miércoles, 21 de agosto de 2013

La Importancia de LLamarse César.


Aunque me llamo César, parece que todos hayan olvidado mi nombre; me conocen por Tito.
A un sobrino mío, cuando éramos niños, le cayó en gracia que siendo ambos casi de la misma edad, yo fuera su tío. Así que cambió César por tío, y a veces, cuando quería algo, por tito.
Nada hubiera ocurrido, de no ser por el nacimiento de una mi prima, a la que bautizaron como Carlota (la manía de cambiar nombres en mi familia es notoria; la llamamos Carola, aunque esto tiene su razón de ser) y que por imitación, con su lengua de trapo, comenzó a llamarme Tito. Hoy tengo treinta y cinco, ella veinticuatro, sigo siendo Tito y ella Carola.

Desde los primeros pasos de Carola, su inclinación por mí fue manifiesta; siempre corría a abrazarme. La cogía en cuello, e invariablemente ella me chupeteaba el lóbulo de la oreja. No entiendo de ciertas actitudes, así que no voy a entrar en valoraciones de si era por esto o por aquello, el caso es que sucedía. Y hasta ahora, su actitud ha permanecido inalterable.

Dicen que el nombre de Carlota significa; mujer fuerte, dotada de noble inteligencia y elevación de ánimo. Aunque es flacucha, es una mujer fuerte, nada la arredra, también inteligente; ha acabado brillantemente sus estudios de medicina.
Hoy tenía una buena noticia para la familia, pero yo estaba reparando la puerta de la cabaña arriba en el monte. Se vino hacia aquí, y cuando me vio, corriendo hacia mí, de un brinco se colgó del cuello trabándome con las piernas y me mordió la oreja, como siempre.
Sentí la pujanza de sus puntiagudos pechos en mi carne, y me sucedió como a aquellos que dicen, que en peligro, pasa por su mente en un solo segundo toda su vida. Lo mío no fue para tanto, pero casi.

Recordé algo que me sucedió cuando apenas había cumplido los catorce. Oscurecía. Encendieron las luces de la romería; un poste central y media docena de bombillas de colores en cada cordón que se dejaban caer cual si fueran las aristas del toldo de un circo. La mortecina luz hacia borrosas las facciones, pero realzaba las siluetas que, amparadas en la semioscuridad liberaban sensualidad.
La orquestina a un lado, enfrente la tómbola, las casetas de tiro al blanco, la churrería y la barraca de las bebidas. Los bailarines sobre la hierba recién segada giraban al son, pero, de vez en cuando alguna pareja se perdía tras matos y bardiales. Recordé también la canción:

Por San Cosme y San Damián
cuidado neña temprana
no pases al maizal
no lo riegues con tus lágrimas.

Aunque bien sabemos lo que quiere decir, yo creo que al maizal solamente se entra a mear, que el narvaso pincha e incomoda; para hacer el amor, mejor la mullida hierba.

Y allí estaba yo, todo ufano paseando a dos amigas, sobrina una de ellas, de mi vecina. Pero solamente eso, paseando; no sabía bailar. Cansadas de dar vueltas, y viendo que los mozos, algo acalorados por la sidra las piropeaban sin respeto por mi persona, me dijeron; "Espera un poco que ahora venimos". Y tomaron algo con unos en la barraca, se echaron unas piezas y desaparecieron tras uno de los bardiales.

Todo eso y más, pasó por mi mente en una milésima de segundo. Pensé que debía de dejar de ser un cocido, un tímido en eso del amor y me armé de valor. Las palmas de mis manos bajaron hasta los glúteos y sobaron descaradamente. Un instante de duda, tal vez de sorpresa, y Carola, apretándose aún más, arrastró por mi mejilla los húmedos labios hasta mi boca.
No sé si fue en aquel momento, o algo después, que por primera vez dejé de ser para ella el Tito, para ser César.

Por cierto, que se me olvidaba, la noticia es que va a hacer su especialidad en el hospital que pretendía.


4 comentarios:

Marta C. dijo...

Cosas de la vida, un gesto infantil sin malicia acabó siendo un gesto sensual y, ante tamaña sensualidad, por muy sobrina que fuera, el hombre no era de piedra. Ni ese ni ninguno.
Como siempre, Alfredo, un placer leerte. Tu blog es para mí como un remanso de paz. Tu bonhomía se trasluce en lo que escribes. Un abrazo.

Humberto Dib dijo...

La distancia que hay entre Tito y César es la misma que entre el lóbulo de la oreja y la boca, de allí en más podemos hacer otras cuentas y asociar nombres a partes del cuerpo.
Un relato que me trajo recuerdos de mi adolescencia, te agradezco por ello.
Un fuerte abrazo, Alfredo.
HD

Alfredo dijo...

Marta.
Sencillo si creo ser, lo demás, lo procuro.
Gracias por el comentario.
Salu2.

Alfredo dijo...

Humberto.
Si, pícaro Humberto, las proximidades
están muy presentes.
Salu2.