martes, 29 de octubre de 2013

Cobardía y Redención.

Cuando abrí los ojos por primera vez, después del enésimo coma etílico, mis hijos, y otras personas extrañas, me observaban desde los pies de la cama. Obvié al médico y la enfermera, a mi Hijo Juan, y a mi hija Natalia, y me detuve en alguien que reconocí al instante. Treinta años habían transcurrido desde que un día, en el aeropuerto, aquella niña con un bebé en el seno y otro cogido de su mano, me despedían en silencio. Ella se llamaba Solita, hoy venía acompañada por sus hijos.

Cerré los ojos para apretar las lágrimas y que estas no salieran bajo mis párpados. Mi mente voló a tiempos pretéritos. Cuando con apenas treinta y uno cumplidos, me bajé del avión en la isla de Luzón. Atrás dejaba esposa  y dos críos, y, aunque solamente era para un par de años, me iba a perder el verlos crecer. Es cierto que volvería cuantas veces pudiera, y así lo hice en un principio, luego, los viajes se fueron espaciando.

La empresa para la que trabajaba me mandó allí para hacerme cargo del aprovisionamiento de la fábrica que estaba en sus inicios. El trabajo fue duro, pero sobre todo, absorbente.
Me instalaron en una casa en la playa, en cierto sentido, parecida a los hórreos de mi tierra, ya que era de madera y levantada sobre pilotes. Sin embargo, aquello era un palacio. Ama de llaves, chofer, asistenta y jardinero para alguien que prácticamente solo la utilizaba para dormir.

En esta vida, hay que cumplir con el trabajo por encima de todo. Aquellos primeros y solitarios días, al acabar la faena nos reuníamos todos los compañeros españoles, era otra forma de trabajo, y aunque el ron corría más de la cuenta, a la mañana siguiente, a la hora, cada cual en su puesto.

Era el ama de llaves una mujer enjuta y pequeña, de edad indefinida, escasas palabras en tagalo y muchas reverencias, que aún sabiendo que nunca cenaba en la casa, siempre tenía arroz, sinigang, o kare-kare, y fruta, mucha fruta. No sé como, pero aquella mujer escuálida que me recibía en mis nubladas noches, más de una vez hubo de llevarme a la cama.

Un tiempo después de mi llegada, y posiblemente cansada de las borracheras casi diarias, me esperaba sentada en el corredor observando la Marina. A su lado estaba una joven, sentada también, en actitud muy modosa, espalda recta, asidas sus manos la una con la otra sobre el regazo. No podía distinguir sus facciones, pero jamás podría olvidar aquella estampa; el rumor de la mar, el olor fresco de la Sampaguita, el más embriagador del Ylang-Ylang, el oscuro cielo plagado de estrellas.
Por un momento me quedé sentado en la escalera, admirando… tal vez lleno de melancolía. Entonces el Ama como yo la llamaba, se levantó para tratar de ayudarme; aquél día no era necesario, la contuve con un ademán y me adentré en mi habitación. Apenas me había quitado la Borang y permanecía con el torso desnudo, cuando un golpecito en el marco de la puerta me hizo darme la vuelta. El Ama ya había entrado y se encaminaba hacia mí con aquella joven de la mano.

- Ito ay sa iyo ginoo! Ito ay sa iyo ginoo!

- ¡Es para usted, señor! repetía, mientras que con un ademán la impulsó hacia mí. Ella, dócil se acercó unos pasos, se colocó bajo la luz y me miró con curiosidad.
Tenía la hermosura de los quince años, ojos profundos y divertidos como divertida era su sonrisa que dejaba ver perlas blancas en su boca, pequeños pechos, cadera un poco escurrida…

Cuando me dí cuenta, el Ama había hecho mutis cerrando la puerta tras de sí, por más que la llamé, ella permaneció sorda quien sabe donde.
La joven, la niña, pues tal me parecía ahora, tocaba insistente en mi espalda hasta que me volví, entonces, señalándose, me dijo su nombre; Solita. Quise echarla, pero me fue imposible; primero jugó conmigo entre risas al corre que te pillo, y cuando lo logré y con una abrazada la quise depositar al otro lado de la puerta, comenzó a llorar sintiéndose rechazada.
Tal vez fuera una deshonra para la familia, quizá alguien la había llenado la cabeza de pájaros… ¡que sabía yo de sus costumbres! Aquél día y tras llegar a un acuerdo, durmió sobre la alfombra.

A los tres meses me vine una semana para España. ¡Que distintas se veían las cosas, las gentes! Y sobre todo mi mujer. Estaba en mi tierra, con mis hijos, mis padres y mis amigos de siempre, pero de vez en cuando, pillaba a mi esposa observándome aviesamente.

- Que no, María, que allí hay terremotos, volcanes y tifones que lo inundan todo. Que no te voy a llevar, no insistas, es un peligro al que no te quiero exponer… ¿Que ibas a hacer tu sola todo el santo día? No sabes idiomas… Porque de llevar a los niños… ni hablar del peluquín…

Volví a los tres meses nuevamente y nuevamente la misma petición, los mismos reproches y la misma negativa. A la vez siguiente, tardé seis, el trabajo estaba en un punto muy importante, y yo hacía continuos viajes por las islas, para negociar con los proveedores locales los materiales y equipos menores que no interesaba llevar de España.

Un tiempo antes, sucedió que Solita ya no debía de mantener relaciones conmigo; el embarazo estaba muy avanzado. Un día, al llegar del trabajo me tenía preparada una sorpresa…

- Ya conoces a Imelda, mi hermana, tómala ya que yo no puedo.

Le puse cien pesos en la mano, una palmadita en el trasero, y la envié para su casa. - Cuando necesites algo ya sabes donde estamos.

Solita tuvo un buen parto y un niño precioso. La familia confeccionó guirnaldas de Sampaguita y Flor eterna y se comieron varios tipos de pescado, carne en adobo, pollo y res todo con mucha verdura, arroz, chili, salsa de soja… Sonaban los instrumentos del gamelán acompañados por el laúd y la bandurria, con tales reminiscencias españolas que me emocionaron.

Mi vida era perfecta allí, había cambiado el ron por alguna que otra cerveza y me gustaba estar en aquel remanso de paz. Ahora no estaba solo, tenía a aquella preciosa chiquilla siempre alegre que me mimaba, que me había dado un hijo... Sin embargo, la culpabilidad me pellizcaba el corazón de vez en cuando… cuando sentado en porche de poniente los sábados por la tarde, mirando hacia los arrozales, Solita se sentaba sobre mis piernas apoyando su cuerpo contra mi pecho, su cara escondida en mi cuello. Acariciándole el negrísimo pelo, pensaba que haría yo al término de aquellos días.

A veces, el destino se encarga de resolver todas nuestras dudas, pero otras, de sembrar muchas más. En unos meses, la fábrica debería estar acabada dando principio a la puesta en marcha, y si todo iba como era de esperar, mi regreso.

Pero el hado me tenía reservada la peor de las sorpresas; la resolución de esas dudas.
Cuando llegué al anochecer, no oí las nanas con que Solita arrullaba al niño. El Ama estaba abajo, sentada en el último escalón con la cara repuchada y sonándose la nariz. Temí que algo malo hubiera sucedido. Así fue.

.- Solita ay wala na! Solita ay wala na!

Subí los escalones de cuatro en cuatro pensando encontrarla muerta, quizá se había ahogado… pero ella nadaba bien…

¡María! Y comprendí lo sucedido. El Ama me decía que Solita ya no estaba. María se las había arreglado para viajar hasta allí y la había echado.

En quince días me vi obligado a pedir la cuenta y me encontraba junto con mi mujer en la escalerilla del avión. Solita, con su barriga y nuestro niño nos contemplaba desde la cristalera de la terminal.
Solamente un casto beso en la mejilla fue la despedida. Le entregué todo el dinero que tenía; diez mil dólares. Poco pago para tanto amor.

Mi manifiesta cobardía me llevó a volver con alguien a quien ya no quería pero con quien tenía una obligación, a perder aquel trabajo, y a darme a la bebida.

Abrí los ojos de nuevo y en la nebulosa que aun embotaba mi mente, tendí mis manos hacia ellos queriendo hacer las presentaciones. - Tranquilo, ya nos conocemos- dijo mi primogénito- entonces Solita, más bella que nunca, me abrazó y me besó en la boca. Un beso largo que mitigó en parte toda la añoranza de tanto tiempo.

Mis cuatro hijos, se han hecho amigos. Yo aún tengo que conocer a dos de ellos, pero será con su madre, allá en aquella casa donde nació nuestro amor y que Solita compró esperando mi regreso.


lunes, 21 de octubre de 2013

Bajo la Sombra de los Castaños.


Ya sé que te gustaba el sol, pero el sol de medio día es demasiado fuerte para ti. Por eso te coloqué a los pies de Zar, flanqueados por el naranjo y la figar, bajo los castaños, para que sientas el susurrar de las hojas, para que estés protegido, para que me vigiles desde esa altura la casa.

Ahí en lo hondo, la tierra está seca, no temas, además te dejé el jersey y la mantina, y dentro de unos días, te pondré una lapida bonita, como la quería poner a Espoky y no me atreví para que a Yolanda no se le aflojara el moquillo.


Japittín bonito, mis brazos notan tu falta. Ya no dormiremos juntos la siesta ante la tele, ni oiré tu voz reclamando que te sacara por la mañana temprano. ¡Cuánto te vamos a echar de menos! ¡Cuanto te echamos de menos ya!

sábado, 19 de octubre de 2013

Los Caballos de Marcelo y el Avión de Barcelona.


La mañana estaba fría. Apenas eran las nueve y parecía que aún no había amanecido. El cielo plomizo, con ese tono oscuro que le da el oxido, anunciaba nieve. Marcelo, después de ordeñar las vacas, subió a la alcoba donde María permanecía arrebujada y calentita.

.- María, avisó desde la puerta, me voy al monte a buscar las caballerías, va a nevar de lo lindo y no quiero tener que subir cuando ya sea tarde. Llegaré sobre la una si no están dispersos.

- Abrígate bien.

Aquello sobraba, pero algo le tenía que contestar. Marcelo cogió la zamarra y el pasamontañas, preparó el morral; chubasquero, una botella de agua, la petaca con licor, una hogaza de pan con el que engatusar a los caballos y una longaniza, por si acaso la cosa se prolongaba.

Un kilómetro más o menos por la carretera, otros dos por el camino de carros, otros tres por la senda y uno más a campo a través. Siempre subiendo, entre castaños y robles los unos, luego, los altos helechos y la algaba de zarzas y escaramujos los otros, y por fin la pradería feraz.

Apenas dejada la carretera, comenzaron a caer los primeros copos de nieve. Copos grandes como manteles que comenzaron de repente y que tenían prisa por llegar al suelo. Pronto cubrieron la senda así como las huellas de sus botas y del cayado que iba dejando atrás.

El caminante sudaba a pesar del frío, aunque a partir de que comenzara a nevar, parecía que la temperatura había aumentado. Imaginaciones suyas, la pendiente se las traía y era el sudor que humedecía la camiseta lo que le proporcionaba aquella sensación.

De lejos ya vio al caballo y las cuatro yeguas, todas preñadas. Estaban guarecidas bajo la retama, junto al abrevadero que alimentaba el regato. Las cabezas contra las verdascas y la pata posterior presta por si aparecía el lobo o alguien que quisiera su mal.

Marcelo abrió el morral, partió unos canteros del pan y se lo ofreció mientras él mismo mordía un pellizco. Ató en reata a las yeguas tras el caballo y monto sobre este a pelo comenzando el viaje de vuelta.

Habrían recorrido la mitad de la senda, cuando oyó el ruido de un avión. Por la hora que era, sin duda el que venía de Barcelona. Pronto daría una amplia vuelta posicionándose para comenzar a bajar y tomar tierra. Tal vez, por encima de las nubes brillara el sol, y que ahora habría de abandonar para introducirse entre los nubarrones. El aterrizaje no iba a ser muy bueno.

A eso de la una y media, María sintió piafar al caballo ante la puerta del establo, llamó a a su marido al que no veía, pero este no contestó. Lo buscó por todas partes extrañada de que hubiera dejado allí a los brutos sin ton ni son. Pero nadie en el pueblo sabía de su marido, y ante cosa tan extraña, pensaron que probablemente el hombre se hubiera caído de su montura, y que la reata, conociendo el camino, dejara a Marcelo en el suelo y se llegara hasta su establo. Habría que ir a buscarlo y rápido, quizá estuviera malherido.



Marcelo reposaba sobre unas angarillas en el local de la Asociación de Vecinos. Todos pensaban que su cabeza se había roto contra una piedra del camino, pero el informe del forense parecía tajante; los productos químicos y los residuos orgánicos, atestiguaban que un frigolito caído del avión, fueron la causa de su muerte.

martes, 15 de octubre de 2013

Ejercicios contra feromonas y sueños eróticos.



Para aquellos sueños eróticos, aquel niño era muy pequeño, demasiado pequeño. Pero sucedió que una noche, cuando apenas contaba nueve años, su cabeza se llenó de mujeres desnudas. Todas eran hermosas, rubias las unas, morenas otras, y hasta alguna pelirroja.
Él jamás había visto una mujer desnuda, había visto, si, pechos amantando a las criaturas, y que a mediados del siglo pasado, era cosa corriente. Luego algo sucedió, no sé, quizá un puritanismo exacerbado que volvió los senos a sus nidos, o que las mujeres cambiaron de mentalidad ante los nuevos alimentos infantiles.

Como aquél niño al que llamaremos Vicente, nunca había visto una mujer desnuda, las imágenes que se le aparecían eran casi idénticas a esos maniquís de los escaparates; con pechos, pero asexuados. Tal vez de pubis un tanto prominente, pero nada más.
Vicente sabía que aquel sueño, estaba mal. Desconocía el motivo, pero lo sabía. Si fuese algo natural en que lo que se pudiera pensar libremente, no sentiría aquella zozobra, no habría amarrado a aquellas mujeres con grilletes y cadenas a la pared. También pudiera ser, que aun desconociendo lo que la palabra prepotencia significaba, él lo fuera; su sentido de la posesión y dominio, estaba en aquella cadena que mitigaba la rebeldía con que algunas se le oponían.

El sueño se repetía casi a diario. Con alguna variante; alimentándolas a veces, bañándolas otras… Si, eso era lo que más le gustaba; enjabonar bien la esponja y pasarla delicadamente por aquellos cuerpos que el agua hacía brillar; la nuca, las axilas… Hasta los dedos de los pies le gustaban, pero aquello no iba más allá. Aun no estaba maduro.

No se sabe el motivo por el cual el padre de Vicente, cuando acabó el cuarto grado, le hizo presentarse al examen de ingreso en el Instituto para empezar carrera. Tal vez fuese que aquella familia de patateros sabía poco de cuentas, y el negocio aumentaba a un ritmo imposible para ellos. Contrataron un contable, pero temían que les robase, así que nada mejor que la propia sangre para llevar el negocio. Corría prisa que Vicente aprendiese en el instituto lo que la Escuela Nacional no podría proporcionarle. Luego, haría Comercio.
Por tanto, Vicente comenzó falto de madurez intelectual tras aprobar el ingreso, (En realidad tampoco le fue tan difícil; un dictado, una cuenta de dividir con prueba, y el nombre de los ríos principales de la península) aunque tenía orejas para escuchar y aprender de sus compañeros mayores que él, y que si habían acabado los ocho cursos de la Nacional.

Ahora su vida daba un giro copernicano; en vez de la enciclopedia de la escuela, un libro por asignatura, en vez de un solo maestro; un profesor por cada materia, en vez de la separación por sexos; aulas mixtas. Todo era nuevo para Vicente, pero a pesar de ser el más pequeño de la clase se iba defendiendo; era listo.

Llegó la Semana Santa y con ella una nueva experiencia; los Ejercicios Espirituales. Educandos y educadores salían del instituto cual si fueran soldados que iban de maniobras, tomando las aceras camino de la iglesia y flanqueados por sus profesores. De una iglesia sumida en la penumbra, pues los altos ventanales ojivales de cristales emplomados, la mañana mortecina y el polvo acumulado, no dejaban ver con claridad las figuras que formaban, ni la luz que apenas pasaba a su través. Solamente una pequeña lámpara sobre cada estación del vía crucis y nada más.
En aquel ambiente frío, silencioso y casi tétrico donde la iconografía casi le asustaba, los alumnos iban ocupando un sitio en los bancos; adelante los de menor edad y a continuación los mayores.
Don Amable, el cura del Instituto, desde el altar explicó en que iban a consistir aquellos ejercicios; un afamado predicador llevaría la palabra de Dios para preparar las conciencias ante los días santos que se aproximaban. Rezó una oración y esperó a que el orador subiera al púlpito.

Vicente, acostumbrados ya sus ojos a aquella oscuridad, vio salir de la sacristía una figura envuelta en una capa, y subir las escaleras del púlpito donde encendió un foco justo sobre su cabeza. Algún motivo tuvo al recordar aquel dibujo del confesor de Isabel de Castilla que fuera el primer inquisidor; figura menuda, entradas pronunciadas, nariz aguileña y tonsura recién afeitada; hábito blanco con esclavina y capa negra.

La luz iluminaba al predicador de tal modo, que Vicente se sentía incómodo; los claros y las sombras variaban con el movimiento y se asemejaban a esas caras a las que se les pone una linterna para meter miedo. Más aun cuando el dominico hablaba de impureza-infierno, tocamientos-infierno, concupiscencia-infierno, pecado-infierno. Y el infierno, ¡hay el infierno! Cascos de hierro candente en la cabeza, un abrasar continuo per in saecula seculuroum, y lo más grave: El anhelo no conseguido de ver a Dios.

Todo lo que aquel fraile decía, le tocaba de lleno. ¡Algo debía de hacer para no soñar más con aquellas imágenes, para dejar de mirar a hurtadillas los pechos de sus compañeras! Y tomó su decisión: Cuando tocasen Ejercicios Espirituales, él se podría enfermo; su espíritu no necesitaba de ningún ejercicio.

Aquella noche volvió a soñar con sus mujeres, pero en el salón donde las tenía recluidas hacía frío. Encendió la chimenea y pronto el calor se empezó a notar, los troncos ardían alegres con leves chisporroteos. Era buena hora para la ducha y el magreo. El calor comenzó a ser sofocante. Las jóvenes hacían muecas y sus caras y cuerpos se transformaban horriblemente; pequeños cuernos en la cabeza, largos rabos puntiagudos y torsos negros y peludos. Las cadenas enrojecieron como el arrabio en la piquera, se soltaron de sus anclajes y hábilmente manejadas por aquellas diablesas comenzaron a zurrarle. Vicente despertó llamando a su madre con voz lastimera.

- Señora- dijo el médico- su diagnóstico es acertado; el niño tiene declarado un fuerte brote de sarampión.