miércoles, 13 de noviembre de 2013

Audiencia Pública III.

Tercera parte.

Se celebró el juicio; palabras, palabras y palabras. Testigos comprados, testigos coaccionados, mudos testigos de no sé, no creo, no lo recuerdo... El señor juez, al que le sobraba experiencia, vio claro lo que sucedía, y queriendo condenar, no pudo sino hacerlo con levedad. Así y todo, algo era algo...

Pero veremos lo que sucedió desde el fin del juicio, hasta que se dio a conocer la sentencia.

El  viernes al anochecer, un hombre preguntó por Ángel en “Las cuatro bielas”. El bar a aquella hora estaba muy concurrido y era lugar de reunión de motoristas, chóferes y taxistas. En el pequeño local, las mesas de hierro y piedra de mármol estaban las unas tan junto de las otras, que apenas si había espacio para las sillas de redondo asiento. Los hombres, sentados espalda con espalda, formaban una revolución cuando uno quería levantarse, y si se marchaba, el asiento no tenía tiempo de enfriarse. Junto a la barra también era difícil encontrar un hueco y muchos eran los que queriendo entrar, al ver tanta gente se daban media vuelta desde la puerta. Casi todos tomaban vino tinto, de la tierra; unos en porrón, otros en medias botellas y los menos, andaban a chatos. Las frascas de donde se servía, se refrescaban en la bañera de zinc del mismo mostrador, mientras que un mozalbete, las iba rellenando en un cuarto pequeño que hacía de bodega. El humo de los que fumaban ascendía al techo, y éste estaba tan amarillento, como las fotos que colgaban de la pared. El dueño, que hacía años había tenido autocares de línea, había querido dejar en las paredes el testimonio de sus adquisiciones. Luego, y para dar gusto a sus parroquianos, fue colocando las fotos de todos aquellos vehículos que a su juicio eran más significativos. Contra lo que pueda parecer, el local no olía a tabaco ni a humo, olía a picadillo y albóndigas que cada poco salían de la cocina y que eran devoradas con fruición.
El tabernero no supo contestar a lo que aquel hombre le preguntaba, y lo envió a una de las mesas...
-¿Sabe alguno de ustedes donde vive el dueño del garaje de motos?. Es que lleva un par de días cerrado y tengo una avería...
-Yo sé que antes vivía en la Cuesta de Gracia -dijo uno
-Sí, pero hace mas de un año que se mudó - terció otro
-Yo no sé donde vive él -añadió alguien en la mesa de al lado- pero, sé donde vive una amiga suya...
Parecía que con el ruido de las conversaciones, nadie fuera de los de la mesa, podía enterarse de lo dicho, sin embargo, el silencio que se hizo fue tan notorio, que hasta los de la barra se volvieron a mirar que era lo que sucedía.
-Si tanta prisa le corre, vaya a Onésimo Redondo, bloque cuatro, quinto derecha. Allí le podrán dar razón.
-Muy agradecido. Adiós.
Los tertulianos retomaron sus conversaciones y solo alguno de ellos pensó en el tono peyorativo del individuo al decir “amiga”. Como quiera que el hombre había dado fin a su media botella, uno de los que estaba sentado a su lado y que al parecer era compañero de trabajo, le dijo...
-Oye Abdón, ¿vamos hasta la cantina de la renfe?. Te invito a otra media.
-Vamos para allá.
Comenzaron a andar despacio, comentando lo agradable que estaba la noche. Tomaron por una alameda paralela a la carretera general donde bastante gente que se hallaba sentada y en animadas conversaciones. En un momento dado, el acompañante de Abdón asiendo a este por el brazo, a la altura del codo le dijo...
-Oye Abdón, lo de la amiga del de las motos, ¿iba con segunda?.
-¿Por qué lo dices?
-Es que en un principio, eso fue lo que creí, pero luego  me pareció que recogías velas... ¿te acojonó el que todos se te quedaran mirando?.
-De pocas cosas me puedo acojonar yo a estas alturas, lo cierto es que se me escapó la lengua.
-Entonces es que hay algo, ¿verdad?
            -¿Sabes que fui legionario?
-No todo el mundo lo sabe, pero yo sí; tú me lo has dicho varias veces.
            -Sí, pero lo que no te he contado nunca es que el de las motos, como tu le dices, también lo fue. Te voy a contar una historia:
“En el primer año de la guerra, este Ángel, vivía en un pueblo donde su padre era el herrero. Cerca  de su casa, casi adosada a la herrería, estaba el cuartel de la guardia civil. Los guardias y unos falangistas del pueblo, se habían hecho fuertes junto con algunos soldados, que desperdigados por algún combate y no pudiendo reincorporarse a sus unidades, acertaron a pasar por allí y allí se quedaron. Desde aquél lugar dominaban un cruce de carreteras, por lo que para los rojos era de suma importancia el desalojarlos. Como tenían abundante munición y víveres, los asaltos que se habían tratado de hacer, resultaron inútiles. El grupo atacante pidió artillería, para de cuatro cañonazos, asustar o enterrar a los nacionales de una vez. Por lo que se ve, los mandos de aquellos milicianos, no teniendo nada mejor a mano, mandaron a uno que se decía capitán y que antes era zapatero remendón. A lomos de mulas llevó a los asaltantes un obús del setenta y cinco y munición en abundancia. Los cuatro servidores de la pieza, que con él iban, tampoco eran artilleros, por lo que todos, poco o nada sabían de alzas y trayectorias. Montaron gozosos la pieza y a ojo la apuntaron, calculando de igual modo el alcance y el ángulo. Lanzaron el primer disparo. El proyectil fue trazando su curva trayectoria para ir a caer treinta metros por delante de su objetivo; justamente sobre la herrería. Murió el pobre hombre que estaba trabajando en su fragua, su mujer que lo hacía en la cocina, y dejando un huérfano de trece años, cargado de odio y de rencor. No sé lo que pasó con el cuartel, lo que sé es que unos días mas tarde, un capitán de regulares se llevó al chico que comenzó su andadura militar como corneta”.
“Cuando en el año cuarenta y ocho, a mí me destinan a la segunda legión del tercio en Ceuta, ya lleva allí nuestro amigo unos años. Le apodan “Gas”, y es el puto amo del taller de mecánico. Algunos de los pocos oficiales que tienen coches o motos, saben bien de sus trapicheos con la gasolina del surtidor a su cargo, pero callan; reparaciones, neumáticos y depósito lleno gratis... Le apodan así por que siempre dice esa muletilla “dale gas, dale gas” cuando han reparado o están probando un vehículo. Le apasionan las motos y no hay en todo el norte de África mejores manos para los motores. Atraído por su fama, llega a Ceuta un libanés residente en Orán. En una camioneta y tapada con una lona trae una Harley-Davidson que necesita reparación. Nada mas verla, Gas se enamora de ella y piensa en la forma para que pase a ser de su propiedad. Le va dando excusas al libanés para no empezar la reparación. El objeto es que se quede sin dinero para así poder comprarle la moto. Era un poco iluso, pues al armenio el dinero le salía por las orejas.  Cuando se dio cuenta de que aquél no era el sistema, le dijo que le faltaban unos recambios sin los cuales nada se podía hacer. Aquellas piezas debían de venir de América, y recién acabada la guerra, era muy difícil. Pero aquél hombre no cejaba en el asunto, y como tenía contactos en Marruecos con algunos americanos influyentes, consiguió que los repuestos vinieran de Casablanca. Un día el coronel llama a Gas a su despacho. Cuando recibe permiso para entrar, encuentra al libanés fumando y en animada conversación con el coronel. Ya sabe lo que va a tener que hacer; reparar la moto y cuanto antes”.
“Y esto, no te lo vas a creer. Habían pasado aproximadamente un par de meses, cuando la misma camioneta que llevara la Harley volvió por el cuartel. Tapada con una lona llevaba otra moto, gemela de la que reparó al libanés y que agradecido se la regalaba”.
“Ángel pidió la licencia en el cuarenta y nueve, lo recuerdo bien porque justo tres años después me fui yo. Todo el mundo pensaba que lo suyo con el ejercito, iba a durar toda la vida; Había ascendido a sargento, tenía dinero y todo el mundo le hacía la pelota. Pero yo, que me hice amigo suyo, sabía el porque de su marcha. Lo sabía tan bien, que incluso por ello, nos enemistamos”.
“Había un morito que tenía un huerto como un vergel. Pequeño pero feraz, aunque ahora que lo pienso, todo allí era pequeño: una casa blanca y pequeña, un pequeño burro que daba vueltas a una noria sacando el agua que necesitaba, cuatro hijas pequeñas y una pequeña mujer.  En realidad la almunia no era suya, solo la trabajaba, por lo que a pesar de tener tanto, nada tenía. Gas y yo habíamos intimado con dos de sus palomitas; Aleya y Jacra. La mayor, que apenas contaba quince años, era la “al-habiba” de Gas y yo rondaba a la pequeña de la que estaba enamoriscado. Como quiera que las bocas eran bastantes y el dueño del lugar tenía muy controlada la producción del moro, pasaban, sino hambre, sí mucha necesidad. Esa necesidad; vestido y alimento sobre todo, era cubierta de cuando en cuando por Gas, que a cambio, recibía favores a los que el moro hacía la vista gorda”.
“Mi amistad con Ángel nació sin buscarla, y durante mucho tiempo la he maldecido. Ahora aún me queda resquemor, pero tengo que admitir, que él es así y que nunca va a cambiar”.
“A mí, la legión me ha servido, aparte de darme de comer cuando lo necesitaba, para dos cosas en esta vida; me dio el sentido de la disciplina, del honor y del compañerismo. Ya sé que suena un tanto panfletario, pero es la pura verdad. La otra cosa que me ha dado, o por mejor decir, que me ha resaltado, es el oído. El oído siempre ha de estar dispuesto y atento. Atento a la orden del jefe para de inmediato obedecerla, pues de ella puede depender la vida del pelotón. Atento a cualquier rumor, pues en el desierto, en esas noches oscuras en el puesto de guardia, sino no oyes el reptar del moro, puede que amanezcas con el cuello rebanado. ¿Quieres saber por te cuento esto? Verás; cierto día, nuestro amigo, debía de cobrar una deuda. Unos moros a los que de vez en cuando vendía gasolina, querían pagarle con grifa, a lo que Gas se negaba; él quería dinero contante y sonante. Se armó una trifulca, y los tres de las chilabas sacaron sus gumías. Ángel presume de ser hombre de pelo en pecho, además, el uniforme que lleva infunde mucho valor y no se arredra. Pero le dan un tajo en un brazo y presiente la muerte. Aquella noche yo estaba durmiendo la mona sobre la mesa de un tugurio cercano, pero el oído, siempre en vela, escuchó el grito... ¡a mí la legión, a mí la legión! Y la nebulosa se me disipó. Salí raudo a la calle y por el camino me quité el cinto. Di gracias por una vez de que algo de mi vestimenta me quedara grande. Lié un extremo a mi mano derecha y me abalancé sobre los moros largando cintarazos con toda mi fuerza. Pillados por sorpresa, uno de ellos recibió un golpe con toda la hebilla en plena cara y comenzó a sangrar, el segundo lanzamiento falló y solo acertó a tirar al suelo el fez del individuo, pero al siguiente no marré; le abrí la cabeza, el tercero se volvía a mí, y aunque la noche era oscura y el alumbrado muy deficiente, pude ver el brillo siniestro de su daga. Me lanzó un golpe de arriba abajo, que si no me aparto, me rebana en dos desde el cuello a la cintura. El quite lo hice echando un pie a tras, a la vez que mi brazo lanzaba de nuevo el cinto y que fue a dar en su mano. El golpe le hizo soltar el arma, momento en que yo aproveché para empujar a Ángel y salir a todo correr camino del cuartel. Ese fue el comienzo de nuestra amistad. Desde aquél día yo tuve un amigo para las francachelas, un amigo que siempre pagaba y que me decía su hermano. ¿Quieres saber el porqué de mi odio?.
           -Eso espero Abdón.
        -La Jacra es el azúcar que se saca del vino de la palmera, y así de dulce era la niña. Ojos grandes de un negro profundo, “axorcas” de metal en sus tobillos y sus brazos y el ovalo perfecto de su cara enmarcado por el “al-quiná”. Labios de alarije y cuerpo que se adivinaba aterciopelado, seductor y virginal. Un atardecer Ángel fue al huerto, llevaba regalos como de costumbre y el moro que regaba taponando o abriendo la “asagiya” aquí y allá según lo necesitaba, le dijo que en la casa ya su hija le había preparado el té. Fátima, su mujer, y Aleya, habían bajado a la ciudad con las dos pequeñas. Cuando me enteré de lo que ese día sucedió, quise matar a Gas, mas él juró y perjuró que fue Jacra, la que habiendo visto lo que Aleya hacía con él, quiso hacer lo mismo... y le entregó su flor.
“Él era guapo y rico, yo canijo y pobre, no me extraña su elección. Tres meses después de aquello, Gas se licenció y se vino para la península. Había juntado todos los permisos que nunca disfrutara en seis años, con lo que cumplió debidamente el contrato que con la legión tenía firmado. Atrás dejaba una morita con tripa y al que una vez le salvara la vida. Muchas mas cosas dejó sin duda, pero el miedo a las represalias le hicieron huir”.
                 -¿Así que no es la primera vez que el angelito la arma?
-El destino ha querido que nos encontráramos de nuevo. Yo sé de él, pero él no sabe que yo estoy aquí. Al dejar la legión estuve un par de años dando tumbos y sin trabajo fijo. Ya estaba dispuesto para volver a alistarme, cuando en la calle me encontré con un antiguo comandante. Él ahora es un alto cargo en el ferrocarril y con su recomendación me enchufaron. He comenzado una vida nueva; conocí a la que hoy es mi mujer, me casé y me dieron un piso. Estando en el balcón lo vi un día. Tú sabes como es el oficio de guardafrenos; siempre metido en esa pequeña garita, pasando frío en invierno y calor en verano, por eso, en las noches calurosas que paso en casa, saco muchas veces el colchón al balcón y duermo hasta bien entrada la mañana. Allí tumbado, oigo los rumores de las conversaciones de los que a las puertas de casa están sentados al fresco, veo las estrellas y respiro a pleno pulmón. Desde esta atalaya, en más de una ocasión he visto entrar en el portal de un bloque mas allá, a mi antiguo amigo. No tendría nada de extraño, sino fuera por que en el piso al que se dirige, nunca esta el marido de la dueña.
             -Y tú, ¿cómo sabes al piso que va?
           -Al principio pensé que vivía ahí. Luego me dije que era raro no verlo salir a la hora del trabajo, mas tarde comprobé que las visitas eran esporádicas y que duraban una hora más o menos. Cuando él llegaba la persiana de cierto dormitorio se bajaba y cuando se iba, se izaba de nuevo. Luego lo he visto abajo, esperando con su mujer a que bajara la querida con su marido y todos juntos ir de paseo. Sabiendo de qué pie cojea el tío, no hace falta ser adivino para aseverar que la mujer del policía armada es su amante.

             -Ahora que te he contado todo lo que querías saber y como estamos cerca de casa, mejor será que dejemos la media para otro día. Estoy pensando que mi “Fátima” está sola y seguro que espera un cariño.

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