lunes, 30 de septiembre de 2013

Gatuperio.



Ayer fue mi cumple y fuimos a comer unos cuantos, en concreto quince adultos. De entre ellos, cuatro estudios superiores y un doctorado. Me regalaron un par de libros de esos que a mi me gustan. Al hilo de la conversación sobre uno de ellos, se me vino a la memoria una palabra, y con bastante maldad por mi parte, quise averiguar como andaban de memoria. Era una buena ocasión, pues me estaban tomando el poco pelo que me queda, con la edad y los reflejos. Me aposté medio euro a que ninguno sabía o recordaba lo que significaba la palabra de hoy. Acerté de pleno.
Algunos, con disimulo muy manifiesto, manejaron sus teléfonos con rapidez y dieron con el resultado, pero eso no se vale. Si estas leyendo esto y no recuerdas, o tienes que acudir al diccionario, no te molestes, ya te lo escribo yo.

(De gato, a imit. de vituperio e improperio).
1. m. Mezcla de diversas sustancias incoherentes de que resulta un todo desabrido o dañoso.
2. m. coloq. Embrollo, enjuague, intriga.

Por cierto, fueron sesenta y nueve. 
La imagen pertenece a un señor muy conocido que tiene montado un buen gatuperio.


jueves, 26 de septiembre de 2013

Hupe.



(Del fr. huppe, hupe, y también abubilla, por el mal olor atribuido a esta ave).

1. f. Descomposición de algunas maderas que se convierten en una sustancia blanda y esponjosa de olor parecido al de los hongos y que después de seca suele emplearse como yesca.

Vamos por el lado sencillo: Completamente de acuerdo con la definición.
De vez en cuando encuentro ramas de castaño rotas en el monte. Ya no se limpia como antiguamente, y el paso del tiempo las convierte en eso que dice la definición; pura yesca que facilita y propaga los incendios.

Lo que me ha llamado la atención, es la procedencia de la palabra. Según el DRAE viene del francés Huppe -nada que objetar- pero a partir de ahí… y también abubilla... No está demasiado claro.

Soy mal entendedor, y por ello pregunto: ¿Acaso quiere decir, que abubilla también procede del francés como hupe? No, claro que no.
¿Acaso quiere decir, que la madera huele como las abubillas? No creo.

Que sus nidos huelen mal, lo sé desde chico en que hurgábamos con un palo en los nidos que hacen en los muros o en los roquedales para ver volar a tan bonito pájaro. ¡Que más quisieran las abubillas oler como la madera!

Abubilla de nombre científico Upupa epops, de la familia de las Upupidae, procede del latín Upupella, diminutivo de Upupa.


Yo tengo leído, que debido al canto del pájaro, se formo en latín la onomatopeya Upupa, y que pasó a ser en castellano: Abubilla, Bubilla y Bobilla. En Asturias se utiliza la forma castellana, tal vez porque aquí no se suelen ver, en Galicia se la llama Bubela, en catalán Puput, en aragonés Burbut etc.

Esos leños que se ven más blancos en las fotos, apenas pesan, son de la misma madera que los otros, pero la descomposición ya ha comenzado y se deshacen entre los dedos.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Piojos y Piojosos II. (Reposición)

Se dice de la reina Isabel la Católica, que en 1491 hizo el voto de no cambiarse de camisa hasta conquistar Granada. Granada se ganó en 1492.
Algunos quieren comparar la suciedad de la camisa de la reina, adquirida en ese tiempo, con los caballos que tienen un pelaje blanco sucio tirando a amarillento y que dieron en llamar isabelo o isabelinos por este motivo. Sin embargo, el origen de la palabra es dudoso, el confesor de la reina, fray Hernando de Talavera, le reprochaba a veces el excesivo cuidado que, según él, prestaba a su cuerpo. Es decir; era demasiado limpia.

Parecido voto lo efectuó la infanta Isabel Clara Eugenia, afirmando otros que no se cambiaría de camisa en tanto durase el sitio de Ostende... tres años. El sitio referido, dicho sea de paso, era de vital importancia para la corona española y se saldó con numerosos muertos por ambas partes. Como digo, el sitio comenzó en 1601 y finalizó con la conquista por parte de los tercios en 1604. Ahora bien, la palabra francesa isabelle aparece en 1595 para referirse al pelaje de los caballos, es decir, antes de Ostende.

Algunos filólogos dicen que la palabra deriva del árabe "izah", que quiere decir león, esto explicaría que por similitud al pelaje de la fiera, se diera el nombre a los caballos.

Margarita de Angulema, llamada también Margarita de Francia, Margarita de Navarra, o Margarita de Orleans fue una mujer muy influyente en su época, especialmente a partir de 1515 cuando su hermano fue coronado rey de Francia, desempeñando un importante papel político. Asimismo fue una mujer muy avanzada en su tiempo, ya que se atrevió a escribir y publicar poesías, apreciada por su carácter abierto, su cultura y por haber hecho de su corte un brillante centro de humanismo. En uno de sus Diálogos amorosos, dice: "Ved estas bellas manos aunque no las haya lavado desde hace ocho días".

Por contra Montaigne, que fue un filósofo, escritor, humanista, moralista y político francés del Renacimiento, autor de los Ensayos, y creador del género literario conocido en la época moderna como ensayo, escribe: "Estimo que es saludable bañarse, y creo que algunos defectos de nuestra salud se deben por haber perdido la costumbre, generalmente observada en el pasado, de lavarse el cuerpo todos los días."

Hasta ahora hemos hablado de suciedad y podía creerse que con el paso del tiempo la cosa mejoraría. No fue así. Con la falta de higiene, se incrementó el uso de los perfumes, hasta el punto que las damas que no se bañan, acostumbran ponerse esponjas perfumadas entre los muslos y axilas "para no oler como chivos". No entiendo como podían tener hijos. La suciedad dio paso a la sarna, corriente no sólo entre la gente del pueblo. El custodio de Juana la loca escribe desde Tordesillas que las hijas de la reina "mejoran de su sarna".

La moda, nacida en Francia, estableció el uso de guantes perfumados, lo que obligó a los guanteros a perfumarlos. Viendo el chollo, se dedicaron también a la producción de aceites olorosos, cultivando en sus tierras naranjos, lavanda, mimosa, jazmín y, sobre todo, rosas. Hoy este pueblo, Grasse, destaca como centro mundial de la industria dedicada a la elaboración de perfumes y fragancias. Esta localidad de Grasse sirvió de escenario para gran parte de la novela El perfume, de Patrick Süskind.

La esposa de Enrique IV de Francia estuvo a punto de desmayarse en la noche de bodas y algunas damas sufrieron vahídos al compartir su lecho ya que no se lavaba nunca. Al parecer, algunas de las amantes de este mujeriego empedernido, gustaban del olor del rey.

Luis XIII de Francia, era carta del mismo palo, se cuenta que un día, paseando con sus cortesanos, uno de ellos le quitó algo del cuello de su casaca.

-¿Qué hacéis?

-Señor, era un piojo.

-Señal de que soy hombre-, repuso el monarca.

Pocos días después otro cortesano, queriendo congraciarse con el rey, hizo el mismo gesto que el otro.

-¿Qué hacéis?

-Señor, era una pulga.

-¿Creéis acaso que soy un perro? -Y le volvió la espalda.

De donde se desprende que los piojos eran tolerados y daban empaque, aunque no por eso dejaban de molestar. Para aliviar la comezón se valían de manos de marfil con un mango más o menos largo, y que servían para rascarse la cabeza debajo de esas aparatosas pelucas, nido de piojos. 

Madame d'Aulnoy (1650/1705 ) escritora francesa conocida por sus cuentos de hadas y por su relato del viaje a España, describe cómo se maquillaba una dama de esta época: 
«Luego cogió un fraseo lleno de colorete, y con un pincel se lo puso no sólo en las mejillas, en la barba, en los labios, en las orejas y en la frente, sino también en las palmas de las manos y en los hombros. Díjome que así se pintaba todas las noches al acostarse y todas las mañanas al levantarse; que no le agradaba mucho acicalarse de tal modo, y que de buena gana dejaría de usar el colorete; pero que, siendo una costumbre tan admitida, no era posible prescindir, pareciendo, por muy buenos colores que se tuvieran, pálida como una enferma, cuando se compararan los naturales con los debidos á los afeites de otras damas. Una de sus doncellas la perfumó luego desde los pies a la cabeza con excelentes pastillas; otra la roció con agua de azahar, tomada sorbo a sorbo, y con los dientes cerrados, impelida en tenues gotas para refrescar el cuerpo de su señora. Díjome que nada estropeaba tanto los dientes como esta manera de rociar; pero que así el agua olía mucho mejor, lo cual dudo, y me parece muy desagradable que una vieja, como la que cumplía tal empleo, arroje a la cara de una dama el agua que tiene en la boca."


Luis XIV de Francia llamado El Rey Sol, se bañaba únicamente cuando se lo prescribía el médico, ya que como preconizaba Teofrasto Renaudot (medico del rey y periodista fundador de la Gazzette) "el baño, a no ser que sea por razones médicas o de una absoluta necesidad, no sólo es superfluo sino perjudicial". El Rey Sol se limpiaba cada mañana la cara con un trozo de algodón impregnado de alcohol o bien con saliva, como los gatos. Así y todo vivió 77 años.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Piojos y Piojosos I. (Reposición)

Desde la más remota antigüedad, en cualquier país o civilización, tanto mujeres como hombres, han sentido la necesidad de acicalarse para encontrarse bellos ante los demás.

Cleopatra se bañaba en leche de burra mezclada con miel, y para disimular las arrugas de sus ojos, usaba una crema a base de pulpa de albaricoque, se pintaba los párpados de color verde y usaba pestañas postizas. A los labios les daba carmín, en sus mejillas se mezclaban el rojo y el bermellón; las venas de su frente y de sus manos remarcadas en azul.

Las meretrices griegas se ponían mascaras de albayalde y miel durante la noche. Al levantarse se lavaban la cara con agua fría y volvían a pintarse con otra capa de albayalde muy diluido. Sobre las mejillas se aplicaban un producto procedente de una flor espinosa de Egipto diluido en vinagre. En los labios y en los pezones ponían carmín y el pelo lo teñían con zumo de azafrán.

Dicen que los romanos se lavaban los dientes con orines, siendo los más apreciados los que llegaban de Hispania. No me extraña, si eran de los astures seguro que los recogían al salir de los "chigrorun" tras trasegar unas buenas "sidricilinas". El transporte hasta los puertos de levante en ánforas de barro les confería nueva sustancia. Luego, el viaje por mar, agitado suavemente por las olas del mediterráneo debían de darle el bouquet final. Supongo que los orines andaluces procedentes de los "finus amontillatus", los castellanos de los vinos "gordum y oscurum" de "Toribus" o los "alvariñus" de la Gallecia y los procedentes del "acua Valencianorum", no eran menos apreciados.

Al igual que Cleopatra, Popea en sus viajes, se hacía seguir de trescientas burras para ser ordeñadas para el baño de cada mañana. Luego, una esclava llenaba su boca de perfumes que aventaba a modo de spray sobre el rostro y el cuerpo de la dama. No sé si Popea al igual que otras mujeres de su época, consideraba hermoso que las cejas se juntasen sobre la nariz, de ser así, se usaba un compuesto a base de huevos de hormiga machacados con cadáveres de moscas que abonaban y teñían la zona.

Según Petronio, "el as de la elegancia", en su Satiricón, dice: "Sobre su frente bañada por el sudor fluía un torrente de aceites, y en las arrugas de sus mejillas había tal cantidad de yeso que se hubiese dicho que era una vieja pared decrépita surcada por la lluvia."

Con el cristianismo la condena de las "artimañas del diablo" empleadas por las mujeres para seducir a los hombres se convierte en máxima; Tertuliano, san Jerónimo y san Cipriano hablan en contra de los ungüentos y los perfumes, San Clemente de Alejandría autoriza los baños pero sin abusar y, condena los establecimientos que de día y de noche se ocupan de masajear, untar y depilar.

Hablando de baños, los llamados "baños árabes" de la Edad Media eran objeto de condena, no por el uso que se hacía de ellos, el culto del cuerpo, sino por la promiscuidad que en ellos se daba. Eran muchas veces centros de reunión y contratación de favores eróticos y siempre hablamos con algo de recelo de los baños turcos. En España la costumbre del baño no fue muy extendida, tan católicos nosotros, llegamos a confundir la limpieza del cuerpo con las abluciones rituales del Islam.

A los bizantinos les gustaban los ojos redondos cual búho, pintándose al lado del lagrimal una gota de carmín como una lágrima. La emperatriz Irene casada con el emperador León IV, fue emperatriz gracias a ganar el concurso de belleza donde el emperador era el premio. Irene para conservar su belleza y la blancura de su piel, se servía de un ungüento a base de pepino machacado y excrementos de estornino. Casi igual que ahora.

Los árabes adoptaron de los bizantinos el gusto por los baños y los perfumes. Tal vez la escasez de agua en el desierto les empujara al baño, en cuanto a los perfumes, el moro Albucaste descubrió el alcohol a partir del vino y de ahí nació la perfumería. A las mujeres musulmanas que pasaban horas y horas en el harén maquillándose y depilándose, este invento les vino de perillas. Utilizaban - aún hoy- henna para pintar de rojo los dedos y las palmas de las manos, así como los talones y los dedos de los pies. Los dientes se los limpian con una mezcla de nácar, cáscaras pulverizadas de huevo y polvo de carbón.


Este año es santo para Santiago de Compostela, el botafumeiro funciona a todo ritmo pero ahora no lo hace con el objetivo de la Edad Media. Todos sabemos que su origen se encuentra en la necesidad de purificar el ambiente producido por el hacinamiento de los peregrinos. Estos, tras meses de caminata, llegaban sucios y malolientes al lugar llamado Lava Colla. Esta palabra deriva del latín Zava, "lava" y "coleo", que significa testículo. Dicho sea en Román paladino; Se lavaban los bajos fondos. Es posible que algún guarrillo pasase, la poca costumbre, el agua fría... y por otra parte la ropa utilizada durante todo el viaje también tendría su tufillo con el añadido de piojos, pulgas y garrapatas.

Juan de Milán escribió un libro donde da los siguientes consejos: para conservar una tez fresca y lozana se recomienda "tomar tres o cuatro puñados de flores de saúco, un cuarterón de jabón de Francia, tres hieles de buey y tres vasos de vuestra orina, haced que reposen tres o cuatro días en un recipiente de arcilla y lavaos la cara con dicho líquido".

Alberto el Grande en el "Tratado de las heces" dice: "Como el hombre es la más noble de las criaturas, sus excrementos tienen también una propiedad particular y maravillosa", y en otro lugar explica: "Aunque naturalmente se siente repugnancia en beber la orina, no obstante cuando se bebe la de un hombre joven y de buena salud no hay remedio más soberano en el mundo."

Recuerdo, un reportaje de la tele, en que un ministro hindú o persona muy principal, bebía todas las mañanas un vaso de su orina.

Por hoy nada más, continuaré mañana donde contaré el motivo del título.

martes, 17 de septiembre de 2013

Follón.


Follón, na.
(Del lat. follis, fuelle).
1. adj. p. us. Flojo, perezoso y negligente.
2. adj. p. us. Vano, arrogante, cobarde y de ruin proceder.
3. m. Cohete que se dispara sin trueno.
4. m. Asunto pesado o enojoso.
5. m. Ventosidad sin ruido.

follón2.
(Cf. follar2).
1. m. coloq. Alboroto, discusión tumultuosa.
2. m. coloq. Desorden, enredo, complicación.
3. m. ant. Cada uno de los vástagos que echa un árbol desde la raíz, además del tronco principal

La palabra de hoy, la he manejado como la segunda y tercera acepción que proviene de Follar: Alboroto, discusión, desorden, enredo, o complicación. Tengo un amigo que tiene una pirotecnia, y él me enseñó hace tiempo, que a un cohete que se dispara sin trueno, también se le llama follón, de Follis.

Sin duda mi escaso vocabulario, o tal vez a la mala costumbre que tengo de manejarlo tan escuetamente, sea la causa de la sonrisa que me he echado al comprobar la similitud entre el cohete que se dispara sin trueno y la ventosidad.

He tirado cohetes, aunque todos con su buen trueno. Ninguno me salió follón, aunque a fuer de ser sincero, y aunque sea malsonante- mal oliente diría mejor- la gente se tira cuescos, pedos y ventosidades sin ruido, pero follones, no lo creo.

martes, 10 de septiembre de 2013

El Primero y su Greensleeves.


Cuando yo era pequeño, seis o siete años, se murió el abuelo de mi amigo. Eran tiempos en que la gente se moría en casa, y en casa los velaban hasta el entierro. Para evitar aquella situación, no grata para un niño, mi madre decidió llevarlo a nuestra casa hasta que todo hubiera pasado.
Aquella noche, mi madre nos acostó en la habitación; mi hermano dormiría conmigo y Jaime en la cama de mi hermano. La oscuridad se prestaba a las confidencias, y Jaime así lo hizo.

- Sé el motivo por el que estoy aquí; se ha muerto mi abuelo.

Y lo dijo así, como si tal cosa fuera lo más natural, como si no le importara mucho.

Toda mi familia vivía en un radio de no más de cien metros. Mis cuatro abuelos, mis tías y tíos... nosotros. Yo era el primero, el primer nieto, el primer hijo, el primer sobrino… y jamás había visto morirse a nadie en mi familia. El roce familiar era diario y yo me sentía querido y mimado por todos. Mi cariño hacia ellos era reciproco. De tal forma los quería, que deseaba morirme antes que cualquiera de ellos, para no padecer sufrimiento tan inimaginable.

Los años fueron pasando, y cuando cumplí catorce, mi abuelo paterno me regaló un reloj de pulsera.

- Toma, me dijo, ya va siendo hora de que tengas un reloj. Este es a cuenta de este otro que tanto te gusta.

Era aquel, de bolsillo y oro rojo, y siempre lo llevaba cogido al ojal del chaleco por una leontina del mismo metal. Ya desde mi más tierna infancia, mi abuelo lo colgaba ante mis ojos, y cual si fuera un sonajero, lo abría para que pudiera escuchar Greensleeves.

- Ves,  me decía, tiene tus iniciales grabadas J J. Álvarez.

- Tramposo, contestaba yo invariablemente, tiene las tuyas, te llamas Juan José Álvarez.

- Pero tú te llamas José Juan Álvarez, así que ¿quien dice que yo no las hubiera mandado grabar para ti?

Y en esa duda me mantuvo siempre.

Seis meses después, aquel abuelo se murió. Mi madre me llevó a Oviedo y me compró un traje gris marengo, camisa blanca y corbata negra. Así vestido, mi padre me dio el reloj del abuelo y yo lo colgué de un ojal del chaleco, como mi abuelo.

A pesar de mi pantalón largo, lloré como lo que era, como un chiquillo. Fue entonces cuando me dí cuenta, de que aquellos pensamientos infantiles, donde yo debía de ser el primero en abandonar este mundo, se habían esfumado. El era viejo, le correspondía ir primero.


Cuando le dieron tierra, saqué el reloj del bolsillo, abrí la tapa y aquella dulce música que dicen fuera compuesta por el Rey Enrique VIII de Inglaterra para su amante Ana Bolena, se escuchó en el cementerio como póstumo homenaje.


http://www.youtube.com/watch?v=Sa9LbUyFCGA




sábado, 7 de septiembre de 2013

La Capacidad para el Análisis y el Milagro de San Ero.

Uno se va haciendo mayor. La neurona que me queda, anda algo floja y soy incapaz de analizar como tiempo atrás.


No llego a comprender esa zuna que tienen los hombres, causantes de más muertes por las guerras, que todas las catástrofes habidas desde el inicio del mundo.

No entiendo, como ese mismo hombre, es capaz de jugarse la vida, no ya por un congénere al que en otras circunstancias mataría, si no por un desvalido animal.

Me resulta imposible comprender, la fría mente calculadora, de aquel que tiene en su mano, la posibilidad de mandar a la muerte, a quince mil, sesenta mil o un millón de personas. Claro, que para él un muerto es una BAJA, y un inocente un DAÑO COLATERAL.

Tampoco mi neurona es capaz de discernir si es la falta de principios, carácter, educación u hombría, lo que lleva al hombre a asesinar a la mujer, al pirómano a quemar el monte, al ladrón de cuello duro a robar al pobre, a los políticos, que se olvidan de la política para echarse en cara sus miserias generando odios entre bandos.

No puedo entender, eso de que Dios es grande, matemos y muramos en su nombre, que él nos recompensará con el paraíso y con bellas huríes que se someterán de grado. Corrompamos a los menores, saltémonos los preceptos aunque seamos ministros de una religión, que el manto de la Iglesia nos cubre.

Ya no entiendo el mundo. Antes, sabia el como y el por qué del funcionamiento de  máquinas y artilugios, ahora, me agobia la tecnología cambiante de continuo, me subleva ese afán de aquellos que desean conseguir a toda costa tantas cosas inútiles y que hacen que vayan por la calle como zombis.

He decidido saltar desde la acera a la calzada por ver si mi neurona se suelta y me quedo lelo. Así me dedicaré a la vida contemplativa como aquel santo; San Ero, que durante trescientos años, estuvo sentado bajo un árbol escuchando los melodiosos trinos de un pajarillo. Si, quiero que se obre en mí el milagro y ser como él, quiero contemplar el Paraíso.



jueves, 5 de septiembre de 2013

Mi vecino Mino.

Acodado en la barra del bar, está mi vecino Mino, como cada día. Él se dedica a libar con deleite su ginebra con tónica, que no tónica con ginebra, posiblemente la segunda o tercera del día. Es la una y cinco, y yo voy a comer al mismo sitio, al restaurante del polígono.

Abandonamos juntos el local, él se monta en su Gimson para ir a comer a casa, mientras yo me echo la siesta en el coche media hora, hasta las dos en que vuelvo al curro.

Siempre creí que su nombre era Belarmino, y su esquela, en los sitios de costumbre; el escaparate de la Antonia y en los postes de la luz, me sacaron de mi error. Se llamaba Palomino. Quizá alguien le tomó el pelo por aquello del peyorativo, razón por la que tenía engañado a todo el pueblo.

Era Mino hombre alto, flaco, turnio y trasojado. Como de setenta, con una psoriasis acentuada en la frente y vete a saber en que otros sitios. Él decía que solamente lo tenía allí, y que era por culpa del casco de la moto. Lo cierto es que Angustias, mujer de armas tomar, apenas si le hablaba y dormía en habitación separada. La comida en la mesa, a las dos, si Mino no estaba, aguantaba el plato diez minutos, transcurrido ese tiempo, el contenido iba para la cochiquera.

Tres paquetes de tabaco diarios y otros tres o cuatro combinados de tarde, tras dormir la siesta. A las ocho y media, cena… o ayuno, igual que a medio día.

Cuatro gallinas y una pareja de conejos le daban abundante trabajo, así que, cuando le venía en gana… ¡me voy por vianda para el ganao! Cogía la Gimson y se largaba para el bar. ¡Jamás nadie lo vio borracho!

La mujer no le iba a la zaga; estaba apuntada a la Asociación de Mujeres Rurales, y por lo menos una vez al mes hacían excursiones; a ver una quesería, la apicultura de monte, o al parque temático, para conocer la azarosa vida del escarabajo pelotero. Las tardes las pasaba en el local de la asociación; partidas de parchis, cursillos de macramé, y sobre todo, de cocina y repostería. Buena disculpa para mantener el "bandullu" y echar unos "cantarinos" con las amigas ya fuera en el autobús o en el local de la asociación.

Dice un refrán asturiano: Muere Corri-Corri y queda Morri-Morri. Ahora sabréis por qué.

A Mino tuvieron que amputarle los dedos de un pie; mala circulación, nada de tabaco y menos de alcohol. Pero el médico no lo conocía; cojear, cojeaba, pero continuaba con sus pequeños vicios. Le volvieron a cortar más arriba, por el tobillo. Luego, por debajo de la rodilla. Pata de madera y arreglado. Pero comenzó con los mismos síntomas en la otra pierna. Esta vez cortaron por lo sano; por encima de la rodilla. Dos patas de madera era demasiado; flamante silla de ruedas idónea para andar por las "caleyas", es decir; que no salía de la antojana.

Se acabó el "bebestorio"; Angustias tiró todas la botellas, pero no el "fumatorio" a escondidas; cualquier vecino que pasara por delante de su casa era inmediatamente sableado, y si no era fumador… -por favor, cómprame una caja pitos en la gasolinera.

Penando, penando, llevaba sus días, de casa para el hospital y del hospital a casa. Y en estas, que a la Angustias le da un ictus y palma. 

¿Salió él ganando? Aparentemente si; una hija se vino a vivir con él. Lo bañaba y afeitaba todos los días, y hasta lo de la frente le había mejorado. De comer; lo que quisiera y cuando se le antojara. Partida diaria de tute con el yerno, algún lingotazo entre mano y mano, y el pitillo casi de continuo en el labio… -déjalo que disfrute, pa cuatro telediarios que le quedan, que viva a su gusto.

Los cuatro telediarios pasaron, y cinco años después que Angustias, las esquelas nos dijeron que se llamaba Palomino.


martes, 3 de septiembre de 2013

Un Segundo de Duda.


El partido había acabado con la victoria de nuestros colores. Con un par de copas en el buche, me despedí de los amigos que se quedaron en el bar a tomar la espuela; eran las doce. La noche estaba lluviosa, las ráfagas de viento barrían las calles, apenas había tráfico y menos aún transeúntes.
A lo lejos, el semáforo del cruce estaba en verde. Apreté el acelerador. Tenía que hacer un giro a la derecha para incorporarme a la avenida de tres carriles, así que una vez rebasado el semáforo en intermitente, tomé el más cómodo, el de la izquierda.
Apenas enderezado el coche, vi un bulto oscuro que me dio de lleno en el parabrisas. Solté una de las manos del volante para cubrirme el rostro, pero el cristal no se rompió. Miré hacia atrás por el retrovisor, un paraguas empujado por el viento se perdía calle arriba. Sobre la mediana yacía un bulto. ¡Había atropellado a un peatón¡

Seguí mi camino mientras mi cabeza trataba de asimilar lo que había pasado y la forma de resolverlo. Di la vuelta en la rotonda. El cuerpo permanecía inmóvil, solamente el aire levantaba los bajos del gabán del hombre como queriendo despertarlo. Ni un solo coche, la avenida estaba desierta.
Me dirigí a la autopista con una intención, hacer creer a todo el mundo que había equivocado el camino, las copas serían la coartada. Saldría más adelante para dar la vuelta en dirección a mi casa. Para ello había de pasar por la carretera que va junto a la ría, allí estrellaría el coche lanzándolo al agua. Las pistas quedarían borradas; el cristal en el que la cabeza del hombre dejara su huella, la aleta y el faro de la derecha.

Pero aquella noche todo se aliaba en mi contra. Al caer, el morro del coche golpeó una roca y el parabrisas saltó quedando sobre el talud en un lugar inaccesible para mí. La huella que me atormentaba resultaba ahora más visible si cabe mientras el vehículo quedaba en equilibrio, columpiándose antes de ir al fondo del agua. 


- ¿Señor Juan Domínguez?
- Yo soy.
- Queda usted detenido por el atropello de un peatón en un paso de cebra, por no prestar el socorro debido y huir del lugar de los hechos. Por la simulación de accidente e intento de estafa al seguro; el coche estaba en punto muerto, no había frenada, y le faltaban las llaves de contacto, lo que significa que usted lo empujó.

Mi conciencia, tal vez mi miedo, no podía con aquello. Frené en un segundo, corrí hasta donde estaba el accidentado mientas llamaba a emergencias y trataba de hacer algo por aquel miserable. Lo cubrí con la manta que siempre llevo en el maletero, mantuve el paraguas abierto a pesar de las ráfagas de viento, mientras que con la otra mano apretaba la suya tratando de confortar... en demanda de perdón también.

- ¡Estaba en verde, estaba en verde para mí! - repetía una y otra vez.

A Dios gracias, la cosa no fue para tanto; una pierna y un codo rotos. Nada para lo que pudo haber sido.