jueves, 30 de mayo de 2013

El otro lado de la cama.



Tras veinticinco años de matrimonio y dos hijos en común, mi mujer dijo ¡basta!  Y yo no lo comprendí.
Toda mi vida había trabajado de sol a sol, como se suele decir. Me levantaba antes de las ocho para volver a casa después de doce horas. Cansado, con gana de algo ligero, ver un poco la tele y meterme en la cama. Cenar el sábado fuera de casa con los amigos, comer el domingo con los hijos y nietos, y poco más.

- Nuestras vidas se han instalado en la rutina -me dijo- en la apatía y el aburrimiento. Tú siempre fuera, yo siempre dentro. Parece que ya nos lo hemos dicho todo, que no tenemos proyectos juntos y que la ilusión ha muerto. Tal vez esa vida la deseen algunas personas, pero no yo. Voy a cumplir cincuenta y me doy cuenta de que apenas he vivido. Ahora he conocido a alguien que me estimula, que me incita a realizar mis sueños… y lo voy a hacer. Te dejo, me marcho.

Atónito, casi sin palabras, apenas si pude balbucir:
- Yo creí… supuse que estábamos bien… que era lo que deseabas. ¿No debieras haberme dicho, que no estabas cómoda? ¿Qué no eras feliz? ¿Para que me mato a trabajar?

- Tu trabajo es tú satisfacción, el culmen de tu ego. Ni siquiera insinúes que lo haces para mi felicidad.

Y nos cruzamos reproches, nos echamos en cara lo que te di y lo que me diste, lo que dejaste de darme y lo que no te di, en una competición que a ninguna parte conducía. La decisión estaba tomada.
Un claxon sonó abajo. De la habitación sacaste la maleta y con un "ahí te quedas" se cerró la puerta tras de ti.
Me asomé a la ventana. No sé si fue por la altura, pero me pareció que el tipo que te esperaba era canijo, de color tan cetrino como aquel changarro de coche; amarillo huevo.

A punto estuve de gritar por la ventana pidiéndole que volviera; el fulano simplemente se limitó a abrir el maletero. Mal asunto, te la llevas y ni siquiera la maleta coges.

Aquella noche cené una lata de sardinas y un botellín mientras miraba la tele. Ni prestaba atención, ni mi cabeza era capaz de pensar; ¿estaba vacía? No. La imagen de aquel tirillas me preocupaba. ¿Qué coño podía darle él? Imaginé que tendría un pico de oro, mucha parola con la que la enredó, que sé yo.
Apagué el aparato y me fui a la cama. Después de todo, mañana será otro día, pensé, y en aquel momento recordé a Escarlata. Pero los papeles estaban cambiados, Rhett (ella) se había ido con el cetrino y bien pudiera haber pensado sobre mi vida: Francamente, querido, me importa un bledo.

A pesar, o quizá por ello, de buscar el sueño reparador, no dormí mucho. Echaba de menos la proximidad y tibieza del cuerpo al otro lado de la cama. Su respiración, incluso algún que otro ronquido que de vez en cuando se le escapaba. Busqué el perfume de su cabeza sobre la almohada y, pensando en tiempos mejores, esperando su regreso, me quedé en mi lado de la cama. Dos lágrimas pugnaban por salir de mis ojos.

10 comentarios:

El sastrecillo valiente dijo...

Que gran retrato de una pérdida. El pobre hombre se quedará esperando el resto de sus días, y si ella vuelve, nada será igual, ni por asomo.

Humberto Dib dijo...

Cuando una mujer se va, o simplemente insinúa irse, ya no hay vuelta atrás, cualquier cosa que hagamos no solo será inútil, sino que también nos hundirá en la vergüenza. A otra cosa.
Un fuerte abrazo, Alfredo.
HD

Maria do Sol dijo...

Ás vezes as pessoas perdem-se durante muito tempo sem se darem conta de que estando presentes é a sua ausência que prevalece. Mais um conto interessante.
Abraços

Marta C. dijo...

Hola, Alfredo. He andado un poco missing, viviendo más la vida real que la virtual. Ya me tocaba.
Creo que has reflejado a la perfección el ASOMBRO DEL HOMBRE, el que vive en su mundo sin mirar a su alrededor el que no entiende nada cuando su mujer se va, el que nunca le ha preguntado si era feliz, el daba por sentado que lo eran, el que, me temo, daba demasiadas cosas por sentado. Y no es que quiera enfatizar solo la parte negativa del hombre, la mujer también tenía boca para hablar, pero quizás nunca se sintió escuchada o nunca se atrevió a pronunciar aquella frase que tanto os espanta a los hombres: Fulano, tenemos que hablar. Os produce urticaria. Un beso.

Amapola Azzul dijo...

Escribes bien Alfredo, enhorabuena.

Besos.

Alfredo dijo...

El satrecillo valiente.
He leído todos los comentarios antes de contestar. De Pero Grullo es decir que cada cual tenemos nuestra opinión, a veces coincidente, otras no tanto. Pero lo que es innegable, es que aún sin quererlo, cada cual arrima el ascua a su sardina; los hombres defendemos lo nuestro, y las féminas lo suyo.
Salu2.

Alfredo dijo...

Humberto Dib.
Me parece que tu opinión es: Cambiar el paso, buscar otra, y no quedarte lamiéndote las heridas. Tal vez, la mancha de la mora, con otra verde se quita. Dicen.
Salu2.

Alfredo dijo...

María do Sol.
Quizá sea más frecuente de lo que parece, ese estar sin estar. La rutina puede ser letal.
Salu2.

Alfredo dijo...

Marta.
Y has cambiado la foto... y algo te has hecho... ya veré si me entero.

Aquí ha faltado comunicación. El tipo debía pensar aquello de "si algo va bien, no lo toques", y metió la pata. A veces somos como los burros con orejeras, solo vemos lo que tenemos delante y nos olvidamos de lo periférico, que también tiene importancia.
De todos modos, si él era ciego, ella debía de ser muda, tienes razón.

Salu2.

Alfredo dijo...

Amapola Azzul.
Muchas gracias de corazón.
Salu2.