martes, 15 de octubre de 2013

Ejercicios contra feromonas y sueños eróticos.



Para aquellos sueños eróticos, aquel niño era muy pequeño, demasiado pequeño. Pero sucedió que una noche, cuando apenas contaba nueve años, su cabeza se llenó de mujeres desnudas. Todas eran hermosas, rubias las unas, morenas otras, y hasta alguna pelirroja.
Él jamás había visto una mujer desnuda, había visto, si, pechos amantando a las criaturas, y que a mediados del siglo pasado, era cosa corriente. Luego algo sucedió, no sé, quizá un puritanismo exacerbado que volvió los senos a sus nidos, o que las mujeres cambiaron de mentalidad ante los nuevos alimentos infantiles.

Como aquél niño al que llamaremos Vicente, nunca había visto una mujer desnuda, las imágenes que se le aparecían eran casi idénticas a esos maniquís de los escaparates; con pechos, pero asexuados. Tal vez de pubis un tanto prominente, pero nada más.
Vicente sabía que aquel sueño, estaba mal. Desconocía el motivo, pero lo sabía. Si fuese algo natural en que lo que se pudiera pensar libremente, no sentiría aquella zozobra, no habría amarrado a aquellas mujeres con grilletes y cadenas a la pared. También pudiera ser, que aun desconociendo lo que la palabra prepotencia significaba, él lo fuera; su sentido de la posesión y dominio, estaba en aquella cadena que mitigaba la rebeldía con que algunas se le oponían.

El sueño se repetía casi a diario. Con alguna variante; alimentándolas a veces, bañándolas otras… Si, eso era lo que más le gustaba; enjabonar bien la esponja y pasarla delicadamente por aquellos cuerpos que el agua hacía brillar; la nuca, las axilas… Hasta los dedos de los pies le gustaban, pero aquello no iba más allá. Aun no estaba maduro.

No se sabe el motivo por el cual el padre de Vicente, cuando acabó el cuarto grado, le hizo presentarse al examen de ingreso en el Instituto para empezar carrera. Tal vez fuese que aquella familia de patateros sabía poco de cuentas, y el negocio aumentaba a un ritmo imposible para ellos. Contrataron un contable, pero temían que les robase, así que nada mejor que la propia sangre para llevar el negocio. Corría prisa que Vicente aprendiese en el instituto lo que la Escuela Nacional no podría proporcionarle. Luego, haría Comercio.
Por tanto, Vicente comenzó falto de madurez intelectual tras aprobar el ingreso, (En realidad tampoco le fue tan difícil; un dictado, una cuenta de dividir con prueba, y el nombre de los ríos principales de la península) aunque tenía orejas para escuchar y aprender de sus compañeros mayores que él, y que si habían acabado los ocho cursos de la Nacional.

Ahora su vida daba un giro copernicano; en vez de la enciclopedia de la escuela, un libro por asignatura, en vez de un solo maestro; un profesor por cada materia, en vez de la separación por sexos; aulas mixtas. Todo era nuevo para Vicente, pero a pesar de ser el más pequeño de la clase se iba defendiendo; era listo.

Llegó la Semana Santa y con ella una nueva experiencia; los Ejercicios Espirituales. Educandos y educadores salían del instituto cual si fueran soldados que iban de maniobras, tomando las aceras camino de la iglesia y flanqueados por sus profesores. De una iglesia sumida en la penumbra, pues los altos ventanales ojivales de cristales emplomados, la mañana mortecina y el polvo acumulado, no dejaban ver con claridad las figuras que formaban, ni la luz que apenas pasaba a su través. Solamente una pequeña lámpara sobre cada estación del vía crucis y nada más.
En aquel ambiente frío, silencioso y casi tétrico donde la iconografía casi le asustaba, los alumnos iban ocupando un sitio en los bancos; adelante los de menor edad y a continuación los mayores.
Don Amable, el cura del Instituto, desde el altar explicó en que iban a consistir aquellos ejercicios; un afamado predicador llevaría la palabra de Dios para preparar las conciencias ante los días santos que se aproximaban. Rezó una oración y esperó a que el orador subiera al púlpito.

Vicente, acostumbrados ya sus ojos a aquella oscuridad, vio salir de la sacristía una figura envuelta en una capa, y subir las escaleras del púlpito donde encendió un foco justo sobre su cabeza. Algún motivo tuvo al recordar aquel dibujo del confesor de Isabel de Castilla que fuera el primer inquisidor; figura menuda, entradas pronunciadas, nariz aguileña y tonsura recién afeitada; hábito blanco con esclavina y capa negra.

La luz iluminaba al predicador de tal modo, que Vicente se sentía incómodo; los claros y las sombras variaban con el movimiento y se asemejaban a esas caras a las que se les pone una linterna para meter miedo. Más aun cuando el dominico hablaba de impureza-infierno, tocamientos-infierno, concupiscencia-infierno, pecado-infierno. Y el infierno, ¡hay el infierno! Cascos de hierro candente en la cabeza, un abrasar continuo per in saecula seculuroum, y lo más grave: El anhelo no conseguido de ver a Dios.

Todo lo que aquel fraile decía, le tocaba de lleno. ¡Algo debía de hacer para no soñar más con aquellas imágenes, para dejar de mirar a hurtadillas los pechos de sus compañeras! Y tomó su decisión: Cuando tocasen Ejercicios Espirituales, él se podría enfermo; su espíritu no necesitaba de ningún ejercicio.

Aquella noche volvió a soñar con sus mujeres, pero en el salón donde las tenía recluidas hacía frío. Encendió la chimenea y pronto el calor se empezó a notar, los troncos ardían alegres con leves chisporroteos. Era buena hora para la ducha y el magreo. El calor comenzó a ser sofocante. Las jóvenes hacían muecas y sus caras y cuerpos se transformaban horriblemente; pequeños cuernos en la cabeza, largos rabos puntiagudos y torsos negros y peludos. Las cadenas enrojecieron como el arrabio en la piquera, se soltaron de sus anclajes y hábilmente manejadas por aquellas diablesas comenzaron a zurrarle. Vicente despertó llamando a su madre con voz lastimera.

- Señora- dijo el médico- su diagnóstico es acertado; el niño tiene declarado un fuerte brote de sarampión.


10 comentarios:

Ángeles dijo...
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Ángeles dijo...
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Ángeles dijo...
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Ángeles dijo...
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Ángeles dijo...
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Ángeles dijo...
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Ángeles dijo...

Jajajajajaja, me he reído mucho con tu relato, Alfredo, porque me has recordado, los Ejercicios Espirituales de mi colegio de monjas... eran brutales, de anatema, condenación eterna, y además de hacer confesión general de toda una vida...

Los odiaba, los temía, y además el sepulcral silencio que había de guardar... menos mal, que al menos no soñé nunca con ningún adonis, porque entonces si que me condeno, porque no lo confieso.

Un abrazo y feliz día.

Alfredo dijo...

Ángeles.
Oye, se te debió de escapar la tecla y te ha salido el comentario repetido varias veces, los he borrado, espero que no te parezca mal.
A mi lo que más me fastidiaba era la obligación impuesta, pero eran otros tiempos. Siempre nos quedarán algunas anécdotas para contar.
Gracias por el comentario.
Salu2.

Maria do Sol dijo...

Hola Alfredo
Ao que parece, o neno teve uma febre alta que o deixou alucinado...também com 10 anitos ainda é cedo para substituir os manequins da sua imaginação.
Gostei do conto e do seu final pouco espectável.
Como vais de saúde?

Abraço

Alfredo dijo...

María do Sol.
Gracias María por tu interés. Por fin ingreso a últimos de mes.
Espero que te entretuviera un rato, y si te gustó, mejor que mejor.
Salu2.