sábado, 19 de octubre de 2013

Los Caballos de Marcelo y el Avión de Barcelona.


La mañana estaba fría. Apenas eran las nueve y parecía que aún no había amanecido. El cielo plomizo, con ese tono oscuro que le da el oxido, anunciaba nieve. Marcelo, después de ordeñar las vacas, subió a la alcoba donde María permanecía arrebujada y calentita.

.- María, avisó desde la puerta, me voy al monte a buscar las caballerías, va a nevar de lo lindo y no quiero tener que subir cuando ya sea tarde. Llegaré sobre la una si no están dispersos.

- Abrígate bien.

Aquello sobraba, pero algo le tenía que contestar. Marcelo cogió la zamarra y el pasamontañas, preparó el morral; chubasquero, una botella de agua, la petaca con licor, una hogaza de pan con el que engatusar a los caballos y una longaniza, por si acaso la cosa se prolongaba.

Un kilómetro más o menos por la carretera, otros dos por el camino de carros, otros tres por la senda y uno más a campo a través. Siempre subiendo, entre castaños y robles los unos, luego, los altos helechos y la algaba de zarzas y escaramujos los otros, y por fin la pradería feraz.

Apenas dejada la carretera, comenzaron a caer los primeros copos de nieve. Copos grandes como manteles que comenzaron de repente y que tenían prisa por llegar al suelo. Pronto cubrieron la senda así como las huellas de sus botas y del cayado que iba dejando atrás.

El caminante sudaba a pesar del frío, aunque a partir de que comenzara a nevar, parecía que la temperatura había aumentado. Imaginaciones suyas, la pendiente se las traía y era el sudor que humedecía la camiseta lo que le proporcionaba aquella sensación.

De lejos ya vio al caballo y las cuatro yeguas, todas preñadas. Estaban guarecidas bajo la retama, junto al abrevadero que alimentaba el regato. Las cabezas contra las verdascas y la pata posterior presta por si aparecía el lobo o alguien que quisiera su mal.

Marcelo abrió el morral, partió unos canteros del pan y se lo ofreció mientras él mismo mordía un pellizco. Ató en reata a las yeguas tras el caballo y monto sobre este a pelo comenzando el viaje de vuelta.

Habrían recorrido la mitad de la senda, cuando oyó el ruido de un avión. Por la hora que era, sin duda el que venía de Barcelona. Pronto daría una amplia vuelta posicionándose para comenzar a bajar y tomar tierra. Tal vez, por encima de las nubes brillara el sol, y que ahora habría de abandonar para introducirse entre los nubarrones. El aterrizaje no iba a ser muy bueno.

A eso de la una y media, María sintió piafar al caballo ante la puerta del establo, llamó a a su marido al que no veía, pero este no contestó. Lo buscó por todas partes extrañada de que hubiera dejado allí a los brutos sin ton ni son. Pero nadie en el pueblo sabía de su marido, y ante cosa tan extraña, pensaron que probablemente el hombre se hubiera caído de su montura, y que la reata, conociendo el camino, dejara a Marcelo en el suelo y se llegara hasta su establo. Habría que ir a buscarlo y rápido, quizá estuviera malherido.



Marcelo reposaba sobre unas angarillas en el local de la Asociación de Vecinos. Todos pensaban que su cabeza se había roto contra una piedra del camino, pero el informe del forense parecía tajante; los productos químicos y los residuos orgánicos, atestiguaban que un frigolito caído del avión, fueron la causa de su muerte.

5 comentarios:

Maria do Sol dijo...

Hola Alfredo

Explica-me por favor o que é um "frigolito" pois não encontro no dicionário... :-(
Abrazo

Alfredo dijo...

María do sol.
María, no es de extrañar que no encontraras la palabra; para el diccionario no existe.
Los aviones tienen la obligación de vaciar en tierra un depósito a donde van las aguas fecales del inodoro. Pero a veces, y siempre que sea en despoblado, los arrojan al exterior. Por las bajas temperaturas que existen a la altura en que viajan, se convierten en un bloque de hielo que suele deshacerse. Sin embargo, eso no sucede siempre, cayendo de forma compacta.
Alguien los bautizó como frigolitos; frigo por frío y lito por piedra, fósil, para distinguirlos de los aerolitos, pues no lo son.
Salu2.

Alfredo dijo...

María, te iba a contestar por correo, pero en el momento que empecé, mi perro Happy 2 se murió. Toda la tarde en mi cuello y cuando iba a fumar un cigarro, se lo pasé a mi mujer; murió en sus brazos. Ya está enterrado junto a Happy 1, Zar y Espoky.
Salu2.

Maria do Sol dijo...

:-(

Um cão é talvez o único amigo de verdade que podemos ter...custa-me perdê-los e ao longo da minha vida tenho sofrido muito com a perda deles. Entendo-te. Sinto muito essa perda.

Relativamente ao conto, tem um final inesperado. Não lembraria a ninguém morrer por causa de um frigolito...
Abrazos

Alfredo dijo...

María.
Muchas gracias María.
Salu2.