sábado, 22 de marzo de 2014

Escritorcillo del tres al cuarto.

Era un escritorcillo del tres al cuarto, es decir; que escribía cuentos  de los que te daban tres por un cuarto.

Cuarto: moneda de cobre de entre los siglos XIV y XIX y valor de cuatro maravedís de vellón, equivalente a 0.0001 euros. Yo suelo decir perroneros; de a perrona. Perrona:  Diez céntimos de peseta, equivalente a 0.0003005 euros.

A pesar de que, (a juicio mío y de otros muchos) lo que escribía no valía el papel que utilizaba, él se sentía muy ufano. Eso sí, revestido de falsa modestia, modestia tan falsa, que dejaba ver la oreja con suma facilidad.
En su fuero interno, muy interno, reconocía lo que sus amigos no osaban decirle a la cara, pero solamente por un brevísimo instante, instante que trataba de apartar de su mente con un manotazo al aire, cual si fuese Pseudolynchia canariensis, (Vulgo: Mosca cojonera)  
Hasta que alguien, un día, le dijo: Señor mío, procure aplicar la imaginación, si es que la tiene. Lo que escribe es de un vulgar lacerante, próximo al endeño.

¡Anda, que también ese...!   

Los escritores tienen sus manías, algunos se levantan a escribir a las cuatro de la maña, otros lo hacen en el café, a las cuatro de la tarde. Eso, manías.

Algo muy común, es alejarse del mundanal ruido, y eso fue lo que nuestro escritorcillo hizo; se marchó a un pueblo allá arriba en el monte, para ver si su imaginación paría algo fuera de lo común. Pero pasaban los días y el papel continuaba en blanco, así, que se dedicó a caminar por trochas y vericuetos propios de cabras y contemplar el feraz paisaje; alcornoques, encinas y hayas donde habitaban las aves rapaces, piornos a medida que subía y los árboles escaseaban, poblados por la perdiz pardilla, asustadizos corzos y rastros de xabalí. Luego la bajada cerca de neveros, fuentes y las lagunas que formaban. Con suerte vería al furón (hurón) y la llóndriga (nutria), al páxaru d´augua (mirlo acuático) o al martín pescador.

De vuelta de uno de esos paseos, se encontró con el tío Hilario que tomaba el sol a la puerta de su casa. Tras los saludos de rigor, ambos trataron de sonsacarse mutuamente. El uno, porque los días en un pueblo de ocho vecinos, todos mayores, son siempre iguales y no tenía otra cosa que hacer, y el otro por ver si de allí salía la chispa que le alumbrara. ¡Esos viejos palurdos siempre tienen alguna historia que contar!

Hilario, comenzaba a hablar pausado, pero acababa farfullando cuando quería contar cosas de un pueblo que fue importante; ¡Llegó a tener sesenta vecinos!

- Aquí vino uno que era ingeniero. Buscaba minerales. Oro, plata, cobre, cualquier cosa que fuera rentable y diera prosperidad. En realidad no fue uno, que fueron siete los que vinieron; él, dos geólogos. el topógrafo y el ayudante, un escribiente y un peón. Como no había posada, se repartieron por las casas que tuvieron a bien acogerlos, por un precio acorde al servicio que se les prestaba... Y así fue desgranando la historia entre tosecillas, falta de aliento y ajunes para aclarar la garganta.

Belarmino, nombre de nuestro escritor, de buena retentiva, iba almacenando los datos en esa parte del córtex, más o menos a la altura del colodrillo, que se frotaba de vez en cuando de arriba a abajo en un ademán estimulatorio.

De vuelta a la casa que había alquilado, se sentó a la mesa frente a la ventana donde la máquina de escribir esperaba con el papel impoluto. Una suave neblina de comienzos de verano parecía estar estancada sobre los montes, difuminándolos, volviéndolos un tanto fríos y misteriosos.

- Bueno, al tajo, se dijo. Buscaré mis mejores palabras, el mayor sentimiento de que soy capaz, para narrar esta pequeña historia que me ha llegado a lo hondo.

El Dorado,  que era Gris.

El Consejo de Administración de Carbones Antraciteros del Noroeste, S.L. estaba reunido bajo la presidencia del principal accionista, el señor don Melquiades Suarez del Campillo, y según costumbre, él se lo guisaba, y él se comía la mayor parte.

- Señores míos, hemos llegado a un punto de inflexión, en qué, o se endereza la situación, o nos vemos avocados al cierre. Espero que en el plazo de una semana, estén sobre mi mesa las propuestas de las acciones pertinentes para el relanzamiento de la empresa. Acciones que no sean un fiasco como hasta ahora han sido sus ideas, alguna de ellas descabelladas.
Voy a dar por terminada la reunión, a no ser que a alguno se le haya encendido la lamparita y ponga, aquí y ahora una idea brillante, pero sobre todo, lucrativa. Lucro, naturalmente, que redundará en beneficio de todos.

Y todos los presentes se hicieron el muerto. Sin embargo, una vez salieron de la sala de juntas, corrieron a apretar a sus subordinados, para que buscasen el plan perfecto que no diera con todos ellos de patitas en la calle.

Una idea cobró fuerza; hacer prospecciones de otros minerales que no fuera el ya escaso carbón. Se ordenó pues, al ingeniero don Luis, y a los geólogos Martín y Lucas, que a la mayor brevedad se recorrieran los montes a la busca del hipotético Dorado.

Los mineros tomaron como base la aldea de Arenillas, y en ella sentaron sus reales. Por las mañanas inspeccionaban las breñas, picaban y extraían muestras de rocas y margas en un perímetro establecido no lejos del pueblo, y de tarde estudiaban la cartografía y las muestras obtenidas. A la vista de los resultados, se hicieron necesarias calicatas y sondeos, lo que implicaba maquinaria y más personal, es decir; dinero. Habría que hablar con don Melquiades para exponerle el plan de trabajo, los costes, el tiempo y lo que esperaban encontrar. Y don Melquiades, al saber que había grades posibilidades de encontrar volframio, decidió arriesgar una parte sustancial de su patrimonio.

Don Luis, el joven el ingeniero, treinta y dos tenía, se había hospedado casa de un tal Palicio, maderero de baja estofa, que en alguna ocasión había servido eucaliptos a las minas del Noroeste, y que al no poder suministrar tanto como se le demandaba, se prescindió de su concurso.

Era Palicio como de cincuenta, recio, hosco, sucio y maloliente. Si algo bueno había que decir de él, es que era trabajador; de la mañana a la noche se la pasaba por los montes con sus dos operarios y desarrollaba tanto trabajo como ambos. Casado por conveniencia (de ella) con una mujer; Alicia, veinte años más joven, ejercía sobre la joven una especie de magnetismo maquiavélico, pues aunque Alicia odiaba su grosera zafiedad, no dejaba de admirar su virilidad arrolladora.

Quiso el leñador, que don Luis se sentara a la mesa familiar en las cenas tras el trabajo, y aceptó el ingeniero, más, visto lo visto, a los tres días sentíase pesaroso e incómodo, pero cogido en la trampa. ¿Qué escusa buscar, para declinar ahora tan amable ofrecimiento? Ya no había remedio, debió pensarlo primero.

Alicia servía la mesa; dos platos, casi siempre sopas y carne. No, no se piense nadie que de los dos platos, el primero era sopa, y el segundo carne. Era que a la mesa solamente comían dos; Palicio y Luis. (Apeémosle el tratamiento al señor ingeniero) Palicio, sin ninguna consideración hacia el visitante y huésped, se servía el primero y a su plato iban las tajadas más suculentas.

-  ¿No come usted con nosotros, señora? Preguntó extrañado Luis a la mujer.

- No, respondió por ella Palicio, Alicia come después de recogida la mesa, ahí, de pié y apoyada sobre el fogón. Es la costumbre. Pero la mirada de desdén que ella le dirigió, parecía indicar una clara falta de acuerdo.

Luis salía invariablemente a fumar su pipa al porche, al fin y al cabo el olor del tabaco era mucho mejor que el del hombre. Palicio lo seguía, se sentaba en uno de los sillones y respetaba el silencio del ingeniero, que, pensativo, contemplaba a través de las ondas del humo, el cielo tachonado de estrellas. Bastante era aguantar el tufo como para tener que escuchar sandeces.

Saliendo de su mutismo, un día de aquellos, Luis preguntó a Palicio:

- ¿No resulta un tanto tediosa la vida en este lugar?

- ¿Qué quiere decir tediosa?

- Aburrida. Siempre lo mismo, su mujer apenas sale de casa, no tienen amigos, no van a parte alguna.

- ¡Bah, peor vida tenía antes!

Y ahí se acabó todo. Uno no quiso preguntar más, y el otro, parco en palabras, no juzgó conveniente dar explicaciones.

Las noches eran un suplicio para el ingeniero. Aunque los fines de semana todos los del grupo bajaban a la ciudad, a sus casas, el resto de las noches tenía que padecer el resoplar del macho cabrío y los ayes de placer de Alicia. Que contradicción. En el poco tiempo que pasaba con la pareja, apenas si se hablaban, y cuando lo hacían, se le notaba al hombre el menosprecio que sentía por la mujer y a ella una mezcla de rencor y asco que no se correspondía con lo que parecía suceder en la cama.

Aquella noche faltó Palicio a la cena. Extrañado, Luis preguntó por él: Tiene un trabajo y no vendrá en dos días. Y en sus ojos el minero creyó ver el fuego de un deseo desordenado. ¡Vaya con la casualidad! También yo tengo trabajo urgente. Estaré en el zaguán de Anselmo donde tenemos las muestras. No vendré a desayunar, no se preocupe. Y aquellas dos noches, Luis durmió en el pajar de Anselmo, por el qué dirán.

Fue esa última noche, que Palicio regresó sobre las cuatro de la mañana. Subió sigiloso a la habitación, se echó sobre la cama vestido. Alicia dormía profundamente tapada solamente con la sábana. La mano abarcó un pecho, luego, despacio y con mimo, bajó por el estómago hacia el pubis donde hurgó con delicadeza. Las piernas se abrieron y de la boca de la mujer, salió un suspiro... y un, Luis, sabía que vendrías. Aquél Palicio  afeitado, con camisa limpia y oliendo a perfume, buscó a tientas la pera y encendió la luz. Aquella mano que acariciaba, se volvió garra que aferró la faringe de Alicia, y apretó hasta aplastarla entre sus dedos. Después, se fue a la habitación del ingeniero, pero no estaba. Bajó, cogió la escopeta, cartuchos bastantes y salió. La aldea estaba dormida, unas pocas luces alumbraban mortecinamente las callejas. Algún perro ladró. Husmeó aquí y allá hasta que dio con lo que buscaba. Entonces sonaron dos detonaciones. Alarmados salieron los vecinos de sus casas, los mineros fueron cayendo uno a uno hasta cuatro, pero hubo quien tuvo tiempo a huir, bajar al pueblo y avisar a la guardia civil. Entrada la mañana rodearon la casa, y tras un intenso cruce de disparos, Palicio fue abatido, que no muerto. Y cuando curó de sus heridas, la muerte le sobrevino sentado. Arrimado a un poste, con un collar de hierro y un tornillo que accionó el verdugo.

Del grisáceo mineral nadie quiso saber ya nada más, siete muertos eran muchos muertos por un hipotético hallazgo. Mejor dejarlo para más adelante. Las minas cerraron, y algunos de los hombres del pueblo que en ellas trabajaban, dejaron sus raíces y se fueron en busca del pan a otros lugares.

El escritor releyó sus folios. Yo no estaba allí para comprobar cuan conforme se sentía. No mucho supongo. Cuando a vino a mí para que lo publicara parecía nervioso, falto de confianza. Tenía razón, tampoco era para tanto. Una vez más se quedó en un simple novelucho. ¿Dónde estaba la imaginación que le pidiera el del endeño? Tampoco supo retratar la avaricia del patrón, ni había misterio y ni siquiera el sexo emocionaba. Un crimen pasional, con daños colaterales simplemente. Un crimen, donde la palabra amor no entraba, donde solo cabía el puro machismo; ¿Engañarme a mí, a mí, que te lo he dado todo? Puta asquerosa, tú eres mí sierva, yo tomo lo que es mío, y ya vas contenta, qué menos tenías en tu casa.

Pero bueno, yo soy editor y no crítico. Publico lo que me gusta tanto si da beneficio como si no. Ya dirán los que saben, si es bueno.

13 comentarios:

fus dijo...

Me ha gustado mucho tu forma de relatar.

un abrazo

fus

Elda dijo...

Jajaja, muy gracioso el comienzo de tu cuento.
Bueno, pues parece que le sirvió al escritor lo que le contó Hilario, aunque al editor le pareciera un poco desnatado... pero como resultado, el tuyo me ha gustado mucho. Me ha parecido muy ameno con tu forma estupenda de narrarlo.
Un abrazo.

Fanny Sinrima dijo...

Hola, Alfredo, es el primer relato tuyo que leo y me ha gustado tu narrativa ágil, divertida y no por eso menos profunda.Todo está en consonancia y se lee con agrado.

Un saludo.

Alfredo dijo...

fus.
Gracias fus. Qué quieres que te diga, hay ocasiones en que lo ves tan claro, que no haces sino llevar la marcha iniciada.
Agradecido por el comentario.
Sañu2.

Alfredo dijo...

Elda.
Ya sabes la imagen que suelen dar de los editores; gentes voraces que achuchan a los escritores para poder publicar. Aunque este no parece tan pesetero.
Me alegra que te haya entretenido.
Salu2.

Alfredo dijo...

Fanny Sinrima.
Bueno, por ahí atrás hay alguno un poco más profundo y trabajado, si te ves con fuerza, échales un vistazo.
Gracias por leerlo, y por dejar el comentario.
Salu2.

Marta C. dijo...

Alfredo, ¿a que ya me echabas de menos? Es que me he metido a hacer dos cursos de escritura por internet y no doy abasto a cumplir con mis deberes, publicar en el blog y visitaros. Pero aquí estoy, fiel a tus cuentinos.
Veo que con este vuelves a los largos, medianos tal vez, relatos de corte popular, esos que tan bien sabes escribir.
Personajes de pueblo que arrastran su existencia por la vida, más que vivir.
Duro ese personaje que pintas con gran acierto y siempre acomodando el estilo al menester del relato ¿eh? que yo también sé, aunque vaya de moderna. Me ha gustado mucho, tus historias "pasiegas" me gustan como los "sobaos".
Te dejo un abrazo, amigo.

Maria do Sol dijo...

Hola Alfredo

Os teus textos têm sempre um tom peculiar que lhes confere interesse e por isso, apesar dos entraves linguísticos, passo sempre um "bon rato" a ler-te.
Abraço

Alfredo dijo...

Marta.
No sé si tengo la suerte o la desgracia, ni sé el motivo o la razón, por la que los lectores me abandonan pasado un tiempo, por ello no me pillaría por sorpresa que te hubieras marchado. Tal vez sea que no se comprende mi forma de ser, o que soy muy malo escribiendo ¡qué se le va a hacer!.
Es cierto que me extrañó tu falta, máxime cuando más de uno, tú entre ellos, me calentó la cabeza con el dichoso relato de las pistolas, al que le añadí no uno, sino siete entradas más. En fin, perdona que te recuerde, que yo soy asturiano, los pasiegos, al igual que los sobaos, son santanderinos, y aunque somos vecinos, para mí ellos siguen siendo de Castilla la Vieja.
Me alegra saber que estás de cursillos; el saber no ocupa lugar, según dicen. Yo ya tengo los huesos duros, me limito a contar mis historietas a mi estilo, y si a alguien entretienen, mejor.
Gracias por el comentario, amable y cariñoso.
Salu2.

Alfredo dijo...

María.
María, sabes que aquí estoy para aclararte esos entraves que no seas capaz de descifrar. Lo cierto es que cuando te escribo un comentario -para eso soy peor que para los cuentos- y veo la traducción, me asusto.
Deseo que vayas mejor, me gustaría recibir la impresión de que tu ánimo está mejor.
Salu2.

Marina Fligueira dijo...

¡Hola, Alfredo!!!

Bien, pues he pasado un rato entretenido leyendo tu relato; decirte que no lo he entendido muy bien, sobretodo el final. Perdona. Soy bastante torpe...

Gracias por tu visita, sois todos /das un soplo de aire fresco que alimenta mi alma.
Te dejo un beso y mi estima.
Se muy muy feliz.

Alfredo dijo...

Marina Fligueira.
No creo que seas nada torpe, al contrario; haces poesía muy bonita.
Tal vez mi forma de relatar sea un poco enrevesada para aquél que tiene muchas cosas en la cabeza. Lo mejor es leer despacio. Este es un consejo que doy a todo el mundo, pero que a veces yo no cumplo, eso me lleva en muchas ocasiones a tener que releer. En fin, lo que se trata es de entretenerse un rato.
Salu2.

Alfredo dijo...

Marina.
Oye, con tanta palabrería se me olvidó aclararte el final.
El cuento está ambientado a mediados del siglo pasado. Entonces estaba en vigor la pena de muerte por garrote vil, un zuncho que se colocaba al reo en el cuello que abrazaba a la vez un poste, al girar el tornillo que había en la parte posterior, desnucaba al infeliz. Así murió Palicio, que fue condenado por la muerte de quien creía le había puesto los cuernos y por los otros compañeros del fallecido.
¿No has visto "El Verdugo?
Salu2.