martes, 29 de enero de 2013

La Julianilla.


Es la Julianilla diminuta, de no muchas luces según dicen, y que a mí siempre me recuerda, aunque más guapa, a Mari Bárbola. Tal es el parecido en estatura y forma de vestir, aunque la diferencia estriba en que la Julianilla lo hace pobremente; negra falda, negra camisa, negra rebeca. Siempre con mandil, sobre la falda y bajo ésta, dos o tres enaguas, lo único blanco; alpargata de esparto medias gruesas, y pañuelo a la cabeza.

Tiene quince o veinte gallinas y un gallo llamado como aquel que fue a la boda del tío Kirico, cada cual con su nombre, y que son las que le procuran el sustento con la venta de huevos. ¡Misero ha de ser, y hambre ha de pasar!

Vive en una casa minúscula, como su dueña; puerta baja que casi toca el alero, cuatro escalones dentro, una estancia a la izquierda, la mejor, y que ella destina a gallinero. Frente a la escalera, una habitación con catre, baúl y armario; a la derecha, la cocina; una simple hornilla, la alacena y la mesa. Ni que decir tiene a que huele la casa.

Abre las puertas por la mañana para que sus gallinitas salgan y se busquen algo que levarse al pico, si acaso, un puñadito de trigo a la puerta para que recuerden bien quien las alimenta.

Es la calle estrecha, de tierra apisonada y sin aceras. Las casas, en un rellano tajado al cerro, no más de treinta. Las de arriba, alguna de dos alturas con corral al lado. Las de abajo, espalda con espalda, mirando al monte las unas, a los campos de trigo y al río las otras.

Desemboca la calleja en llanas tierras de labor, pero eso es más allá; en la cercanía, la era a la derecha, un muladar a la izquierda. Al lado contrario, la calleja confluye en otra ancha y pendiente que conduce a la ermita del santo. Son las edificaciones cercanas algo más modernas y de gentes con otra catadura. En la parte que va hacia el río, la fábrica de harinas, de ahí su anchura.

La Julianilla vive justo en el vértice que une la calleja y la calle de la cuesta. A partir de junio es normal verla bajar todos los días, pasar junto a la fábrica, e internarse en los campos. Espiga aquí, espiga allá, va llenando el mandil. Coge aquellas que a su paso por los caminos, doblan la cerviz hacia ellos. Pone a secar las verdes, y cuando todas están del color del oro, trilla a mano golpeando manojo a manojo contra los laterales del cesto. El grano se va abajo, luego al saco, y al baúl. La paja la guarda para alfombrar el piso de tablazón del gallinero, y que cuando esté bien cargado de gallinaza, recogerá la mezcla y cambiará por calabacines o tomates a aquellos que tienen huerto.

Hay en la calle una tienda, la única del barrio. En ella vede o cambia los huevos por vianda, aunque al señor Julio no le compensa. Tortilla de patata para cenar; con tomate o pimientos, con bonito o sardinas, de bacalao o chorizo. Le señora Genoveva ya no sabe como preparar los huevos que su marido no vende. Y es que la Julianilla también sirve a los vecinos. Todos, aunque pobres, quieren ayudar.

Ya casi son las nueve, hora de recoger. La mujeruca llama a sus gallinas que prestas corren hacia la casa; otro puñadito las espera. Morinda, Castaña, Pitusa, Clarita, Lagotera… va contando… Perico, Graciosa, Sultana… Ya han entrado todas, todas menos una.

- ¡Hay Dios, que me falta una! ¿Dónde estás mi Damajuana?

La más hermosa rolliza y ponedora, la que todos los años sale chueca y le da ocho o diez pollitos. Va en su busca, en todos los portales mira, a todos los que encuentra pregunta llorando. ¡Su gallinita, la más querida! Se llega hasta la era por ver si rezagada se ha quedado buscando grano. ¡Nada! Se va al otro lado, al vertedero, y allí entre ceniza, botes y miseria, encuentra las plumas. Alguien este día, cansado de garbanzos y sopas de ajo, ha comido carne.

Podía acabar aquí la historia, pero es menester contradecir a aquellos que la tildan de retrasada. Nariz por delante, husmea aquí y allá en busca del olor que delate al ladrón. A repollo o a lentejas recalentadas que sobraron de medio día, pero nada que huela a rico guiso de gallina. Baja la cuesta y se adentra por el caminito que da entrada a las casas de abajo. Aquí huele a caldo y a gallina en pepitoria. ¡Si lo sabrá ella!
Llama con los nudillos a la puerta. Ya abre la dueña que se siente sorprendida al verla, y su color macilento de por si, aún se demuda más.

- Tomasa, he perdido a mi Damajuana, ¿sabrás tú algo de ella?

- ¡Por dios, Juliana, ¿cómo he de saberlo?

- No sé, tal vez…

- En todo el día no he salido. Mi Fermín está en cama.

- Bueno, pásate por mi casa, te daré dos huevos, para que se tome las yemas con vino hasta que se reponga y pueda trabajar.

Y la Julianilla da media vuelta, a pesar de todo, ahora se siente feliz.

miércoles, 23 de enero de 2013

El leproso. .


 Caminando por los cerros de Calasparras se divisa la figura de lo que a lo lejos parece un peregrino, más, el sonido de la campanilla, advierte que no es monje ni penitente; es un leproso que arrastra su mísera existencia apoyando su diestra en tosca muleta. En la siniestra, larga vara rematada en cruz donde pende la esquila. Esclavina, jubón, calzas y hasta el morral son harapientos, pequeña calabaza al cinto y escuálido can, que camina al lado de su dueño.


Tres caballos galopan por el camino; de los montados, uno forzosamente a ha de ser mujer, pues lo hace a la jineta, otro abre el camino y el tercero guarda la espalda. El malato se aparta unos metros de la senda y mueve con presteza su esquila, advirtiendo a los que se acercan, que allí hay un apestado. Pero la dama, y pese a las advertencias de los caballeros que la acompañan, detiene su montura, pide ayuda para desmontar y se acerca al enfermo;

- Llevo prisa señor, pero eso no ha de ser obstáculo para tratar de mitigar en lo posible vuestro dolor.

Agua fresca, alimentos y unas monedas le entrega. De su fino dedo extrae un anillo que pone en su mano para que cuando llegue a la ciudad, todos sepan que es su protegido. Para que le den ropas limpias, cobijo y le atiendan como ha de menester.

- Dios os lo premie señora, mas no os acerquéis tanto, que aunque la gasa me cubre, no es agradable mi cara. Estoy tan desnarigado que parezco la de la guadaña, de ésta mano que antaño blandió con brío la espada y certera la lanza en mil combates, justas y torneos, hoy solo me quedan dos dedos, del pie que calzaba espuela de plata hoy solo un muñón y ni calzar puedo una alpargata.

- ¿A que nombre respondéis?

- Fui conocido como el Caballero Negro, pues mi yelmo negro, coronado de negra pluma y la negra capa que al viento ondeaba, hicieron que la gente me apodara así. Más mi nombre, que respondía al de Fernán González, hoy solo lo hace al de apestado.

- No habléis tan amargamente caballero, y soportad con el mejor ánimo esa cruz que Dios os ha impuesto.

- Si nuestro señor Jesucristo que es Dios y Trino, dijo a su padre, "aparta de mí ese cáliz", ¿no lo he de hacer yo que soy un pecador, con mayor motivo?

Sigue su camino el leproso, el aire se torna frío y el cielo barrunta tormenta, a lo lejos se divisa una posada hacia la que con su renqueante paso se dirige. A veinte metros de la entrada se detiene, trata de llamar la atención de los están dentro a toque de campanilla hasta que lo consigue. El posadero sale en principio intrigado, para recriminar más tarde la cercanía del leproso. Ya se agacha para recoger piedras con que tirar y ahuyentarle

- Largo de aquí miserable ¿Acaso quieres contagiarnos a todos?

- ¿No tendrás misericordia de un pobre enfermo que necesita cobijo por una noche? Un sitio a un lado del pajar que me resguarde del agua que se avecina. De mañana me habré ido y te dejare limpio el lugar que ocupe. Te lo ruego por la Virgen Santísima, mira que es campo raso y no hay un triste oquedal donde guarecerse.

- Largo te digo, no hay sitio aquí para ti. Me infestarías mis cabras o la burra y los que tengo de posaderos, señores muy principales, me denunciarían a los alguaciles. ¡Vete ya andrajoso!

- Cuan cambiado esta el mundo. La duquesa de Montoro me reconfortó, me dio de comer y beber, monedas y hasta su anillo para que mostrándolo me fuera concedido lo que pidiere. Ella, rica y poderosa, no temió contagiarse con mis llagas y tú, humilde posadero, temes perder cuatro miserables cabras. Siempre el pobre se hermanó al pobre mientras que el rico sacaba provecho de ambos, hoy se trocan las cosas.

- El rico por el mero hecho de serlo puede dar un poco de lo que le sobra, pero yo ¿y si pierdo lo poco que tengo?, ¿y si pierdo la vida? Basta ya de monsergas, aligera el paso y vete.

- ¿De nada ha de servir el sello, de quien dijo me abriría todas las puertas?

- Ni el mismísimo anillo del Papa, ni la corona del rey en bandeja de plata. !Largo, malandrín¡

- Una vez más insistiré; si te dijera quien fui, y lo que tiempos atrás hice por ti, ¿no tendrías piedad de mí?

- Ni aunque mi propio padre fueras, que no lo eres, ya que Dios lo debe de tener en su Santa Gloria. Nada quiero saber de antaño, pero si es cierto lo que dices, solo una cosa haré y con ello saldo mi deuda; en esta tierra que es mía, y cómo a media legua, hay una gran higuera y bajo ella un cobertizo para pastores. ¡Que Dios te ampare!

Media legua son muchos pasos para un tullido pero por fin llega al lugar en que descansará, aún sin saberlo, eternamente.

La condesa ha regresado al castillo y de entre sus consejeros el chambelán le recrimina - amablemente - la entrega a unos rufianes del emblema feudal.

- ¿Rufianes decís? Yo lo entregue a un viejo y afamado caballero que tuvo el honor de defender los colores de la reina en numerosas ocasiones, que se puso al lado del débil defendiendo mancillas y atropellos, y que hoy vaga por los caminos portador de un mal incurable, pese a que su familia gastó toda su hacienda tratando de remediarlo.

- Señora... tres individuos gozan de la bolsa que a menudo nos reclaman en vuestro nombre, bolsa que dilapidan en bacanales y barraganas tan rápido, que de continuar así, pronto vaciaran las arcas del condado.

- ¡Que los traigan a mi presencia de inmediato! He de saber que ha sucedido.

Los soldados buscan a los hombres, pero estos enterados de la llegada de la condesa han huido. Para la justicia, es inequívoca señal la fuga de que obraron con maldad, y por tanto, se impone su búsqueda.

- Un pelotón al camino Real, otro al de la Venta - va gritando el jefe de la guardia.

- Señora Condesa, el hombre al que decís haber entregado el anillo, está enterrado en el cementerio del convento. Era un leproso, pero murió molido a palos. Yo mismo le di tierra pues ninguno de mis frailes osó tocarlo. ¡Cuan difícil resulta para muchos cumplir con sus votos!

- ¡Mi buen abad, que triste muerte para tan principal caballero ser asesinado mientras dormía y tan solo por unas monedas! Pero también, ¿qué clase de clérigos tenéis en vuestro convento, incapaces de dar a alguien cristiana sepultura?

De los tres asaltantes, el jefe, el maquinador del plan, era el posadero, que presto corrió a esconderse en su figón confiando a la suerte, el no ser reconocido. Vano intento el del tal personaje, regente de la única posada a medio camino entre la ciudad y la villa ducal. Los otros dos; soldados de fortuna que abandonaron los tercios, ex convictos y ex condenados pero con mil delitos aún pendientes, fueron atrapados en el camino real. Poco duró el juicio y poco tardó en cumplirse la sentencia. Los colgaron juntos en el mismo árbol, allá en el soto al lado del río, que no merecieron horca en la plaza de armas del castillo.

- A vos, Juan Medina Pinto, por instigador de los hechos que sin pudor alguno propusisteis a los llamados Pero Fidalgo y Macias Gómez, que con ellos ejecutaste tan horrendo crimen; teniendo en cuenta el desamparo, el desvalimiento, la nocturnidad, la enfermedad así como la avanzada edad de aquel que otrora fuera tu señor, te condenamos a alimentar, mitigar en todo lo posible, dar cobijo y en fin, a todo cuanto sea menester hacer por aquellos que portando el mismo mal del caballero Fernán González, lleguen a tu posada. Por ello, toda tu hacienda se dedicará a lazareto, asignándose, no obstante una soldada que ayude a mantener a los que allí se refugien. Si incurrieses en malos tratos de palabra u obra, huida, o dejadez de las funciones que se te encomiendan, serás descuartizado y tu cabeza expuesta en la picota.

De nada le sirve el que parece sincero arrepentimiento, no es eximente el que no hubiera reconocido a su señor de antaño, pues al fin y al cabo, de un ser humano se trataba, conocido o no.

Mientras es conducido a la posada en la que desempeñará a partir de ahora su nuevo trabajo, Juan Medina recuerda, recuerda como empezó todo. El amor que sentía por la bella Zorinda. ¿Amor? Aquello era más que amor. Era una ciega pasión que casi lo lleva a la muerte. Una pasión enfebrecida por aquella agarena de ojos de almendra, negros como la noche, de labios carnosos y sensuales de rojo sangre de toro. Esa que tan bien sabe colocar; ora mohín de fingido disgusto, ora sonrisa amorosa, más tarde, la alegre que deja ver sus pequeños dientes, tan blancos, que resaltan en el moreno de su tez. Juan Medina bebe los vientos por ella, por ella se olvida de sus obligaciones, por ella, para tenerla contenta, comete sus primeros hurtos.

- ¡Cómo me gustaría aquel corpiño!

- ¡Yo te lo conseguiré!

- ¡Oh! ¡Que joya tan bella!

- ¡Tuya será!

Zorinda es un ser que quiere ser libre. Libre de todos y para todo, y cuyo único pensamiento es vivir, gozar de la vida siempre y a cada momento, sin preocupaciones, tratando de evitar los sinsabores, las penas o el dolor. Que toma lo que se le da, sin dar nada a cambio, a no ser que a ella misma le satisfaga darlo.

En un claro del bosque, las muchachas se han sentado alrededor de una fogata. La noche es estrellada, preciosa para contar historias, sobre todo si son de galanes. Zorinda hace reír a las doncellas imitando a tal o cual dama mientras, a un caldero puesto al fuego, va añadiendo ingredientes. Comienza una canción que se acompaña de un pandero a la par que comienza a girar en torno al corro. Las demás baten las palmas a su ritmo...

De Trebujena ha venido un doncel
que hermoso, que hermoso que es él.
Mirábame a escondidas
a escondidas le miraba,
por no ver que me vieran,
pues con mi padre me hallaba.
Mi alma de él quedó prendida
y por siempre enamorada.
De Trebujena ha venido un doncel
quisiera desposarme con él.

Las mozas corean la canción, alguna se levanta para acompañar el baile. El brebaje está listo y todas lo toman. Algún hongo alucinógeno lleva el caldo, pues el son del pandero va aumentando paulatinamente. También los cánticos, los saltos y los giros van en in crescendo sin apercibirse de que alguien, entre la espesura, está esperando el momento propicio. El desenfreno ha llegado al culmen. Las mozas totalmente desinhibidas, se van despojando de sus ropas que lanzan al aire. Es el momento. El emboscado salta al corro. En un santiamén las ávidas féminas le dejan tan en cueros como ellas están. Todas quieren explorar ese cuerpo joven y fornido, pero la morisca puede más y es la primera en hacerlo suyo.

Cuatro caballeros portando lanzas y doce de a pie, abren paso a su ilustrísima, que junto a otros clérigos, se dirige a la ciudad. Portan las reliquias de San Cosmén en gran urna de plata y los cálices que regaló el señor cardenal para la inauguración de la nueva Seo. La noche se les ha echado encima y cansados, deciden atajar por el bosque. Una luz brilla entre los árboles. El capitán, creyendo puedan ser bandidos, manda silencio y precaución. Se acercan, obispo incluido, para comprobar quienes son y que hacen.

- ¡Aquelarre, aquelarre! Grita el obispo al contemplar aquella orgía, mesándose los cabellos y con los ojos a punto de salirse de sus órbitas.

- ¡Detenedles! Ordena el capitán.

- ¡A Lucifer, a Lucifer! Sigue gritando el obispo que ha visto al hombre. ¡Coged al fauno!

La mesnada trata de cumplir lo que su capitán manda, pero las mujeres ebrias de pócima y lujuria no ven al soldado, solo al macho. Por fin han sido reducidas y tapadas sus vergüenzas. También Juan Medina, pues de él se trataba, que ha sido severamente apaleado cuando intentaba huir.

Las confesiones de las muchachas fueron rápidas. No hizo falta el tormento, ni el potro ni, el hierro candente. Entre lloros sin cuento acusaron a Zorinda de haberlas dado un bebedizo. Era lo único que recordaban. Del hombre nada sabían.
Demostrado quedó que los únicos responsables eran Zorinda y Juan Medina, y, aunque examinados los restos del perol, no se pudo hallar nada que se pudiese tildar de brujería, el obispo, que estaba empeñado en mandar a alguien a la hoguera, cargó sus iras contra la muchacha y el palafrenero. Por indicación suya, el abad de Guadir, hábil inquisidor, hizo parecer lo blanco negro y lo negro blanco y allí donde no había más que concupiscencia, halló falsa religión y hasta brujería. No osara nadie contradecir a tan lucido defensor de la ley divina, pues sus ejemplares castigos, que se contaban por cientos, no parecían exentos de funestas consecuencias para aquel que lo hiciera.

El día es oscuro. El viento desapacible parece quisiera decir el desagrado que le produce lo que está a punto de ocurrir. Dos palos hincados en tierra, paja, leña y la antorcha presta. Salen del calabozo los condenados. Los pocos curiosos que van a presenciar el acto están silenciosos. Algunos lloran, unas mujeres rezan entre dientes. Los suben a la pira, son atados a los postes por el verdugo que al oído les pide perdón como si él fuera el culpable de su muerte y da fuego a la leña.

El cielo, a veces es misericordioso. Las lagrimas amargas de Juan Medina y los gritos desesperados de Zorinda son borrados por el humo y el crepitar de la madera. Las llamas están a punto de lamer sus cuerpos, el calor se hace insoportable, pero de repente, las nubes descargan con furia apagando la hoguera.

- ¡Milagro! - gritan algunos.
- ¡Es una señal! - dicen otros.

La ceremonia se ha suspendido. Los condenados son llevados de nuevo a sus celdas hasta que el tiempo mejore y pueda ser cumplida la sentencia.

Muchos han sido los disconformes durante el juicio, por lo que a última hora se esperaba una conmutación de la pena. De entre ellos Fernán González, señor a quien servía Medina, y que viendo que no había perdón, se ha ido a rogar al príncipe Don Enrique.

- Señor, no creo que mi criado sea merecedor de tal castigo, y aún sin creer que lo sucedido ha sido un milagro, si creo que ha sido una señal. Quiero pediros que anuléis la sentencia.

- Mi querido Fernán, vos bien sabéis que nada puedo yo contra la iglesia.

- Alteza, vengo a rogaros por ambos. El es cristiano viejo, y ella, aunque morisca, solo se la ha podido acusar de no comer cerdo, cuando lo cierto es que nunca come carne, ni siquiera de cordero.

- ¿Habéis notado hacia donde mira cuando reza? Según dicen, hacia la alquibla... y es cristiana nueva... El juicio ha sido justo, ellos tuvieron defensor.

- Permitidme entonces que me acoja a la ley de Dios. Estoy dispuesto a entablar combate con cualquier caballero en defensa de la verdad.

El príncipe Don Enrique sopesa la situación; La última palabra ha de ser la suya puesto que él es el brazo secular, además él es muy capaz de convencer, no ya al obispo, sino al cardenal Casares. Si el combate se establece y Fernán sale vencedor, este le deberá un gran favor. Si sale derrotado, quien sabe si muerto, habrá perdido a alguien muy popular y que le hace demasiada sombra.

- No os prometo nada, hablaré con el cardenal.

- Mil gracias, alteza.

El cardenal Casares también sopesa la situación; no desea oponerse al príncipe y estaría bien visto por el pueblo la indulgencia. De otra parte, considera que el obispo se ha excedido, y aunque no quiere desautorizarle, pueden llegar a un acuerdo. Otra cosa será el convencer al abad de Guadir, pero sin duda con algunas prebendas...

El acuerdo ha sido tomado. El caballero Fernán González romperá hasta tres lanzas, prosiguiendo después con las armas que estimaren oportuno hasta la primera sangre. El caballero que la derramare en primer lugar, se dará por vencido sin continuar la lid.
Si la victoria fuese para Fernán, el condenado será libre. Si por el contrario fuese para su contrincante, el reo será conducido a la mazmorra donde permanecerá de por vida.
En cualesquiera de los casos, la magnanimidad del príncipe Don Enrique y la caridad del Santo Oficio, perdonan la vida a la llamada Zorinda a cambio de prisión a perpetuidad.

Los dos adversarios son buenos luchadores. Las tres lanzas acordadas se han roto en el escudo del contrario. Ahora, el Caballero Negro maneja la espada con brío mientras que el caballero de la Cruz lo hace con la maza. Los caballos se entrechocan, resoplan y se revuelven guiados por las rodillas de los caballeros. Los escudos se abollan y los penachos de los yelmos ha rato que son pisoteados por los cascos. Casi extenuados, los jinetes tienen movimientos más torpes e impredecibles. De repente, el caballero de la Cruz se separa de su adversario, arroja escudo y arma al suelo, levanta una mano mientras que con la otra se aferra al muslo izquierdo. Por encima de la polaina mana un hilo de sangre. El combate ha terminado.

Juan Medina, libre, pero repudiado por todos los suyos, se ve obligado a buscarse el sustento por otros lugares. Va tirando con mil penalidades, sus relaciones con la canalla son conocidas y está a punto de volver a la cárcel. Por fin, un golpe de suerte le hace dueño de la posada. Ahora que podía enderezar el rumbo de su vida, los malos vicios adquiridos le llevan a meter la mano en las bolsas de sus parroquianos. Así hasta convertirse en el asesino de su salvador. 
Al final llevará su castigo con resignación y humildad. Hará del lazareto un oasis para los leprosos que en el se acogen, y cuando muere, contagiado del mal, sobre su tumba alguien escribe “aquí yace un hombre bueno”.

A Fernán González la vida le ha deparado todo lo contrario a su merecimiento. Debiera haber encontrado; tranquilidad, después de tanta lucha; reconocimiento, tras tanta abnegación; amor, por tanta bondad. Sin embargo, la lepra, enfermedad terrible se ha apoderado de su cuerpo. La tranquilidad se ha convertido en inquietud; el reconocimiento en aborrecimiento; el amor en miedo. Pero ya el descanso eterno ha venido en su ayuda. Ahora su alma está rodeada de la de otros como él, y su cuerpo vuelto al polvo allí donde una cruz advierte, por si acaso, “aquí yace un leproso”

martes, 22 de enero de 2013

Cosas de chigre: Las figuras geométricas.



Hoy está el día algo desapacible, pero no puedo perdonar el café y mucho menos la faria, así que estoy en mi mesa predilecta de la terraza del chigre. Bajando la cuesta, se acercan un par de tipos en animada conversación y se sientan justo al lado.

- ¿Sabes cual es la figura geométrica más importante de todas cuantas hay?

- De Pero Grullo; el círculo, la circunferencia, ¡que haríamos sin la rueda!

- Te equivocas. No cabe duda de que es sumamente importante, a cualquier lado que mires, en cualquier mecanismo hay algo redondo, pero, que esté presente de modo intangible y efectivo a la vez, que funcione desde el principio del mundo, aún sin saber de que se trataba, solamente hay una.

- Pues no sé… el cubo, el paralelogramo… nada hay que se pueda comparar a la circunferencia.

- Te voy a dar una pista: En cierta ocasión, alguien me propuso enviar una peseta al primer integrante de una lista, luego, debía de borrar a aquel al que yo había enviado el dinero confeccionando una nueva, en la que mi nombre ocupara el último lugar, y buscar a dos personas que se añadiesen haciendo lo mismo.

- Ya, una estafa piramidal.

- Exacto. Esa es la palabra y la figura por la que te preguntaba: Pirámide. Todo en este mundo está organizado piramidalmente. Podíamos decir que existe una pirámide trófica; poder, población, ejército, iglesia, empresas, alimentos…

- Bueno, no sé. Una cadena trófica está basada en la alimentación; sol y agua hacen germinar a las plantas, éstas son el alimento de rumiantes, los rumiantes alimentan a los carniceros…

- ¿Acaso no es eso lo que te digo? La empresa tiene un organigrama; abajo los trabajadores, y con cada categoría, un peldaño; encargados, técnicos, jefes, y en la cúspide, la dirección. Todos los estamentos están formados de igual forma y siempre los de arriba, se nutren, se alimentan de los de abajo; iglesia/creyentes, ejército/soldados, poder/votos/fuerza...

Y allí los dejé, el resumen: El pez grande siempre se come al chico.

sábado, 19 de enero de 2013

Matar es fácil: Las vecinas.


 La casa es antigua. Un tanto señorial, de amplia escalera, protegida por baranda de forja, pasamanos de castaño viejo y hueco donde ahora van a colocar  un ascensor. Cada piso tiene tres viviendas, tres puertas al descansillo; derecha, centro e izquierda. Yo vivo en el tercero izquierda de un total de cuatro.

La vecina de enfrente, es una esquelética moza que tiene sin embargo unos pechos que parecen como aquellos de la canción; dulces cántaros de miel. Trabaja en casa tallando piedras semipreciosas.

La vecina del centro, es mayor, como de cincuenta y tantos. Fisgona, entremetida y siempre chismando de todo bicho viviente.

A mediados de junio, mi mujer se fue con los niños al pueblo, con su madre, y me quedé de "Rodríguez" Era el momento propicio, como manda la tradición, para tratar de catar aquellos melones que tanto me llamaban la atención.

Busque una disculpa para acercarme y que no fuera la tradicional de la tacita de azúcar. Aquella sortija a la que le faltaba la piedra, parecía buena idea. Llamé al timbre. La escuálida salió; pantaloncito corto de fina raya azul, camiseta blanca pegada sobre la piel y gafas de seguridad en la cabeza.

- Hola, quisiera hacerte un encargo, ¿es posible?- le dije tratando de disimular el nerviosismo, procurando no mirar lo que deseaba.

La puerta del centro se abrió y la vieja asomó la cabeza.

- Perdón, creí que habían llamado aquí.

- ¿Acaso su timbre suena igual que el mío? le espetó con acritud la rubia.

Yo, que me había girado dándole la cara, me sentí un tanto ridículo, abochornado, con mi brazo en alto, sortija en el índice, tratando de enseñarla como justificación para aquella entrevista.
La mujer se retiró, la chica, asiéndome de la mano, me introdujo dentro y cerró la puerta.

- Tu mujer hace dos días que se marcho. Mucho has tardado en venir.

¿Era aquello una invitación en toda regla? No lo sé, pero mis manos se posaron donde querían, y nuestras bocas se unieron allí mismo, en el pasillo.

Cuando regresé a mi piso, la mirilla de la puerta del centro, se cerró. Aun alcancé a ver por las rendijas de bronce, las facciones de la inquilina oscurecidas por las sombras.

Julio llegaba a su fin. Era viernes, al atardecer, cuando preparaba viaje para pasar el fin de semana con la familia, entonces, llamaron a la puerta. La vieja, muy peripuesta y provocativa, me dijo que tenía que hablar conmigo.
Su proposición me heló la sangre. Quería "lo mismo que le daba a la otra" y que oía a través de la pared. Por un instante, pensé que sería incapaz de satisfacer a tres mujeres, pero fue solamente un instante. Pasado ese momento de asombro, me sentí furioso por el chantaje, asqueado por la propuesta de aquella gorda… pero impotente y claudicante.

Ha pasado una semana y no soy capaz de salir de éste círculo vicioso, así que he tomado una decisión. Abro la puerta y me asomo al hueco de la escalera. Apoyado en la pasamanos, finjo buscar algo en los pisos inferiores. Entonces sale la vecina del centro que curiosa se une a mí para ver también ella que es lo que busco. Le indico algo imposible de ver ya que no existe. Subrepticiamente me coloco a su espalda, me agacho, y agarrándola por los tobillos, la levanto no sin esfuerzo y la lanzo al vacío. Luego corro a encerrarme en casa. El grito ha sido escalofriante y el golpe atronador. Todos los vecinos salen a ver que ha sucedido. Yo, en camiseta, con la cara llena de jabón de afeitado, la tolla al hombro y maquinilla en ristre, soy uno más de los curiosos, mi otra vecina lo atestigua.

La gente se pregunta si habrá sido un accidente o un suicido. La policía entiende que suicido. Nadie aguantaba su forma de ser, y solitaria, desgraciada y rechazada, optó por quitarse la vida.

Ascondiades.


Ascondiades.
(Del lat. abscondĕre).
1. tr. desus. escondíais

Hace algún tiempo y para mi archivo de palabras, guardé ésta; Ascondiades. La saqué de un libro que estaba leyendo, y aunque me pareció que debía de utilizarse en Galicia, me fui al DRAE por ver si allí estaba. Creo que la encontré, y que el significado a la vista está ahí arriba. Digo creo, ya que hoy no la he hallado, encuentro:

Asconder.
(Del lat. abscondĕre).
1. tr. desus. esconder. Era u. t. c. prnl. U. en Burgos.
Tampoco es que tenga demasiada importancia, pero uno se lleva sorpresas con eso de los cambios en el diccionario. Quise probar suerte con el gallego por ver si tenía razón… y fallé; tampoco está, pero juraría que lo he oído.

jueves, 17 de enero de 2013

Cosas de chigre: Los escalones de la decrepitud.


Hoy es lunes, el bar está casi desierto, solo adentro juegan dos parejas a la garrafina. Mi carajillo, mi faria y yo afuera, como siempre. Al poco, dos vejetes se acercan, saludan y se sientan a la otra mesa al lado de la puerta. El camarero, con pinta de peruano sale solicito para preguntar lo que va a ser. Hace poco que trabaja aquí, apenas lo conozco.

- Pues si, Pedro, ésta vida es una jodienda. Más aprisa que despacio, vas ascendiendo en años y bajando por la escalera de la decrepitud. Para mí todo empezó cuando el coche me dejó tirado. Tenía veinticinco años y se le fundió el motor en la autopista. Lo cargó la grúa y lo llevamos al taller, total, para qué, el mecánico me dijo que de allí directo a la chatarra. Ni cinco euros me dio, o compraba uno nuevo, o lo dicho. ¿Y a donde iba yo con mis años a comprar otro? El hijo, quitándomelo de la cabeza - te vale más coger un taxi cuando lo necesites, o yo te llevo- ¡ja, y una leche! Lo sentí un montón, cincuenta años conduciendo y de repente, a pata. Ese fue le primer peldaño de mi escalera.

- Ya- asentía el otro moviendo la cabeza.

- Luego, que para que iba a renovar el carné, que eran gastos tontos. Pero yo me resistí por un tiempo, hasta que la sicóloga me dijo - por esta vez pasa, pero los reflejos van a menos, hay que andar con cuidado. Ese fue el segundo. El tercero lo bajé cuando mi nuera me llevó a la médica - se le olvidan las cosas- la dijo.

- ¿Que comió ayer? me pregunta, y yo, que no me acuerdo.

- ¿Y la cena, que fue lo que cenó? ¿Sabe a que día estamos hoy? me repite dándome voces al oído como si estuviera sordo o fuera lelo. ¡Que no me acuerdo, coño! ¡Que para mí todos los días son iguales! Pero si quiere, le digo la tabla del quince, o le cuento cómo cuando fui a la escuela por primera vez a los cinco años, ya sabía leer y sumar. Hasta el nombre de la monjita recuerdo.

- Nada, está demenciado. Tiene demencia senil. Le voy a dar unas pastillas que no son milagrosas, pero algo hacen.

.-Lo que me faltaba, ahora resulta que estoy loco, pensé. Y me vi bajando dos escalones de un golpe.

- Es que no tienen pudor -arguyó el amigo.

- No te lo pierdas, a raíz de eso, el hijo me dijo que mejor sería que le dejara a él la cartilla, que ya no estaba para ir cambiando la pasta de banco en banco para sacar más interés. Menos mal que no me fíe de la proposición que me hizo una jovenzuela, que si no ando listo me carga con unas preferentes.

- Ya, desde que se jubiló el Joaquín, la Caja no es lo que era. Se ha perdido el trato familiar.

- Y bien que te orientaba; "mételo a un año que la cosa no va a cambiar" y otras veces, "mejor a tres meses, que van a subir". Total, volviendo a lo de antes, un peldaño más abajo y cincuenta euros en billetes de a cinco en la cartera. Igual que cuando la María le daba la paga para la semana.

- Tienen miedo a perder la herencia, Fulgencio.

- ¿Te has dado cuenta, de que ahora ya te dan el carne de identidad para los restos? Los muy cabritos piensan que total para lo que nos queda…

Me cale bien la boina y me fui, me estaba empezando a ver en el espejo. Aún di la vuelta para contemplarlos; tampoco debía de ser para tanto, bien vestidos y calzados y aparentemente sanos como un coral, pedían otro Terry que el peruano les servía en copas de balón.

martes, 15 de enero de 2013

Desconhortar.


Esta vez voy a aumentar la apuesta que tengo por costumbre, en vez de medio euro, me juego  el euro entero a que nadie utiliza la palabreja.  Y sin embargo, me atrevo a afirmar con  toda  rotundidad, que  ésta  acción  se lleva a cabo a menudo.  Claro está, que yo prefiero eliminar esa partícula negativa "des", y posicionarme a favor de conhortar, que es todo lo contrario -lógicamente-  y acción muy común no solo en  los humanos, también los perros pueden consolar al afligido.


Desconhortar;
(De des- y conhortar).
1. tr. desus. Desanimar, desalentar. Era u. t. c. prnl.

Conhortar.
(Del lat. confortāre, confortar).
1. tr. desus. consolar.
2. tr. ant. confortar (animar, alentar). Era u. t. c. prnl.

Para mí resulta curioso, que en este caso se haya cambiado la H por una F, cuando lo usual es lo contrario; Farina, se convirtió en harina, Facer en Hacer, Folgar por Holgar, Faba por haba, etc.

Di tú, que a los asturianos no nos coge por sorpresa, utilizamos más la F que la H.

domingo, 13 de enero de 2013

Reportero de poca monta.


Era el segundo sábado de junio de 1993. Lo recuerdo perfectamente. A Miguel, el encargado de recoger los anuncios para un periódico local en el cual ambos trabajábamos, le llamó poderosamente la atención, uno que sin duda pasaría inadvertido entre los cientos que se publicaban el fin de semana.

- Mira este anuncio. A ver si tú le sacas partido.  

Me pareció un tanto, guasón; me dedico a escribir las crónicas de los partidos de fútbol de la tercera regional. Pero aquello tenía miga. El susodicho por palabras rezaba así: "Busco esclavo capaz de someterse a mis deseos, aunque ello lleve implícita la propia muerte" y añadía un número de teléfono. Quizá aquella fuera la oportunidad para convertirme en reportero famoso.
Tras planear el asunto, lo comente con Miguel, parte imprescindible en caso de que le asunto se pusiese feo, y quedamos de acuerdo.

- Buenos días, soy Genaro, me presenté al tipo que abrió la puerta. Paso franco sin una palabra siquiera. Nos miramos ambos con atención, sin disimulo y con cierta prevención. El hombre bien pudiera haberse llamado Woody: bajito, enclenque un poco encorvado y con gafas de gruesa pasta. Nos sentamos al pie de la chimenea, en unos orejeros de cuero donde el hombrecillo comenzó el interrogatorio:

- ¿Profesión?

- Digamos que indefinida, soy motero y vivo de lo que sale.

- ¿Y que moto tienes?

- Mi sueño es una Harley, pero no llego a tanto.

- ¿Gustos sexuales?

- Complicados; bi, zoo, cualquier cosa.

- ¿Y que haces aquí?

- Por dinero soy capaz de todo.

- Nada he prometido, solo la muerte.

- No creo necesario llegar a tal extremo para disfrutar.

- La entrevista ha terminado, no das el perfil.

- Puedo dar cualquier perfil, amo. He venido para ser tu esclavo y así se hará con tu permiso, mi señor.

- Eres inteligente, ahora vas por buen camino. Ven, es mi deseo bañarme. Veamos cómo lo haces. Luego cenaremos, ¿sabes guisar?

- Vivo solo, algo sé.

- Pues saca una pieza del congelador, una pierna por ejemplo.

Me despojé de la chupa de cuero, y fui a preparar el baño, luego, mientras el agua corría, busqué la cocina y no hallando el congelador, le pregunté.

- El congelador está en el sótano - dijo mientras su huesuda mano palpaba mis atributos y la otra asía la mía y la llevaba a los suyos. Nos besamos.

- Señor, balbucí, la carne…

- Si, vete por ella.

En menos de un minuto, dejé el congelador abierto y con nauseas y escupiendo, salí de aquella casa como alma que lleva el diablo. 

jueves, 10 de enero de 2013

Cosas de chigre: ¿Listo y tonto, o tonto y listo?



Como todos los días me senté en la terraza del chigre a tomarme un carajillo y a fumarme la faria. Dos tipos parecían haber estado comiendo y ahora le daban a los chupitos de whisky. No tuve más remedio que prestar atención:

- Dicen que en el espacio no hay ruido - lo que es falso, otra cosa es que se pueda oír - ya que el ruido necesita materia para transmitirse, y el espacio es casi un vacío.

- No me jorobes, despreciando toda la chatarra espacial, que es mucha, allí arriba está lleno de estrellas.

- Oye, no empieces, estamos hablando de cosas serias. Dicen también, que esos astronautas que salen a hacer reparaciones fuera de la estación espacial, pueden oír su respiración o los latidos del corazón, y que es sumamente impresionante. Si, tiene que ser una sensación alucinante; afuera, silencio total, dentro del traje, una orquesta acompasada en función del esfuerzo.

- Ya, el corazón; pom, pom pom, las válvulas ; tap, tap, tap, la respiración; haa, haa, haa, la sangre circulando; gloglogló, gloglogo, las articulaciones ñaac, ñaac, ñaac. Y entonces, va y se tira un cuesco que es como un trueno; poooporropopón.

- ¡Serás guarro, calla y escucha mentecato!

- Vale, pero has dicho una cosa que no es cierta: Has dicho allí arriba… y para nuestros antípodas, ese astronauta que nosotros intuimos arriba, está abajo o viceversa.

- ¡Que pazguato eres! El firmamento no tiene arriba y abajo. Te lo explico; el norte es arriba, el sur, abajo, ¿conforme?

-Si.

- Y en el espacio no hay gravedad, ¿verdad?

- Pongamos que si.

- Es decir; llamamos abajo al lugar de donde procede la atracción de la gravedad. Las cosas se caen, se van abajo por la gravedad. Pero si no hay gravedad, no puede haber abajo. Tampoco hay puntos cardinales, para que esto fuera así, el universo tendría que tener un principio y un fin, un polo norte y un polo sur cósmico y una gravedad cósmica indicativa de ese norte y ese sur.

- Otra vez me la quieres colar, ¿Quién dice que en el espacio no hay gravedad? La gravedad existe, por eso los planetas se mantienen sus órbitas. Lo que sucede es que a mayor distancia de un cuerpo celeste, la gravedad es menor. ¿Tú crees en Jesucristo?

- Si,

- ¡De verdad, o de boquilla?

- Sabes de sobra que soy fiel creyente.

- Pues para que te empapes, Jesucristo dijo:
"Vosotros sois de abajo; yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo; yo no soy de este mundo". Es decir, que no solo hay arriba y abajo; también hay extraterrestres.

La cosa era interesante, pero se estaba complicando y me marché. No me faltaba más que un debate religioso.

miércoles, 9 de enero de 2013

Vusco.


Ojo al parche; he dicho vusco, no busco del verbo buscar.

Me gustaría saber si los argentinos, que utilizan el "vos" por usted, de forma habitual, usan el "vusco" en vez de "con vosotros".

Me dio por introducir vusco en Google y me salieron varios cientos de "vusco novio" "vusco trabajo" Y alguien que busca plan con este anuncio: "Vusco chica vien desmadrosa y cojelona".

(De vosco, infl. por tú).
1. pron. person. desus. Forma de 2.ª persona plural en masculino y femenino. Con vos o con vosotros.

Yo, según la costumbre; buscando la aguja en el pajar.

lunes, 7 de enero de 2013

Pellejo más o menos.


Era Antonio de carácter tímido y apocado, lo que con frecuencia le originaba problemas de toda índole. Hace cosa de un año, le sucedió -a su entender- el caso más terrible de cuantos imaginar se pueda, y que yo relataré.

Me llamo Fernando, algunos por respeto a mis canas, anteponen siempre el don, y otros, por el mero hecho de ser su doctor. Últimamente no ejerzo, pues, por motivos sindicales, estoy liberado. Mi lugar en la consulta lo ocupa Rosa, una joven dicharachera y muy capaz.

Antonio, esperó pacientemente un día, a que acabara una reunión en el sindicato, para "abusando de nuestra amistad" presentarme el caso que padecía:

- Tengo un problema muy serio, necesito que vayamos al baño donde te lo enseñaré.

Y fuimos al baño, consulta que jamás en mis largos años de medicina había utilizado. Se bajó los pantalones y el calzoncillo, dejando ver para mi sorpresa, una coquilla que ocultaba sus genitales. Desprovisto del artilugio, vi en su prepucio un condiloma, es decir; una verruga algo mayor que una lenteja.

- Compañero, lo llevas crudo. No tienes más remedio que ir a ver a Rosa para que te mande al dermatólogo. El sitio es delicado y esa coliflor hay que analizarla. No parece nada grave, pero tendrás que enseñar la chorra más de lo que deseas.

Y al calvario que venía padeciendo, se unió el escarnio que para él significaba enseñar sus atributos a Rosa -que llamó a la enfermera para que lo viera- al dermatólogo, que lo derivó al urólogo, al anestesista y al resto del equipo que le practicó una circuncisión en toda regla.
- No se preocupe, el 30% de los hombres de este mundo están circuncidados.

- Ahora ya, maldita la importancia que tiene pellejo más o menos.

domingo, 6 de enero de 2013

Reyes 2013.


viernes, 4 de enero de 2013

Miguel Gallardo

jueves, 3 de enero de 2013

Lúa.


No se piense algún gallego o portugués, que voy a hablar de la Lua (luna). Ésta palabra va acentuada, y por tanto, como digo algunas veces, una simple cagada de mosca -perdón por la expresión- sobre una vocal, da un significado completamente distinto al vocablo. 
La Lua, sin acento, también es un lenguaje de programación que funciona en muchos videojuegos. Estuve mirando un poco el manual y he sacado en consecuencia… que necesito cincuenta años menos.
En asturiano, hay quien emplea la expresión; "dir de lúa", como; "ir de parranda", aunque verdaderamente no le encuentro yo mucho parecido con los significados que proporciona el DRAE.

 Lúa: (Del gót. lôfa, palma de la mano). 
1. f. Especie de guante hecho de esparto y sin separaciones para los dedos, que sirve para limpiar las caballerías. (Con manopla hubieran ahorrado palabras)
Respecto de las acepciones 2 y 3, aay que ser un entendido para descifrarlas: 
2. f. Mar. Revés de las velas por la parte donde van cazadas con viento largo o en popa. 
3. f. Mar. Tangente a la curvatura de la vela por la relinga de sotavento. (Ahí es nada)
4. f. ant. Guante de piel, tela o punto.