sábado, 30 de noviembre de 2013

El Hombre Vacío.




Tomé el expreso una noche de otoño húmeda y que barruntaba agua. De esa agua menuda que en algunos sitios llaman calabobos, en otros sirimiri, orvallo en gallego, y en mi tierra orbayu. Tal vez, cuando el tren llegara a más altura, arriba en el puerto, apareciera la nieve. No me importaba demasiado, los coches cama suelen ser confortables, de pulcras sábanas y diligentes mozos.

Acomodé la vieja bolsa de cuero en la que transportaba el equipaje, y el maletín lleno de información; propuestas, calculo de costos etc. Ya desprovisto del gabán, salí al pasillo cuando el tren circulaba camino de Oviedo. Allí me encontraría con el Hombre Vacío, un compañero al que yo apodaba así ante el desconocimiento que de él tenía.

Sesenta años y a punto de jubilarse tras haber sido casi todo en aquella multinacional. Ahora, caído en desgracia, nadie sabía el motivo, hablaban de connivencia, se dedicaba a vegetar esperando el día en que eso sucediera.
Ya sabemos, por eso lo son, que a los trepas les van las alturas, y esos escaladores, fueron los que le condenaron al ostracismo para atemperar la estima de sus subordinados. Pero la categoría nadie se la podía quitar, por esa razón le dieron un despacho grande en la planta baja de las oficinas, y un trabajo vacío, por el que nadie preguntaba.

La mesa estaba en consonancia con el recinto; era grande como una mesa de billar, llena de papelotes, carpetas y algunos libros técnicos que formaban casi una barrera infranqueable. Recordé que los japoneses suelen trabajar sobre mesas pequeñas, un estímulo al trabajo, pues al no poder amontonar los documentos, no tienen más remedio que finiquitar lo que les van colocando encima.
A ambos lados y adosadas a las paredes, dos estanterías estaban cuajadas de archivadores de esos que van de la A, a la Z, y que tienen un agujero en lomo para el dedo índice.

Cuando recibía una visita, no muy pródigas por cierto, les hacía sentar a un lado, de otra manera hubiera sido imposible verse las caras, y haciendo que garrapateaba alguna cosa interesante, les hacía esperar unos minutos. Así les daba tiempo a leer los rimbombantes rótulos de las carpetas y que nadie comprendía en una empresa que se dedicaba al enlatado de pescado:  
Resistencia de Materiales 1; Comportamiento físico térmico bajo presión de la bauxita.
Resistencia de Materiales 2; Tratamiento nucleofisional de los aceros.
Comportamiento anodino de las sustancias preferenciales.
Lasermetría posicional. Etc.

Lo bueno del caso, es que todas aquellas carpetas estaban vacías. Tan vacío como el maletín porta folios que subió de su mano al tren. Aunque para ser exactos, estaba vacío de aquello que pudiera ser importante para las reuniones a las que íbamos a la central; dentro llevaba un par de camisas y una muda.

Me fastidia ser redundante, y hasta la palabra resuena en mi cerebro, pero es la pura verdad y así he de decirlo; el vagón iba casi vacío. Él, yo, el mozo... y una rubia que apareció por el pasillo proveniente de otro vagón y que acodándose en la barra frente a la ventanilla unos pasos más allá, quitaba el vaho del cristal para tratar de ver a través de aquella tenebregura.

Mi compañero, que la observaba por el rabillo del ojo, me dejó con la palabra en la boca cuando me interesaba por su presencia en aquellas reuniones, es que tengo una cosa por hacer, y se fue hacia la muchacha. Me quedé fumando pensativo, mientras estaciones de poca monta quedaban atrás y, a lo lejos, algunas luces aparecían y desaparecían de forma fantasmagórica, transformadas por las gotas de lluvia en el cristal. Al poco ambos se introdujeron en su departamento, en el de él, que ella, si es que lo llevaba, viajaba con billete de tercera. Al momento, el mozo apareció con unos botellines de Johnny Walker, otro de agua y dos vasos.

Por la mañana, antes de llegar a Madrid, ya estaba yo en el pasillo con la valija preparada, cuando se abrió la puerta para dar paso a la joven, fue en busca del mozo y le entregó lo que sin duda era su comisión.

Aquél compañero mío, acercándose, me preguntó como si acabáramos de dejar la conversación; ¿Que era lo que me preguntabas? Y yo pensé que sí, que era el hombre vacío, aunque ahora estuviera lleno. (Se entiende que vacío de materia seminal, y lleno de un inefable gozo)

4 comentarios:

Maria do Sol dijo...

Alfredo
Ainda que não seja muito difícil para mim entender na integra o castelhano, o conto, a determinada altura complicou-se. No entanto não deixei de me surpreender com a história do homem vazio que ainda se esvaziou mais durante a viagem. :-)
Um excelente cuentino, como sempre.
Melhoras para ti e para a tua esposa.
Abrazos

Humberto Dib dijo...

Me gustó, Alfredo, pero me explicas lo de ¿lasermetría posicional?
Un abrazo.
HD

Alfredo dijo...

María.
Pienso que hace mucho que no escribo un buen cuento, pero bueno, el caso es entretenerse.
En los viajes en tren, sobre todo en los de antes, ocurrían cosas que quizá hoy no sucedan. Nuestro hombre, vacío de inquietudes laborales, llenaba sus momentos de forma placentera.
Gracias por tú interés. Mi mujer está en el hospital desde el viernes, cuando sanen las heridas la operaran. Esperemos que todo vaya bien.
Salu2.

Alfredo dijo...

Humberto.
Difícil me lo pones, los rótulos de las carpetas son pura invención. Ahora bien, te daré mi mejor explicación para algo que que quizá no la tenga: ¿Pudiera ser una medición por láser, para determinar la posición de objetos varios?
Tu dirás.
Salu2.