jueves, 6 de marzo de 2014

Las Pistolas del Abuelo. (Capítulo 2 Parte V)

- Te relevaré ahora no sea que te amodorres con la digestión y el relato.

- No, luego, cuando termines esa parte.

- Bien, como desees.

- Padre, salí de esta casa con cinco años, no me siento como un patriota, mi patria no está aquí. Pero algo le debo a la mujer que me crió, a mi madre. Me voy a quedar, lucharé, si hay guerra, con los federales, ellos representan el fin de una vida que no es posible, una vida basada en la explotación con escarnio de seres humanos que solamente se diferencian de los explotadores en el color de la piel. Venda usted la propiedad y vuelva a nuestra casa, con nuestra familia. Yo volveré un día, no concibo otra vida lejos de mis hermanos.

- Hijo, no te dejaré que participes de algo, que por muy loable que sea, te puede costar la vida. Yo también debo algo a tu madre, me debo a la promesa que le hice de devolverte sano y salvo.

- Padre, no nos enzarcemos ahora en una discusión, dejémoslo para cuando eso suceda, si ha de suceder.

- Bien, de acuerdo, pero recuerda mis palabras. Voy a hablar con Palop, él se quiere marchar cuanto antes.

Mi dilema era grande, suponiendo que encontrase un comprador, que seguramente se aprovecharía de mi urgencia, ¿qué sería de los negros? Unos eran libres, pero, a pesar del trato paternalista con que eran tratados, también los había esclavos. Aunque todos fueran libres, ¿adónde irían? Imposible trabajar para el nuevo amo, los esclavizaría de nuevo, había modos, incluso un liberto podía venderse a sí mismo a cambio de un techo y alimento. Debía hablar con ellos.

El 19 de septiembre de 1863, se libró al batalla de Chickamauga. El ejército de la Unión sufrió una gran derrota y yo la pérdida de mi hijo Jhony. Para entonces Palop había regresado a España, los negros jóvenes de la plantación se habían ido, yo no lo denuncié, ni tampoco aquél Thompson que fuera nuestro capataz, reconvertido en perseguidor de esclavos, pudo hacerlo;  había aparecido muerto de rodillas, cómo pidiendo perdón, ajusticiado; un disparo en la nuca y rodeado de sus perros. Los viejos no podían con el trabajo, y una parte importante se había quedado aquel año sin sembrar por lo que llegué a un acuerdo para vender la propiedad.

No pude cumplir la palabra que le di a Tyye. Un año después de aquella conversación entre mi hijo y yo, encontré una carta suya sobre la mesa de mi escritorio. Fui a su habitación, la cama estaba hecha. Fui a la cuadra, faltaba su caballo. Me senté en el porche, Mamatola me trajo café, nos miramos a los ojos, y ella, bajando la cabeza me dijo, se fue anoche. Entonces abrí la carta. Era finales de mayo del 61.
 "Querido padre: No tome mi marcha como un acto de rebeldía. Usted sabía de mis intenciones, de mis inquietudes y de mi voluntad inquebrantable. De quedarme ahí, de no haber huido en la noche, usted se hubiera salido con la suya, y yo me consideraría frustrado por toda la vida.
Usted se embarcó con catorce años, el abuelo, su padre, sin estar de acuerdo, tampoco se lo impidió. No. No era una guerra, pero los barcos de entonces afrontaban con demasiados riesgos la mar procelosa. Usted y mi madre, me han enseñado con sus actos a ser quién soy, no renegaré de nuestra estirpe.
Padre querido, dele un fuerte abrazo a toda la familia, y dígales que volveré. Quisiera creer que parto con su bendición. Jhon.

Durante todo el tiempo que transcurrió desde su marcha en el 61 hasta septiembre del 63, no hice otra cosa que buscar a Jhony para traerlo a casa. Recorrí pueblo a pueblo el sur de Carolina del Norte, hasta dar con el lugar donde se alistó; Charlotte. A partir de allí, la cosa se complicaba, nadie en su sano juicio podía ir preguntando por tal o cual regimiento, sin ser tomado por espía. Mi oído estaba atento y, allá donde se producían batallas, escaramuzas o refriegas, allá me presentaba. Procuraba ir siempre a la cabeza, a aquél que ostentara mayor graduación y preguntaba por Jhon Álvarez Kasinga.

Desde Charlotte tracé círculos sobre el mapa; Atlanta, norte de Georgia, sur oeste de Tennessee,... Ningún resultado positivo. Fue  meses después de la batalla de Chickamauga, perdida por el Norte, que un sargento me dijo conocer al chico, y que había sido herido, posiblemente muerto, quedando al otro lado del río Cardenillo (Verdigris River). No me di por vencido y seguí buscando.

Supe que en Andersonville los confederados habían construido un campo de prisioneros y fui hasta allí. Era julio del 64.
Continuará.

2 comentarios:

Maria do Sol dijo...

Hola Alfredo

Sigo o relato com curiosidade...parabéns pelo suspense.
Abraço

Alfredo dijo...

María.
Gracias María, mañana se acabará todo. Ya está escrito, pero poco a poco no empacha, supongo.
Salu2.