lunes, 3 de marzo de 2014

Las Pistolas del Abuelo.( Capítulo 2 Parte I)

Amigos míos. Sería de tontos no recodar eso de "segundas partes nunca fueron buenas".  Pero he tenido el atrevimiento de probar. No he rectificado ni una coma de lo escrito anteriormente, y trato con este capitulo de atender el consejo que algunos me disteis. Me he dedicado a ello el fin de semana, me falta el final, que tal vez mañana acabe si tengo tiempo. ¡Quiera Dios que os sea leve, si osarais leerlo!

Capítulo 2. Parte I.

- ¡Señor Pelayo! ¿No le dije que vendría usted enseguida?

- ¡No me puedo creer que haya encontrado un imposible!

- Vea este magnífico estuche. Las fotografías son muy buenas, y las pistolas...

- Una maravilla, mire las iníciales T P R. Empiezo a creer que eran las de mi abuelo.

- Sin duda señor Pelayo, fíjese en la pátina, habría que tenerlas en la mano, pero estoy seguro al noventa y nueve por ciento de que no es artificial. Podíamos pedir un certificado de autenticidad... Le van a costar un riñón aunque yo no le cobre la comisión. Bueno, a decir verdad, si que se la voy a cobrar; me contará el resto de la historia.

- ¡Quiero tenerlas en la mano! Así que, hecho. Encárguese de comprobar que no son un bluf. ¿Donde, quien las tiene?

- Están cerca, en Barcelona.

- Pues vayamos a verlas, los gastos corren de mi cuenta. Por el camino le iré contando en que acabó todo.

- De acuerdo, concertaré una cita para un sábado, salimos el viernes y regresamos el domingo.
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- Vamos a dejarnos de formalismos, Jorge, tú conduces y yo leo, ¿te parece bien?

- ¿Es automático?

- No, mira la palanca del cambio.

- Vale, vamos allá.

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- Leo, a ver, a ver... aquí.

Aunque la correspondencia entre Palop y yo era habitual, las cartas tardaban, en el mejor de los casos, casi dos meses. A principios de julio de 1860, Palop me comunicaba que estaba enfermo y que quería regresar a España. Siempre había sido reservado, y lo poco que sabía de él, era que nació con el siglo. Ahora me comentaba que deseaba retirarse a su pueblo, a la casita que sus padres levantaron cerca de la ermita de Sant Antoni, allá en Altafulla. Aun le quedaba una hermana y tres sobrinos que eran pescadores. Hora era de que yo regresase como había prometido años ha, y que había ido demorando.

Le leí la carta a Tyye, y ella sin pararse a pensar siquiera, me dijo: No quiero que te vayas, pero es tu amigo y si te necesita, es necesario que lo hagas.

- Cabe otra posibilidad, escribiré a Palop y le diré que venda la plantación.

- No. Un día decidiste repartirla, una de las partes era de Abigail, y por tanto, ha de ser de Jhony, él ha de decidir.

- ¡Pero si tiene diez y seis años!

- ¿Eres tú ahora la clueca? Ya es un hombre. Irá contigo, recordará donde nació y tal vez se quede, si así lo decide, yo le cedo la parte que me diste.

- Ty, tienes otros cuatro hijos.

- Aquí tienen de sobra.

- ¿Estás segura?

- No. Temo por ambos, moriría si algo os sucediera, pero es lo correcto.

- Un carácter fuerte el de la abuela...

- Bueno, el abuelo siempre decía de ella que era como la gallina clueca, siempre vigilando, amparando a sus hijos. Ahora se la devolvía. Procuraba ser ecuánime, y cuando creía estar en lo cierto, difícil era convencerla de lo contrario. A decir de mi abuelo, Tyye era hermosa por fuera, y bellísima por dentro, pero también testaruda.

- Oye Pelayo, no me tomes a mal lo que te voy a preguntar; ¿tú eres negro?

- ¿A ti, qué te parece? Cuando llegaron a Asturias, causaron curiosidad y admiración. Tyye era de piel achocolatada, sus hijos, mulatos con una excepción; Blanca, la tercera hija del matrimonio, que así la llamaron por el color de su piel. No sé a ciencia cierta, si con ironía, o por ese motivo, que comenzaron a llamarles "los Blanquitos".

¿Sabes cómo se llamaba mi abuelo? Pelayo. Todos los primogénitos a partir de él nos hemos llamado Pelayo, yo llevo mi parte de la sangre de Kasinga,  aunque todos, hombres y mujeres, se casaron con personas de raza blanca.

- Gracias Pelayo, continua por favor.

Pero Tyye tenía otro temor, temía un presagio funesto sobre lo que estaba anunciado ocurriría a mediados de ese mismo mes; un eclipse de sol. Aunque se consideraba una mujer del tiempo que le había tocado vivir, y en realidad lo era, aun quedaba dentro de sí el rescoldo medroso de lo ignoto, de aquellos tabús, que de niña en su pueblo aprendió a respetar.

La convencí de que nada malo iba a suceder, llegarían del extranjero, ya que en la zona norte de España era el único lugar de Europa desde donde podría contemplarse el eclipse, expediciones científicas para tal acontecimiento; franceses, ingleses, rusos, portugueses, italianos, todos querían inmortalizar la ocasión, bien en sus retinas o en cámaras fotográficas.

Antes del medio día, la hora del inicio estaba fijada para la una y veinte, multitud de curiosos que llevaban el almuerzo cual si fueran a una gira campestre, comenzaron a subir por el camino de la casona. Llegados hasta casi la entrada, preguntaron si se podía atravesar por allí hacia el pico, y yo les di paso franco. También nosotros subimos, Tyye no soltaba mi mano, los chicos llevaban unos cartones negros, otros blancos y unos tubos también de cartón. Sobre los cartones blancos, colocarían perpendicularmente los tubos, luego, habían de enfocar el sol sobre los cartones negros con un agujerito dirigido hacia los tubos, así vieron el eclipse sin mirar al sol que podría dejarles ciegos.

 Llegada la hora, el cielo comenzó a oscurecerse, era como si una mancha de tinta se esparciera por los montes, valles, todo. Los perros aullaron un poco y se refugiaron hechos un ovillo, con la nariz bajo el rabo y las patas delanteras sobre los ojos. Vacas y yeguas se reunieron con los de su clase, los caballos colas hacia afuera, pata trasera en posición y la cabeza contra el mato. Comenzó un silencio expectante, los pájaros dejaron de piar refugiándose en los zarzales, bajó la temperatura y Tyye se apretó contra mi cuerpo temblorosa. Los chicos miraban sus cartones y así vieron como, poco a poco, la luna se comía al sol.

Continuará.

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