lunes, 1 de julio de 2013

Malquerida, el Conde.



Dicen, que hace tiempo,
al Conde de Malquerida,
hombre apuesto y aguerrido,
a la cárcel lo llevaron,
preso de por vida.
Nada tuvo que ver,
su lucha contra el francés;
fueron unos amores,
que lo volvieron del revés.

A las mujeres conquistaba sin empacho,
de igual manera, que la guerra hacía al gabacho.
Más una arpía traicionera,
de sutiles maneras dotada,
al Conde enamoró.
Y quien tantas amantes tuviera,
perdido, y loco de amor,
en un arrebato de celos,
a la impía y a su amante mató.

Dicen, que donde las dan, las toman,
y aunque, por las lágrimas que hiciste derramar,
no vas a pagar,
los plomazos de avancarga,
la vida te van a costar.

Ya se prepara el pelotón,
diez fusiles apuntan al corazón,
y, en ese último momento;
- Señores, de las muertes, no me arrepiento,
que obra justamente,
el que defiende Patria, Hacienda y Honor.
Me arrepiento sinceramente,
de la mancilla, el oprobio o el baldón sin pudor derramado,
cubriéndome de deshonor,
por el mal causado.

- ¡Alto, en nombre del Borbón!
Resuena una voz en el patio.
- Que ha sido restituido el Rey en su condición,
y perdona la vida, a su fiel feudatario.

Aquí el resumen de la historia acaba.
Prosa, que el cuento deseaba,
y una especie de poema, o cantar de ciego, resultara

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