jueves, 30 de mayo de 2013

El otro lado de la cama.



Tras veinticinco años de matrimonio y dos hijos en común, mi mujer dijo ¡basta!  Y yo no lo comprendí.
Toda mi vida había trabajado de sol a sol, como se suele decir. Me levantaba antes de las ocho para volver a casa después de doce horas. Cansado, con gana de algo ligero, ver un poco la tele y meterme en la cama. Cenar el sábado fuera de casa con los amigos, comer el domingo con los hijos y nietos, y poco más.

- Nuestras vidas se han instalado en la rutina -me dijo- en la apatía y el aburrimiento. Tú siempre fuera, yo siempre dentro. Parece que ya nos lo hemos dicho todo, que no tenemos proyectos juntos y que la ilusión ha muerto. Tal vez esa vida la deseen algunas personas, pero no yo. Voy a cumplir cincuenta y me doy cuenta de que apenas he vivido. Ahora he conocido a alguien que me estimula, que me incita a realizar mis sueños… y lo voy a hacer. Te dejo, me marcho.

Atónito, casi sin palabras, apenas si pude balbucir:
- Yo creí… supuse que estábamos bien… que era lo que deseabas. ¿No debieras haberme dicho, que no estabas cómoda? ¿Qué no eras feliz? ¿Para que me mato a trabajar?

- Tu trabajo es tú satisfacción, el culmen de tu ego. Ni siquiera insinúes que lo haces para mi felicidad.

Y nos cruzamos reproches, nos echamos en cara lo que te di y lo que me diste, lo que dejaste de darme y lo que no te di, en una competición que a ninguna parte conducía. La decisión estaba tomada.
Un claxon sonó abajo. De la habitación sacaste la maleta y con un "ahí te quedas" se cerró la puerta tras de ti.
Me asomé a la ventana. No sé si fue por la altura, pero me pareció que el tipo que te esperaba era canijo, de color tan cetrino como aquel changarro de coche; amarillo huevo.

A punto estuve de gritar por la ventana pidiéndole que volviera; el fulano simplemente se limitó a abrir el maletero. Mal asunto, te la llevas y ni siquiera la maleta coges.

Aquella noche cené una lata de sardinas y un botellín mientras miraba la tele. Ni prestaba atención, ni mi cabeza era capaz de pensar; ¿estaba vacía? No. La imagen de aquel tirillas me preocupaba. ¿Qué coño podía darle él? Imaginé que tendría un pico de oro, mucha parola con la que la enredó, que sé yo.
Apagué el aparato y me fui a la cama. Después de todo, mañana será otro día, pensé, y en aquel momento recordé a Escarlata. Pero los papeles estaban cambiados, Rhett (ella) se había ido con el cetrino y bien pudiera haber pensado sobre mi vida: Francamente, querido, me importa un bledo.

A pesar, o quizá por ello, de buscar el sueño reparador, no dormí mucho. Echaba de menos la proximidad y tibieza del cuerpo al otro lado de la cama. Su respiración, incluso algún que otro ronquido que de vez en cuando se le escapaba. Busqué el perfume de su cabeza sobre la almohada y, pensando en tiempos mejores, esperando su regreso, me quedé en mi lado de la cama. Dos lágrimas pugnaban por salir de mis ojos.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Abitar.



Que si, que está bien escrito, que una cosa es abitar y otra habitar. Habitar, morar, vivir, residir, es todo lo mismo. Pero Abitar es…
Abitar.
(De bita).
1. tr. Mar. Amarrar un cabo rodeando las bitas.

Tal vez aprendamos hoy en vez de una, dos palabras. Aquel que no sabía lo que es Abitar, difícilmente sabrá lo que son las Bitas. Alguna pista da el DRAE; Marina, Amarrar, y Cabo, estamos hablando de un barco, y las bitas son…
Bita.
(Del fr. bitte, y este del nórd. biti 'travesaño').
1. f. Mar. Cada uno de los postes de madera o de hierro que, fuertemente asegurados a la cubierta en las proximidades de la proa, sirven para dar vuelta a los cables del ancla cuando se fondea la nave.

martes, 28 de mayo de 2013

Pedro Infante y Carmen Sevilla.



El video no es muy bueno, pero ahí queda constancia de que también Carmen Sevilla cantó con Pedro Infante. Año 53, dos más tarde de que lo hiciera Sara.

martes, 21 de mayo de 2013

Atanasio y el moco..


Hace tiempo que deseaba contar esta historia, pero nunca me decidía a ello pensando que al igual que el protagonista de ella, hay muchos en esta España nuestra y no por ello se siente la necesidad de dejarla impresa en un papel. Pero como eran muchas las veces que a mí acudía el recuerdo de aquel hombre, pensé en escribirla por ver si de una vez llegaba a olvidarla.

Esta es pues una pequeña parte en la vida de un emigrante, como él decía, aunque lo suyo solo había sido un cambio de ciudad dentro del mismo país y casi de la misma región. Los motivos fueron como casi siempre, el buscar una vida mejor.

Aquella filosofía de "el buey no es de donde nace, sino de donde pace" no iba con él, pues siempre se considero extraño en la tierra que le cobijó y volvía a la suya siempre que podía. Aunque ya llevaba fuera más de veinte años, tuvo buen cuidado de dejar dicho cien veces que deseaba cuando muriera que lo enterraran en su pueblo. Hasta allí llegaba la nostalgia.

Atanasio era gallego. En sus años mozos se dedicó a menudo al contrabando de tabaco, si transportar de una lancha a una cueva y de allí al camión, se podía llamar contrabando. El solo era la mula que cargaba con los cajones sin saber quien los enviaba ni a donde. Simplemente unas pesetillas por el trabajo y hasta otra.

Sin un trabajo estable, la guardia civil lo tenía fichado, aunque solo en una ocasión lo habían cogido con otros compañeros en plena faena. Unos días en el calabozo y a la calle. No era pez gordo, nada sabía y el alijo era raquítico en aquella ocasión.

Un hermoso día de verano, paseaba por la playa sin otra cosa que hacer que contemplar aquel mar apacible. Los pocos veraneantes que llegaban al pueblo se bañaban o tomaban el sol. Varias sombrillas guarecían de los fuertes rayos a las matronas y que sentadas en sillas de tijera, vigilaban los juegos en la arena de sus niños. Unos mozalbetes daban patadas a una pelota, otros buscaban caracolillos en las rocas y las niñas se entretenían con el diabolo. Dentro del agua, algunos competían por llegar primero a tal o cual sitio. Uno de los nadadores, de no más de catorce años y que parecía bastante experto, se adentró más de lo prudencial con tan mala fortuna que le entró un calambre. Cuando vio que no podía mover las piernas y que se iba al fondo, comenzó a gritar presa del pánico. Los demás quedaron como petrificados y sus risas y voces se apagaron para quedar contemplando, como aquella cabeza ora emergía ora se hundía. Atanasio no lo pensó dos veces, pues no era la primera vez que señoritos como aquellos, acostumbrados a nadar en piscina, se habían visto en un apuro del que los hubo que sacar. Soltó las alpargatas y corriendo se despojó de la camisa para lanzarse al agua con pantalones y todo. Ya no se veía al muchacho, por lo que llegado al punto en que creyó podía estar, se sumergió. Los segundos parecían minutos y ya toda la gente estaba a la orilla del agua expectante. Por fin, Atanasio salió a la superficie llevando asido al joven que parecía desvanecido,  nadando hacia dos o tres hombres que ya se prestaban a la ayuda. Depositaron al chico en la arena e inmediatamente comenzaron a hacerle la respiración. Minutos más tarde y después de echar bastante agua, comenzó a respirar entre toses.

Aquel jovenzuelo que nuestro hombre salvó de una muerte cierta, supuso para él la vida mejor que tanto esperaba, pues era hijo de un militar de alta graduación y con mucha influencia.

- Pídame lo quiera que se lo proporcionaré. Como usted ve soy ya bastante mayor y este es mi tardío y único hijo. Lo que necesite, todo lo que esté en mi mano para usted y su familia, pídamelo que yo haré por que se cumpla.

Atanasio solo pidió trabajo, y trabajo le dieron. No en su pueblo, que no lo había, le dieron una recomendación para entrar en una fábrica de Asturias que comenzaba su andadura y que se llamaba Ensidesa.

A mucho no podía aspirar; sabía leer y escribir y las cuatro reglas, que ya era bastante, así que lo colocaron en la red de aguas, en un pequeño edificio al cuidado de unas bombas. El trabajo era escaso, la paga fija y aunque no muy elevada, si lo suficiente para mantener a su mujer y los dos hijos. Tenía concedida también casa de la empresa y otros pequeños beneficios.

Cuatro años pasaron sin poder volver a su tierra, primero por que tenía que ahorrar y pagar los muebles y después porque su mujer quedó embarazada nuevamente. Pero ese año iban a disfrutar aquellos veinte días de vacaciones. Cogieron sus dos pagas; la del mes y la del dieciocho de julio, sus niños, sus maletas, algunos regalos para la familia y se metieron en el tren.

En el pueblo no hay más de cincuenta vecinos. Unos pocos malviven de la mar y otros de la tierra. Para los primeros les es difícil dar salida a lo que pescan por le lejanía del mercado; solo tienen un comprador que se atreve a transitar con su viejo camión por aquellos caminos, y otro tanto les ocurre a los segundos. Tiene no obstante su iglesia, su botica y su bar, amen del cuartel de la guardia civil.

Atanasio llega desde la estación en la línea con su familia causando un enorme revuelo. Todos se conocen y por tanto se saludan en la plaza donde forman corro alrededor suyo.  Los miran con cierta envidia, sus trajes nuevos, el reloj de muñeca del que el hombre presume mirando la hora a cada instante, la maquina de hacer fotos que lleva colgada y que un amigo le prestó para la ocasión...

Una vez instalados, nuestro personaje se dirige al bar donde invita a los amigos. Para pagar saca un billete de mil pesetas y el tabernero se las ve y se las desea para poder darle la vuelta; las consumiciones no llegan a los diez duros. Al día siguiente, al atardecer, Atanasio vuelve al bar y nuevamente pone encima del mostrador un billete de mil pesetas. El dueño vuelve a tener problemas. Al quinto día y cuando por quinta vez aparece un nuevo billete de mil, el tabernero le dice que se lo pague otro día. Él insiste en que cobre por que quiere ir a la capital al día siguiente para revelar las fotos y posiblemente se queden por allí a conocer algo. Efectivamente, por la mañana temprano cogen el autobús y se van, pero al atardecer ya están de vuelta; no hay mucho que ver, los críos dan la lata y mejor es estar en casa.

Al cuartel ha llegado, por decirlo suavemente, la noticia de que el veraneante todos los días abona lo que toma con un billete de mil. No es que nunca hayan visto tal cantidad de dinero, pues otros forasteros también gastan, pero no un día tras otro. Algo raro sucede. ¿Serán buenos los billetes? ¿Estará de nuevo en lo del tabaco, y con más categoría? De mala gana el sargento decide encontrarse, por casualidad, con Atanasio.

- Hombre, Atanasio. ¿Que es de tu vida? No habíamos coincidido hasta hoy, que caro te vendes... ¿es que ahora que eres rico no conoces a nadie?

- Hola sargento, ¿por qué dice que soy rico?

- Las malas lenguas dicen que manejas mucho dinero.

- ¿Es un delito?

- No si ha sido ganado honradamente...

- ¿Y por que no lo iba a ser?

- Oye Atanasio, seamos francos. Me han venido a contar lo que haces en el bar todos los días. Como puedes comprender no parece muy natural. Hay quien quería poner una denuncia, y yo le he hecho ver que no había lugar, pero... ¿por que no me cuentas que es lo que pasa? Aquí no hay donde gastar todo ese dinero y tu por mucho que ganes tampoco puedes permitirte ese lujo.

- ¿Así que le fueron con el cuento?

- Sí.

- ¿Y si se lo digo, me guarda el secreto?

- Hombre, si se puede...

- No es nada malo, prométalo y se lo cuento.

- Vale, prometido.

- Vera usted; habrá observado que hemos ido dos veces a la capital; uno a los cinco días de llegar y otro cuatro más tarde. Hemos ido a cambiar el dinero suelto de las vueltas por verdes.


- ¿Cómo dices?

- Si coño, yo pago con uno grande, me dan la vuelta, se la entrego a la mujer que me da otro, así un día tras otro. Cuando no hay más que suelto, nos vamos al banco de la ciudad, cambiamos lo chico por lo grande y otra vez a empezar. Con mil duros que traje, tengo calculado hacer esto durante quince días y otros dos más con uno de quinientas. Más de uno rabiará, por ejemplo el boticario y el cura, que ya ha querido confesarme, pero yo no suelto prenda.

- ¿Y solo por hacerles de rabiar haces esto?

- Si señor. ¿Acaso no sabe que antes de morir mi madre, el primero no nos quiso fiar más, y el segundo solamente dijo una misa de las siete que ella le pidió?

- No lo sabía, de todos modos eso es agua pasada, además, el cura pensaría que aquella buena mujer que fue tu madre no necesitaba de tantas misas. De todas formas ¿qué placer encuentras en ello?

- Que les reconcoma la envidia. Como ve, la tienen, sino no habrían ido a contárselo.

- Está bien, lo que tú quieras, pero mejor sería olvidar lo pasado.

Durante todos los veranos volvió a su pueblo. Aquella forma de ser no había cambiado y para ganar unos cuartos más se dedicó a la reventa de lo que sacaba de los barcos, todo con el afán de presumir. Pequeños transistores de radio, relojes japoneses, ginebra holandesa, tabaco americano, whisky escocés, vodka, prismáticos y cámaras fotográficas rusas, cualquier cosa que se pudiera guardar en los amplios bolsillos de la gabardina o la ropa de trabajo y que pasaba ante el carabinero con gran desfachatez. Para entonces, su puesto de trabajo estaba en los muelles, dedicado a acompañar al técnico que hacía los aforos. Los marineros que atracaban a descargar, lo conocían de otras veces o por referencias de amigos.

Un día fue a Gijón, al rastro, y quedó gratamente sorprendido de los negocios que allí se hacían. Pensó que era el sitio idóneo para dar salida a sus mercaderías y se puso en marcha. Se hizo con una sombrilla que colocó atada a un caballete sobre el que abrió una maleta de madera cuajada de artículos de uso corriente, y bajo esta, en una bolsa de lona los más comprometidos que iría sacando según viese.

Los curiosos se acercaron, alguno preguntó precios, pero nadie compraba. Dos horas llevaba ya y ni una peseta había entrado en su bolsillo, por lo que decidió cambiar la pasiva actitud que había mantenido pasando a la acción:

- Acérquense señores y señoras y vean lo que hoy traigo a esta plaza. Por cinco duritos les ofrezco el lote compuesto por la asombrosa maquinilla de afeitar bañada en oro alemán, cinco paquetes de hojas de la acreditada marca Sevillana y tres peines de distintos tamaños todos ellos de verdadera concha de tortuga de las islas Galápagos. Pero aún hay más, a los diez primeros compradores que se acerquen a por este lote, les regalo el jaboncillo y para que no digan que soy tacaño, la maravillosa brocha de pelo de castor autentica. Todo por solo cinco duritos. ¿Hay quien de más?

En un periquete vendió toda aquella metralla a la vez que por lo bajo y solo a los hombres, les ofrecía lo de la bolsa; Tengo relojes suizos marca Cauny y Orient japoneses sumergibles, transistores Sanyo... También "gomas" del Trébol muy baratas.

Cuando los mirones se iban esparciendo, atraía de nuevo su atención con mil triquiñuelas, y aunque alguno trataba de dejarle mal, siempre salía airoso de los lances.

- Tengo aquí un invento maravilloso que me enseñaron los indios de la Patagonia, con un simple periódico como este podremos ver a nuestros seres más queridos. Vean señoras y señores como; enrollamos el periódico, tiene que ser el ABC, de esta forma, luego hacemos un corte hacia la mitad con una navaja suiza como esta, lo doblamos y tenemos unos prismáticos con los que podrán ver a su suegra. Pero ya que hemos hablado de navajas, dejemos por un momento este artefacto y vean lo que les puedo ofrecer; un autentico taller ambulante, la prestigiosa navaja de la cruz que lleva: unas tijeras para cortar las uñas del señor o los hilos de la señora, una lima, un sacacorchos, una hoja grande y otra pequeña, un abrelatas y descorchador. ¿Y cuanto dirán que pido por esta estupendísima navaja? No señor, no voy a pedir vente duros, ni diecinueve ni quince ni catorce, la dejo al irrisorio precio de diez duritos nada más. Pero como a mí nunca me gusta que la gente se marche esperando que tal vez pudiera haber conseguido algo de propina, a los diez primeros que la adquieran les voy a entregar de regalo, el estuche de piel de cabra para que la guarden, y esta cadena de acero inoxidable, fiel complemento para que la lleven cogida al cinto.

- Oiga, ¿y cuando vamos a poder ver lo del periódico?

- Calla niño y no incordies, además, ¿quien coño quiere ver a su suegra?

También le iban las cosas que primero se compró una moto a lomos de la cual se desplazó al pueblo con su mujer. Pero aquello no era suficiente. El progreso se adentraba en todos los lugares poco a poco y no iba a ser menos en su terruño. Algunos ya poseían tan preciado bien, por lo que la idea del coche se fue grabando en su mente. Cambió la moto por un "Gordini" azul metalizado, que aunque era de segunda mano, estaba muy bien. Los niquelados brillaban cegadores, ni la más leve mota de polvo dejaba que se posase sobre él, siempre con la gamuza limpia aquí y allá.

File:Renault Dauphine 2012 03.JPG

Nuevamente habían llegado las vacaciones y ya estaban liando el petate. Causó admiración como de costumbre y no tuvo más remedio que mojarlo, como se suele decir. Invitaciones a todos los que le festejaban y admiraban y explicaciones de cuanto corría, como funcionaba el radio casete...

Dos días después de llegar salió a dar una vuelta en su flamante auto. La carretera serpenteaba entre los gruesos y altos pinos. No era muy ancha, pero la circulación era muy escasa por no decir nula. La radio sonaba mal por aquellos parajes por lo que decidió poner una cinta de música. Aquello era otra cosa. Abrió un poco la ventanilla para sentir el perfume de la floresta y que el aire le acariciara. No respiraba muy bien, así que se metió el dedo en la nariz en busca de lo que se la obstruía. Encontró lo que buscaba y lo sacó con la uña. El paso siguiente fue llevarlo a la boca para escupirlo a continuación en dirección a las alfombrillas. Mala suerte, la partícula quedó pegada a la radio. La recogió nuevamente con el dedo. Empezaba a bajar una pequeña cuesta con el moco pegado al dedo, por lo que repitió la operación; a la boca y nuevamente a escupirlo. Esta vez lo iba a dirigir mejor. Apuntó al hueco entre el asiento contiguo y el salpicadero y zas... nuevo fallo, yendo a posarse esta vez tan indeseable porquería en el asiento.

- ¡Maldita sea, con el puñetero pegote!

Estiró la mano para eliminar aquella horrible suciedad sobre el inmaculado tapizado, cuando un pequeño bache gira el volante. Trata de controlar el vehículo dando un volantazo en sentido contrario, el coche derrapa y se sale de la calzada chocando contra un grueso árbol. Allí acabó Atanasio, allí su presunción, y sus afanes. Todo por un minúsculo y asqueroso moco. Y mientras la música sonaba…

…bajo el palio sonrosado
de la luz crepuscular.

Mirando al mar soñé
que estabas junto a mí.
Mirando al mar yo no sé qué sentí,
que acordándome de ti, lloré.

La dicha que perdí
yo sé que ha de tornar…

viernes, 17 de mayo de 2013

El "Mundo" me responde.




El día se presentaba bien; ni una nube en el cielo, mes de mayo ni caluroso ni frío y el monte esperando. No soy escalador, simplemente mochilero. De esos que llevan el pan, la longaniza y el bocata de tortilla. Un mix de frutos secos, cantimplora de agua fresca, la bota para medio día, "calcetos" y camiseta de repuesto, y un chubasquero por si las moscas. Unos gemelos Zeiss muy usados, un bastón, y a caminar.

La senda es ancha y cómoda al principio, se nota que son muchos los que la empiezan. Un trecho más adelante se va empinando y estrechando; la gente comienza a ir en fila india. Por aquí, y tras tanta lluvia, las gramíneas han crecido y se vencen hacia el camino. Algunos árboles, robles, y sobre todo encinas, proporcionan sombra y cobijo a los pájaros que trinan buscando pareja.

Tras tres horas de camino, siempre hacia arriba, la hierba ha dejado paso a las matas de lavanda que contrastan con amapolas, diente de león, jaramago y brezo. Huele a tomillo , romero y manzanilla silvestre. Piedras berroqueñas van sustituyendo a los árboles que ya crecen ralos.

He recuperado fuerzas y le he dado unos tientos a la bota. Estoy en la cima de "mi monte" desde donde diviso otros muchos, viejos, redondeados, gastados por el viento; barrancas, pequeños valles y un riachuelo en el fondo que se pierde entre el soto. Muy al fondo, en un cordal, giran silenciosos multitud de molinos eólicos.
Solamente se oye el rumor leve del viento, y de vez en cuando, la voz de una pareja de milanos reales. Contemplo sus picados y persecuciones acrobáticas durante un rato; sin duda están en celo.
Sé que no hay eco y ni yo mismo responderé a mis voces;

- ¡Mundo! - grito- eres una mierda. Perdón, hemos hecho de ti una mierda. Taladrado tus entrañas, arrasado montañas para hacer cemento, construir rascacielos para que aquellos que pueden, estén por encima de la polución. Construido bombas para luego hacerlos escombros en las infinitas guerras. Hemos contaminado tus aguas, quemado tus bosques, desertificado tus tierras.
¿Qué coño haces que no te revelas?

Entonces, a voz en cuello alguien me responde…

- Soy el "Mundo". Te he de preguntar una cosa; ¿En que has venido desde la ciudad?



miércoles, 15 de mayo de 2013

Fusco.



¿Cuántos biólogos se encuentran entre los lectores?
Seguro que el significado de la palabra de hoy, no les resultará desconocida. A mi me sonaba un poco… fusca, pero para eso está el diccionario.
He mencionado a los biólogos, por la sencilla razón de que todos estos "bichos" llevan el apellido fusco.
Laurus fuscus, o gaviota sombría.
Eptesicus fuscus, o murciélago moreno.
Pelobates fuscus, o anfibio anuro (rana)
Scytalopus fuscus, o churrin del norte.(foto)
Cerebratulus, fuscus, o gusano pardo-rojo.
Liolaemus fuscus, o lagartija oscura o parda.
Isostichopus fuscus, o pepino de mar.
Zabius fuscus, o escorpión rojizo.
Liasis fuscus, especie de pitón.
Papilo fuscus, o rascador pardo (pájaro)
Cocodrilo fuscus.

Bueno, ya me cansé. Como habréis podido adivinar, fusco es:
(Del lat. fuscus).
1. adj. Oscuro, que tira a negro.
2. f. pato negro.
3. f. Ext. y Sal. Maleza, hojarasca.

lunes, 13 de mayo de 2013

Ramona.



El camino asfaltado llega hasta el frente de la casa, desde allí, se bifurca rodeándola, tal vez para acceder al garaje, o para que la arboleda y el jardín no la invada. Tres escalones dan acceso a una puerta doble, de madera forja y cristal, protegida del sol por un amplio balcón de hierro forjado y remates de latón, cual si de un Ayuntamiento se tratara. La puerta central que da a ese balcón, está entreabierta empujando la suave brisa levemente la cortina.

Tras la cinta balizadora se arremolinan curiosos los vecinos. Dentro del perímetro, policía y asistencia médica.

-¿Qué es lo que tenemos aquí?
- Parece un suicido, inspector.
- Entonces, ¿qué pintan aquí los sanitarios?
- El cartero descubrió al sujeto, parece que aún vivía y fue quien dio el aviso.
- No lo parece, pero, ¿alguien ha tocado algo?
- No. Mi compañero y yo fuimos los primeros en llegar, el funcionario se mantenía a cierta distancia. Luego llegó la ambulancia.
- Está bien, que se vayan. Hablaré más tarde con el cartero.

A simple vista, el occiso se lanzó, o cayó desde el balcón. ¿Vivía solo?
- Un vecino dice que con una enfermera; tenía cáncer y necesitaba ayuda.
- ¿Familia?
- Está divorciado desde hace un año más o menos. La ex se fue a vivir a otro lugar. El padre… en una residencia; mochales.
- ¿Y la enfermera?
- No está, le dejó una nota diciendo que iba a la farmacia y al super. Aún no ha llegado.
- Buen trabajo, gracias.

- ¿Qué nos dice el forense? ¿Es lo que parece?
- Pues si, eso es lo que digo. El hombre debió caer accidentalmente, el cráneo se abrió como un coco, las proyecciones de la sangre así lo indican y también la postura.
- ¿No existe la posibilidad de que alguien lo ayudara?
- No, espera un momento - ¿has acabado con las fotos?- he de mover el cuerpo.
- ¿Has sacado alguna desde el balcón?
- Si, ya está todo.
- Inspector, ha llegado la cuidadora.
- La veo en un momento, voy arriba.

- Señorita…
- Ramona, me llamo Ramona.
- ¿Afligida?
- La pregunta es estúpida. Afligida e impactada, jamás pensé que pudiera ocurrir esto. Ha sido culpa mía, no debí dejarlo solo.
- Sus palabras se contradicen un tanto; si jamás pensó en que eso pudiera suceder ¿por qué, se siente culpable?
- Eso requiere de una larga explicación, ¿quiere escucharla?
- Faltaría más.
- Hace cosa de un año conocí a Antonio. En el hospital, le habían efectuado una colostomía. Yo trabajo con estos pacientes y con sus familiares, les enseño los procedimientos y las complicaciones que pueden surgir. Antonio estaba solo, su mujer le abandonó ante la perspectiva que se le avecinaba, y eso es complicado; debía luchar contra dos cosas distintas.
Cuando le dieron el alta, acudía a su casa, como en todos los casos, dos veces al día. Lo natural era ir espaciando poco a poco las visitas, hasta que él fuera completamente autónomo. Pero era demasiado escrupuloso y su mal no estaba erradicado. Aquello era un desastre, apenas comía y adelgazaba a ojos vista.
A petición suya, pedí una excedencia y me vine a vivir aquí. Me involucre emocionalmente, aún siendo la primera norma el evitarlo. Pero no estoy pesarosa ni arrepentida; hemos disfrutado, reído y sufrido juntos. Esta madrugada se despertó,- Ramona, ¿duermes? he de decirte algo. Lo acompañé al sofá, frente al balcón abierto para ver las claras del día. Allí tendido, sobre mis piernas, escuchando los latidos de dos corazones, dijo…

- Ramona, en estos últimos tiempos, te has portado conmigo como si fueses mi propia madre. Hazme el último favor, cógeme en cuello, apoya mi cabeza contra tu seno y moriré sin miedo. Quiero tratar de recordar aquella tibieza, el perfume del calostro, el amor y el mimo con los que sin duda me trató. Sé que tus manos me acariciarán con esa delicadeza que me has demostrado estos meses. Esa delicadeza que solo tiene el que amor de corazón profesa, méceme entre tus brazos y susúrrame quedo palabras que mitiguen mi angustia. Engáñame, dime que si, que hay un más allá donde no existe aspereza y dolor. Donde por fin encontraremos la felicidad que se nos niega en este valle de lágrimas.
Perdóname por no poder acompañarte en el venturoso día que se avecina.

Y yo lo acurruqué, le hablé bajito tratando de llevar algo de esperanza a quien ya no la tiene. Sus grandes ojos me miraban desde aquella cara huesuda y poco a poco se fueron cerrando. Lo dejé dormido, lleno de paz y salí a buscar bolsas colectoras para su ostomía, aún no era su tiempo.

- Lo siento mucho. Nos iremos inmediatamente procurando molestar lo menos posible. Tenga, la nota que le dejó, bajo su "Amor, voy a la farmacia, vengo enseguida", él añadió: "No llores, todo está bien así. Todo está arreglado".