúpedo de sus cuartos traseros, y con ambas patas soltó una coz que alcanzó al viejo de lleno lanzándolo por los aires. Murió mi padre casi de forma instantánea, rota su cabeza contra la pared de la cuadra.
Fue cuando vendió mi madre la finca del lago, que Herminia se puso de parto. Llamaron a la partera y también al médico, la cosa estaba complicada. Dos días después, me nació una cohermana que no conoció a su madre.

Si has leído hasta aquí, pensarás que hay motivos suficientes para creer que la botella está medio vacía, sin embargo, yo la veo en siempre en su justa medida. Tal vez sea mi ecuanimidad, otra de esas facetas que forman el carácter.

11 comentarios:

Alfredo dijo...

Ayer tenía tiempo suficiente para contestar a los comentarios y leer vuestras entradas, pero algo iba mal.
Dos horas tardé en descubrir un archivo infectado que el antivirus se había dejado pasar. Espero ahora dedicarme a ello.

El cuento de hoy es un poco largo, espero que os resulte entretenido.
Salu2.

Ruben dijo...

Mi ordenador está hecho polvo, hasta el punto que hay días que lo apago desesperado.
De todas formas, has compensado de sobra con esta entrada.

Maria do Sol dijo...

Um conto cheio de profundidade. Faz-me lembrar os textos de um dos escritores portugueses que muito admiro, o António Alçada Batista.
Abraço

Marta C. dijo...

Ningún problema, Alfredo. El relato es largo pero se lee de un tirón. Yo al menos no he podido quitar la vista de la pantalla. Me gusta enormemente tu lenguje llano, sencillo pero al tirmpo culto y correctísimo. La historia, como muchas ha habido de amos y criadas, pero con tu especial manera de contar. Yo no le deseo la muerte a nadie, pero ese c... tuvo su justo castigo. No así la pobre niña que no conoció a su madre. Si tuviera que definir tus relatos diría que son como "retazos de vida" Un beso.

Amina dijo...

Me ha gustado tu relato, el lenguaje que utilizas y la forma de contar historias muy ciertas. Es dificil ver el vaso en su justa medida.Te felicito
un abrazo

Alfredo dijo...

Rubén.
Hay que consumir, que la cosa está chunga. Cambia el ordenador, que ahora los dan por cuatro perras.
Gracias por el esfuerzo, me alegro si te gustó.
Salu2.

Alfredo dijo...

María do Sol.
Tendré que leer lo que me propones. Si te soy sincero, desde Camoens del que solamente me queda el recuerdo de estudiante, poco he leído.Algo de Coelho y Saramago.
Gracias por ver que el cuento tiene un algo más.
Salu2.

Alfredo dijo...

Marta.
Amiga Marta, a veces no hay que rebuscar demasiado, solamente hay que prestar un poco de atención a nuestro alrededor. A mi me gusta contar cosas que puedan ser verosímiles, y colocarlas en pretérito, creo que es más fácil.
Gracias por tus palabras siempre plenas de ánimo.
Salu2.

Alfredo dijo...

Amina.
Muchas gracias por pasar por mi blog y dejar tu comentario. Me alegra que te gustara el cuento y espero no defraudar con los siguientes.
Salu23.

Maria do Sol dijo...

Alfredo

Do Alçada Batista aconselho a ler "Tia Susana meu amor". Não sei se está traduzido em Espanha.
Abrazos

Alfredo dijo...

María.
La semana que viene iré a la biblioteca a ver si lo encuentro. He leído algo sobre él en la red. Gracias.
Salu2.