miércoles, 4 de diciembre de 2013

Maltrato y Justicia.

No creo en la Justicia; ni en la Humana, ni en la Divina.  Respecto de la humana, soy de la misma opinión que Platón: La justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte. No creo que necesite demasiada explicación.

Respecto de la Divina dicen que, Dios castiga sin piedra ni palo, será verdad, no tengo suficientes elementos de juicio. A mí, siendo inocente, me tiene preso de por vida, humillado, escarnecido y vilipendiado. Hay quien dirá, que estoy en la cárcel porque así lo estimó la justicia de los hombres, volvemos a Platón, pero, ¿dónde está ese dios que no remedió lo irremediable?

El mío fue un amor a primera vista.  Un amor entregado, de esos de, dime si quieres la luna, que haré por bajártela. Y ella lo aprovechó; me convertí en su lacayo, en su esclavo, diría. Pronto sus peticiones dejaron de serlo, ya eran órdenes que acataba sumiso. Mi amor estaba por encima, y, aunque a veces trataba de oponer resistencia, al final siempre cedía. Bastaba una simple caricia, una palabra amable. Luego vinieron los insultos, las vejaciones; aguanta, que me dejas a medias, cuando hacíamos el amor. Y el reproche me carcomía el cerebro, haciendo que a la vez siguiente acudiera a ella con miedo, para derramarme cual impotente senil. Todo lo hacía mal, nada a su gusto...

Una mala tarde, discutimos, ella a voz en grito, amedrentando, parloteando sin cesar, sin dejarme meter baza, yo, cada vez más encendido y abochornado. Por un momento pesé en callarla de una torta, me levanté de la silla posiblemente con los ojos inyectados en sangre, cuando se acordó de mi madre muerta. Por un instante vi el miedo reflejado en su mirada. Cogió un cuchillo y amenazante se vino hacia mí. La mala suerte quiso que se resbalara y que cayera golpeándose con un canto de la mesa en la sien y con la cabeza en el suelo. Allí quedo tendida, muerta en medio de la cocina.

Los de la ambulancia a los que llamé, dieron aviso a la policía; aquí hay indicios de malos tratos, conjeturaron todos, y yo me hundí aún más de lo que ya estaba.

El jurado dictaminó que era culpable a pesar de que mi versión siempre había sido la misma. Nadie creía que yo fuera tan calzonazos como pregonaba. ¿Acaso no había muerto, portando el cuchillo con que trataba de defenderse? Una bofetada no deja huella, los vecinos, testigos todos, hartos estaban de oír reñir a la "pobre mujer".

¡Vaya unas pruebas! Pero mi abogado no supo convencerles. Era toda la opinión pública en mi contra; seudoinvestigadores televisivos, asociaciones de mujeres, vociferantes gentes a las que de nada conocía, ni nos conocían.

No, ella no merecía tamaño castigo, aunque fuera divino. Tampoco yo tamaña injusticia.


Si los ciudadanos practicasen entre sí la amistad, no tendrían necesidad de la justicia. Aristóteles.

1 comentario:

Maria do Sol dijo...

Hola Alfredo
Em Portugal dizemos que "Deus escreve direito por linhas tortas".Talvez se aplique de alguma forma a este conto.
Abraço