sábado, 17 de agosto de 2013

Mi Gato Tigre Tom.


Subí al desván, ya no recuerdo el motivo. Hacía calor y abrí esas claraboyas que ahora llaman Velux y me quedé contemplando el paisaje. Allá abajo, en el prado, mi gato Tigre Tom, estaba sentado con la vista fija en un montoncito de tierra fresca; una topinera. La situación me resultaba algo extraña, aunque de vez en cuando suele cazar los pajarillos al vuelo, jamás le vi interesado en atrapar otros insectívoros o roedores. Ese trabajo se lo deja para las hembras.
El sol le daba de lleno. Poco a poco comenzó a agachar la cabeza, se estaba quedando grogui, y a no mucho tardar se iría a tumbar a la sombra del cerezo.
Me vino a la mente, cuando en el mismo sitio, su madre lo lavaba y atusaba con mimo. Como, cuando cansada de su impertinencia, le arreaba un manotazo en el trasero y lo hacía rodar cuesta abajo. Entonces él se encabritaba, y, sostenido por sus patas traseras, lanzaba manotazos al hocico de la madre mientras enseñaba los dientes bufando cual tigre bengalí. Otras veces, trataba sin resultado de coger la punta de la cola de su progenitora, que, adivina ella, sin mirarlo siquiera, se lo hurtaba.
De ahí nació su nombre; Tigre por su osadía y Tom, por lo cómico que resultaba. Los pastelillos también tuvieron algo que ver.

El gato se ha cansado de esperar al topo y se ha ido a la sombra donde parece dormir placidamente. Solamente las orejas, a modo de radar, giran independientemente a uno u otro lado tratando de adivinar de donde proceden los más leves ruidos. Ahora ya ni eso, solamente la respiración acompasada que su barriga denota.

Por el recodo del "Camino a Ningún Lado",  ha aparecido una cabeza. Atisba sin atreverse a salir; la senda está envuelta en las sombras de la variada y alta vegetación a ambos lados. Es el siamés de un vecino de más abajo. No tiene más remedio que adentrarse por allí; quiere ir hasta la fuente, beber y enredar con los peces de colores del estanque.
No se ve ni oye nada. A medida que avanza, su  precaución se relaja. Sale del empedrado para atajar por el claro donde se yergue la veleta, con toda confianza. Entonces ve a Tigre Tom y se pega al suelo cual si fuese un Marine. Ni siquiera sus orejas, tiesas y apuntando al objetivo, asoman por encima de la hierba. Han pasado dos minutos y nada ha variado, procede echar un vistazo. Cual periscopio de submarino, aparecen lentamente los negros pabellones auriculares, los ojos azul claro y por fin el hocico. Es la cabeza de un Ninja presto al ataque.


Desde mi atalaya, y con malicia calculada, doy una sonora palmada. El siamés, ha dado un salto acrobático; medio metro hacia arriba y con giro de 180 grados. Apenas ha puesto los pies en el suelo y ya se ha perdido de vista por donde vino. Tigre Tom apenas si se ha movido, está demasiado a gusto.

3 comentarios:

Marta C. dijo...

Alfredo, maravillosa y minuciosa descripción. Hasta el más pequeño de los detalles nos entra en la retina formando un conjunto armónico. Una vez más te felicito. Un beso.

Alfredo dijo...

Marta.
Gracias por el comentario, pero digo yo... ¿No será que te gustan los mininos?
Salu2.

Marta C. dijo...

Pues no, Alfredo, ni pizca. Tengo tres perros y he tenido varios que ya murieron, pero no me gustan nada los gatos, ni los leones.
Besos.