jueves, 9 de enero de 2014

Olvido.


Ahora recuerdo perfectamente el día en que nací. ¡Es imposible! ¡Alguien te lo habrá contado! Si, quizá, más yo siento esa percepción con una sensación nítida durante mucho tiempo adormecida.

Mi madre me alumbró en casa, en su cama, con esfuerzo, sin un grito, aunque con algún resuello.  Bien conocía su suave voz a pesar de la distorsión del liquido amniótico, las intangibles pero cálidas y amorosas caricias que me hacía en su seno. Lo sé bien, solo a la comadrona oía en aquellos primeros momentos; ¡Empuja, empuja! Y así vine al mundo, grasiento y cegato. Aquella mujer, me propinó una cachetada en las nalgas que me ayudo a tomar aire. Lancé un gruñido deseando volver al contacto materno, sin embargo, me manosearon, lavaron, y luego de un rato, me colocaron cerca de su pecho. Me besó en la frente, me contó los dedos de manos y pies y, cuando hubo comprobado que todo estaba bien y en su sitio, llevó su dedo índice a mis labios para estimular mi apetito. De sobra sabía yo lo que había que hacer; buscar el pezón que ya rezumaba calostro.

Pronto pude distinguir a mi madre, seguramente, porque siempre estaba cerca de aquella cara de ojos negros en los que brillaban chiribitas, como las estrellas en el negro cielo. También a mi padre, pendiente de los dos y un poco mohíno, pues, yo era un hijo deseado con todas las fuerzas por mi madre, pero no por él. Ella, enferma, puso en grave riesgo su vida por mí, de ahí su malestar.

Cuando comencé a gatear sobre la cama, mi madre me explicaba, como si pudiera comprender, aquellos dibujos de las mantas; esto es un leopardo que mira las acacias al fondo de la sabana. Tal vez haya alguna gacela escondida bajo ellas, o algún mono en las copas. Mira que manchas tan bonitas tiene, y que ojos, parece que está vivo.  Y su mano formaba una tenue arruga dando movimiento a la cola. ¿Y, la hierba?, amarillea en el centro, más marrón donde la maleza abunda. En esta otra, el elefante africano, con sus orejas grandotas, la trompa tratando de coger las hojas de los árboles. ¿Te gustan?

Fueron pasando los días, los meses y años en completa felicidad. Más, cuando  iba a cumplir seis, mi madre nos dejó. Se murió silenciosamente, cogidas sus manos a las manos de mi padre que lloraba inconsolable.

Algo nació dentro de mí; rencor. ¿Es posible, que pudiera dejarnos con lo que la amábamos? Y borré para siempre aquellos recuerdos. Eché al olvido las caricias a través de su tripa, sus cancioncillas susurradas. Olvidé el día en que nací, olvidé al leopardo, al elefante africano que tiene las orejas más grandes que el indio. Olvidé cuando jugábamos a la araña, la araña que viene de España... con la mano en alto, moviendo los dedos y acercándose para buscarme la cosquillas. Olvidé que me enseñó a leer antes de empezar con las monjas... todo se fue al olvido.

Fue como si mi vida comenzara a los seis años. Mi padre, siempre enfrascado en resolver ecuaciones imposibles, dejaba a un lado su trabajo para tratar de rememorar conmigo aquellos días felices, pero yo me negaba.


Ha sido hoy, al ver nacer a mi hija, cuando he llorado lo que no quise llorar en su día. Mi mujer entendía la emoción, aunque la juzgase un tanto exagerada. Solamente mi padre comprendió que no me había sido posible el olvido.

2 comentarios:

Maria do Sol dijo...

Hola, mi amigo Alfredo

Já tinha saudade dos teus cuentinos. Andava preocupada com a tua ausência.Como estás? A tua esposa, está melhor?
Agora o teu conto: não sei porquê consegui perceber a dor do personagem. Quando se sofre um grande desgosto, tendencialmente, desejamos esquecer o episódio. O teu relato é forte e consegue emocionar de verdade.

Um abraço

Alfredo dijo...

María:
Mi ausencia se debe a la accidentada. No se puede mover y a mí me tocan las labores caseras... y las propias; estoy estresaadooo. Que que pongo para comer, que vete a comprar, que eso así, que lo otro asaoooo... Un martirio esto de la cocina.
Pero bien, a ver cuando puede poner el pie en el suelo.
El cuento se me ocurrió cuando hacía la cama. No es nada del otro mundo, pero quise reflejar algo que he observado en los niños; la facilidad con que cierran su mente a las cosas malas. No suelen decir nada, pero lo llevan dentro, es como si lo echaran al olvido.
Gracias por estar ahí.