martes, 13 de agosto de 2013

Por Orden del Rey.



La aldea está escondida en la falda del monte. Robles y castaños la bordean, algunos claros de pastizal y pequeñas huertas donde las mujeres y los niños pastorean sus ganados o trabajan la tierra. Los hombres, solo la caza, la venta del ganado en la ciudad, la preparación para una hipotética defensa del lugar, y el goce de los sentidos.
Casi todos ellos, los hombres, eran analfabetos; se libraban de aquel "mero inconveniente" cuatro monjes del escueto monasterio, el jefe del poblado y pocos más. Las mujeres, a excepción de la hija del Conde, a lo más que llegaban, era a contar con los dedos.

Una vez a la semana, llega en su carreta un buhonero, que a la sombra de la ermita, extiende su mercancía. La campana del monasterio avisa de la llegada del vendedor y todos abandonan su faena para adquirir lo que necesitan y ver las novedades que trae. Aprovechan también para hacer trueques entre ellos, conformando de esta forma, un mercado que podía celebrarse cualquier día de la semana, a expensas de la aparición del buhonero.
En esta ocasión, el comerciante venía acompañado por un joven doncel, que era quien llevaba la voz cantante, y tal parecía, que estuviera aprendiendo el oficio, o que quisiera comprar el negocio.

Sobre una lona blanca, colocaron las baratijas, y sobre otra azul los artículos de más valor. En sitio preferente y bien visible, colgado en el centro de la carreta, podía leerse el siguiente letrero:

"Cada uno de los artículos de la lona blanca, tienen el precio de una moneda; los de la lona azul, lo que marcan en el marbete."

Una mujer cogió un espejito de marco dorado de la lona blanca, y el joven le cobró tres monedas. Otra, un cuenco de semejante lugar, y pagó por el, dos monedas. Así fueron pasando por allí los vecinos, el vendedor cobraba lo que le venía en gana y todos felices sin paular ni maular.

Una joven se acercó al puesto, cogió dos objetos de la lona blanca preguntando el precio; "cinco monedas" respondió el mozo. Luego, tomó otro de la lona azul y mirando la etiqueta, volvió a preguntar su precio; "diez monedas", fue la respuesta.
- Y, entonces todo… ¿cuántas monedas son?
- Veinte monedas, bella damisela.

Ella las contó depositándolas en la mano del joven, y una vez los dineros en su poder, gritó; " A mi la guardia, a mi la guardia".
Dos fornidos soldados con espada al cinto corrieron a su lado.

- Detened a estos embaucadores y llevadlos a presencia de mi padre el Conde.

- Se os acusa de engaño manifiesto, pues pregonando ambos lo que vendéis a un precio, cobráis lo que os da la gana y siempre con usura.

- Señor Conde - comenzó el joven- es cierto casi todo lo que decís, aunque todos aquellos que compraron, se marcharon satisfechos con el precio. Es verdad que el letrero indica una cosa y nosotros hacemos otra, pero no tenemos la culpa de que ninguno de ellos sepa leer. Esta es vuestra culpa, y yo me he servido de esta añagaza, para comprobar hasta que punto se ha cumplido la orden, que hace un año por estas fechas, os diera el Rey. Quedáis emplazado para dentro de cinco meses, si para esa fecha, al menos uno de cada casa, sea hombre mujer o niño, no sabe leer, escribir, sumar y restar, seréis llevado a su presencia y despojado del condado. Poned pues los medios para que esto no suceda.


El buhonero devolvió a los vecinos lo que fue cobrado con aumento, y dicen, que todos los que sabían, se convirtieron en maestros de los demás para cumplir la orden real.

4 comentarios:

Maria do Sol dijo...

Uma medida útil... em Portugal dizemos: " Há males que veem por bem" - provérbio que eu aplicaria a este cuentino.
Abraços, amigo.

Marta C. dijo...

Estaba esperando a que estuvieras mejorcillo. Me alegro. Un relato de ambiente medieval en el que te mueves con soltura. Los palabros con que lo salpicas le dan más verosimilitud. Tienes un don para situarte en ambientes populares que es digno de envidiar.La historia, contada de otra manera, podría trasladarse a la actualidad, con la diferencia de que ahora son el rey y su familia los que roba y los condes los que destruyen la ciencia, la escuela, las artes, etc. Buena moraleja. No sé si ha sido tu intención, pero yo lo he visto así. Un abrazo, Alfredo.

Alfredo dijo...

María do sol.
María, creo que ese dicho: "No hay mal que por bien no venga" (Não há nenhum mal que bem não vem), le puede venir bien al cuento. El señor Conde, ante el temor a perder sus prebendas, se aplicó a poner en práctica lo que había echado al olvido.
No sé si es lo mismo que tú me dices.

Gracias por el comentario.
Salu2.

Alfredo dijo...

Marta.
Tal vez este cuento no sea más que eso, un cuento. Cada cual lo puede interpretar a su modo. Hay quienes ocupan cargos de responsabilidad, y, creyéndose muy importantes, hacen dejación de sus obligaciones sin importarles el mal que pueden causar. Van por mal camino. Antes o después, siempre aparece alguien que les pone las peras al cuarto. Eso es lo que creo le sucedió a nuestro Conde, el jefe del poblado.
Gracias Marta.
Salu2.