martes, 4 de marzo de 2014

Las Pistolas del Abuelo. (Capítulo 2 Parte II)

Corrían malos tiempos en todos los lugares, aunque nosotros podíamos considerarnos afortunados. Teníamos ganado, vendíamos la producción de manzana a Tomás Zarracina, que en el 57 comenzó la fabricación de sidra en un gran lagar donde trabajaban 30 entre hombres mujeres. Antes de eso, se vendía al menudeo, y la mayor parte la comían las vacas.

Palop enviaba remesas de dinero de vez en cuando, pero el grueso de los beneficios se iba en modernizar la plantación. Me contaba, que la hoja del tabaco, se curaba ahora con aire caliente, lo que reducía mucho el tiempo y se necesitaba menos espacio, y cosas por el estilo. Sin embargo, yo le encontraba, como cansado, o tal vez amargado desde que el viejo Zacarías, negro, libre y capataz, fuera encontrado asesinado. Desgajada su carne a latigazos, rotos los huesos y ahorcado. Si, ser negro, libre y con responsabilidad era mucha categoría para un esclavo. Los asesinos no aparecieron porque nadie se preocupó de buscarlos, solamente era un negro muerto. Palop sospechaba del antiguo capataz.

- Aquél que habían echado por darle al látigo.

- El mismo.

El viaje estaba casi preparado. Lo más rápido para partir era salir de Gijón en un bergantín. De los barcos de vapor, ni hablar, el Jovellanos no saldría hacia Cuba hasta agosto. Podíamos subir a Inglaterra o Irlanda, de donde partían muchos, pero al final, parecía que lo perdido por lo ganado. Tyye opinaba que mejor sería ir en el vapor. Aun tenía grabada la imagen de los marinos haciendo sus necesidades por la borda y la de los esclavos entre defecaciones y vómitos. Al menos, en aquél barco había cabinas. Qué poco sabía ella de barcos negreros, de tumbeiros. Sus dos travesías lo fueron en barcos "aseados", la Favorita lo era y también el Esperanza en el que vinimos desde Nueva York.

- ¿No había línea regular?

- No. El puerto era demasiado pequeño para buques de hierro de más de seiscientas toneladas. Había poco fondo y los barcos quedaban varados a la baja mar. Por aquel tiempo se estaba construyendo el dique de Lequerica, pero no lo terminaron hasta el 64.

- Entonces... el Jovellanos era un barco pequeño.

- Tenía 48 metros de eslora y 443 toneladas de registro bruto, algo mayor que la Favorita. Era un barco que se dedicaba principalmente al cabotaje, pero que algunas veces hacía la ruta hasta Cuba, Puerto Rico y la Guaira.

Desde aquél día en que hicimos noche camino de la plantación, Tyye dormía siempre desnuda, abrazándome, cogida a mi cintura, su cara contra mi espalda. A pesar de los partos y de los años, mantenía su figura, tal vez las caderas algo más redondeadas, aquellos senos duros y puntiagudos que, como si fueran embudos, se clavaban en mis paletillas.  Abigail había hecho un buen trabajo. La enseñó la manera de andar y comportarse, a ceñirse y resaltar lo bueno que tenía, a cuidarse las manos y el peinado, le apretó los pies anchos de tanto andar descalza y le colocó unos botines que ya jamás abandonaría.

 Nunca me pidió nada, pero tampoco jamás me rechazó con escusa alguna. El suyo era un amor tranquilo, dejándose llevar y disfrutando en el silencio. Solamente la presión de sus manos, de sus dedos, la respiración in crescendo, el beso eterno, la mezcla de salivas, de fluidos, la relajación al fin, del músculo. Pero desde que llegó aquella carta, había cambiado. Era ella ahora la que me buscaba, la que daba rienda suelta a una pasión desbordada, al ansia de poseerme como si fuera aquella la última noche en que fuera a estar conmigo,  como si fuera en busca de la última semilla que quizá germinara en su vientre. Mucho me recordó a Abigail, y un nubarrón demasiado oscuro pasó por mi mente; tenía ya 38 años.

- Paremos a tomar un café y estirar la piernas.

- Bueno. Que digo yo, que tampoco era tan mayor para engendrar un nuevo hijo...


- Ya, igual pensaba que si algo malo sucediera, siempre le quedaría el consuelo de un nuevo bebe donde volcar el amor que llevaba dentro. "La mujer es una flor en un jardín, su marido, la valla que lo rodea" que dice el proverbio. No sé. Tal vez era de la, opinión de aquel que dijo también: "La mujer es un árbol de plátanos, el hombre sin embargo, es un tallo de maíz"

- Están bien los proverbios, el uno referido a la soledad en que se quedaba la mujer, y el otro a esa costumbre casi religiosa de procrear.

Continuará.

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