miércoles, 13 de noviembre de 2013

Audiencia Pública V.

Quinta parte.

Cruzaron la carretera y pasaron junto a la iglesia bordeando el muro de piedra que la cerraba. Entraron en una de las estrechas calles flanqueadas por bloques de cinco pisos. La mortecina luz alumbraba bien, sin embargo, la placa que había en uno de ellos:
“Obra Sindical 18 de Julio
Grupo Onésimo Redondo
Año de 1950. Arriba España”
Torcieron a la derecha entre dos de los edificios para desembocar en una pequeña plazoleta donde vieron un grupo de personas se arremolinaban frente a uno de los portales. Se acercaron a ver que era lo que ocurría y preguntaron al ver sobre el duro suelo la figura de una persona tapada por una sábana. Un charco de sangre bastante grande había comenzado a espesarse. Al parecer el hombre, pues de uno joven se trataba, debió de tropezar al bajar por la escalera cayendo al exterior desde el segundo piso. La gente, inmisericorde con aquel al que no conocían decían:
-Muy fuerte fue el tropezón o muy dura tenía la cabeza para llevarse por delante la mampara de cristal de la escalera.
Y en efecto, junto al muerto podían apreciarse los cristales y los junquillos de madera, que del rellano al techo de aquel piso faltaban.
Todos esperaban a que llegase la ambulancia, y ningún vecino de la casa conocía al difunto aún caliente ni sabía que era lo que allí había ido a buscar. Eso era casi cierto, pues en el quinto derecha si sabían a que había ido. Aquel desgraciado, había tenido la mala ocurrencia de preguntar por Ángel el de las motos. Tomás, que fue quien abrió, dio media vuelta dejando la puerta abierta, cogió su pistola y se fue hacia allá de nuevo. El hombre que vio el arma y la cara del portador, salió a todo correr bajando los peldaños de cuatro en cuatro. Al llegar la segundo piso y viendo que su perseguidor le alcanzaba, apoyó una mano en la pared y la otra en el pasamanos, tratando con un impulso de bajar los nueve escalones a la vez. La fuerza del salto lo lanzó contra la mampara de cristal que da luz a la escalera, rompiéndose esta por efecto del golpe, y cayendo al vacío de cabeza. Tomás frenó en seco, y guardando la pistola, sólo se decidió a bajar las escaleras cuando ya algunos vecinos se asomaban a puertas y ventanas y otros corrían hacia el lugar.
-Dejar pasar a la autoridad- dijo uno al ver acercarse a Tomás. El policía se agacho y trató de mover un tanto el cuerpo del moribundo asiéndolo por el hombro. La sangre que manaba a borbotones por su frente, arrastró la arena y algunas piedrecillas que se habían pegado a su mejilla. Lo soltó de inmediato y pidió -que alguien traiga una sábana, aquí ya nada se puede hacer por él. Voy al bar a llamar por teléfono a la ambulancia y a mis compañeros.
Pero Tomás tenía turbio el pensamiento. A la mañana siguiente el juez iba a dictar sentencia sobre su caso y más tarde o más temprano se sabría que aquel desgraciado había llamado a su puerta, que él lo persiguió con la pistola en la mano y que había hecho un disparo. Estaba bien seguro que no le había dado, pero el hombre murió por que él lo había perseguido. Estaba harto, lo iban a condenar sin duda por haber presumido de hacer, lo que a él le habían echo. Y ahora también le acusarían de la muerte de aquel hombre. Homicidio involuntario, en el mejor de los casos. Su vida estaba rota y todo por aquel mal nacido, aquel chulo de mierda que a aquellas horas estaría tranquilamente en su casa. De perdidos al río. Era lo que tenía que haber hecho en cuanto se supo un cornudo; descerrajarle un par de tiros. Pero se los daría ahora. Llamaría a la puerta y en cuanto apareciera ¡pam, pam! Y a tomar por el saco. Luego... que más da.
Pasó junto a la iglesia. ¡Que sombría parecía!. Si, con la oscuridad que reinaba, tenía algo de tétrica. Durante todo el día, el sol no había sido capaz de calentar las frías piedras de granito y tal vez, era aquel frío el que impedía a los fieles acudir regularmente a los oficios. A algunos les daban respeto los cenotafios adosados a las paredes, y todos parecían tener la impresión de que, ella, la iglesia, no quería estar allí. No era de extrañar, durante trescientos años, había permanecido en un otero desde donde divisaba las casas del pueblo. Justo detrás estaba el cementerio, con el polvo y los huesos de generaciones enteras. Seguramente eran aquellos muertos a los que echaba de menos. Gentes que a su sombra tuvieron cobijo, habían nacido, crecido y muerto. Entonces, antes de que todo lo cubriera el agua del pantano, la campana de su torre llamaba con su alegre tañer para celebrar bodas, bautizos y sus dos romerías anuales. Los viejos, siguiendo antiguas costumbres, salían a fumar a la mitad de la misa, y al acabar ésta, se saludaban con afecto aunque se veían casi a diario. A la sombra de los soportales recitaban el catecismo los niños, las mujeres adornaban con guirnaldas las columnas el día de la patrona y al atardecer, las parejas de novios acudían a sentarse en las bancadas de piedra donde se prometían amor eterno. Los viernes de mercado, desde muy atrás en el tiempo, venían pasando por el lugar vendedores ambulantes de frutas, enseres y cachivaches varios, sacamuelas, saltimbanquis, charlatanes...  Ahora, en aquel lugar a donde la habían trasladado piedra a piedra, desentonaba con el paisaje. Se veía como un postizo, y el interior, otrora luminoso, parecía tan gris y tan viejo como por fuera. El día de la consagración, la iglesia estuvo llena, pero solamente ése echo ocurrió por ésa vez. Luego, los feligreses casi desaparecieron y hasta el señor obispo se vio en la necesidad de  cambiar al cura acusándole de hacer poco proselitismo.
Tomás, de nuevo con la pistola en la mano, se dispuso a atravesar la carretera. Su cabeza, que siempre había regido sus actos si no con sabiduría, sí con perspicacia, estaba ahora obnubilada. Odio, hastío, rencor, miedo, asco, cansancio... .
Las luces de las calles y las placitas eran abundantes y brillaban también mucho más que en su barrio. Hasta el olor era diferente; a jazmín aquí, a rosas allá, a azucenas acullá...  Claro está, en semejante lugar, solo podían vivir gentes como el dueño de la fábrica de cervezas, que a su vez era el alcalde, el director del hospital y alguno de sus médicos, el Jefe Provincial del Movimiento... y también...  Ángel. Aquél cabrito, chulo de mierda que no se sabía de donde sacaba el dinero. ¿Acaso daba para tanto, la venta de cuatro piojosas motos?. ¡Maricón! ¡Ya te voy a dar yo a ti para que andes poniendo los cuernos a la gente! ¡Hijo de Satanás! ¡Lo que es a mí, me la jugaste bien, pero te voy a sacar las tripas por los agujeros que te voy a hacer, maldito cabrón!.

La casa no era muy grande; un pequeño jardín delante de la entrada principal y otra entrada posterior que daba al garaje, cuatro habitaciones, una cocina pequeña con despensa, un baño, un servicio y una sala de estar. Comparada con la que habían dejado en el barrio: un palacio. Comparada con algunas de su entorno: un quiero y no puedo. Pero para Sofía era el paraíso. Paraíso ya lo era la otra casa y solo tenía dos habitaciones y un retrete. Pero, para una antigua expósita como ella, cualquier cosa, siendo suya, era mejor que la inclusa.
Cuando la campana sonó, la madre tornera giró la rueda y el capazo con su contenido quedó dentro del convento. Las monja que lo eran de clausura, pasaban tanta o mas hambre dentro del convento, que aquellos que estaban fuera, pero ama de cría no le faltó a la niña, y cuando fue siendo mayor y estaba en la inclusa, ningún domingo dejo de ir a ver a las madres, que se las arreglaban como podían para hacerle bizcochos o pastas. Iba a cumplir los dieciocho años Sofía, cuando conoció a Ángel. Nunca había abandonado el hospicio y a estas alturas se la podía considerar como la gobernanta. Tenía buena mano con los críos y administraba los escasos recursos honrada y sabiamente, además, su buena educación y sus maneras, inclinaban a algunos próceres  a la misericordia, con lo que los niños podían comer y vestir mejor.
Una tarde, los incluseros, todos de mandilón a rayas y pelo al cero, hicieron una excursión. Abriendo la marcha iba Sofía con los mas pequeños y la cesta de la merienda bajo el brazo, luego, un par de monjas de blanca toca, procuraban que no se les desmandaran mucho los que en fila de a dos y cogidos de la mano bajaban camino del río. Llegaron a un pequeño soto donde el río hacía una curva y que con las crecidas había conformado una playa de arena.  Los niños se quitaron los mandilones y corrieron a mojar sus pies en el agua mientras a la sombra Sofía extendía una manta. Aunque el agua apenas si les llegaba a las rodillas a los mas pequeños, las dos monjas vigilaban. Luego de bañarse correr y jugar cuanto quisieron, llegó el turno de la merienda. Con la experiencia que da el saber, que si te sales de la fila, pasarás ocupar el último lugar, ni uno solo la abandonó y ni falta hubo de decirles lo que tenían que hacer. Las monjas repartían el bocadillo de sardinas en aceite y un par de ciruelas, mientras, Sofía se fue a dar un paseo por la orilla. Fue entonces cuando lo vio. Aquel hombre de torso fuerte y desnudo, se afanaba en sacar brillo a los niquelados de una imponente motocicleta. A ella le dio “un no se que” y se giró para volver por donde había venido, pero los chinarros bajo sus pies la delataron. El hombre se volvió y al verla quiso entablar conversación.
-Buenas tardes muchacha...
-Hola buenas tardes- dijo ella un tanto azorada-
-¿Estas sola?. No te vayas mujer, que yo no me como a nadie...
-No, es que tengo allí a los niños...
-¡Ha! Es que estas casada... ¿tan joven?
Entre que se deshizo el malentendido; que si me llamo tal, y yo cual, que qué bonita es la moto, que cuando quieras te doy un paseo, pasó un buen rato sin que ninguno se diese cuenta. Los niños y las sores venían en su busca por lo que la despedida fue corta...
-¿Cuándo te puedo volver a ver?
-No sé. La semana que viene volveremos...
Un año después de aquel encuentro, Ángel y Sofía estaban casados.

En la casa parecía no haber nadie. No se veía ninguna luz por las rendijas de las persianas que permanecían bajadas. Cruzó la cancela y llamó al timbre no obstante. Podían estar ya en la cama, aunque era temprano. No insistió en la llamada y pensando que quizá hubiesen ido a algún sitio, se decidió a esperar. Se sentó en uno de los escalones del porche. Desde ese lugar podía ver a ambos lados de la calle y si venía el dueño, agazaparse tras el boj para sorprenderlo y matarlo. A aquella muerte le iban a añadir la premeditación. No era como si llegase de pronto, ofuscado y le descerrajase los cuatro tiros. Pero, ¿por qué se estaba buscando atenuantes?¿Acaso no estaba decidido después al suicidio?. Pasaba de la hora y media de espera y ya estaba cansado. Sus compañeros y quizá el juez, estarían junto al cadáver de aquel hombre, preguntándose que sería de Tomás. Le habrían preguntado a su mujer y ella, quien sabe lo que diría. Quizá tratara en un primer momento de entretenerlos, esperando a que él llegase y se explicase, más con el tiempo y la extrañeza de los otros, acabaría confesando. No tenía escapatoria. Comenzó a andar sin una idea fija en la mente pero sí en el subconsciente; los pasos se dirigieron a casa de su padre. Allí tenía refugio seguro; el viejo nada diría y mucho menos su hermana. Se escondería en la bodega, en aquel tonel que según su padre, había servido cuando la guerra, para dos topos de distinto bando; primero escondió a un cura -quien lo diría- y más tarde a un republicano. Juana le mantendría informado y él podría dar rienda suelta a su venganza en el momento oportuno.
En la casa, el viejo Tomás estaba en la cama con un ataque de gota y su hija Juana, no veía modo de acomodarle unos almohadones bajo el pie enfermo. Hasta el aire que desplazaba Juana molestaba al viejo cascarrabias que, como solía hacer, soltaba sonoros tacos en contra del clero y hasta de la corte celestial.
-Unas perdices, unas perdices –decía la hija que remedaba al padre con ironía, ¡toma perdices!. Ya estoy cansada de advertirle que no puede comer ésas cosas, para usted se acabó la caza, el marrano y el vino.
-Calla de una vez pécora y lárgate de aquí, o te tiro el orinal a la cabeza.
Pero ella continuaba zascandileando sin dejar de hablar –unas chuletillas de cordero, mollejitas, un poco de adobo... se acabó y sanseacabó, aunque me lo pida de rodillas no le vuelvo a guisar carne, acelgas es lo que va a comer. La única manera de que por lo menos la mujer callara, era que sucediese algo imprevisto... y ese algo ocurrió; Juana escucho el ruido de la puerta de la calle y bajó extrañada pensando que haría allí su hermano. Ni por un solo instante, a pesar de la extrañeza, pensó en equivocarse, estaba bien cierta de que era él el que entraba.
-¿Cómo tú aquí? -Pero viendo que iba con los pantalones y la camisa del uniforme, intuyó algo malo -¿sucede algo?
-No sé, he venido a cenar.
-Bueno, pues pasa a la cocina, que tengo preparados unos riñones al jerez, que te vas a chupar los dedos.
Se sentó en una silla carbonera que estaba en la cabecera de la mesa y cerca del fogón, esperando que su hermana le sirviese. Maldita la gana que tenía de comer; estaba distraído, ausente y su mente vagaba por la nada. Juana, de reojo, lo veía actuar como un autómata y le preocupaba en gran manera, el movimiento de su mano derecha sobre el bulto del pantalón. De sobra sabía que era la pistola lo que acariciaba, así que, sin parar de hablar, trataba de distraerlo mientras revolvía la comida puesta al fuego,.
-Pues padre está en la cama, ¿sabes?. Lleva dos días con el dedo como una berenjena y todo por que no quiere dejar de comer lo que no le conviene.
-Pues no se lo hagas.
-Ya sabes como es, además, hacía más de cuatro meses que no le atacaba. Por lo menos tan fuerte. Pero ya le estaba diciendo yo, que  a partir de hoy, en esta casa no se va a comer otra cosa que verdura, y de beber, agua de la fuente.
-Siempre dices lo mismo.
-Sí. Es cierto, pero esta vez va en serio. Toma, veras que buenos están, con lo que a ti te gustan... ¿quieres un poco de requesón para detrás?
-No. Trae una jarra de vino, del albillo, si queda.
-Si, queda medio pellejo, bajaré a la bodega.
-Mejor no, tengo algo que contarte, así que si lo tienes a mano, trae un poco de ése dulce de garnacha que toma padre y siéntate.
Juana fue al aparador y sacó un vaso, luego, de la fresquera cogió una jarra blanca de porcelana como de dos litros y lo puso todo sobre la mesa.
-Sabes que mañana el juez va a decidir mi futuro...
-¡Bah!, por eso no te preocupes, ese juicio lo tienes ganado... ¡con la de testigos que llevaste!...
-¡No digas tonterías Juana!, con solo dos que él llevó, les taparon la boca a los mariquitas de mis compañeros. Lo malo es que hoy la acabo de rematar.
-¡Por dios, Tomás! ¿qué es lo que has hecho?
-Te lo voy a contar todo desde el principio porque sino me va a reventar la cabeza. Escucha y no interrumpas...
-Hace un tiempo, Ángel estaba a deshora en mi casa a solas con mi mujer, concretamente en la alcoba. Lo sé porque, sin darle mayor importancia, tu sobrino me lo contó. Luego fui atando cabos; la marcha de esta casa, las miradas de complicidad entre ellos y, hasta el parecido físico entre la pequeña y ese adúltero.
-¿Que?
-Si, Juana. Tengo la terrible sospecha de que Angélica no es hija mía. Pero aún hay más; queriendo castigar a los culpables, me inventé una historia. Quise mancillarla a ella, a Sofía, para hacerle daño a él y pagar con la misma moneda. Una diferencia había no obstante; que su mujer... no es como la mía. Lance el bulo para que llegase a los oídos de él y me pidiese cuentas... si se atrevía. Dado ese caso, le echaría en cara su acción y si se terciaba, estaba dispuesto a descerrajarle cuatro tiros. Con ello lograría el castigo del desprecio de la gente hacia mi mujer, la muerte de ese chulo indecente y la liberación de mi alma atormentada. Pero cuando a mi casa vinieron a acusarme de lanzar el infundio, sentí lastima de aquella pobre inocente, pensé más que en mis hijos, en los suyos. Vi también las caras de los culpables que no fueron capaces, él; de tener coraje y hombría, ella; vergüenza y pundonor.
-Es cierto que en el juicio, ninguno de mis compañeros ha dejado entrever siquiera que fuera yo el que propalara tal cosa, pero, aunque no se pueda probar, todos cuantos allí estaban, saben que mentían. Ahora tengo miedo de que alguno de los que respondieron con evasivas, se vuelva atrás. Y es que, por mi culpa un hombre ha muerto. Estoy seguro de que yo no lo maté, pero si que fue por mi culpa y ellos, si no lo saben aún, lo sabrán. En cierto modo, él se lo buscó; tuvo la desfachatez de ir a mi casa preguntando si allí vivía una “amiga” de Ángel. Pensé que iba buscando una cita y lo corrí escalera abajo con la pistola en la mano. El muy estúpido chocó contra la celosía de cristal de la escalera, cayendo al suelo desde el segundo piso.
-¡Oh dios, que equivocada estaba yo! Me creí lo que se decía, y se lo fui a echar en cara a Sofía. ¡Que razón tenía cuando me echó de su casa!. Y tú, ¿cómo pudiste inventar esa patraña?¿Es que tan seguro estás de la infidelidad de tu mujer?¿Tanto crédito te merece la palabra de un niño, que además nada ha visto? ¿No crees que has sacado las cosas de quicio por unos celos absurdos? ¿Cómo no va a ser tuya la niña, si se gestó en esta casa?. Hasta que os marchasteis de aquí,  pongo la mano en el fuego por la honradez de Gema, y después también, faltaría más. Hermano, has sido un estúpido que ha cometido error tras error y todos muy graves, pensemos como deshacerlos.
-Nada tiene solución ya...
-¡Cómo puedes decir tal cosa! ¡Ni se te ocurra arrugarte ahora! El juicio lo vas a ganar... y a ese hombre, tú no le has hecho nada. Nadie te va a culpar. Aunque, por si acaso, mejor pensabas que sucedería, si antes de conocer el veredicto, pidieses perdón.
-Reconociéndome culpable e implorando el perdón de Sofía, tal vez no me condenaran, pero aún queda lo más importante; sigo creyéndome engañado y odiando a los causantes. Luego, está el muerto.
-Pero, ¿que fue a buscar a tu casa esa persona...?
-Me preguntó en mi misma cara que si allí vivía la amiga de Ángel.
-¿No lo malinterpretarías? ¿Acaso no erais amigos? ¿Tu crees que alguien que va con torcidas intenciones, no se acobarda al ver en la puerta a un policía armada?. ¿Y si ese policía le apunta con un pistolón, que hará él?
-No me atormentes más, Juana, a ver si encima de muerto, el jodido iba a ser inocente.
-Pues yo creo que eso es lo que era; alguien que algo iba a preguntar y tú hiciste que se cagara de miedo.
-Déjalo ya Juana, estoy cansado. Dame una manta que hoy dormiré dentro del tonel de la bodega y mañana hablaremos. Si alguien, sea quien sea, pregunta por mí, procura sonsacar todo lo que puedas y le dices que hace días que no me ves.
-Si, pero dame la pistola, yo la guardaré. No quiero que por casualidad venga alguien y te líes a tiros empeorando las cosas.
La hermana fue a buscar lo que le pidiera mientras él cogía una vela de un cajón. Luego, asiendo una argolla que estaba en el mismo suelo de la cocina, levantó la tapa de madera apareciendo una escalera que se dirigía al fondo. Bajó unos peldaños y tanteó la pared hasta que encontró la llave de la luz. Al momento y con la débil luz de una bombilla se ilumino la estancia. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra pudo distinguir el contenido de la sala. Era esta rectangular, un pasillo central bastante amplio separaba los grandes toneles de los que había tres a cada lado y un par de barricas.  Junto al inicio de la escalera y en una meseta a la derecha, estaban los pellejos, y en la meseta de la otra mano un estante con botellas vacías y bastantes telarañas. Había también tinas y jarras de distintas capacidades y distintos materiales. Parecía que el amo de la mansión tuvo muchas viñas, o que la casa hubiera sido almacén de vinos o taberna.
Tomás se dirigió a una de las cubas y apoyo su mano en un clavo que parecía unir el zuncho de hierro a la duela. La tapa del tonel se abrió sin apenas ruido impulsada por un resorte, encendió la vela y alumbró el interior; dentro había una catre y una repisa con una palmatoria. Echo las mantas sobre la cama y dio una voz a su hermana para que apagara la luz, colocó la vela, acciono de nuevo el resorte y se dispuso a dormir. Sabía que no lo conseguiría, su mente emitía imágenes a toda velocidad y ninguna buena...
 -“Condenamos al demandado Tomás Valcárcel Aranda, por un  delito de injurias, a la pena dos meses  y un día de prisión,  al pago de las costas procesales, así como al pago de diez mil pesetas de indemnización a la demandante Sofía María Expósito”.“La pena de prisión podrá ser canjeada por la de un año de destierro”.
-Señor juez, la parte demandante desea que la indemnización a que tiene derecho, sea abonada a una institución benéfica, muchas gracias.
-Señoría, mi defendido, acogiéndose a la ley, quisiera reclamar el perdón de la ofendida.
-¿Y ha tenido que esperar a conocer el veredicto para ello? ¿No hubiera sido mas caballeroso el haberlo hecho primero?. Si, sin duda lo habría sido además de menos costoso. Pero como la ley estima, que el culpable quedará relevado de la pena impuesta, mediando el perdón de la ofendida, no tengo más remedio que preguntar:
-¿Está dispuesta la parte demandante a conceder el perdón a la parte demandada? y, ¿comprende la demandante, caso de conceder el perdón, que el condenado dejará de serlo?
-Si, lo comprendemos y esperamos la súplica del condenado para actuar en consecuencia.
-Hable pues el condenado.
-Gracias señoría. Sofía, te pido perdón por todo el mal que te he causado. Nunca creí que machada semejante por mi parte, pudiera llagar tan lejos. Todos los hombres suelen jactarse de sus aventuras y, no teniendo yo ninguna, en mala hora se me ocurrió semejante barbaridad. Te ruego me perdones.
-Tiene la palabra la ofendida.
-Hora es en que los hombres, si lo son, dejen de ufanarse de lo que dicen hacer, sin hacerlo. No solo a mi me has hecho daño, también a toda mi familia y eso... no lo voy a consentir. No te perdono y deseo que la ley se cumpla.

Aquello significaba; la perdida del trabajo, la prisión, el escarnio. Y todo ello, ¿por qué?. Simplemente porque como cornudo, solo le faltaban los palos. Se levantó, de dos patadas rompió las tablas del catre, luego, desenrolló de los largueros la cuerda que servía de colchón y se fue decidido hacia una viga. Hizo un nudo corredizo, ató un extremo a la espita de un tonel y dio un par de vueltas a la viga con el extremo donde estaba el nudo. La horca quedó lista.

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