martes, 10 de septiembre de 2013

El Primero y su Greensleeves.


Cuando yo era pequeño, seis o siete años, se murió el abuelo de mi amigo. Eran tiempos en que la gente se moría en casa, y en casa los velaban hasta el entierro. Para evitar aquella situación, no grata para un niño, mi madre decidió llevarlo a nuestra casa hasta que todo hubiera pasado.
Aquella noche, mi madre nos acostó en la habitación; mi hermano dormiría conmigo y Jaime en la cama de mi hermano. La oscuridad se prestaba a las confidencias, y Jaime así lo hizo.

- Sé el motivo por el que estoy aquí; se ha muerto mi abuelo.

Y lo dijo así, como si tal cosa fuera lo más natural, como si no le importara mucho.

Toda mi familia vivía en un radio de no más de cien metros. Mis cuatro abuelos, mis tías y tíos... nosotros. Yo era el primero, el primer nieto, el primer hijo, el primer sobrino… y jamás había visto morirse a nadie en mi familia. El roce familiar era diario y yo me sentía querido y mimado por todos. Mi cariño hacia ellos era reciproco. De tal forma los quería, que deseaba morirme antes que cualquiera de ellos, para no padecer sufrimiento tan inimaginable.

Los años fueron pasando, y cuando cumplí catorce, mi abuelo paterno me regaló un reloj de pulsera.

- Toma, me dijo, ya va siendo hora de que tengas un reloj. Este es a cuenta de este otro que tanto te gusta.

Era aquel, de bolsillo y oro rojo, y siempre lo llevaba cogido al ojal del chaleco por una leontina del mismo metal. Ya desde mi más tierna infancia, mi abuelo lo colgaba ante mis ojos, y cual si fuera un sonajero, lo abría para que pudiera escuchar Greensleeves.

- Ves,  me decía, tiene tus iniciales grabadas J J. Álvarez.

- Tramposo, contestaba yo invariablemente, tiene las tuyas, te llamas Juan José Álvarez.

- Pero tú te llamas José Juan Álvarez, así que ¿quien dice que yo no las hubiera mandado grabar para ti?

Y en esa duda me mantuvo siempre.

Seis meses después, aquel abuelo se murió. Mi madre me llevó a Oviedo y me compró un traje gris marengo, camisa blanca y corbata negra. Así vestido, mi padre me dio el reloj del abuelo y yo lo colgué de un ojal del chaleco, como mi abuelo.

A pesar de mi pantalón largo, lloré como lo que era, como un chiquillo. Fue entonces cuando me dí cuenta, de que aquellos pensamientos infantiles, donde yo debía de ser el primero en abandonar este mundo, se habían esfumado. El era viejo, le correspondía ir primero.


Cuando le dieron tierra, saqué el reloj del bolsillo, abrí la tapa y aquella dulce música que dicen fuera compuesta por el Rey Enrique VIII de Inglaterra para su amante Ana Bolena, se escuchó en el cementerio como póstumo homenaje.


http://www.youtube.com/watch?v=Sa9LbUyFCGA




4 comentarios:

Maria do Sol dijo...

Hola Alfredo

Tenho visto partir muita gente da minha família: tios e primos, já foram alguns. Os avós morreram estando eu em África com os meus pais. Era pequena, não recordo esses factos. Quando tinha 17 anos faleceu-me um primo de acidente. Foi a primeira vez que lidei com a morte de perto. Assusta-me. Muito. Não tenho medo de morrer mas sim de ver morrer os que amo.

Abraços

Marta C. dijo...

Hola, Alfredo. Encantador relato y encantadora música. No sé si recuerdas uno de mis relatos, Historia de una foto

http://relatosmarta.blogspot.com.es/2013/08/historia-de-una-foto.html.

Cuento la primera vez que me enfrenté a la muerte, el primer día que tomé conciencia de que todos morimos algún día y de que mi madre también moriría algún día. No pudo ser un descubrimiento más terrible, solo tenía 5 o 6 años.
Es evidente que cuando eres un niño, la muerte de nuestros familiares golpea más cuanto más profundo haya sido el trato y el cariño. Afortunado tu personaje. Yo no tuve ni abuelos ni padres a los que llorar. No es fácil de sobrellevar cuando los pierdes pasados los cuarenta y las lágrimas no acuden. Un beso.

Alfredo dijo...

María do Sol.
A medida que uno se hace mayor, va dejando atrás familia, amigos o conocidos. Yo jamás he visto a un muerto...ni lo quiero ver. Tal vez sea cobardía, pero me gusta recordar a aquellos que quise como en en sus mejores tiempos.
Salu2.

Alfredo dijo...

Marta.
Marta, has cambiado de nuevo la foto, me gusta por lo que hay en segundo plano...el mar. Es broma.
Si, recuerdo ese relato. Estoy de acuerdo contigo, pero he observado, que los niños tienen una capacidad inmensa para el olvido. Bueno, tampoco es que olviden, paro si que cierran su mente a aquello que consideran feo o malo, y raramente hablan de aquellos que se fueron.
Salu2.