miércoles, 13 de noviembre de 2013

Audiencia Pública I.

Primera parte.

Sucedió, como muchas veces, que el que presume de virtuoso, oculta hábitos y vicios que cuando se conocen, sirven a los demás para escarnecerlos doblemente; una por embaucador y otra por el hecho en sí. Los protagonistas de nuestro cuento son de esos, de los que maniobran sin detenerse a sopesar el mal que hacen, importándoles solo el dar rienda suelta a sus bajas pasiones.

Ángel y Sofía tenían tres niños; dos varones y una hembra. A los ojos de la gente, parecían felices; se llevaban bien, eran amables y participativos para con la vecindad y económicamente no les iba mal. Les unía una gran amistad con Tomás y Gema, que tenían tres niños también; dos hembras y un varón a falta de un nuevo hijo que estaban esperando
Un domingo de mañana, nadie, por una vez en la vida como suele decirse, parecía estar en el lugar en que se suponía debía de estar, y así, todo lo construido hasta la fecha, comenzó a trastocarse.
 Los niños, todos juntos, pues para eso eran amigos, irían a misa. Luego,  de paseo al centro; a comprar los tebeos y algunas golosinas y más tarde al arrabal. Querían ver las cadenetas, banderolas y farolillos que se estaban colocando. Los arcos enramados y los lugares donde irían las barracas del tiro, los coches eléctricos, las lanchas  y las tómbolas. Dentro de unos días se iban a celebrar las fiestas patronales y el ayuntamiento ya había comenzado la tarea de adecentamiento del lugar; esparciendo arena, colocando grandes maceteros y registros para el agua y la luz.
Ángel también se habría ido a misa, pero él iba a la de doce, a los dominicos, que cantan tan maravillosamente el gregoriano. A la una recogería a Sofía, que ya había ido a la de ocho, y que madrugaba para preparar a los críos y dejar casi lista la comida.
Tomás, tenía servicio, era policía y más de un domingo trabajaba, pero este día lo hacía solo por la mañana; de tarde iría con Ángel a ver el partido.
Gema estaría en casa. Esperaba salir de tarde a pasear y al café o al cine cuando el partido finalizara.
Aparentemente esos eran los planes, pero... 
Aquel día para Tomas era como casi todos los domingos, aburrido tras el mostrador de la comisaría. Sofía planchaba esperando diera la una del medio día. Los niños... los niños cambiaron de planes y después de comprados los tebeos, decidieron dejar a sus hermanas, que siguieron con el plan previsto. A ellos les pareció mejor idea ir a jugar al futbolín al centro social. Tomás tenía hambre por lo que decidieron pasar por su casa. Dejarían allí los tebeos, Gema les daría una fruta o quizá una onza de chocolate y se irían para el club.

Los bloques de viviendas eran todos iguales; natural, habían sido construidos por la Obra Sindical y en lo único que se podían diferenciar era en la orientación.  Una cocina comedor que servía a su vez como distribuidor, tres habitaciones y un baño. Cinco pisos sin ascensor y escalera que olía a potaje. Hasta el último subieron, pues era donde Tomasín vivía. Llamaron al timbre. Nadie abrió o contestó. El chico repitió el timbrazo varias veces extrañado de que su madre no estuviera, y continuó insistiendo a pesar de que sus amigos, mientras daban media vuelta, le decían que lo dejara. También él tornaba a bajar la escalera, cuando la puerta se abrió levemente. Por el breve resquicio, atisbaba entre intrigada y malhumorada Gema. Los muchachos entraron en el piso como vendaval de verano. Las preguntas, por una y otra parte, quedaron en el aire y las explicaciones, tampoco fueron consideradas a la vista de la bandeja con rosquillas, que había sobre la mesa. Los tres críos corrieron a meter mano con la confianza que da haberlo hecho en otras ocasiones, y ya se iban, cuando el vástago de la casa, abrió la puerta de la habitación de sus padres. Dentro estaba Ángel. Por un momento todos quedaron parados; el pequeño Tomás olvidó lo que iba a hacer, los hijos de Ángel solo acertaron a decir con asombro ¡papá!. Este, mudo en medio de la habitación, movía nervioso sus manos. Solo la reacción de Gema desvió la atención de los chiquillos –Ha venido a arreglar la persiana-. Todos, los chicos, se entiende, olvidaron aquello, estaban acostumbrados a ver a sus padres, los unos en casa de los otros y la explicación a sus silenciosas preguntas, fue del todo convincente. Pero había quienes no lo iban a olvidar tan pronto y durante un tiempo, estarían atenazados por el miedo.
Nadie dijo una palabra de lo sucedido, por lo menos aquel día. Pero hubo uno en que el agente se enteró. No se alteró, sonsacó lo que pudo a su hijo, sin darle importancia, él era un profesional y sabía de aquellas cosas. También a su mujer quiso sondear –Parece que esta persiana no va bien, no, parecía que se atascaba. Ella ni palabra, dio media vuelta y ocultó su repentina palidez buscando algo en el armario de luna. El corazón de Tomas se estrujó un tanto y su mirada de acero no presagió nada bueno.
Gema tuvo otra niña. Poquito pelo castaño y ojos claritos, si, como los tuvo la abuela Angélica, que en paz descanse. Pero Tomás no había conocido a la abuela Angélica y por tanto, no sabía verdaderamente si los ojos de la cría, eran o no como Gema decía. A él se le parecían más a los de Ángel, y el corazón se le estrujó un poco más si cabe.
Ahora, con el tiempo, Tomás se iba dando cuenta de cosas, cosas que antes no había apreciado tal vez obnubilado por la amistad. ¿Dónde quedó aquél instinto nato de policía? Él, que al más leve indicio comenzaba una investigación, había olvidado la norma más elemental; vigilar al que se dice tu amigo.
Tomás y Gema siempre, bueno, desde que se casaron, habían vivido en la casa de Don Tomás; viudo, con tierras en el pueblo que le rentaban sus buenas perras y con una hija solterona que se desvivía tanto por su padre como por los sobrinos. El caserón era enorme, y hasta escudo de recio abolengo colgaba en su fachada. ¿Por qué entonces se fueron de allí? ¿Por qué se fueron a un piso en otro barrio, donde a nadie conocían, y que, hasta para conseguirlo, hubo de pedir recomendaciones? Gema había estado insistiendo en que lo solicitara, desde que Sofía y Ángel decidieron cambiar a un chalecito al otro extremo de la ciudad. Que coincidencia, las dos viviendas en el lado norte y solo separadas por la carretera. Y el alegato principal de Gema, era que no podía sufrir las impertinencias de su suegro; que era un viejo cascarrabias, que olía a ajo, que no eran buen ejemplo para los chicos los tacos que soltaba, que se tiraba pedos ufanándose de ello... ¿Tan grave era? El viejo olía a ajo porque siempre los llevaba en los bolsillos de la chaqueta, para el reuma. Las impertinencias no eran sino verdades como puños y es cierto que cuando se enfadaba, soltaba dos o tres cagamentos. También era verdad que de vez en cuando, y solo ante los chicos, se tiraba un sonoro pedo a la par que decía “gárrame esa mosca pol rabo”. Pero ante las féminas era considerado, les hacía muñequitas con palillos y castañas pilongas, si, de aquellas que recogía y guardaba para los dolores de cabeza. Siempre llevaba sobre su hombro una corneja a la que llamaba Cardenal y que solo a una seña suya hablaba. Tiempo atrás, la corneja, parloteaba con toda libertad, cosa que hubo que restringir, pues su cantinela favorita era...
“Yo soy el cardenal, escrito con ce de cabrón
Pero no quiero ser como él, porque es un Maricón.
Como su dueño, si había mucho jaleo, soltaba sonoros tacos –casi siempre en contra del clero- y siendo macho, le encantaba todo lo femenino. En presencia de las mujeres silbaba como el mejor “piropeador” y cantaba cual  canario flauta.
En realidad los pros y los contras del abuelo no eran tan significativos y claramente se compensaban.  Tal vez Tomás pensara así porque era su padre, sin embargo, la economía se había resentido: alquiler, luz, agua, carbón... todo eso, antes no se pagaba, aparte de tantas otras cosas que salían del bolsillo del abuelo; comida, libros, zapatos, vestidos, pequeñas alhajas... Todos aquellos conocidos que desde chico tenía y que a diario frecuentaba en el bar, los había cambiado por uno solo: Ángel, al que daba la circunstancia que solo lo conocía de unos años atrás. Es cierto que pronto congeniaron; gustos afines como el fútbol, las paellas junto al río, la pasión por las motos. Pero, ¿era esto suficiente? En su momento tuvo sus dudas, era reacio al cambio, pero Gema sabía ser persuasiva, melosa... Aquellos suaves y dulces besos que comenzaban en las cejas, en los ojos... eran el preludio, luego le comería la oreja, enredaría con su lengua dentro del oído con aquel aliento cálido, lleno de pasión y que Tomás no podía resistir. Sí, ella sabía como conseguir lo que quería y lo consiguió.
Tomás no tenía prueba alguna de la infidelidad de su mujer, solo aquellos leves indicios y que a decir verdad, eran muy leves. Pero los celos no entienden mucho de indicios, aunque se sea policía, y la más leve sombra, es suficiente para agigantarlos y convertirlos en la más negra de las realidades. El influjo de la duda es tan grande, que, mata el amor, da paso al odio y lleva a maquinar venganzas que acabaran abatiendo a los protagonistas.
Tomás no quería a la niña, a la que para mas inri, Gema quería llamar Angélica. La discusión comenzó enseguida y se fue calentando poco a poco...
-Yo quiero que se llame como mi madre...
-Por ahí no paso, se llamará como mi hermana.
-Tomás, recuerda que me ganas por tres a cero...
-Me importa un carajo, mi hermana ha hecho mucho por nosotros y se lo merece.
-A tu hijo le pusiste tú nombre, a la pequeña el de tú madre, a la mayor quisiste ponerle el mío, ¿acaso no tengo yo el derecho de ponerle “ un” nombre a “un” hijo?.
-Yo soy aquí quien manda, y lo dicho, dicho está.
-Pues si tú eres el que manda, yo soy la que los ha parido. No quiero discutir por esta tontería, pero ten presente que no estoy conforme con tu intransigencia y espero que recapacites.

Tomás recapacitó, aunque por distintas razones a las que Gema pudiera pensar. Estaba enseñando la oreja y gracias a que se dio cuenta, rectificó. No convenía para sus planes de venganza, el mostrar su animadversión a todo lo que se relacionase con su odiado enemigo. La cría se llamaría Angélica y para remachar aún más el clavo, Tomás decidió que el padrino fuera Ángel.  


6 comentarios:

Alfredo dijo...

Este cuento es largo, muy largo, pero salió así, que le vamos a hacer.
Me ha dado muchos problemas; ha cambiado la letra, las sangrías, el orden de los capítulos...
El que se atreva a leerlo, tendrá que pinchar en entradas antiguas para conocer el final, pues por más que hice no fui capaz de encajarlo de una vez.
También pueden aparecer faltas ortográficas, pero ya estaba hasta el gorro y quería dejar algo. Me voy en unos minutos, espero que solamente por unos días.
Mis disculpas y un saludo a todos.

Humberto Dib dijo...

Yo soy de leer textos largos, aunque es verdad que eso en los blogs está 'prohibido'...
Esperaré el desenlace.
Te dejé un mensaje en facebook.
Un fuerte abrazo.
HD

Maria do Sol dijo...

Alfredo
Sei que hoje baixaste ao Hospital. Faço votos de que tudo te corra bem. Dá notícias quando puderes.

Abraço

Alfredo dijo...

Humberto.
Luego pasaré a leer el mensaje.
El cuento está enterito desde el día en que me largué corriendo para el hospital. Lo dividí en seis partes, el desenlace no entró y hay que ir a entradas antiguas.
salu2.

Alfredo dijo...

María.
Ya llegué, ando renqueante pero bien. Paso a leerte dentro de un rato. Gracias por tu interés.
Salu2.

Maria do Sol dijo...

Hola Alfredo
Fico feliz por estares bem.
Abraço