miércoles, 26 de febrero de 2014

Inalienables palabras.

Comenzó Sebastián su andadura laboral en un taller de ferralla. Se había sacado el Graduado Escolar a trancas y barrancas, pero tampoco se necesitaba ser ingeniero para tal menester. El trabajo era "intuitivo"- le dijo el encargado- mucho más fácil que el manejo de esos endemoniados teléfonos actuales, y si no entendía algo, para eso estaba él.

Sucedió, que  cuando llevaba un tiempo cortando y amarrando hierros,  a un compañero se le incrustó una cascarilla de la soldadura en un ojo y él, que poseía un carácter reivindicativo, discutió con el encargado sobre la necesidad de mayor protección; mejores guantes, gafas, mandiles de cuero... ¡Tenemos el derecho inalienable a la seguridad! -dijo sin saber a ciencia cierta lo que la palabra significaba, pero que había oído cuando alguien reclamaba algo.

Y el jefe le fue con el cuento al patrón; El nuevo es un chisgarabís que lleva aquí cuatro días, y ya se cree con el derecho a exigir prebendas.

- ¿Que pide?

- Toda clase material de seguridad.

- Tiene razón. Eulogio, sabes mucho de planos, pero muy poco de cuentas; sale más barato darles gafas o guantes, que una semana de baja por una esquirla en un ojo, o por una cortadura en la  mano.

Y a todos les proveyeron de lo necesario.

Hubo quien consideró que aquello era una victoria, victoria conseguida merced a las palabras de alguien que parecía tener madera. Y se lo llevó al sindicato para que se afiliara y le presentaran al cargo de Enlace Sindical.

Pero una cosa es que el patrón te de un mandil, y otra que te suba el sueldo un 5% . Y es que, como dijo el dueño, cuando el flamante enlace sindical fue a reivindicar - ésta también se la aprendió de memoria- el aumento de salario: "Es derecho inalienable, intangible y sacrosanto del patrono, negar aumentos pecuniarios a los trabajadores, en tanto en cuanto, la optimización, la innovación, competitividad y productividad no sean las adecuadas para conseguir una mejor calidad, mejor imagen, mayor venta, y, algún beneficio que ahora no se da".


Aquella tarde, haciendo uso de sus horas sindicales, Sebastián presentó la renuncia al cargo, primero ante los compañeros, y luego ante el sindicato.

6 comentarios:

Ruben dijo...

donde las dan las toman...
Buena lección.

Marta C. dijo...

Muy bueno, Alfredo. Y nadie mejor que tú para reivindicar el conocimiento del vocabulario, Eres el mejor.
Al pobre chico se le subió a la cabeza la palabreja y el jefe la sabía muy larga. Muy bien, Alfredo. Cortito, pero eficaz.
Un abrazo.
Recuerda que tenemos una cita en Skype cuando solucioes los problemas técnicos.

Alfredo dijo...

Ruben.
Gracias por la visita, creí que estabas enfadado conmigo y sin saber el motivo.
Me alegraría que estuvieses bien, tanto tú como la familia.
Salu2.

Alfredo dijo...

Marta.
Vale, lo recordaré.
Poco se le podía pedir, pero a veces los cantos de sirena nos hacen creer que somos más de lo que la realidad nos demuestra. Si como dice Ruben, no hubiera ido por lana, no habría salido trasquilado.
Salu2.

Maria do Sol dijo...

Hola Alfredo
Um dia destes assisti a um documentário sobre a vida de Hitler...começou por ser um zero mas foi um sindicato de trabalhadores que o catapultou para o poder... a tua história não tendo nada em comum com a do ditador, nem sei porquê, trouxe-me aquele documentário à memória.
Apresentas um bom relato, como sempre, cujo final nos deixa a refletir. Um mestre da escrita faz isso: espicaça a mente do leitor.
Parabéns.
Abraço

Alfredo dijo...

María.
No siempre escribo buenos cuentos. Tú sabes que los hay malos a conciencia, intrascendentes los más y alguno bueno. Pero soy de la opinión, que buenos o malos, ahí están, el caso es ponerse a ello, y que al menos entretengan, liberen por unos minutos la mente del lector aunque solamente sea para decir ¡qué chorrada!
Gracias por estar siempre ahí.