viernes, 7 de marzo de 2014

Las Pistolas del Abuelo. (Capítulo 2 Parte VI)

El campo estaba rodeado por tres empalizadas. La más interior, era como la de un fuerte cualquiera, la diferencia era, que la pasarela estaba por fuera y desde ella se vigilaba lo de dentro. Cada doce o quince metros una garita, un guardia, un fusil. Todo aquél que se acercara a veinte metros de la empalizada, donde estaba trazada la línea de muerte, era abatido. Dos empalizadas más, separadas entre sí con anchuras variables, formaban la segunda y tercer hilada de postes. En el exterior, los puntos más débiles del rectángulo, las esquinas, estaban protegidos por taludes desde donde se podían disparar los cañones apostados. Patíbulo, hospitales, casa de muertos, cocinas, cuarteles y un fétido pantanal en el centro del recinto.

Es difícil comprender el horror de aquél campo, y difícil es también  comprender como el responsable de aquél horror, tuviera el corazón de entregarme a mi hijo. Con su permiso, entré dentro acompañado por un guardia, subí al cadalso y de espaldas a los cadáveres que estaban colgados en la horca, grité con todas mis fuerzas el nombre de Jhony. El soldado que me acompañaba, cuando ya me veía sin voz, increpó con dureza a los prisioneros y, aunque la mayoría ni siquiera se enteraron,  algunos de ellos, corrieron, la voz: "Ese hombre está buscando a su hijo, un hombre busca a su hijo..."  Entonces, atravesando aquellas nauseabundas aguas plagadas de mosquitos y detritus vi venir un renqueante y andrajoso hombre que se apoyaba en una muleta; era Jhony.

- Después de tres años lo encontró. El abuelo era perseverante.

- Está constatado que aquél campo llegó a tener 45.000 prisioneros de la Unión, casi 13.000 murieron de hambre y enfermedades infecciosas, y solamente en catorce meses que estuvo abierto.

- Resulta inverosímil que habiendo dejado morir a tanta gente, hiciera una excepción con el chico.

- A si es la vida, ¿qué importancia tiene uno más o menos? Mucho debió insistir el abuelo, quizá hubo un soborno, tal vez le mintió diciéndole que eran españoles, que tenían esclavos en Charleston, que firmo el alistamiento en una noche de borrachera... vete tú a saber.

- Vamos a parar, tengo que tomar algo.
- Estoy de acuerdo, también tengo la boca seca.

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- Oye Pelayo, tienes que comprar esas pistolas te pidan lo que te pidan.

- Lo haré Jorge, lo haré.

- Anda, acaba la cola que nos vamos, pero yo sigo conduciendo, ¿vale?

- ¿No estás cansado?

- Calla, apenas llevamos la mitad del camino...

- Ya falta muy poco para terminar el relato, apenas un par de páginas...

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En algún lugar, más arriba del mismo río Flint que atravesaba el campo, nos bañamos. Se le podían contar todos los huesos uno a uno; solamente tenía la piel sobre ellos. Una cicatriz nacía junto a la columna vertebral, rodeaba toda la cadera y finalizaba a la mitad del muslo. Le di la ropa de paisano que llevaba enrollada en la manta, a la grupa del caballo. Me pareció más alto, los pantalones le quedaban bien de largo, pero al igual que la camisa, anchos en demasía.

Le pregunté: ¿Cómo es posible sobrevivir con esa herida en ese sitio? Whiski, tela de araña, me contestó, la herida no fue tanto aunque vea usted ese costrón, lo peor es que llevo incrustada una esquirla en la articulación. Tuve la suerte de que un hombre me recogiera, con esos métodos poco ortodoxos cicatrizó la herida, pero no se atrevió a hurgar adentro. Luego, cuando ya estaba casi seca, me entregó a los confederados.

Volvimos a casa, mi intención era buscar un medio de transporte que no llamara mucho la atención, por el bloqueo a que estaban sometidos los puertos sureños, bajar a Cuba y regresar a España. No debía de haber problemas, Jhony era un lisiado y teníamos documentación española, pero mejor no tener que dar explicaciones. Cerré el trato de la venta tanto tiempo aplazada y junto con Mamatola, la antigua niñera que a nadie tenía, nos dirigimos a Charlestón.

Busqué el trasporte en el puerto. Había una gabarra aparejada con árbol y mastelero, pero que también tenía máquina de vapor. Cuando usaba la vela, por medio de una bisagra abatía la chimenea para que no causara impedimento. No era lo ideal para mar abierto, y bastante lenta, pero podía cargarla con áridos e ir costeando con disimulo, hasta Cayo Hueso y de allí a La Habana.


Así se hizo, y un día antes de la Virgen de Begoña, estábamos en Gijón. Solo entonces, cuando estuvimos en casa, le dije a Tyye lo que había sucedido. Jamás, en la correspondencia que mantuvimos en aquellos años, le había dicho nada; nuestra demora se debía simplemente a trámites burocráticos.


Yo nunca había sido muy devoto, pero por la mañana temprano de aquel día de Begoña, mandé sacar lustro a la xarré, cepillar bien a las yeguas frisonas y colocarles la colleras con los cascabeles bien bruñidos. Luego, todos endomingados, nos fuimos a misa, a agradecer a la Virgen el regreso, como lo hicieran aquellos pescadores.

Continuará.

4 comentarios:

jose luis dijo...

De momento , bien , mas narrativa que fondo sentimental, que era lo que se pedía. Muy bien Mano.

Maria do Sol dijo...

Alfredo

Sigo, com muita atenção esta história. As descrições que fazes parecem uma tela de cinema.Cheguei a sentir um arrepio...
Aguardo a continuação.
Abraço

Alfredo dijo...

jose luis.
Lo siento, pero ya no hay más momentos. Aquí se acabó la historia y esta vez definitivamente.
Salu2.

Alfredo dijo...

María.
Amiga mía, ya no va más. Aquí me quedo. No quiero coger demasiado apego a mis personajes. Como con tantos otros, trataré de echarlos al olvido.
Gracias por los comentarios, y no sientas escalofríos, simplemente es un cuento al que le puesto algo de sensibilidad.
Salu2.