jueves, 29 de agosto de 2013

Del Sueño a la Plegaria.


Aquella noche soñé cosas horribles; un dentista trataba de arrancarme una muela con unas grandes tenazas y sin anestesia.

Debió de comenzar apenas me acosté, un suave y fino dolor fue ascendiendo hacia el oído y el ojo izquierdo. En mi sueño, me levantaba para comprobar si tenía una carie, aunque estaba seguro de que no era así. Me miré en el espejo, efectivamente nada se apreciaba, ni un pequeño flemón, pero el dolor comenzaba a ser insoportable. Fui a buscar algo en el cajón de los medicamentos. Grageas blancas, rosadas y hasta azules. Cápsulas granate, verdes y bicolores, grandes, medianas y pequeñas. Unas eran para el yuyu del corazón, otras para la próstata o la alergia, incluso había unas para el hígado. Goteros con colirios varios para los ojos, tubos de gel para las contusiones y hemorroides, ungüentos para quemaduras y heridas, gasas, termómetro y hasta un tensiómetro… el cajón lleno, pero ni un mísero analgésico.

Desesperado recordé el remedio de la abuela: "Cójase un papel de estraza grueso, hágase un cucurucho al que se dará fuego por la parte ancha, apáguese la llama, y así, humeante, aspírese ese humo introduciendo la punta del cono en las fosas nasales".

Las lágrimas rodaban por mis mejillas, la seca picazón en la garganta me hacía toser el cloro, el plomo y azufre, amen de otras porquerías inhaladas, por el contenido de aquél papel bastardo. La cabeza me pesaba y estaba a punto del mareo. Arrojé al suelo el maldito remedio que nada remediaba para cambiar de táctica; coñac de treinta grados, ginebra y güisqui de cuarenta. No, mejor de aquél orujo que tenía mas de sesenta. Empecé a echarme buches al coleto tratando de ahogar los posibles gusanos que roían dentro de la muela, o de emborrachar al nervio. Poco a poco, lo fui consiguiendo.

Aún en mi sueño, desperté por la mañana agarrado a la botella, y sin desayunar siquiera, me dirigí al dentista.

.- La muela será difícil de sacar, tiene tres grandes raíces abiertas y un nervio como si fuera el calabrote de un barco- me dijo tras mirar la radiografía.

Fue hasta este momento, que todo entraba dentro de lo posible, aunque fuera un sueño demasiado hilvanado. Lo peor vino a continuación y transcurría como esas películas mudas un tanto aceleradas. El dentista colocó la mano al estilo pedigüeño sin musitar palabra. La auxiliar, de rotundos pechos, le pasó unas tenazas grandes mientras se metamorfoseaba en herrero. Desapareció la bata y en su lugar apareció el clásico mandil de cuero que dejaba ver un pecho tiznado y sudoroso. Con una cínica sonrisa se volvió para atender la fragua donde un hierro se calentaba.

La muela cordal salió por fin tras un gran forcejeo ocasionando grandes desgarros. El nervio apareció enganchado y tal parecía una ristra interminable de salchichas aun por atar. El hierro candente, casi blanco, chisporroteaba cuando el ayudante se lo pasaba para cauterizar. ¡Hasta aquí hemos llegado! Fue entonces cuando el terror me despertó, esta vez de veras.

Dicen, que soñar con la pérdida de piezas dentales, es premonición de que algo malo sucederá. Si son las de arriba, de lo malo, lo peor. Por eso andaba yo con cierta "rocea", y más cuando mi María me dijo…

- Oye Ramón, ¿recuerdas cuando hace unos meses me faltó la regla y luego me volvió?
- Si, ¿es que te ha vuelto a suceder?
- Si.
-Tal vez no sea nada, puede que el "asunto" se te esté retirando, pero me preocupa, pide consulta para mañana y se lo explicas al doctor.

Con cuarenta y seis años bien pudiera ser que esta vez fuera la definitiva, pero resultó algo insospechado.
Viendo la redondez de María, musité a modo de plegaria aquella parte del himno a Atón:

Eres tú quien desarrolla el embrión en la hembra,
tú quien crea la simiente en el varón,
tú quien da vida al hijo en el seno de la madre,
tú quien le mandas el consuelo que apacigua sus lágrimas,
tú, la nodriza de quien aún esté en el vientre materno,
tú el que no deja de dar aliento a la vida de cada criatura.
Cuando salen del seno materno para respirar, el día de su nacimiento,
tú abres al instante su boca y les das lo necesario.

Por esta vez, los onirománticos fallaron en la interpretación. Claro está, que yo, ¿incrédulo? por naturaleza, sabía que todo iba a resultar bien.


martes, 27 de agosto de 2013

Bitoque.


Tiempo atrás, comentamos la palabra Bita, del francés bitte. Pues bien, la palabra de hoy: Bitoque, proviene de Bita. Ambas tienen que ver con la madera, y si la primera, como se dijo en su día, se refiere a esos postes de madera que sirven para dar vuelta a los cables que sustentan el ancla del barco, bitoque, es:

1. m. Tarugo de madera con que se cierra el agujero o piquera de los toneles. (5 tengo y a todos les falta el bitoque)


Según el diccionario gallego-español, el bitoque, además puede ser: Clavo con orejas que se usa para clavar las lamias de los carros rurales, es decir; las llantas.

También encontré, que en Portugal y en algunos sitios de España, bitoque, es una hamburguesa, o filete ruso, que viene a ser semejante, y que de ruso solo tiene el nombre. 
Aunque varios países son los que se disputan la invención, parece que los franceses se colgaron la medalla. A mi me da la pinta, que ellos lo copiaron y modificaron, del tartar, ese filete que los tártaros colocaban bajo la silla de montar para desangrarlo.

Como quiera que me sonaba mucho la palabra gallega lamia, y no recordaba lo que era tal cosa, me fui al diccionario español por ver si encontraba equivalencia:
Lamia1.
(Del lat. lamĭa).
1. f. Figura terrorífica de la mitología, con rostro de mujer hermosa y cuerpo de dragón.
Lamia2.
(Del lat. amĭa).
1. f. Especie de tiburón, de la misma familia que el cazón y la tintorera, que se encuentra en los mares españoles y alcanza unos tres metros de longitud

Esto se está haciendo largo, así que un día os contaré la leyenda de Lamia, hija de Poseidón y Libia, de la que Zeus se enamoró y que ahora he recordado.




miércoles, 21 de agosto de 2013

La Importancia de LLamarse César.


Aunque me llamo César, parece que todos hayan olvidado mi nombre; me conocen por Tito.
A un sobrino mío, cuando éramos niños, le cayó en gracia que siendo ambos casi de la misma edad, yo fuera su tío. Así que cambió César por tío, y a veces, cuando quería algo, por tito.
Nada hubiera ocurrido, de no ser por el nacimiento de una mi prima, a la que bautizaron como Carlota (la manía de cambiar nombres en mi familia es notoria; la llamamos Carola, aunque esto tiene su razón de ser) y que por imitación, con su lengua de trapo, comenzó a llamarme Tito. Hoy tengo treinta y cinco, ella veinticuatro, sigo siendo Tito y ella Carola.

Desde los primeros pasos de Carola, su inclinación por mí fue manifiesta; siempre corría a abrazarme. La cogía en cuello, e invariablemente ella me chupeteaba el lóbulo de la oreja. No entiendo de ciertas actitudes, así que no voy a entrar en valoraciones de si era por esto o por aquello, el caso es que sucedía. Y hasta ahora, su actitud ha permanecido inalterable.

Dicen que el nombre de Carlota significa; mujer fuerte, dotada de noble inteligencia y elevación de ánimo. Aunque es flacucha, es una mujer fuerte, nada la arredra, también inteligente; ha acabado brillantemente sus estudios de medicina.
Hoy tenía una buena noticia para la familia, pero yo estaba reparando la puerta de la cabaña arriba en el monte. Se vino hacia aquí, y cuando me vio, corriendo hacia mí, de un brinco se colgó del cuello trabándome con las piernas y me mordió la oreja, como siempre.
Sentí la pujanza de sus puntiagudos pechos en mi carne, y me sucedió como a aquellos que dicen, que en peligro, pasa por su mente en un solo segundo toda su vida. Lo mío no fue para tanto, pero casi.

Recordé algo que me sucedió cuando apenas había cumplido los catorce. Oscurecía. Encendieron las luces de la romería; un poste central y media docena de bombillas de colores en cada cordón que se dejaban caer cual si fueran las aristas del toldo de un circo. La mortecina luz hacia borrosas las facciones, pero realzaba las siluetas que, amparadas en la semioscuridad liberaban sensualidad.
La orquestina a un lado, enfrente la tómbola, las casetas de tiro al blanco, la churrería y la barraca de las bebidas. Los bailarines sobre la hierba recién segada giraban al son, pero, de vez en cuando alguna pareja se perdía tras matos y bardiales. Recordé también la canción:

Por San Cosme y San Damián
cuidado neña temprana
no pases al maizal
no lo riegues con tus lágrimas.

Aunque bien sabemos lo que quiere decir, yo creo que al maizal solamente se entra a mear, que el narvaso pincha e incomoda; para hacer el amor, mejor la mullida hierba.

Y allí estaba yo, todo ufano paseando a dos amigas, sobrina una de ellas, de mi vecina. Pero solamente eso, paseando; no sabía bailar. Cansadas de dar vueltas, y viendo que los mozos, algo acalorados por la sidra las piropeaban sin respeto por mi persona, me dijeron; "Espera un poco que ahora venimos". Y tomaron algo con unos en la barraca, se echaron unas piezas y desaparecieron tras uno de los bardiales.

Todo eso y más, pasó por mi mente en una milésima de segundo. Pensé que debía de dejar de ser un cocido, un tímido en eso del amor y me armé de valor. Las palmas de mis manos bajaron hasta los glúteos y sobaron descaradamente. Un instante de duda, tal vez de sorpresa, y Carola, apretándose aún más, arrastró por mi mejilla los húmedos labios hasta mi boca.
No sé si fue en aquel momento, o algo después, que por primera vez dejé de ser para ella el Tito, para ser César.

Por cierto, que se me olvidaba, la noticia es que va a hacer su especialidad en el hospital que pretendía.


sábado, 17 de agosto de 2013

Mi Gato Tigre Tom.


Subí al desván, ya no recuerdo el motivo. Hacía calor y abrí esas claraboyas que ahora llaman Velux y me quedé contemplando el paisaje. Allá abajo, en el prado, mi gato Tigre Tom, estaba sentado con la vista fija en un montoncito de tierra fresca; una topinera. La situación me resultaba algo extraña, aunque de vez en cuando suele cazar los pajarillos al vuelo, jamás le vi interesado en atrapar otros insectívoros o roedores. Ese trabajo se lo deja para las hembras.
El sol le daba de lleno. Poco a poco comenzó a agachar la cabeza, se estaba quedando grogui, y a no mucho tardar se iría a tumbar a la sombra del cerezo.
Me vino a la mente, cuando en el mismo sitio, su madre lo lavaba y atusaba con mimo. Como, cuando cansada de su impertinencia, le arreaba un manotazo en el trasero y lo hacía rodar cuesta abajo. Entonces él se encabritaba, y, sostenido por sus patas traseras, lanzaba manotazos al hocico de la madre mientras enseñaba los dientes bufando cual tigre bengalí. Otras veces, trataba sin resultado de coger la punta de la cola de su progenitora, que, adivina ella, sin mirarlo siquiera, se lo hurtaba.
De ahí nació su nombre; Tigre por su osadía y Tom, por lo cómico que resultaba. Los pastelillos también tuvieron algo que ver.

El gato se ha cansado de esperar al topo y se ha ido a la sombra donde parece dormir placidamente. Solamente las orejas, a modo de radar, giran independientemente a uno u otro lado tratando de adivinar de donde proceden los más leves ruidos. Ahora ya ni eso, solamente la respiración acompasada que su barriga denota.

Por el recodo del "Camino a Ningún Lado",  ha aparecido una cabeza. Atisba sin atreverse a salir; la senda está envuelta en las sombras de la variada y alta vegetación a ambos lados. Es el siamés de un vecino de más abajo. No tiene más remedio que adentrarse por allí; quiere ir hasta la fuente, beber y enredar con los peces de colores del estanque.
No se ve ni oye nada. A medida que avanza, su  precaución se relaja. Sale del empedrado para atajar por el claro donde se yergue la veleta, con toda confianza. Entonces ve a Tigre Tom y se pega al suelo cual si fuese un Marine. Ni siquiera sus orejas, tiesas y apuntando al objetivo, asoman por encima de la hierba. Han pasado dos minutos y nada ha variado, procede echar un vistazo. Cual periscopio de submarino, aparecen lentamente los negros pabellones auriculares, los ojos azul claro y por fin el hocico. Es la cabeza de un Ninja presto al ataque.


Desde mi atalaya, y con malicia calculada, doy una sonora palmada. El siamés, ha dado un salto acrobático; medio metro hacia arriba y con giro de 180 grados. Apenas ha puesto los pies en el suelo y ya se ha perdido de vista por donde vino. Tigre Tom apenas si se ha movido, está demasiado a gusto.

viernes, 16 de agosto de 2013

La Curación y la Esencia.


- ¡Coño, María ¿llegaste?

- ¿Se te hizo larga la espera?

- Bueno, ya sabes como pasa aquí el tiempo…

- Anda, échate para allá que traigo compañía.

- ¿Entonces?

- El mayor de tus hijos, aunque este ocupa menos que nosotros. Él fue el que dispuso que estuviéramos todos juntos. No pudo ser antes; primero porque yo aún no estaba "curada", luego no lo estabas tú, ahora, mondos y lirondos ambos, ha aprovechado para cumplir su promesa.

- ¡Bonita la urna! Pero, parece mudo, ¿acaso no nos oye?

- No creo, le quitaron toda la esencia.

 


martes, 13 de agosto de 2013

Por Orden del Rey.



La aldea está escondida en la falda del monte. Robles y castaños la bordean, algunos claros de pastizal y pequeñas huertas donde las mujeres y los niños pastorean sus ganados o trabajan la tierra. Los hombres, solo la caza, la venta del ganado en la ciudad, la preparación para una hipotética defensa del lugar, y el goce de los sentidos.
Casi todos ellos, los hombres, eran analfabetos; se libraban de aquel "mero inconveniente" cuatro monjes del escueto monasterio, el jefe del poblado y pocos más. Las mujeres, a excepción de la hija del Conde, a lo más que llegaban, era a contar con los dedos.

Una vez a la semana, llega en su carreta un buhonero, que a la sombra de la ermita, extiende su mercancía. La campana del monasterio avisa de la llegada del vendedor y todos abandonan su faena para adquirir lo que necesitan y ver las novedades que trae. Aprovechan también para hacer trueques entre ellos, conformando de esta forma, un mercado que podía celebrarse cualquier día de la semana, a expensas de la aparición del buhonero.
En esta ocasión, el comerciante venía acompañado por un joven doncel, que era quien llevaba la voz cantante, y tal parecía, que estuviera aprendiendo el oficio, o que quisiera comprar el negocio.

Sobre una lona blanca, colocaron las baratijas, y sobre otra azul los artículos de más valor. En sitio preferente y bien visible, colgado en el centro de la carreta, podía leerse el siguiente letrero:

"Cada uno de los artículos de la lona blanca, tienen el precio de una moneda; los de la lona azul, lo que marcan en el marbete."

Una mujer cogió un espejito de marco dorado de la lona blanca, y el joven le cobró tres monedas. Otra, un cuenco de semejante lugar, y pagó por el, dos monedas. Así fueron pasando por allí los vecinos, el vendedor cobraba lo que le venía en gana y todos felices sin paular ni maular.

Una joven se acercó al puesto, cogió dos objetos de la lona blanca preguntando el precio; "cinco monedas" respondió el mozo. Luego, tomó otro de la lona azul y mirando la etiqueta, volvió a preguntar su precio; "diez monedas", fue la respuesta.
- Y, entonces todo… ¿cuántas monedas son?
- Veinte monedas, bella damisela.

Ella las contó depositándolas en la mano del joven, y una vez los dineros en su poder, gritó; " A mi la guardia, a mi la guardia".
Dos fornidos soldados con espada al cinto corrieron a su lado.

- Detened a estos embaucadores y llevadlos a presencia de mi padre el Conde.

- Se os acusa de engaño manifiesto, pues pregonando ambos lo que vendéis a un precio, cobráis lo que os da la gana y siempre con usura.

- Señor Conde - comenzó el joven- es cierto casi todo lo que decís, aunque todos aquellos que compraron, se marcharon satisfechos con el precio. Es verdad que el letrero indica una cosa y nosotros hacemos otra, pero no tenemos la culpa de que ninguno de ellos sepa leer. Esta es vuestra culpa, y yo me he servido de esta añagaza, para comprobar hasta que punto se ha cumplido la orden, que hace un año por estas fechas, os diera el Rey. Quedáis emplazado para dentro de cinco meses, si para esa fecha, al menos uno de cada casa, sea hombre mujer o niño, no sabe leer, escribir, sumar y restar, seréis llevado a su presencia y despojado del condado. Poned pues los medios para que esto no suceda.


El buhonero devolvió a los vecinos lo que fue cobrado con aumento, y dicen, que todos los que sabían, se convirtieron en maestros de los demás para cumplir la orden real.

sábado, 3 de agosto de 2013

La Buena Nueva de la Noche Buena.

Mis padres, fieles creyentes, a pesar de que su miseria no era recompensada en modo alguno por su fe, tuvieron varios hijos; al primero lo llamaron Santiago, al segundo Andrés, Juan, Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo, Tiago, y Judas Tadeo les siguieron hasta que yo nací. Como era lógico, me llamaron Simón.

A los cuatro primeros, apenas los conocía, aunque del quinto tengo buen recuerdo. No, nadie piense que murieron, es que en aquella casa, cuando se cumplían doce años, cada cual había de buscarse el sustento.
Preparaba mi madre un hatillo con las escasas pertenencias, y en compañía de mi padre abandonaba el hogar.
Como quiera que todos éramos semianalfabetos, el trabajo que nuestro progenitor nos buscaba era como el suyo, de peón, o criado en el mejor de los casos. A los que se iban, como sucede en ese anuncio, solamente los veríamos el día de Navidad.
Yo fui más precoz; cuando cumplí los diez, me marché al alba sin decir nada. Estaba harto de ayudar a mi madre en la huerta; sembrar unas pocas  patatas, algunas hortalizas, limpiar la cochiquera una semana de cada mes… A medida que te hacías mayor, además de la limpieza había que sacar los cerdos y un par de cabras a pastar por el soto, acarrear el agua o la leña, recoger castañas y bellotas…

Aquel día llego un coche con un señor que le compraba los lechones a mi padre. Mientras hacían el trato, me acerque al vehículo donde puede ver a un niño de mi edad. Hice la comparación; él con zapatos pepito suela de tocino, yo descalzo. Él con traje de marinero blanco, yo pantalón corto que ataba con un solo tirante y camisa, que por falta de botones, ataba cual bailaor de flamenco. Comprendí que había una vida mejor, por eso me fui.

Caminando, caminando, llegué a un pueblo grande, mi morral estaba vacío, tampoco es que llevase demasiado en él; medio chusco, un poco de queso, cuatro algarrobas y una camisa. Así que cuando me llegó aquel olor tan apetitoso, seguí su rastro. Pronto me encontré con la nariz pagada al cristal del escaparate de una pastelería; ¡cómo no!
Se abrió la puerta y salió un cura con un pequeño bulto asido por una cinta.
Se quedó mirándome un instante, luego, abriendo de nuevo la puerta que se había cerrado tras de si, me invitó a pasar.

- ¿Querrás un pastelillo?

Metí la barbilla contra el pecho, mirando al suelo y las manos cogidas por bajo del ombligo. No podía disimular la vergüenza por el hambre que tenía, más, de reojo, continuaba mirando lo que el escaparate ofrecía.
El cura invitó de nuevo;
- Vamos, ¿a que esperas?

Y entré decidido.

Fui observando, de derecha a izquierda, todo el muestrario; rosquillas tontas, listas, de Santa Clara, Piononos, Milhojas, Petisús… entonces no conocía sus nombres, eso me era indiferente, todo se me apetecía.

El sacerdote, que declaraba ser un guloso empedernido para los pastelillos de hojaldre, me llevó a una casa donde me afincó hasta que me pudieran devolver a la mía. El matrimonio no tenía hijos, él era teniente de artillería y ella, corista en sus años mozos, daba clases de solfeo y piano a mozalbetes de bien.
Una habitación para mi solo, ropa, zapatos y algún juguete me dieron. La comida siempre a la hora, buena y abundante, pero nada en comparación al cariño que me profesaban. Me miré en el espejo, el cambio fue radical.

Tanto el cura como el matrimonio, parecían no tener prisa en encontrar a mi familia, cosa, que yo en mi inocencia, juzgaba difícil, pues había falseado mi nombre. Sin duda pensaron que era lo mejor para mí.

Comencé a ir a la escuela donde me inscribieron con el nombre que di; Pablo Tarso Cilicio, que a nadie extrañó, excepto al cura. Ya he mencionado que mis padres eran fieles devotos, memorizando los hijos, la vida de Jesucristo así como los nombres y hechos de los apóstoles.

Mi madre putativa, me animó a que siguiese con los otros niños el aprendizaje que impartía, y yo, de buena gana, acepte. No había transcurrido un año, cuando aquel militar, que estaba empeñado en llevarme al cuartel para servir de turuta a la Patria y hacer carrera como él, me oyó tocar el piano.

- ¿Te ha enseñado eso la Juani, Pablo?

- No - le contesté- son cosas mías, cosas que me invento.

Y cuando ella llegó a casa, Ezequiel se lo dijo. Entonces me pidió que lo repitiera y yo lo hice. Otra vez, me dijo, y volví a la carga.

- Oye Juani, si quieres te lo escribo, espera. Cogí un pentagrama y coloqué las notas que ella interpretó. No me dijo nada, pero se quedó muy pensativa.

Se acercaba la Navidad. La casa olía a mandarina y naranjas sanguinas que Juani colocaba en unos cestitos sobre la mesa del comedor. Ezequiel me enseñaba a preñar los higos pasos con almendras o nueces como preludio para los festivos días que ya llegaban, mientras la morriña me invadía pensando en mi casa y lo faltos que estarían de esas cosas.
El día de Noche Buena, fui con la Juani al mercado. Compramos cangrejos, gambas, almejas, mejillones, rape y algo de congrio "para hacer sopa de arroz, ¿sabes?". También nos llevamos un besugo, y un capón de la pollería. De vuelta hacia casa, sentí una voz a mis espaldas:
- ¡Simón!
Me giré despacio. Había reconocido la voz de mi madre, pero me preguntaba como me habría reconocido ella. Fue solamente una décima de segundo. Me solté de la mano de Juani, y corrí a refugiarme en los brazos extendidos de aquella que llorosa me comía a besos.

- ¡Que alto y guapo estás, cuanto te he echado de menos! ¡Y sin saber de ti! Siempre he sabido donde y como estaban todos mis hijos, todos menos tú, ¡cuanto he llorado creyéndote muerto!

- Es que me han cuidado bien, mira, esta es Juanita.

Y la Juani lloraba también mientras se abrazaba a mi madre.

Don Damian, el cura, había encontrado a mi familia. Le comunicó al matrimonio que el día de Navidad irían a buscarme. Pero mi madre no pudo esperar.

Todos tuvimos buenas nuevas aquella Noche Buena; mis hermanos estaban todos allí, fuimos catorce a la mesa. Ezequiel llevó a su mujer en la moto y el sidecar lleno de viandas y turrones. Mi madre dijo estar nuevamente embarazada, tal vez ahora viniera la niña con el pan bajo el brazo, aunque a decir verdad, lo había traído por anticipado; a mi padre lo habían nombrado guarda del coto con buen sueldo, traje con sombrero y casa. Yo continuaría mis estudios de música y seguiría viviendo con Juanita y Ezequiel, que ya había comprendido, que mi carrera no iba a ser la militar.