miércoles, 13 de noviembre de 2013

Audiencia Pública II.

Segunda parte.

Un par de meses antes del alumbramiento, los compañeros de Tomás, no dejaban de gastarle bromas del tipo... “Ahora, con la tripa que tiene tu mujer no podrás mojar, eh”, y cosas por el estilo. A él, que tanto presumía de macho, ahora le irritaban sobre manera, y menos mal que a nadie se le pasó siquiera por la imaginación, dudar de Gema. Si alguno de ellos hubiese atacado, de forma consciente o inconsciente, a su honor, lo habría matado. No obstante, estas puyas que le lanzaban, le sirvieron para  idear un plan diabólico que debería conseguir la perdición de Ángel. Comenzó a pedir cambios de turno a los compañeros que en un principio, no pusieron objeción, luego, a medida que fueron en aumento, comenzaron a pedir explicaciones... “Es que tengo un plan...” “Cuenta, cuenta...” “Oye, que yo ante todo, soy un caballero...” “Nada, si no me cuentas algo, no hay cambio” “Coño, ya te digo que tengo un planillo y voy a ver si sale...”
Poco a poco se fue explayando; tenía una relación con la mujer de su amigo, y al parecer, él no era el único.
El alma caritativa de turno, puso a Ángel al corriente de lo que se hablaba. Este ni siquiera levantó la vista del carburador que estaba desmontando...
-Mira Pepe, no me creo que Tomás ande diciendo eso por ahí, y mucho menos que sea verdad.
-¿Acaso crees que es plato de gusto, contarte lo que te cuento?. Tú les vendes y les reparas las motos a los municipales y a los grises, tienes confianza con muchos de ellos como la tienes conmigo; indaga, sondea, pregunta.
-No hace falta. Solo a mi mujer y a Tomás les preguntaré en el momento oportuno y entre todos, descubriremos al mal nacido que nos quiere arrastrar por el fango.
Pero no fue él el que preguntó, fue Juana. Juana, la hermana de Tomás, se presentó un día en casa de Ángel y Sofía. Había elegido bien la hora; los chiquillos en el colegio, Ángel en el taller y Sofía atendiendo las cosas de la casa. Tras los saludos de rigor y algunas otras frases de cumplido, Sofía notó tensa a Juana y le preguntó si le sucedía algo...
-Es que me han dicho, que te has convertido en la amante de mi hermano. Le soltó de sopetón, escrutando su cara. Y sin darle tiempo a hablar “Y como tú comprenderás yo no voy a consentir que arruines la vida de mi hermano, de mi cuñada y mucho menos la de mis sobrinos"
-¿Quién te ha dicho semejante cosa?¿Y como tú, te la has creído?
-Es del dominio público. Lo que no sé es como no se ha enterado tu marido, o ¿acaso lo sabe y es un consentidor? Mira tú, la mosquita muerta...
-Por dios, Juana, me ofendes solo con pensar tal cosa. Yo te juro que jamás he pensado en otro hombre que no fuera mi marido. ¿Acaso no me crees?
-Menuda lagartona estás hecha, así os iba de bien; seguro que hasta te hacen regalos...
-Sal de mi casa Juana. No voy a consentir que me... que nos ofendas aquí de esa manera...
-Oye, que a mi nadie me ha echado de su casa, y más por decir la verdad.
-Si nadie te ha echado, yo soy la primera, largo de aquí y que la próxima vez que me veas, sea para pedir perdón por la calumnia que estás levantando, y por la forma en que me lo has dicho.
Sofía no podía dar crédito a lo que había escuchado. De inmediato cambió sus zapatillas por unos zapatos de medio tacón, los primeros sobre los que puso su mano, se echó una rebeca sobre los hombros y salió de casa a toda prisa.  Cruzó el pequeño jardín delantero y al llegar  a la cancela, miró a ambos lados de la calle por si aún anduviese Juana por allí. No vio a nadie. El sol estaba casi en lo alto y las sombras de los falsos plátanos, caían casi verticales sobre las aceras.  Ellos vivían en uno de los chalecitos que se situaban a un lado de la carretera general. Al otro lado, tras la Iglesia, la barriada de la Obra Sindical levantaba las amarillentas paredes de sus pisos. Calles estrechas, balcones con ropa tendida, proyecto de jardines que murieron casi al poco de nacer arrasados por las bandadas de chiquillos que jugaban a la pelota. Camino del taller de su marido, Sofía miraba a la gente con una mezcla de interés y miedo; buscaba en las caras de aquellos con los que se cruzaba, algún indicio de reprobación mientras que en su cabeza resonaba una y otra vez: “Es del dominio público”. Vano intento, pues a nadie de aquellas gentes conocía, como tampoco a ella, la conocía nadie.

Ángel se disponía a colocar los segmentos al pistón de una “Lube” cuando la vio. Al momento intuyó lo que sucedía y sus manos temblaron de tal modo, que fue incapaz de atinar a introducir el aro, no solo en su ranura, sino en el mismísimo pistón. Lo dejó sobre el banco y limpiándose las manos con un trapo, fue hacia ella...
-¿Cómo tú por aquí? ¿Ha ocurrido algo?
Ella hizo un gesto lo suficientemente elocuente para él, así que dio media vuelta a la par que decía...
-Espera un momento, que me lavo un poco y nos vamos para casa.
Al quitarse la funda su velludo torso quedó al descubierto. Descolgó una camisa de franela a cuadros rojos y azules de la percha donde colocó el mono y abrochando algunos botones la dejó por fuera del pantalón. Se dirigió hacia su Harley al paso que decía a su ayudante...
-Toño, cierra tú a la una. Hasta la tarde... –y  dirigiéndose a Sofía- ¿vamos, vida?.
La moto arrancó y su sonido melodioso, atrajo la mirada de los que por la calle pasaban; el ancho manillar, los brillantes niquelados, las puntiagudas y brillantes botas camperas del motorista, la blanca y torneada pantorrilla del paquete. Envidia daban, sin imaginar siquiera la tragedia que por dentro ellos vivían.

La ciudad había ido creciendo poco a poco en torno a unos ejes claramente definidos; uno de norte a sur lo formaba la carretera general y el otro, de este a oeste, por las vías del ferrocarril. Vista desde el cielo, se asemejaba a un tablero de parchís; la “casa” de las fichas azules, sería el casco antiguo, con sus viviendas mas antiguas, sus escasos monumentos, sus comercios, despachos y oficinas... las fichas rojas serían las casas humildes, algunos almacenes, talleres, la cerámica... . El lugar de las fichas amarillas estaría ocupado por las barriadas de trabajadores, es decir; por las viviendas que el Régimen había construido; La Obra Sindical, la Cámara Agraria, el Grupo Ferroviario... Y en la zona verde se ubicaba la zona residencial. Un gueto donde los apuros económicos no se notaban. Allí se habían ido desplazando burgueses y nuevos ricos nacidos con el estraperlo. Con amplias zonas verdes comunales para unas gentes, que ya de por sí, tenían sus propios jardines, chalecitos mas o menos grandes, con su garaje y alguna que otra piscina. Ángel enfiló la carretera general, en menos de un minuto pasaba bajo el puente del ferrocarril, cerca de la estación. Un centenar de metros mas arriba se hallaba la entrada de la urbanización, pero no entró. Continuo por la carretera hasta llegar al surtidor de gasolina y paró en el merendero que había justo al lado.
-Aquí estaremos más tranquilos y los chicos aún tardarán casi una hora en salir de la escuela. Siéntate que voy a encargar algo de beber.
Ella eligió una mesa bajo el emparrado y se sentó en el banco. El lugar estaba solitario a aquella hora, y solo algunos de los escasos clientes de la gasolinera entraban en el bar. A Sofía se le antojaba que su marido sabía algo del asunto que iban a tratar. ¿Era intuición suya, o en realidad él estaba demorando la conversación? No tuvo mucho tiempo para pensarlo, Ángel apareció y unos pasos detrás, el orondo y calvo dueño. Este, dejó sobre la mesa una jarra de barro, dos vasos pequeños, de esos de chatear, y un plato con unas tajadas de queso y dos rebanadas de pan.
-Son cuatro cincuenta. El aperitivo, por cuenta de la casa, y si les gusta el queso, también lo vendo por medios y por entero. Es puro de oveja y lo hacemos en casa.
Ángel dio las gracias, miro en la cartera y sacando un billete de cinco pesetas y le dijo...
-Quédese con la vuelta, que en realidad, vale más el queso, que el vino que cobra.
Por fin quedaron solos. Ángel se sentó frente a ella,  escanció el vino, y mirando a su mujer a los ojos le pidió que comenzara.
-¿Has terminado ya? Inquirió ella un tanto áspera.
-¿Porque lo dices?. Contestó él arqueando una ceja.
Ella no quería comenzar así. De camino al garaje había pensado como afrontar la conversación y en modo alguno coincidía con  aquello. Pero los nervios la estaban traicionando, debajo de la mesa, retorcía sus dedos ora de una mano, ora de la otra. Como se suele decir, se echo un trago al coleto, quién lo diría en ella, y le pidió un pitillo.
-¿Un cigarrillo tú, que solo lo fumas en alguna boda? Parece grave lo que me tienes que decir.
Sacó un paquete de Pal Mall, extrajo dos largos pitillos, los encendió y le pasó uno. Exhaló el humo con fuerza, sabiendo que aquella partida la tenía ganada, que no era él el que debía de tener miedo, porque era ella la que lo tenía. Pero también se dio cuenta de cuanto la quería al verla tan frágil, tan inocente...
Se levantó y fue a sentarse a su lado, la cogió por los hombros y la atrajo hacia sí. Entonces ella guardó su cara en el pecho del hombre y comenzó a sollozar.

Por uno de los chicos, el mayor, enviaron recado a Tomás y Gema que aquella tarde pasarían a entregarles el regalo de la niña que iban a bautizar. A eso de las cuatro, subieron los cinco pisos y llamaron al timbre. Gema abrió sin sospechar lo que se avecinaba. Tomaron asiento en la cocina, junto a la mesa donde Tomás parecía afanarse en algo que a Ángel le resultó impropio, no por el echo, que había visto muchas veces, sino por la ocasión. La mesa, de gruesas patas de madera pintadas de blanco, soportaba una piedra  de mármol que parecía la lapida de una tumba. Ángel sintió un escalofrío que trató de ocultar. Una caja de madera, un frasco con un liquido amarillento, un escobillón, un cargador... y la pistola del nueve largo parcialmente desmontada, reposaban sobre la piedra. Gema vio los ojos de Ángel y exclamó...
-¡Por dios, Tomás, recoge eso!
-Enseguida acabo, no te preocupes. Pero continuó a lo suyo con parsimonia.
-Venimos a traer el regalo de la chiquilla, un traje de bautizar, y a comunicaros que Ángel no puede ser el padrino.
-¡Que desilusión! ¿Entonces? Preguntó Gema con un mohín de disgusto.
-Ayer por la mañana vino a verme a casa tu hermana Juana -continuó Sofía mirando a Tomás- y me acusó de ser tú amante, no sólo eso... me llamó, fulana. Creo yo que la única persona que tal infundio puede haber vertido, eres tú.
-¡Virgen santa, Sofía. Exclamó Gema.
-¿Cómo puedes afirmar tal cosa, y por que motivo? Dijo Tomás colocando el cargador del arma con un golpe seco.
Ante el chasquido, la mujer del policía saltó como un resorte, con ambas manos apañó de cualquier forma lo que había encima de la mesa y lo metió dentro de la caja, agarró la pistola por el cañón,  y haciéndose con ella, la introdujo así mismo en la caja que tapó y colocó encima del armario. Ángel, que hasta el momento había permanecido en silencio, se dispuso a hablar. Parecía como si la desaparición del arma le hubiera infundido los ánimos que en realidad le faltaban.
-No sabemos los motivos, pero yo si que puedo afirmar con rotundidad que has sido tú. Lo que tú hermana le dijo a mi mujer, ya lo había escuchado yo de otra persona. En realidad estaba deseando hablar contigo a solas. Mi mujer no tenía por que sufrir la humillación de semejante y burda mentira. Ahora, aquí mismo, quiero saber por que andas contando eso a tus compañeros.
Tomás pensaba aprisa. En realidad, le hubiese gustado mucho decirle a aquel chulo la razón por la que lo había hecho; “por que tu te estás tirando a mi mujer” y luego pegarles dos tiros a cada uno de ellos y volver el arma contra sí. Pero sería demasiada sangre y siete chiquillos sin padres. Opto por la mentira, la negación del echo a sabiendas que el corporativismo le salvaría el culo. Si, sus compañeros callarían y nadie podría demostrar nada.
-Ni he sido yo el que ha lanzado ese rumor, ni tenía nada que ganar con ello. A ambos os he considerado mis amigos, por encima de los que en realidad lo eran. No tengo más que decir.
-Eres un farsante, bien sabes que, a poca gente conocemos con el trato suficiente y confianza para que me levanten esa calumnia. ¿Tenías envidia de nosotros? ¿Qué te he hecho yo o mi marido para semejante acción?.
-No me calientes, Sofía, te digo que yo no he sido y basta. Demuéstrame que tienes razón... si puedes.
Todo podía haber acabado allí mismo y en aquel momento. Sólo con qué los protagonistas admitieran su culpabilidad. Pero la verdad entrañaba riesgos. ¿Iban a admitir Ángel y Gema, que ellos eran los amantes?  Ángel no se quitaba del pensamiento la pistola que estaba encima del armario, y por tanto, calló. Gema, aunque había olvidado el arma, también pensaba que a su marido le invadiría la rabia, los celos y la mataría allí mismo. No pensó ni por  un momento que él fuera el culpable del rumor y mucho menos si podía o no ser cierto. Pensaba en sí y en sus hijos; calló. ¿Y Tomás?. Tomás veía como aquellos dos seres concupiscentes callaban también. Eran culpables sin duda; Con las cabezas bajas, mirándose a hurtadillas, lívidos y sin articular palabra. Veía que con su mala acción había convertido a aquella pobre mujer, en un manojo de nervios, de ojeras pronunciadas, causadas sin duda por el inmenso dolor de la injusticia que se cebaba en ella. Pero también calló. A ella sola, le hubiese pedido perdón. Pero el asco que sentía por su mujer y el odio que sentía por Ángel eran tan fuertes, que le borraban de la mente todo rastro de arrepentimiento.
Sofía y Ángel habían ido allí, el uno, por obligación; con temor a lo que se pudiera descubrir. La otra, con una leve esperanza que, como era de esperar, resultó fallida.

Como habían acordado en el merendero, el primer paso estaba dado. Ahora, después de consultar con un abogado, habían interpuesto una demanda por calumnia, injurias y difamación.

-Por calumnia –dijo el abogado- porque con desprecio de la verdad, conocimiento de su falsedad y el deseo de difamar, imputa a la demandante un delito de adulterio. Por injurias, porque perjudica considerablemente al honor, la fama y el crédito de la ofendida. Por difamación, porque por medio de su palabra, ha hecho creer a cuantos le han querido escuchar que lo que decía era cierto. 

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