miércoles, 17 de julio de 2013

El hombre que jamás dio un palo al agua.



La mina se llevó por delante muchas cosas: La vida de hombres hechos, curtidos, y de jóvenes imberbes en derrabes y explosiones de grisú. Fincas que habían dado pastos y labranzas, convertidas en escombreras, las aguas claras del río, tintas por el lavado del carbón, sus peces, sus anfibios e incluso algún pequeño mamífero, muertos o huidos.
Se llevó el agua de la fuente, del lavadero, donde las mujeres se reunían para "cortar trajes" o cantar canciones mientras azotaban camisas y pantalones. Ahora tendrían que caminar tres kilómetros hasta otro lavadero, con la ropa a la cabeza, remojar, enjabonar y restregar. Tender un rato al sol, para que al volver, la pesada carga no fuera tanta. Así aprovecharan el viaje y ocuparan sus manos con calderos o baldes.

Es cierto que también dio algo la mina a parte de las lágrimas; trabajo, sudor, y escasa paga. Pero, para el que nada tiene, algo es algo, aunque sea a costa de tanto esfuerzo.

José, jamás había dado un palo al agua, es decir; nunca había trabajado. A lo más, cuando estudió la carrera de capataz. Hombre inteligente, nunca entró en la mina a desempeñar el oficio aprendido. Como heredero de la hacienda familiar, manejaba sus dominios suavemente, con leves indicaciones. Ya sabían sus hermanas solteras como le gustaban las cosas. Les confió, no iban a comer la sopa boba en casa, el mejor negocio de los alrededores, aquél que sus padres iniciaran y que él ampliara y modernizara.
La carretera de por medio, ahora la están asfaltando, abajo la casona con el chigre inicial desde donde se contemplaban las pomaradas en la empinada pendiente que mira al río. Del otro lado, una edificación en forma de semicírculo cóncavo, abrazando en cierta medida el monte; Bar-Restaurant, lagar, merendero y bolera.
José, siempre de madreñas, pantalón de mahón, camisa, chaleco y boina, apoyado en su larga vara, conversaba con unos y otros presumiendo de forma un tanto sibilina, haber estado en La Habana, Veracruz o en San Francisco. Aunque aquellos años de entreguerras no eran muy propicios, conoció también, aunque de lejos, las minas de Gales, donde por aquella época trabajaban cerca de un cuarto de millón de mineros, las de Bélgica y Alemania. Por esta razón, había sido propuesto como alcalde de la Villa, cosa que él rechazó en varias ocasiones. Se estaba mejor en la aldea, admirando el paisaje y dando lecciones de geografía al paisanaje.

Aquella noche de junio, hacía calor. Los que podían, se habían quedado hasta tarde en el merendero tomando sidra fresca. Otros, a las puertas de sus casas trataban de mitigarlo a base de vino con gaseosa del porrón.
A lo lejos se escuchaba mortecino el ruido de la fábrica, ni una brisa de aire. Hacia las cuatro de la mañana, un niño comenzó a llorar desconsoladamente y los perros, todos a una, a aullar. Fueron solamente unos minutos, pero a pesar de lo intempestivo de la hora, despertó en el sofoco de la noche a la aldea entera.
Se hizo un silencio denso; los mosquitos dejaron de zumbar, y los sapos dejaron de llamar a las hembras. Hasta el humo de las chimeneas y de la batería de cok de la fábrica, pareció quedar estancado, inmóvil, cual se puede contemplar en una fotografía.
Entonces se oyó un ruido largo y profundo que parecía venir de las entrañas de la tierra, y otro más cercano y exterior. Las gentes salieron de sus casas temerosas de lo que pudiera haber ocurrido. Los que vivían cerca, aún pudieron ver, iluminado por la luna, el polvo que se levantó en el lugar que antes estaba el negocio de José.
También se lo llevó la mina. El gran socavón se tragó toda la edificación al otro lado de la carretera. Apenas si se podían ver parte de los tejados, algunas vigas de madera, y restos de pipas o bocoyes. Una galería abandonada y una gran vía de agua tuvieron la culpa, al menos los mineros no lo sufrieron por esta vez en sus propias carnes.

José habló con los dueños para tratar de llegar a un acuerdo, pero ellos se llamaron a andana, y comenzaron los pleitos.


Apenas había transcurrido un mes del socavón, cuando el manantial que surtía la fuente y el lavadero, se quedó sin agua. Mujeres y hombres acudieron a José para que hablara con el señor alcalde y que les proporcionaran agua de la traída, pero el Ayuntamiento no tenía ni medios ni dinero para obra de tal magnitud; siete kilómetros en línea recta por el monte y una estación reguladora. Tampoco la Diputación, que estaba empleando sus recursos en aquella carretera. Habría que esperar.

José, que era paisano del Ministro de Obras Públicas, al que conocía del Centro Obrero de Bilbao, se ofreció para hablar con él para que mediara con los dueños de la mina y les devolviesen el agua.  Ni una sola palabra le mencionó del pleito personal que mantenía. Pero tan puro era el ministro, que no podía influenciar en el ánimo de los dueños y tampoco aportar dinero hasta los próximos presupuestos. ¡Como si el costo fuese tan importante!

Los vecinos, no más de setenta, además del canguelo por los hundimientos, estaban sin beber, así,  que se decidieron a protestar manifestándose ante el ayuntamiento. El alcalde, con solo media docena de guardias municipales, cansado ante las repetitivas protestas, llama a la Guardia Civil que a caballo trata de dispersarlos.

El hombre que nunca diera palo al agua, ha bajado a la Villa con sus vecinos, al sentirse emburriado, levanta la vara y descarga el golpe. El guardia tira de las bridas para protegerse, el caballo se levanta de manos y con uno de los cascos golpea a José que cae al suelo de espaldas. Para ser el primer palo que atizara en su vida, le costó la muerte.

5 comentarios:

Maria do Sol dijo...

Alfredo:
No meu país diz-se "há sempre uma primeira vez para tudo" e completa-se o provérbio com " Mais vale tarde do que nunca". A este conto não se aplica...

Abraços

Marta C. dijo...

He pasado, pero como veo que el relato es largo, volveré con más calma y más salud. Un beso.

Marta C. dijo...

¿No sería más bien la vida lo que le costó al pobre José?
Un cuentín con ambientación muy asturiana y una vez más salpicado de palabros que, aunque no se entiendan, no impiden seguir el hilo de la historia. Muy ingeniosa, por cierto. Ya sabes lo que me gusta leerte, es un placer encontrar en la red escritores con la elegancia con la que tú escribes. Hacía tiempo que buscaba una palabra que calificara tu personal estilo narrativo y creo que es esa: elegancia. Siempre salpicada de algo de humor, picardía o ironía, perdón por la rima. A cuidarse que se te echa de menos. Un beso.

Maria do Sol dijo...

Como estás amigo? Sentimos falta dos teus textos.

Abraços

Alfredo dijo...

Marta y María.
Muchas gracias por las palabras que me dejasteis, sigo pachucho, así que siento no poder seguiros. No obstante, os dejaré un cuentin amable. Poca cosa, pero en fin, mejores días vendrán.
Un abrazo.