domingo, 16 de febrero de 2014

Las Pistolas del abuelo. (Parte II de IV)

Logramos mantenernos fuera de tiro, y dado que no podía alcanzarnos, cerca de la isla Margarita abandonó. Aquel suceso nos había agotado, pues lo peligroso de las aguas requería de vigilancia constante. Tratamos de volver a la ruta trazada, lo que implicaba pasar entre Puerto Rico y Santo Domingo para tomar Cuba por el sureste.

- Supongo que tampoco los abolicionistas querrían hundir el barco.

- No, pero si lograban horquillarlo, sin duda la persecución hubiera acabado.

- Ya, si lograban largar una andanada por babor y otra a estribor, se entiende que la tercera haría blanco.

- Así es, la pericia mantuvo a La Favorita fuera de alcance de tiro.

- Oiga, ¿y lo de las velas negras?

- Un método de camuflaje, en noches de luna, lo blanco resalta más que lo negro, supongo.

El ambiente a bordo se fue caldeando por la falta de descanso. Surgían disputas por cualquier cosa, y se empezó a abusar de las mujeres, que eran quienes pagaban el pato. Sin segundo al mando y nadie en quien confiar, me vi obligado a mostrarme condescendiente por temor a un motín. Impuse una norma; cada hombre podía tener una mujer adulta, siempre la misma. Yo mismo, pues también ellos desconfiaban de mí al ser el embarcado más reciente y por tal desconocido, elegí a una de ellas que instalé en mi camarote.

- ¿Serían esos casos habituales?

- No tengo ni idea. Supongo que al capitán le debía de resultar muy difícil aplicar la disciplina, cuando estaba Van Roig, tenía un segundo, mi abuelo, y un tercero, el médico. Pero ahora el capitán parecía estar solo.

- Tenía que conseguir ayuda. Como piloto, el salario asignado mensual era de ciento veinticinco duros y tres duros por cada negro que llegase a la Habana, si conseguía poner de mi lado a Palop, él cobraría mi sueldo y yo el del capitán. Parecía un buen trato, tenía que convencerle.

- Oye, Palop, le dije, esto que se pretende es inviable. En Cuba nos espera el apoderado, tras dejar a los negros, él tiene previsto embarcar para supervisar la carga en Artemisa, ¿nos desharemos de él?

- Mejor hubiera sido vender en Fortaleza.

- De todos modos, más pronto que tarde penderíamos de una soga. ¿A quién crees que podemos vender el barco? ¿A quién conoces tu, y qué pasa con los papeles? Decide, acabo de poner mi vida en tus manos.

- ¿Así que todo ha sido una estratagema? Está bien, ¿me da su palabra?

- La tienes, doblarás el sueldo y trataré de conseguir un extra por la falta de un hombre.

El peligro era manifiesto al pasar por el triángulo que forman Haití,  Jamaica y las islas Turcas, todas bajo bandera inglesa, por lo que colocamos un cesto a modo de cofa con un vigía en el mástil de proa que era relevado a cada hora.

- Ya, así avistarían más fácilmente otros navíos.

- Efectivamente.

Aportamos en el lugar convenido sin demasiados incidentes. Los esclavos, encadenados unos a otros por el cuello y la mano derecha, fueron desembarcados y conducidos a los almacenes donde los separarían y marcarían por lotes. Todos menos Tyye Kasinga, mi esclava, una "Pieza de Indias", y por tal "cosida". Era togolesa de etnia Ibo capturada en Enugu a la que había tomado cariño; mantenía en orden el camarote, me servía la comida, lavaba mi ropa y era mi propia sombra. Para vigilar mi sueño, se sentaba en el suelo con la espalda pegada a la puerta, de modo que nadie podía entrar. Allí sentada y en la penumbra del camarote, sus pechos desnudos, y el culo al aire, hacían que tanto mi humanidad como el pelo se me erizasen. Tenía diez y ocho años cuando los traficantes la sacaron de su poblado para atravesar media África hasta Gorea, ahora, en la cintura y tapado por una faldeta, ocultaba un estilete que yo le entregara para su seguridad y la mía, pues no dudaba que lo emplearía contra cualquiera que intentara hacernos daño. Una discusión con el primer timonel fue la causa de que yo le entregase el puñal. Tal vez se sintió ofendido por mis duras palabras de recriminación cuando percibí que había errado el rumbo y que habíamos perdido un tiempo precioso, el caso es que cuando le di la espalda, tentó el cuchillo que llevaba al cinto y Kasinga saltó sobre él cual si fuera una pantera. El timonel fue castigado con diez azotes y privado de vino durante una semana. Leve castigo para quien debía de haber perdido la mano de un tajo.

- Explíqueme, por favor, a que llamaba "Pieza de indias" y que significa "cosida"

- A las mujeres vírgenes se les daba este nombre, la prueba más evidente de que lo eran, es que los labios mayores estaban cosidos, y, aunque era imposible verlo, les faltaba el clítoris. Solamente dejaban un pequeño orificio por donde menstruaban u orinaban.

- Ya,  de niñas les practicaban la ablación.

-Sí.

El apoderado, un tal Forcadé, estaba contento. Solamente se habían perdido seis hombres y una mujer, lo que significaba un logro importante. Yo también estaba contento, en mis anteriores viajes se perdieron entre el ocho y el diez por ciento de los esclavos, y no había nada que más me doliese, que la desidia que provocaba la muerte de uno de ellos, ya había visto demasiados muertos. Sin embargo, pronto yo mismo iba a causar la muerte de un hombre.

Partimos en lastre hacia Artemisa, y lo que iban a ser unas horas de placentero viaje, se convirtieron en la peor etapa que sufrí en veinte años de singladuras. En unos minutos, el día se hizo noche, las olas se convirtieron en paredes verticales infranqueables, el agua de la mar nos empapaba, la de la tormenta nos lavaba... y vuelta a empezar. Al fin zozobramos no demasiado lejos de la costa. El barco, estrellado contra las rompientes, se hizo añicos.
Cualquier marino sabe que el mejor salvavidas es un ahogado, y Tyye yo, nos aferramos al gordo Forcadé, aunque a poco, aquel mito se esfumó, Forcadé se hundió como si fuera un saco de patatas. Parte de la tablazón del entrepuente flotaba como una balsa, portando la anclada mesa de mi camarote  adonde pudimos llegar no sin esfuerzo, Palop se aferraba a ella.
Las olas nos escupieron en una pequeña playa donde descansamos. Nadie excepto nosotros parecía haberse salvado.
Recogimos lo que de utilidad había, en los cajones cerrados con la llave que yo portaba al cuello. La documentación estaba perdida, tan solo una bolsa de cuero con algo de dinero, una brújula y mi estuche con dos pistolas de duelo.  Al alejarnos de la mar, pudimos oír el tañido de una campana y hacia allá nos encaminamos.
En una plantación, a las afueras de la ciudad, nos proveyeron de alguna ropa y dieron de comer. El propietario, un Whig de nombre Emerson, se ofreció a llevarnos hasta Charleston en su carreta, pero rehusé ante la pretensión de que Tyye fuese a pie.

- A lo que se ve, al tipo no le gustaban mucho los esclavos...

Hay que tener en cuenta, que en Charleston hubo mayoría de raza negra, sobre la blanca. Descontentos, planificaron  una rebelión en 1822. Tras ser abortada, los pocos derechos que tenían y las actividades consentidas, mermaron considerablemente. Les cogieron miedo.

- Y, ¿qué es un Whig?

- Eran integrantes de un movimiento religioso presbiteriano que estaban en contra de los católicos. Tuvieron mucho poder en Iglaterra.

Decidí enviar sendas cartas a la central en España y también a la Habana, para explicar lo ocurrido y que procurasen fondos a la mayor premura, o alguna acreditación que nos sirviese para regresar.
Mientras yo escribía, Palop hacía un solitario. Cuando terminé, empezamos a jugar al veintiuno. Repartí con él las monedas de la bolsa y comenzamos. A poco, un hombre entro en el comedor del hotel en que nos hallábamos. Fumaba una pipa de palo largo como las que suelen utilizar los chinos, preguntó si podía entrar en la partida. Yo le dije que solamente lo hacíamos por distracción, pero él insistió. Dado que solo íbamos a jugar los dos, cambiamos un poco las normas de juego; la banca la cogería primero el que sacara la carta más alta, luego, para que no hubiera ventajas, aquél que se llevara la mano, pasaría a ser banca.
El juego se fue calentando, y el individuo ya había perdido una buena suma que aumentaba con cada envite. Varias veces le pregunté si quería dejarlo, pero él, cerril, echó mano a una cartera de piel de becerro, y sacando un documento, exclamó desafiante:
- ¡Hasta aquí puedo llegar!
Era la escritura de una propiedad. Señor, dije yo empujando hacia él lo ganado, recoja su dinero y volvamos al principio.
- No acepto limosnas, juguemos una vez más; ¡todo, o nada!
La gente se había arremolinado en torno a la mesa, y como quiera que a mí nunca me gustado quedar por gallina, acepté. Al fin y a la postre, prácticamente nada de lo que había sobre la mesa era mío.

La mano fue corta, me dio una carta tapada y una descubierta, me vi en la obligación de enseñarlas; tenía una figura y una as; veintiuno. Él sacó dos figuras; veinte. De la próxima carta dependía todo... y perdió. Entonces, ciego de ira, saltando sobre la mesa me golpeó en la cara llamándome tramposo y retándome a vernos las caras afuera. Pese a que los mirones trataron de convencerle de que el juego había sido limpio, y que en todo caso, era él el que repartía, a la mañana siguiente se celebró el duelo.

Continuará.

1 comentario:

Elda dijo...

Vaya Alfredo, que interesante se ha quedado esto.
Me gusta mucho como escribes, haces que el relato se lea con interés. Te diré que siento cierta rabia cuando leo lo de los esclavos, como cuando he visto alguna película.
Bueno, seguiré leyendo a ver que ocurre con este energúmeno de la partida.
Un abrazo.

Ah!, me ha resultado muy gracioso tu salud2, porque tengo un compañero en una página de poesía que saluda igual.
Un abrazo.