miércoles, 13 de noviembre de 2013

Audiencia Pública VI.


Sexta y última parte.

Mientras todo aquello ocurría, la ambulancia y la  policía habían llegado al lugar del accidente. Los sanitarios depositaron al hombre en una camilla y limpiaron un poco su cara. A pesar de la escasa luz que arrojaba una farola y de que los guardias habían ensanchado el circulo inicial que formaba la gente, Abdón y su amigo reconocieron al difunto.
-¡Mira Abdón, es el del bar!
-Ya lo veo, ya lo veo. ¿Qué coño ha pasado aquí?
-Será mejor que nos larguemos, no nos vayan  a meter en el ajo.
-Vete tú si quieres, yo les voy a contar lo que sé.
-¡Pero si no sabes nada!
-Sé a que vino, por que vino y quién lo mandó. Algo resolverán con ello.
-Que cabezón eres. Me quedaré contigo para apoyar tú declaración.

Gema había bajado, como muchos de los vecinos, hasta el portal. Buscó llena de intranquilidad a su marido al que no veía y, no atreviéndose a preguntar a nadie por él ya daba media vuelta cuando uno de los policías que iba de paisano la reclamó:
-Oiga, señora, ¿usted no es la mujer de Valcárcel?
-Si, lo soy.
-Hola, buenas noches. Soy el comisario Aranda, de la comisaría del centro. Me parecía cara conocida, pero no estaba seguro... ¿Y Tomás, que está, de servicio?
-No, ya salió a las ocho.
-¡Ha!, entonces ya estará en casa, ¿y como no ha bajado con este jaleo, o es que no está?.
-No, no está. Bajó al oír el ruido pero no lo veo.
En aquél momento uno de los uniformados que había estado hablando con Abdón se acercó al tal Aranda reclamándolo aparte. Comenzaron a cuchichear mientras sus miradas iban de los dos ferroviarios a Gema. Ésta, sintiéndose un tanto molesta, se dispuso a marcharse.
-Por favor, puede esperar un minuto, desearía hablar con usted- dijo Aranda.
-Es que tengo a los niños solos –se disculpó Gema.
-Un segundo, por favor. Bien, perdone la intromisión del compañero... esto... me decía que había oído un ruido...
-Si, de cristales...
-Y su marido, aún estaba en casa, o ya había salido...
-No podría decirle con exactitud, yo estaba preparando la cena y la niña pequeña comenzó a llorar, me fui a la habitación donde tengo la cuna...
-Y, el ruido de cristales, ¿no fue precedido por otro? ¿cómo de un disparo?
-Pues no me doy cuenta. Mire, tengo cuatro niños en casa y están solos, tengo que irme.
           -Vaya, vaya, no se preocupe. ¡Ha! Y cuando vea a su marido, dígale que mañana se pase a verme al despacho. Quizá él haya visto algo o tenga alguna idea de este asunto. Gracias y encantado de saludarla.

Pasadas las doce de la noche, al otro lado de la carretera, Ángel y Sofía se apeaban de la moto. Parecían cansados, como si vinieran de lejos. Y es que el hombre, temiendo la reacción del guardia, había convencido a su mujer de que lo mejor era abandonar la ciudad, buscar un local donde establecerse en otro lugar lejos de allí. Era duro ahora que todo les iba bien, pero la sombra de la duda, aunque ganaran el juicio, permanecería durante mucho tiempo en la mente de los vecinos, y aunque ellos podían ir con la cabeza muy alta, habían de pensar en sus hijos y en el trabajo que había comenzado a escasear quién sabe si como consecuencia de aquello.
Sofía contempló su casa con lagrimas en los ojos, al día siguiente y sucediese lo que sucediese, ellos se marcharían. El taller se lo traspasaban al ayudante Antonio, los niños ya tenían buscado colegio, la nueva casa estaba esperando los muebles y el negocio se pondría en marcha en cuanto llegasen.

¡Mañana!. ¡Cuantas cosas iban a ocurrir mañana!. Una cita en la comisaría, una cita en el juzgado, quizá un viaje hasta la cárcel, quizá al destierro, un viaje a otra provincia, un funeral...
Al comisario Aranda, no le gustaban las cosas raras; raro le parecía que un policía, tras presenciar un hecho como el sucedido, desapareciese. Raro el que fuese en el portal de su misma casa. Muy raro que algunas personas oyeran un disparo y que alguno de los cristales, que montaron como un puzzle, mostrase la huella de un proyectil. Muy raro que el difunto, a quién nadie conocía, fuese a aquella casa preguntando por alguien, con el que el dueño tenía un pleito y saliese... eso; difunto.
-Aquí el raro no es otro que Valcárcel y va a tener muchas cosas que explicar. Pero como no es menester levantar la liebre, lo cogeremos en el juzgado si antes no viene por aquí. Quedamos en que a las once será el fallo, ¿no?. Bien.

El palacio de justicia es un recinto rectangular, tiene un patio también de la misma forma, con dos plantas que posen arquerías del orden toscano, muy acorde con la finalidad a que está destinado. Bastante antes de la hora señalada, Ángel y Sofía se encontraban estratégicamente situados en la segunda planta. Desde allí  podían ver el patio interior, la escalera y la puerta de la sala donde debían entrar. La escalera estaba tan transitada como un día de mercado; estudiantes de abogacía que acudían a presenciar juicios, un preso esposado y acompañado por la guardia civil, abogados dando las últimas recomendaciones a testigos y clientes, una numerosa familia gitana, curiosos... En la arcada de enfrente una señora sostenía un rorro sentado sobre la balaustrada y le hacía carantoñas. De pronto la puerta que estaba frente a ella se abrió y comenzó a salir gente. Una joven corrió a abrazar a la que parecía su madre. Cuchichearon. Instantes después la señora buscó a alguien entre los que ya bajaban la escalera. Divisó a un sacerdote que a grandes zancadas comenzaba a cruzar el patio, entonces comenzó a clamar...
-¡Sinvergüenza, como te atreves a decir que no es tuyo, si tiene tu misma cara! –y levantaba al niño asiéndolo por los brazos a la altura de la axilas para que todo el mundo lo viera. ¡Tienes que reconocerlo, corruptor, aprovechado, más que sinvergüenza! –Pero el cura ya había desaparecido y la chica era el blanco de todas la miradas.
Vieron llegar a Tomás y Gema que se quedaron junto a la puerta de la sala. Unos minutos después, un abogado se despidió de otros dos, con los que estaba hablando y se acercó a la pareja. A poco llegó el de Sofía a todo correr y en el preciso instante en que el hujier de la sala, abría las puertas y llamaba a audiencia pública.
La estancia, de paredes encaladas, denotaba demasiada austeridad; sólo la pared tras la mesa del tribunal estaba ornada con un crucifijo y los retratos del Caudillo y del jefe de la Falange. Un pasillo central separaba bancos a derecha e izquierda. Las últimas filas fueron ocupadas enseguida por estudiantes y algunos paisanos, mientras que las primeras lo fueron por conocidos o familiares  del encausado. Cuando ya se iban a cerrar la puertas entraron varios policías uniformados y el jefe Aranda. 
La pena que el juez impuso, distaba algo de la que el abogado de Tomás pensó. Así, en vez de condenar por injurias, lo hizo por difamación con agravamiento de la responsabilidad por ser cargo publico. Así, en vez de los dos meses y un día, le impuso un año y multa de quince mil pesetas e inhabilitación para cargo público por cinco años.
Tomás no oyó nada de destierro o de perdón. Tomás, que había pensado mucho durante la noche, estaba de pie sin escuchar al juez que le hablaba. Giró la cabeza para comprobar si a su enemigo, sí, su enemigo, le producía placer.  Notó serios a ambos, marido y mujer. Era igual, su mano se deslizó hasta el lado del corazón por debajo de la chaqueta, para aparecer con un revolver. Sonó un disparo y Ángel cayó al suelo con un agujero en la frente –por hijo puta –exclamó y acto seguido miró a su mujer y le descerrajó otro que le entró por el lóbulo parietal izquierdo- por fornicadora-. La gente había quedado muda y paralizada con el primer disparo, pero al oír y ver el efecto del segundo, gritaron y se echaron al suelo. Los policías también se agacharon en un principio, pero ahora ya estaba sacando sus armas de la funda. No les dio tiempo para mucho pues Tomás ya apuntaba al juez diciendo: por no saber discernir la verdad de la mentira- y le soltó un plomo en la frente. Raudo volvió el arma contara sí y apoyándola bajo la quijada, disparó. El techo de la sala era bastante alto, pero hasta allí salpicó la sangre.



Fin

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