sábado, 3 de agosto de 2013

La Buena Nueva de la Noche Buena.

Mis padres, fieles creyentes, a pesar de que su miseria no era recompensada en modo alguno por su fe, tuvieron varios hijos; al primero lo llamaron Santiago, al segundo Andrés, Juan, Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo, Tiago, y Judas Tadeo les siguieron hasta que yo nací. Como era lógico, me llamaron Simón.

A los cuatro primeros, apenas los conocía, aunque del quinto tengo buen recuerdo. No, nadie piense que murieron, es que en aquella casa, cuando se cumplían doce años, cada cual había de buscarse el sustento.
Preparaba mi madre un hatillo con las escasas pertenencias, y en compañía de mi padre abandonaba el hogar.
Como quiera que todos éramos semianalfabetos, el trabajo que nuestro progenitor nos buscaba era como el suyo, de peón, o criado en el mejor de los casos. A los que se iban, como sucede en ese anuncio, solamente los veríamos el día de Navidad.
Yo fui más precoz; cuando cumplí los diez, me marché al alba sin decir nada. Estaba harto de ayudar a mi madre en la huerta; sembrar unas pocas  patatas, algunas hortalizas, limpiar la cochiquera una semana de cada mes… A medida que te hacías mayor, además de la limpieza había que sacar los cerdos y un par de cabras a pastar por el soto, acarrear el agua o la leña, recoger castañas y bellotas…

Aquel día llego un coche con un señor que le compraba los lechones a mi padre. Mientras hacían el trato, me acerque al vehículo donde puede ver a un niño de mi edad. Hice la comparación; él con zapatos pepito suela de tocino, yo descalzo. Él con traje de marinero blanco, yo pantalón corto que ataba con un solo tirante y camisa, que por falta de botones, ataba cual bailaor de flamenco. Comprendí que había una vida mejor, por eso me fui.

Caminando, caminando, llegué a un pueblo grande, mi morral estaba vacío, tampoco es que llevase demasiado en él; medio chusco, un poco de queso, cuatro algarrobas y una camisa. Así que cuando me llegó aquel olor tan apetitoso, seguí su rastro. Pronto me encontré con la nariz pagada al cristal del escaparate de una pastelería; ¡cómo no!
Se abrió la puerta y salió un cura con un pequeño bulto asido por una cinta.
Se quedó mirándome un instante, luego, abriendo de nuevo la puerta que se había cerrado tras de si, me invitó a pasar.

- ¿Querrás un pastelillo?

Metí la barbilla contra el pecho, mirando al suelo y las manos cogidas por bajo del ombligo. No podía disimular la vergüenza por el hambre que tenía, más, de reojo, continuaba mirando lo que el escaparate ofrecía.
El cura invitó de nuevo;
- Vamos, ¿a que esperas?

Y entré decidido.

Fui observando, de derecha a izquierda, todo el muestrario; rosquillas tontas, listas, de Santa Clara, Piononos, Milhojas, Petisús… entonces no conocía sus nombres, eso me era indiferente, todo se me apetecía.

El sacerdote, que declaraba ser un guloso empedernido para los pastelillos de hojaldre, me llevó a una casa donde me afincó hasta que me pudieran devolver a la mía. El matrimonio no tenía hijos, él era teniente de artillería y ella, corista en sus años mozos, daba clases de solfeo y piano a mozalbetes de bien.
Una habitación para mi solo, ropa, zapatos y algún juguete me dieron. La comida siempre a la hora, buena y abundante, pero nada en comparación al cariño que me profesaban. Me miré en el espejo, el cambio fue radical.

Tanto el cura como el matrimonio, parecían no tener prisa en encontrar a mi familia, cosa, que yo en mi inocencia, juzgaba difícil, pues había falseado mi nombre. Sin duda pensaron que era lo mejor para mí.

Comencé a ir a la escuela donde me inscribieron con el nombre que di; Pablo Tarso Cilicio, que a nadie extrañó, excepto al cura. Ya he mencionado que mis padres eran fieles devotos, memorizando los hijos, la vida de Jesucristo así como los nombres y hechos de los apóstoles.

Mi madre putativa, me animó a que siguiese con los otros niños el aprendizaje que impartía, y yo, de buena gana, acepte. No había transcurrido un año, cuando aquel militar, que estaba empeñado en llevarme al cuartel para servir de turuta a la Patria y hacer carrera como él, me oyó tocar el piano.

- ¿Te ha enseñado eso la Juani, Pablo?

- No - le contesté- son cosas mías, cosas que me invento.

Y cuando ella llegó a casa, Ezequiel se lo dijo. Entonces me pidió que lo repitiera y yo lo hice. Otra vez, me dijo, y volví a la carga.

- Oye Juani, si quieres te lo escribo, espera. Cogí un pentagrama y coloqué las notas que ella interpretó. No me dijo nada, pero se quedó muy pensativa.

Se acercaba la Navidad. La casa olía a mandarina y naranjas sanguinas que Juani colocaba en unos cestitos sobre la mesa del comedor. Ezequiel me enseñaba a preñar los higos pasos con almendras o nueces como preludio para los festivos días que ya llegaban, mientras la morriña me invadía pensando en mi casa y lo faltos que estarían de esas cosas.
El día de Noche Buena, fui con la Juani al mercado. Compramos cangrejos, gambas, almejas, mejillones, rape y algo de congrio "para hacer sopa de arroz, ¿sabes?". También nos llevamos un besugo, y un capón de la pollería. De vuelta hacia casa, sentí una voz a mis espaldas:
- ¡Simón!
Me giré despacio. Había reconocido la voz de mi madre, pero me preguntaba como me habría reconocido ella. Fue solamente una décima de segundo. Me solté de la mano de Juani, y corrí a refugiarme en los brazos extendidos de aquella que llorosa me comía a besos.

- ¡Que alto y guapo estás, cuanto te he echado de menos! ¡Y sin saber de ti! Siempre he sabido donde y como estaban todos mis hijos, todos menos tú, ¡cuanto he llorado creyéndote muerto!

- Es que me han cuidado bien, mira, esta es Juanita.

Y la Juani lloraba también mientras se abrazaba a mi madre.

Don Damian, el cura, había encontrado a mi familia. Le comunicó al matrimonio que el día de Navidad irían a buscarme. Pero mi madre no pudo esperar.

Todos tuvimos buenas nuevas aquella Noche Buena; mis hermanos estaban todos allí, fuimos catorce a la mesa. Ezequiel llevó a su mujer en la moto y el sidecar lleno de viandas y turrones. Mi madre dijo estar nuevamente embarazada, tal vez ahora viniera la niña con el pan bajo el brazo, aunque a decir verdad, lo había traído por anticipado; a mi padre lo habían nombrado guarda del coto con buen sueldo, traje con sombrero y casa. Yo continuaría mis estudios de música y seguiría viviendo con Juanita y Ezequiel, que ya había comprendido, que mi carrera no iba a ser la militar.


2 comentarios:

Maria do Sol dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Alfredo dijo...

María do Sol.
Perdona María por haber borrado tu comentario. Parece mentira, pero se nota mi falta de entrenamiento. Tengo la cabeza tonta.
Me alegra que te entretuviera un rato.
Salu2.