martes, 21 de mayo de 2013

Atanasio y el moco..


Hace tiempo que deseaba contar esta historia, pero nunca me decidía a ello pensando que al igual que el protagonista de ella, hay muchos en esta España nuestra y no por ello se siente la necesidad de dejarla impresa en un papel. Pero como eran muchas las veces que a mí acudía el recuerdo de aquel hombre, pensé en escribirla por ver si de una vez llegaba a olvidarla.

Esta es pues una pequeña parte en la vida de un emigrante, como él decía, aunque lo suyo solo había sido un cambio de ciudad dentro del mismo país y casi de la misma región. Los motivos fueron como casi siempre, el buscar una vida mejor.

Aquella filosofía de "el buey no es de donde nace, sino de donde pace" no iba con él, pues siempre se considero extraño en la tierra que le cobijó y volvía a la suya siempre que podía. Aunque ya llevaba fuera más de veinte años, tuvo buen cuidado de dejar dicho cien veces que deseaba cuando muriera que lo enterraran en su pueblo. Hasta allí llegaba la nostalgia.

Atanasio era gallego. En sus años mozos se dedicó a menudo al contrabando de tabaco, si transportar de una lancha a una cueva y de allí al camión, se podía llamar contrabando. El solo era la mula que cargaba con los cajones sin saber quien los enviaba ni a donde. Simplemente unas pesetillas por el trabajo y hasta otra.

Sin un trabajo estable, la guardia civil lo tenía fichado, aunque solo en una ocasión lo habían cogido con otros compañeros en plena faena. Unos días en el calabozo y a la calle. No era pez gordo, nada sabía y el alijo era raquítico en aquella ocasión.

Un hermoso día de verano, paseaba por la playa sin otra cosa que hacer que contemplar aquel mar apacible. Los pocos veraneantes que llegaban al pueblo se bañaban o tomaban el sol. Varias sombrillas guarecían de los fuertes rayos a las matronas y que sentadas en sillas de tijera, vigilaban los juegos en la arena de sus niños. Unos mozalbetes daban patadas a una pelota, otros buscaban caracolillos en las rocas y las niñas se entretenían con el diabolo. Dentro del agua, algunos competían por llegar primero a tal o cual sitio. Uno de los nadadores, de no más de catorce años y que parecía bastante experto, se adentró más de lo prudencial con tan mala fortuna que le entró un calambre. Cuando vio que no podía mover las piernas y que se iba al fondo, comenzó a gritar presa del pánico. Los demás quedaron como petrificados y sus risas y voces se apagaron para quedar contemplando, como aquella cabeza ora emergía ora se hundía. Atanasio no lo pensó dos veces, pues no era la primera vez que señoritos como aquellos, acostumbrados a nadar en piscina, se habían visto en un apuro del que los hubo que sacar. Soltó las alpargatas y corriendo se despojó de la camisa para lanzarse al agua con pantalones y todo. Ya no se veía al muchacho, por lo que llegado al punto en que creyó podía estar, se sumergió. Los segundos parecían minutos y ya toda la gente estaba a la orilla del agua expectante. Por fin, Atanasio salió a la superficie llevando asido al joven que parecía desvanecido,  nadando hacia dos o tres hombres que ya se prestaban a la ayuda. Depositaron al chico en la arena e inmediatamente comenzaron a hacerle la respiración. Minutos más tarde y después de echar bastante agua, comenzó a respirar entre toses.

Aquel jovenzuelo que nuestro hombre salvó de una muerte cierta, supuso para él la vida mejor que tanto esperaba, pues era hijo de un militar de alta graduación y con mucha influencia.

- Pídame lo quiera que se lo proporcionaré. Como usted ve soy ya bastante mayor y este es mi tardío y único hijo. Lo que necesite, todo lo que esté en mi mano para usted y su familia, pídamelo que yo haré por que se cumpla.

Atanasio solo pidió trabajo, y trabajo le dieron. No en su pueblo, que no lo había, le dieron una recomendación para entrar en una fábrica de Asturias que comenzaba su andadura y que se llamaba Ensidesa.

A mucho no podía aspirar; sabía leer y escribir y las cuatro reglas, que ya era bastante, así que lo colocaron en la red de aguas, en un pequeño edificio al cuidado de unas bombas. El trabajo era escaso, la paga fija y aunque no muy elevada, si lo suficiente para mantener a su mujer y los dos hijos. Tenía concedida también casa de la empresa y otros pequeños beneficios.

Cuatro años pasaron sin poder volver a su tierra, primero por que tenía que ahorrar y pagar los muebles y después porque su mujer quedó embarazada nuevamente. Pero ese año iban a disfrutar aquellos veinte días de vacaciones. Cogieron sus dos pagas; la del mes y la del dieciocho de julio, sus niños, sus maletas, algunos regalos para la familia y se metieron en el tren.

En el pueblo no hay más de cincuenta vecinos. Unos pocos malviven de la mar y otros de la tierra. Para los primeros les es difícil dar salida a lo que pescan por le lejanía del mercado; solo tienen un comprador que se atreve a transitar con su viejo camión por aquellos caminos, y otro tanto les ocurre a los segundos. Tiene no obstante su iglesia, su botica y su bar, amen del cuartel de la guardia civil.

Atanasio llega desde la estación en la línea con su familia causando un enorme revuelo. Todos se conocen y por tanto se saludan en la plaza donde forman corro alrededor suyo.  Los miran con cierta envidia, sus trajes nuevos, el reloj de muñeca del que el hombre presume mirando la hora a cada instante, la maquina de hacer fotos que lleva colgada y que un amigo le prestó para la ocasión...

Una vez instalados, nuestro personaje se dirige al bar donde invita a los amigos. Para pagar saca un billete de mil pesetas y el tabernero se las ve y se las desea para poder darle la vuelta; las consumiciones no llegan a los diez duros. Al día siguiente, al atardecer, Atanasio vuelve al bar y nuevamente pone encima del mostrador un billete de mil pesetas. El dueño vuelve a tener problemas. Al quinto día y cuando por quinta vez aparece un nuevo billete de mil, el tabernero le dice que se lo pague otro día. Él insiste en que cobre por que quiere ir a la capital al día siguiente para revelar las fotos y posiblemente se queden por allí a conocer algo. Efectivamente, por la mañana temprano cogen el autobús y se van, pero al atardecer ya están de vuelta; no hay mucho que ver, los críos dan la lata y mejor es estar en casa.

Al cuartel ha llegado, por decirlo suavemente, la noticia de que el veraneante todos los días abona lo que toma con un billete de mil. No es que nunca hayan visto tal cantidad de dinero, pues otros forasteros también gastan, pero no un día tras otro. Algo raro sucede. ¿Serán buenos los billetes? ¿Estará de nuevo en lo del tabaco, y con más categoría? De mala gana el sargento decide encontrarse, por casualidad, con Atanasio.

- Hombre, Atanasio. ¿Que es de tu vida? No habíamos coincidido hasta hoy, que caro te vendes... ¿es que ahora que eres rico no conoces a nadie?

- Hola sargento, ¿por qué dice que soy rico?

- Las malas lenguas dicen que manejas mucho dinero.

- ¿Es un delito?

- No si ha sido ganado honradamente...

- ¿Y por que no lo iba a ser?

- Oye Atanasio, seamos francos. Me han venido a contar lo que haces en el bar todos los días. Como puedes comprender no parece muy natural. Hay quien quería poner una denuncia, y yo le he hecho ver que no había lugar, pero... ¿por que no me cuentas que es lo que pasa? Aquí no hay donde gastar todo ese dinero y tu por mucho que ganes tampoco puedes permitirte ese lujo.

- ¿Así que le fueron con el cuento?

- Sí.

- ¿Y si se lo digo, me guarda el secreto?

- Hombre, si se puede...

- No es nada malo, prométalo y se lo cuento.

- Vale, prometido.

- Vera usted; habrá observado que hemos ido dos veces a la capital; uno a los cinco días de llegar y otro cuatro más tarde. Hemos ido a cambiar el dinero suelto de las vueltas por verdes.


- ¿Cómo dices?

- Si coño, yo pago con uno grande, me dan la vuelta, se la entrego a la mujer que me da otro, así un día tras otro. Cuando no hay más que suelto, nos vamos al banco de la ciudad, cambiamos lo chico por lo grande y otra vez a empezar. Con mil duros que traje, tengo calculado hacer esto durante quince días y otros dos más con uno de quinientas. Más de uno rabiará, por ejemplo el boticario y el cura, que ya ha querido confesarme, pero yo no suelto prenda.

- ¿Y solo por hacerles de rabiar haces esto?

- Si señor. ¿Acaso no sabe que antes de morir mi madre, el primero no nos quiso fiar más, y el segundo solamente dijo una misa de las siete que ella le pidió?

- No lo sabía, de todos modos eso es agua pasada, además, el cura pensaría que aquella buena mujer que fue tu madre no necesitaba de tantas misas. De todas formas ¿qué placer encuentras en ello?

- Que les reconcoma la envidia. Como ve, la tienen, sino no habrían ido a contárselo.

- Está bien, lo que tú quieras, pero mejor sería olvidar lo pasado.

Durante todos los veranos volvió a su pueblo. Aquella forma de ser no había cambiado y para ganar unos cuartos más se dedicó a la reventa de lo que sacaba de los barcos, todo con el afán de presumir. Pequeños transistores de radio, relojes japoneses, ginebra holandesa, tabaco americano, whisky escocés, vodka, prismáticos y cámaras fotográficas rusas, cualquier cosa que se pudiera guardar en los amplios bolsillos de la gabardina o la ropa de trabajo y que pasaba ante el carabinero con gran desfachatez. Para entonces, su puesto de trabajo estaba en los muelles, dedicado a acompañar al técnico que hacía los aforos. Los marineros que atracaban a descargar, lo conocían de otras veces o por referencias de amigos.

Un día fue a Gijón, al rastro, y quedó gratamente sorprendido de los negocios que allí se hacían. Pensó que era el sitio idóneo para dar salida a sus mercaderías y se puso en marcha. Se hizo con una sombrilla que colocó atada a un caballete sobre el que abrió una maleta de madera cuajada de artículos de uso corriente, y bajo esta, en una bolsa de lona los más comprometidos que iría sacando según viese.

Los curiosos se acercaron, alguno preguntó precios, pero nadie compraba. Dos horas llevaba ya y ni una peseta había entrado en su bolsillo, por lo que decidió cambiar la pasiva actitud que había mantenido pasando a la acción:

- Acérquense señores y señoras y vean lo que hoy traigo a esta plaza. Por cinco duritos les ofrezco el lote compuesto por la asombrosa maquinilla de afeitar bañada en oro alemán, cinco paquetes de hojas de la acreditada marca Sevillana y tres peines de distintos tamaños todos ellos de verdadera concha de tortuga de las islas Galápagos. Pero aún hay más, a los diez primeros compradores que se acerquen a por este lote, les regalo el jaboncillo y para que no digan que soy tacaño, la maravillosa brocha de pelo de castor autentica. Todo por solo cinco duritos. ¿Hay quien de más?

En un periquete vendió toda aquella metralla a la vez que por lo bajo y solo a los hombres, les ofrecía lo de la bolsa; Tengo relojes suizos marca Cauny y Orient japoneses sumergibles, transistores Sanyo... También "gomas" del Trébol muy baratas.

Cuando los mirones se iban esparciendo, atraía de nuevo su atención con mil triquiñuelas, y aunque alguno trataba de dejarle mal, siempre salía airoso de los lances.

- Tengo aquí un invento maravilloso que me enseñaron los indios de la Patagonia, con un simple periódico como este podremos ver a nuestros seres más queridos. Vean señoras y señores como; enrollamos el periódico, tiene que ser el ABC, de esta forma, luego hacemos un corte hacia la mitad con una navaja suiza como esta, lo doblamos y tenemos unos prismáticos con los que podrán ver a su suegra. Pero ya que hemos hablado de navajas, dejemos por un momento este artefacto y vean lo que les puedo ofrecer; un autentico taller ambulante, la prestigiosa navaja de la cruz que lleva: unas tijeras para cortar las uñas del señor o los hilos de la señora, una lima, un sacacorchos, una hoja grande y otra pequeña, un abrelatas y descorchador. ¿Y cuanto dirán que pido por esta estupendísima navaja? No señor, no voy a pedir vente duros, ni diecinueve ni quince ni catorce, la dejo al irrisorio precio de diez duritos nada más. Pero como a mí nunca me gusta que la gente se marche esperando que tal vez pudiera haber conseguido algo de propina, a los diez primeros que la adquieran les voy a entregar de regalo, el estuche de piel de cabra para que la guarden, y esta cadena de acero inoxidable, fiel complemento para que la lleven cogida al cinto.

- Oiga, ¿y cuando vamos a poder ver lo del periódico?

- Calla niño y no incordies, además, ¿quien coño quiere ver a su suegra?

También le iban las cosas que primero se compró una moto a lomos de la cual se desplazó al pueblo con su mujer. Pero aquello no era suficiente. El progreso se adentraba en todos los lugares poco a poco y no iba a ser menos en su terruño. Algunos ya poseían tan preciado bien, por lo que la idea del coche se fue grabando en su mente. Cambió la moto por un "Gordini" azul metalizado, que aunque era de segunda mano, estaba muy bien. Los niquelados brillaban cegadores, ni la más leve mota de polvo dejaba que se posase sobre él, siempre con la gamuza limpia aquí y allá.

File:Renault Dauphine 2012 03.JPG

Nuevamente habían llegado las vacaciones y ya estaban liando el petate. Causó admiración como de costumbre y no tuvo más remedio que mojarlo, como se suele decir. Invitaciones a todos los que le festejaban y admiraban y explicaciones de cuanto corría, como funcionaba el radio casete...

Dos días después de llegar salió a dar una vuelta en su flamante auto. La carretera serpenteaba entre los gruesos y altos pinos. No era muy ancha, pero la circulación era muy escasa por no decir nula. La radio sonaba mal por aquellos parajes por lo que decidió poner una cinta de música. Aquello era otra cosa. Abrió un poco la ventanilla para sentir el perfume de la floresta y que el aire le acariciara. No respiraba muy bien, así que se metió el dedo en la nariz en busca de lo que se la obstruía. Encontró lo que buscaba y lo sacó con la uña. El paso siguiente fue llevarlo a la boca para escupirlo a continuación en dirección a las alfombrillas. Mala suerte, la partícula quedó pegada a la radio. La recogió nuevamente con el dedo. Empezaba a bajar una pequeña cuesta con el moco pegado al dedo, por lo que repitió la operación; a la boca y nuevamente a escupirlo. Esta vez lo iba a dirigir mejor. Apuntó al hueco entre el asiento contiguo y el salpicadero y zas... nuevo fallo, yendo a posarse esta vez tan indeseable porquería en el asiento.

- ¡Maldita sea, con el puñetero pegote!

Estiró la mano para eliminar aquella horrible suciedad sobre el inmaculado tapizado, cuando un pequeño bache gira el volante. Trata de controlar el vehículo dando un volantazo en sentido contrario, el coche derrapa y se sale de la calzada chocando contra un grueso árbol. Allí acabó Atanasio, allí su presunción, y sus afanes. Todo por un minúsculo y asqueroso moco. Y mientras la música sonaba…

…bajo el palio sonrosado
de la luz crepuscular.

Mirando al mar soñé
que estabas junto a mí.
Mirando al mar yo no sé qué sentí,
que acordándome de ti, lloré.

La dicha que perdí
yo sé que ha de tornar…

7 comentarios:

Ángeles dijo...

Alfredo, no sé si la historia que relatas ha ocurrido de verdad, o la has creado para escribirla, de todos modos, es genial, pobre Anastasio, toda la vida trabajando, lejos de su tierra, y cuándo el hombre tiene una buena situación económica... un simple y pegajoso moco... le manda al otro barrio.

Ya es mala suerte, pobre hombre, con lo que había bregado por la vida... y desconocía los pañuelos de papel, que nos sacan de mil apuros impensables.

Está genial el relato, me ha encantado.

Un abrazo.

Amina dijo...

Un historia muy entretenida y con enseñanzas de la vida. Me gusta leer tus historias.
Un saludo

Maria do Sol dijo...

Sempre ouvi dizer que a ambição nunca deve demasiada dado que pode conduzir à ruína; um caracter vingativo também não concede boa sorte. A verdade é que por fim, partiremos de mãos vazias.
Um conto longo (que me deu algum trabalho para o entender na perfeição) mas muito interessante.
Abraços

Alfredo dijo...

Ángeles.
Gracias por el comentario, me alegra que te entretuviera.
Mi cuento es eso, un cuento. Lo que no cabe duda es que mucha gente ha tenido- ahora otra vez- que salir de su pueblo a buscar una vida mejor. Nuestro amigo supo complementar su ralo sueldo con esa profesión que antaño era usual en los mercadillos. Recordé a Manolo Morán, o José Isbert haciendo de charlatanes y pensé que éste era el trabajo adecuado para él.
La mala suerte hizo que una guarrería fuera la causa de su muerte cuando ya la felicidad parecía sonreírle.
Salu2.

Alfredo dijo...

Amina.
Gracias por tu comentario. Me quitaste un peso de encima.
Salu2.

Alfredo dijo...

Maria do Sol.
Cierto, es un cuento largo y comprendo que te haya costado trabajo, pero parece que eso no te amilana, vamos, que no te quita el ánimo.
Todos queremos medrar en la vida, ser algo, vivir mejor. Cualquier emigrante busca su vida, un futuro que en su tierra no puede lograr. He situado a nuestro protagonista en esos años duros, últimos de la década de los cincuenta y los sesenta. En un pueblo no demasiado grande donde todos se conocen, donde suele haber rencillas aunque no sean de mucho calado. En esos tiempos, los que se iban a Alemania, o a cualquier otro país o ciudad, gustaban de presumir cuando regresaban, de aquello que habían logrado.
Nuestro hombre, que no es mala persona, se las ingenia para aumentar sus ingresos, y que aquellos, que una vez le dieron de lado por su pobreza o pasado un poco turbio, sintieran algo de envidia ante su mejor situación.
Gracias a su esfuerzo cual, charlatán de feria, vendiendo cosas en mercadillos consigue elevar un tanto su estatus. Pero el traidor destino hace que aquello por lo que lucho, sea la cusa de su muerte de una manera estúpida.
Salu2.

Alfredo dijo...

Gracias por vuestra paciencia y buen fin de semana.