martes, 30 de abril de 2013

El enamorado



Así se titula la película; "El enamorado" Los intérpretes no necesitan presentación.-

jueves, 25 de abril de 2013

El niño y el pozo..




El cielo está de un azul purísimo y contra él se recortan las siluetas de las gaviotas enseñando su blanco vientre. El sol brilla con ese esplendor característico del mes de julio, haciendo que la arena  parezca oro nuevo allí donde el agua no la alcanza, y oro viejo en la que queda al descubierto por el reflujo de la marea. El leve viento hace que el agua verde esmeralda vaya formando cintas de nácar que, impulsadas por las suaves olas, van hasta la orilla.
Juegos de pelota, chapoteos, risas y voces que apagan el leve rumor del agua y un rubio niño que desnudo, con su pala, hace un hoyo en la húmeda arena. Lleno de sorpresa ve el agua que mana y como el pozo se llena, anda unos pasos y otro comienza, que de igual manera el agua anega. Otro y otro más su pala excava y ya los primeros desaparecen porque de los bordes y hacia dentro, cae la arena. Quiere hacer participe a su madre que desde la hamaca lo observa. El niño llega hasta la sombra, donde la madre, que no se quiere poner muy morena, con el abanico enreda. Con su lengua de trapo quiere inducirla a que vea el fenómeno, y tirando de ella, con su manita, hasta la orilla la lleva. Un nuevo pozo cava y de nuevo brota el agua. La pregunta nace rauda...
- ¿Po que sale agua?
Difícil explicación para que pueda ser comprendida por quien no más de dos o tres años tiene.
- Es que el agua se filtra por abajo - comienza la madre -
- ¿Que finta?
- No, que filtra, fil...tra, fil...tra
- ¿Y que e fil ta?
- Pues eso, que sale de abajo...
- ¿Y po que sale?
- Sale porque filtra. Mira, ves toda aquella agua del mar, pues esa agua empapa la arena y al hacer un pocito, aparece.
- ¿Y que e empa... empa?
- Empapa, em pa pa, em pa pa.
- ¿Que e empapa?
- Que moja. Anda, ven hasta la sombrilla, que te voy a dar de merendar un yogur y un plátano.
Arrastra al rubito de la mano tratando de encandilarlo con algo apetecible y que la evite explicaciones que sin duda se harán interminables. Con la toalla limpia las manos y la boca del hijo, desprendiendo las pecas de arena, abre el envase y cucharadita a cucharadita va alimentándole. Luego el plátano, mordisquito a mordisquito el niño lo va pasando, pero él no deja de mirar la orilla del agua.
Ya ha acabado y la madre le dice que vaya a jugar. Allí mismo se pone el niño, en la caliente y seca arena. Comienza, como no, un nuevo pozo. Ahonda y ahonda, pero no sale el agua. Vuelve al lado de su madre y pregunta...
- ¿Po que no sale agua?
La joven reniega de ya de haberle comprado la pala, y mejor hubiera hecho, si, como quería el padre, le hubiese comprado un camión.
- Es que aquí está muy alto, hijo. Házlo más hondo, más profundo.
El niño vuelve a la carga, agranda y profundiza el hoyo, pero no sale el agua. Se para, contempla su obra y apuntando al agujero, hecha una meada. El pis desaparece tragado por la arena. Va de nuevo hasta su mamá, a contarle lo que ha sucedido mientras que poco a poco la marea ha ido subiendo.
- ¡Mama, no hay agua!
- Ya te digo que aquí está muy alto. No puede salir el agua.
El chiquillo no lo comprende, desanda el camino y torna al hoyo para comprobar con sorpresa, que, poquito a poco, va apareciendo el agua. Complicada cosa esta del agua que ni su mamá la entiende. Coge la pala y no espera que el hoyo sea desbordado por el agua, va y lo tapa. Luego, con disimulo y mirando atrás de reojo, se allega hasta la sombra y se sienta junto a la hamaca.

sábado, 20 de abril de 2013

Los zapatos de rejilla.

Allá por los tiempos de Maricastaña, o del cuplé, que está más cercano, tuvo a bien comprar mi tía Felisa unos zapatos a su hermano Manuel, que solterón él, vivió toda su vida a su cobijo. Eran aquellos elegantes zapatos, de buena piel y buena suela, y siendo verano, nada mejor que esos que llaman de rejilla. ¡Cuarenta duros costaron! que no era moco de pavo.
 Aquel primer domingo de julio, se vistió mi tío Manuel, con traje Príncipe de Gales tirando a canelo, camisa blanca, corbata ojo de perdiz y aquellos maravillosos zapatos marrones. Quizá la vestimenta hubiera sido idónea para tiempo menos caluroso, pero para gustos hay colores… y paños.
Salió de casa a eso de las cuatro de la tarde bajo un sol de justicia. Iba con los amigotes, pasados todos de los cuarenta, a ver un partido a la Villa y luego a visitar a una querindonga que tenía en Oviedo. Mas las cosas raramente suceden tal y como se plantean: a eso de las siete estaba de regreso en casa sudoroso, un tanto renco y zambo.

Mi tía y mi abuela, creyeron que lo había atropellado un auto, tal era su forma de andar, pero sus amigos, que habían subido con él en taxi, las tranquilizaron.

- Son los zapatos, Felisa, a ver si la próxima se los compras un número más.

Total, cambio de vestimenta, los pies a remojo durante unos minutos, playeras y para la capital.

Ahora entro yo en danza. Como todos los veranos, mis vacaciones las pasaba en casa de los abuelos, con mis tíos y con Antonio, marido de Felisa que era mi padrino.

 - Oye Pedrin, pruébate estos zapatos.

- Tía, yo calzo del cuarenta y dos.

- Bueno, son de ese número y tienes el pie estrecho, seguro que te vendrán bien.

¡Jo, que elegancia! Hasta parecía más alto, y sin un roce siquiera, oye.

- ¡Que bien te quedan, coño! Hala, vámonos al cine. ¿Vienes Felisa? Hoy dan una policíaca.

 
Durante todo aquel mes, cada vez que bajaba a la Villa al cine con el padrino, que no perdía estreno, llevaba aquellos zapatos. Hasta aquella vecina, que estaba colada por mi, me dijo un día; "Pedro, has cambiado, te noto, no sé, distinguido". Ya no era yo aquel mozuelo ayudante de Roberto Alcazar; Pedrin, el de las ostras. Ahora era Pedro.

A finales de ese mes, con ocho posturas y un montón de abrillantados, mi tía me pidió los zapatos, se los entregó a su hermano y le pidió que mirase a ver si ya estaban dados de si. Me quedé con tres palmos de narices, pues pensaba que ya eran de mi propiedad. Nada dije, pero Manolo, al ver mi cara, se los llevó a la nariz y puso cara de disgusto tratando de ayudar.

- ¡Vaya como huelen!

Pero la decisión de Felisa era firme; me quedé sin ellos.

Lo cierto es, que salí ganando. Manolo me soltó cuarenta duros a la remanguillé, sin que nadie se percatara , y a modo de compensación -¡Ni una palabra de esto!-. Lo mismo hicieron mi padrino, mi abuelo y mi abuela, con lo que me vi con ¡ochocientas pesetas! de la noche a la mañana, y sin opción a decirles que ya tenía suficiente para comprar otros.

A finales de agosto estaba preparando la maleta para volver a casa, cuando mi tía apareció con una caja.

- Esto es para ti cariñin.

La caja contenía unos zapatos de color, tipo Oxford, de esos troquelados con agujeritos y que seguramente le costaron bastante más que los de rejilla.

 

jueves, 18 de abril de 2013

Espíritu coincidente.





Nunca voltes ao lugar                        Nunca vuelvas al lugar
Onde já foste feliz                              Donde ya fuiste feliz
Por muito que o coração diga            Por mucho que el corazón diga
Não faças o que ele diz                      No hagas lo que él dice

Nunca mais voltes à casa                   Nunca más vuelvas a la casa
Onde ardeste de paixão                      Donde ardiste de pasión
Só encontrarás erva rasa                    Sólo encontrarás hierba rasa
Por entre as lajes do chão                  Por entre las losas del suelo

Nada do que por lá vires                    Nada de lo que por allá vieres
Será como no passado                       Será como en el pasado
Não queiras reacender                       No quieras reencender
Um lume já apagado                          Una llama ya apagada

São as regras da sensatez                   Son las reglas de la sensatez
Vais sair a dizer que desta é de vez    Vas a decir que este es
                                                            el momento

Por grande a tentação                         Por grande la tentación
Que te crie a saudade                          Que te cree la nostalgia
Não mates a recordação                      No mates el recuerdo
Que lembra a felicidade                      Que recuerda la felicidad

Nunca voltes ao lugar                         Nunca vuelvas al lugar
Onde o arco-íris se pôs                       Donde el arco-iris se puso
Só encontrarás a cinza                        Sólo encontrarás la ceniza
Que dá na garganta nós                       Que queda en nuestra garganta

São as regras da sensatez                   Son las reglas de la sensatez
Vais sair a dizer que desta é de vez    Vas a decir que este es
                                                             el momento

domingo, 14 de abril de 2013

Rencor dormido.


 
- Hija, llévame a ver la casa de mi madre, la de mis abuelos.

- No madre, no te llevaré. No quiero causarte tristeza.

- María, por favor, sabes que los días para mi son cortos. Tal vez sea el único en que vuelva a salir a la calle.

- No me coacciones, madre, ya sabes como está el asunto; las fincas abandonadas, la panera llena de maleza y al igual que la casa, medio derrumbado todo.

- Es igual, allí nací y allí me crié. Quiero reconocer los lugares, el camino de la fuente, sentir el espíritu de los míos.

- Está bien. Voy a buscar el coche, pero te va a costar un disgusto.

- Gracias hija, nada hay ya que me disguste.

 

- María, cuando mis hermanos al igual que yo estén muertos, vendrán tus primos para tratar de ponerse de acuerdo contigo y vender. Alguno de ellos necesita el dinero, tú no. Así que, si sus padres no lo mantuvieron, ni tampoco quisieron vender cuando yo lo propuse, sé tú entonces la que diga no. ¿Me lo prometes?

- Madre, tus primeras lágrimas fueron sinceras, emocionadas; hasta ti llegaron los recuerdos de la infancia, de tus seres queridos. Los reviviste en cada piedra, en cada árbol, pero ahora hay rencor en tu mirada. No, no puedo prometerte lo que me pides.

jueves, 11 de abril de 2013

Pendingue.


Érase un pendingüeño que buscaba almosna a la puerta de una eglesia.

En esta frase hay tres palabras que no son muy usuales: Pendingüeño, almosna y eglesia. Es más, una de ellas, ni siquiera existe.
Exactamente, contra lo que pudiera parecer, Pendingüeño, de Pendingue, es una fantasmada mía, todos sabemos que es Pedigüeño. Almosna y Eglesia, aunque están fuera de uso, aún puede que se digan en algún lugar de España.
Almosna.
(Del ant. alimosna).
1. f. poco usado- limosna.

Eglesia.
1. f. en desuso- iglesia.

Pendingue.
tomar el ~.
1. loc. verb. coloq. tomar el pendil.

Pendil.
(De pender).
1. m. And. Candil de alumbrar.
2. m. p. us. Manto de mujer.
tomar el ~.
1. loc. verb. coloq. Marcharse o ausentarse.
tomar el ~ y la media manta.
1. loc. verb. coloq. And. Irse a dormir.

Como se puede apreciar, nuestra palabra de hoy parece que se utiliza en Andalucía, tal vez en otros lugares. Eso es lo que busco, que alguien tenga a bien decírmelo.


martes, 9 de abril de 2013

En lo profundo.


Estaba en la cama "arronchao", era sábado, hacía frío y la parienta ya tenía plan; tocaba ir al centro comercial. Sentí abrir la puerta de la calle, ella, como siempre, madrugadora, seguro que traía el periódico y esos bollinos que tanto me gustan. A poco, oí borbotear la cafetera y el aroma del café llegó a mi nariz.

- Manin, no te levantes, que hoy el horóscopo dice que vas a tener un día profundo.

Perfecta sicóloga, sabe bien mis reacciones; me levanté de un salto.

-Chorradas, además, ¿que significado le da a ese, profundo?

- Difícil de comprender, negro y oscuro.

-¡Bah! Voy a ducharme ¿trajiste bollinos de leche?

Es sábado, ¿cuándo te faltaron?

Vestido de pantalón vaquero y camisa me puse a desayunar; los bollos ya estaban abiertos y untados de manteca y mermelada. El café casi puro y caliente a tope.

- Cuando quieras, ya estoy lista.

- Tienes que esperar un poco, he de ir la baño.

­ ¡Cago mi manto! ¡Malditos bolsillos!

- ¿Qué te pasa, a que viene tanta palabra malsonante?

- ¡Nada, que tenía razón el horóscopo, dos palmos de profundo! Me cayó la cartera dentro de la taza. ¡Las perras, las tarjetas, los carnes…!

- ¡Puag, que asco!

- ¡La madre que lo parió, ahora el teléfono!

- Ya te dije cien veces que cualquier día perderías la cartera. Manía la tuya de guardarla en el bolsillo de atrás. Al menos el teléfono es waterproof. Toma unos guantes, mostrenco.

Y haciendo un terrible esfuerzo, hundí mi mano en lo profundo.

viernes, 5 de abril de 2013

Varones rectos y botellas a medio llenar.


Hay quienes dirán, que soy de esos que ven la botella medio vacía, es decir, pesimista por naturaleza. No tararé de convencerles de que no es cierto, ni tampoco de lo contrario. Soy como soy, y afirmar lo uno, o lo otro, sería demasiado rotundo. Quizá aquel dicho antiguo, "haber dello con dello" responda mejor a la verdad, pues, como suele suceder a todo el mundo, mi carácter es una mezcla de bueno y malo, de agradable y desagradable.

No voy a negar, que el carácter se hereda en cierta medida, pero, otra parte se forja por la forma de ser, de obrar, por el conocimiento y la experiencia, por la firmeza y la energía. Yo he procurado evitar esa herencia que tan malos recuerdos me traía.

Se casaron mis padres a principios del siglo pasado. Él casi cuarentón, ella, no llegaba a la mitad. Mi padre, hijo único, mi madre, la mayor de once hermanos. Él, recto, severo y un tanto pragmático. A mi modo de ver, para aquello que le interesaba. Ella, educada en la obediencia casi servil, cual correspondía a una doncella casadera.

Mi padre, que era veterinario, decidió, cuando mí segundo hermano nació, que las labores de la casa y la crianza de los hijos, era demasiado pesada para mi madre. Entiendo yo, que ya debía de haber sido pesada bastante antes; la casa era demasiado grande, madre primeriza, y la labor del aya paterna reducida a la cocina dada su vejez Así sucedió, que un día apareció con Amelia, una mozuela de la primera tijera que ejercería como criada.

Por aquél entonces, yo nada sabia de medias botellas estuvieran llenas o vacías; más o menos andaba por los seis años, y salvo un par de veces, en que mi progenitor me midió las nalgas con una cimbreante vara de avellano, mi vida transcurría placida.
Trataba a mi padre de usted, por lo que era, por lo que parecía, y porque así me lo enseñó mi madre. Con él acudía de vez en cuando al mercado de ganado, y asistía maravillado al nacimiento de un potrillo, un becerro, o a la cura de cualquier animal. Especiales eran los días en que subíamos a la cabaña junto al lago. Arriba en el monte, él cazaba patos mientras sentado yo en el embarcadero, trataba sin éxito de pescar truchas, barbos, o carpas.

Vistos de lejos, parecen aquellos días felices. Pero la felicidad, raramente dura. Es algo efímero que el hombre se empeña en encontrar y que trata de prolongar. Tal vez la búsqueda de esa felicidad, arrojó a mi padre en los brazos de Amelia, más yo creo que la felicidad ha de ser compartida para ser plena, y, Amelia, se volvió triste y taciturna.

Empecé a darme cuenta de que mi padre era un crápula, cuando tenía diez u once años. Para entonces mi madre había parido otros tres hijos y tenía otra doncella más; Herminia. También joven y lozana, pero que, al contrario de Amelia, se ufanaba ante ella de los amores que a escondidas llevaba con el amo.

Jamás mi padre mancilló el hogar familiar. Parece un contrasentido, ¿verdad? Quiero con esto decir, que sus prácticas deshonestas se llevaban a efecto en aquella cabaña del monte; - Herminia, prepárate, que has de ayudarme con una ternera. Y allá se iban los dos.

Pero, parece mentira, que un hombre, que sabía nada más ver a una hembra, si estaba preñada, se le fuese a escapar el desaguisado que Herminia le preparó; se quedó embarazada.

A los tres meses, mi madre notó en Herminia aquellos signos inequívocos que ella sufría año si, año no; mareos, vómitos, algunas repugnancias hacia ciertos olores, somnolencia…

- Herminia- le dijo- ¿tienes un problema que me quieras contar?
- Ninguno, señora, no tengo problema alguno.
- ¡No me engañes! Ahora puede ser el momento de arreglarlo.
- Le repito que Yo-no-tengo-ningún-problema.
Y una mueca burlesca apareció en su rostro cuando se retiraba.

Mi madre no la creyó, e inocentemente le fue con sus cuitas a mi padre. El viejo zorro le dijo que él se habría dado cuenta, y que lo dejara en sus manos. Subió a la habitación de las criadas, en su mano la vara de avellano le tentaba las espaldas y a cada escalón, la vara le golpeaba más fuerte. Era su propio castigo con el que quería mitigar su ciega rabia.

Mi madre podía ser sencilla, abnegada, servicial, pero no idiota. En el mismo momento en que confesó a su marido sus dudas, en ese momento en que vio su cara pálida y desencajada, comprendió. Subió las escaleras de tres en tres en pos de él. Herminia estaba en el centro de la habitación acurrucada sobre si misma, mi padre con la vara en alto, voceando y a punto de golpear.

- ¡Ni se te ocurra! -le dijo colocándose delante de la joven, con los brazos en cruz- Tú eres aquí el único bastardo prepotente.
Y aquel hombre, tan digno, tan recto, tan severo, tiró la vara al suelo, agachó la cabeza, y de rodillas, llorando, le pidió perdón a mi madre. También Herminia, avergonzada, se hincó de rodillas. Amelia calló, ella no tenía razón para pedir perdón.


Recuerdo que mi madre decía: "Dios castiga sin piedra ni palo", y por ese tiempo así lo creía, pues a poco aconteció, que estando mi padre mirando una yegua, debió de hacerla daño. Se levantó el cuadrúpedo de sus cuartos traseros, y con ambas patas soltó una coz que alcanzó al viejo de lleno lanzándolo por los aires. Murió mi padre casi de forma instantánea, rota su cabeza contra la pared de la cuadra.
Fue cuando vendió mi madre la finca del lago, que Herminia se puso de parto. Llamaron a la partera y también al médico, la cosa estaba complicada. Dos días después, me nació una cohermana que no conoció a su madre.

Si has leído hasta aquí, pensarás que hay motivos suficientes para creer que la botella está medio vacía, sin embargo, yo la veo en siempre en su justa medida. Tal vez sea mi ecuanimidad, otra de esas facetas que forman el carácter.

jueves, 4 de abril de 2013

Al rojo vivo.


Si un día hubiera un incendio, y tuviera que salir corriendo, seguro que pasaría vergüenza; soy de los que duermen en pelota picada.

Aquella mañana, como muchas otras, me senté al borde de la cama. Sentía algo de desasosiego, quizá fueran las arrugas de las sábanas, o que éstas eran de algodón. Quien sabe, tal vez fuera yo como aquella princesita del cuento de Andersen que le molestaba un garbanzo colocado bajo un montón de colchones.

Comencé a darme unos masajes; despacio al principio, arriba y abajo. Pronto comenzaron las exclamaciones de placer, y cuanto más vigor ponía en ello, más placer sentía. Llegó un momento en que me sentí satisfecho, entonces, dejé la mano, una de esas con palito de bambú que se compran en los chinos. Debía tener la espalda al rojo vivo.