martes, 4 de febrero de 2014

El Ascensor.

 Archivo:. Konrad Kyeser, Bellifortis, Clm 30150, Tafel 09, Blatt 38v (Ausschnitt) jpg
Uno de mis bisabuelos, Ernesto Lewí, construyó una mansión en un arrabal allá por la Carretera de la Costa, cerca de la ermita de San Antonio. Tres alturas sobre un bajo en el que comenzó un negocio de abarrotes. La familia vivía en la primera planta, y, de las otras dos, la segunda estaba dividida en tres pisos, mientras que la última, al igual que la primera, era de solo uno. Estas dos plantas, las alquilaba a veraneantes, sobre todo madrileños, que a raíz de la visita en 1858 de Isabel II y Francisco de Asís, con su hija la infanta Isabel, pensaron que Gijón iba desbancar a Santander o San Sebastián en el veraneo real.

Aunque menudearon las estancias de la infanta en la villa, aquel sueño de algunos no cuajó, sin embargo, el abuelo hizo dinero con los alquileres y sobre todo con la tienda, que pasado un tiempo, decidió reformar. Dado que había muchas huertas en los alrededores, la dividió en dos; a un lado las herramientas propias de los agricultores, las semillas, plantas y árboles procedentes del vivero de Somió, y ropa de trabajo, principalmente madreñas que le hacían en Noreña. Al otro, desde cajas de sardinas salonas o lonjas de tocino, hasta hilaturas traídas de Cataluña, cacerolas y sartenes de Bilbao u ollas de los alfares de Talavera. Más o menos como siempre. 
En el hueco de la escalera, mandó colocar una novedad que sin duda haría más atractivas la plantas superiores; un ascensor. Era tal artefacto, copia de uno que viera en Nueva York  en el año 1857, a su paso por esta ciudad, cuando volvía a España tras haber trabajado en las minas de Potosí donde había amasado su fortuna.

Como en Gijón no había electricidad, contrató a un "ferreru" para que le hiciese unos arreglos en la caldera de la calefacción, de modo que con un calderín de vapor, una maquinilla con un cabrestante y unas poleas, quedó listo. Un inconveniente grave tenía el proyecto; la caldera  debía de ser alimentada regularmente para mantener la presión, lo que significaba un gasto considerable en carbón, y el sueldo del operario. Nada baladí para alguien que se apellidaba Lewí. Pero, emperrado en la idea, tampoco era solución remontarse a la Edad Media y emplear la tracción animal que tampoco ahorraría costes.

Era la cabina del ascensor, de maderas nobles, acristalados tres de sus lados hasta casi la mitad. En la parte baja de la puerta, mandó tallar la figura de un monte; el cerro en el que durante quince años de trabajo, consiguió su plata.

Aquella obra de ingeniería, trajo cantidad de clientes al comercio, y tantos curiosos que querían probar el artilugio, que empezaron a cobrar las visitas. Visitas al sótano, subida hasta la buhardilla donde a través de la linterna, se podía admirar de oriente a poniente, el cabo de San Lorenzo, el arenal, y el cerro de Santa Catalina con las casamatas de los militares.
El aluvión de curiosos fue a menos hasta, que por fin, y para tranquilidad de los inquilinos, cesaron por completo.

El ascensor tuvo varias reformas para modernizarlo, pero entre unas y otras, fue testigo de la muerte de mi bisabuelo. Un testigo muy directo ya que el hombre la diñó allí dentro. No, no murió por accidente que fue del corazón. Contaban en casa, que mi bisabuela, que le sobrevivió cinco años, no volvió a montarse en él. También cuentan, que su hijo, mi abuelo -menuda soga tenía el personaje- requirió de amores a mi abuela dentro de aquella caja de madera, y que ella, veraneante tradicional del tercer piso, muy a disgusto de sus padres, aceptó. Ella era católica.

También he oído contar mil veces, aunque algo recuerdo, tenía siete años, que durante la revolución de 1934, mi padre nos encerró a mi madre y hermano pequeño en el ascensor.
 Llegó a sus oídos, que la revuelta era inminente y decidió que al día siguiente nos marchásemos todos menos él y el abuelo para la quinta de Somió. Pero no dio tiempo, aquella misma noche, se presentaron en casa un grupúsculo formado por diez o doce individuos de la comuna del Llano, aporreando la puerta y las persianas metálicas.

Nos subió al último piso, colocó un cartelón de no funciona tapando los cristales y soltó un par de cables para que no se moviera. Allí sentados, y en silencio, oímos como registraron toda la casa. Algún Jean Valjean se apropió de la cubertería de plata y los candelabros del tercer piso, amén de otras cosillas. Requisaron sacos de harina, garbanzos o lentejas, fabas blancas y del mandilin, las ristras de chorizos colgadas del techo junto con tocinos y jamones, y otros bienes del "judío", y que en parte fueron devueltos días más tarde por miembros del Comité Revolucionario.

Mi padre, al igual que el suyo, de judío solamente tenía el apellido y quizá la nariz, pero ya se sabe como es la gente.


La Guerra del 36 se llevó muchas cosas por delante, al menos nosotros no pasamos demasiada hambre; aunque no éramos agricultores, algo entendíamos, sembramos en la quinta a resguardo de sus altos muros. Años después, la mansión ya no era lo que fue. Edificios de seis u ocho pisos le quitaban la vista de la bahía y su hermosa playa, ni desde la linterna se acertaba a ver el Cervigón o Santa Catalina. Su fachada sur, toda ella una galería, ya no recibía el sol. Se derribó para construir un edificio de ocho plantas, solamente se salvó el ascensor que fue a la casa de Somió. Allí está, en la mejor sala y escuchando todas las conversaciones; le colocamos un asiento y un teléfono.

4 comentarios:

Humberto Dib dijo...

Vaya historia la del ascensor, Alfredo.
Me gusta porque hay ficción aquí, pero también hay datos históricos que muy bien pueden ser reales.
Un fuerte abrazo.
HD

Alfredo dijo...

Humberto.
De todo hay en la viña del Señor, y mezclar ficción con realidad, es cosa muy común, tú lo sabes.
Agradecido por el comentario.
Salu2.

Maria do Sol dijo...

Hola Alfredo
O ascensor é um meio de transporte que evito...a menos que tenha que me deslocar mais de cinco andares... :)
Como vai a tua esposa?

Abraço

Alfredo dijo...

María.
¿Acaso sientes claustrofobia?
Me parece que estás muy ágil, yo cinco pisos no los subo ni haciendo paradas.
Ya empieza a utilizar las muletas. Fuimos hoy a trauma, le dieron cita para rehabilitación. Gracias por el interés.
Salu2.